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lunes, 17 de junio de 2019

Las hermanas Bunner


LAS HERMANAS BUNNER
Edith Wharton
Las descripciones de Edith Wharton consiguen hacerte atravesar la puerta de la tienda de Ann Eliza y Evelina Bunner, es muy pequeña y se sitúa en un destartalado semisótano, en una calle tranquila, ya condenada a la decadencia, se anuncia con un cartel en borrosas letras de oro sobre un fondo negro.  Se puede oler y hasta sentir el mundo gastado y yermo de estas dos mujeres.
Allí viven y allí trabajan, dentro de un breve, y solo femenino, círculo de relaciones.
Se quieren las hermanas por costumbre, porque les enseñaron a quererse; como también les enseñaron a existir sin cuestionar nada.
Ni una ni otra se atreve a dejar que sus sentimientos traspasen la tela de sus vestidos.
Un reloj llega hasta la casa en forma de regalo de cumpleaños, arrastrará  con él a un relojero que irrumpe en el universo de las dos hermanas, desbaratando su lenta y apacible realidad.
La tensión narrativa despega hasta robarte el aliento al final de esta breve, e intensa, novela: me duele el cinismo del hombre, me emociona la entrega incondicional de Ann.
Me sorprende que el Nueva York de principios del siglo XX, todo energía y fuerza renovadora, pudiera albergar estas vidas tabicadas de prejuicios: mujeres que se sienten en la sombra porque no hay un hombre que venga a sacarlas a la luz; que ignoraban que tenían la libertad de ser ellas mismas.
Creo que las hermanas Bunner,  con otro nombre, podrían haber vivido en la España de entonces, y en la de después. Aquí también había mujeres que obedecían lo que les ordenaban las costumbres; mujeres que acallaban sus corazones apretándolos con las dos manos.

lunes, 6 de mayo de 2019

La sustancia del mal



El Bletterbach esconde un secreto, ¿te atreverías a llegar hasta él?
Jeremiah Salinger lo hizo.
La sustancia del mal electriza con su intriga, te eleva con situaciones que remueven las conciencias lectoras, pero te deja caer, no se hunde del todo en la materia expuesta.
No parece que esta novela vaya a reposar en los anaqueles celestiales de la crítica literaria. ¿Importa? Te evade.  
El título podría no animar mucho, ese mal que aparece alarma un poco. Y es cierto, si eres impresionable: no se te ocurra leerla. Pero si no lo eres, adelante, la trama te va a absorber.  Eso sí, procura no leerlo de noche, ni en soledad. Aconsejo abordarla al aire libre, en un parque, por ejemplo; pero en zonas de paso, no te refugies entre árboles, y menos si hace viento, que pueda mover las hojas; ese inquietante ruido podría darte escalofríos. La novela sería una compañera de viaje ideal, pero abstente si tienes intención de ir a una región de montaña.
 El 15 de septiembre de 2013, la vida de Salinger frena de golpe por un accidente, provocado por la ambición del profesional impetuoso. Pero el azar que nos gobierna quiso que la Bestia lo escupiera de aquella profunda grieta en el hielo.
Una pregunta me golpetea: ¿cómo reacciona uno en la cama del hospital al descubrir que está vivo cuando los que iban contigo han muerto? ¿Cómo se gestiona esa culpabilidad que te muerde?
Salinger se recupera, anclado en Siebenhoch, un pueblo en montaña al que ha llegado de vacaciones con su mujer, oriunda de la zona, y su pequeña hija. Casualmente oye hablar de la masacre del Bletterbach: se lanza a indagar los crímenes del 28 de abril del 1985. ¿Es el propio peso de su conciencia el que le impulsa? Quizás no sea más que búsqueda de material para su trabajo de guionista.
A la vez que volvemos atrás en el tiempo y vamos descubriendo, poco a poco, los desgraciados sucesos, intuimos las vidas de sus protagonistas en la sociedad cerrada de este entorno, tan majestuoso como difícil. 
En el libro no hay nada que hable de ello, pero no puedo dejar de pensar en las horas, días, semanas, años que vivieron los que volvieron –porque hubo otros que no lo hicieron-. Sus existencias ya no fueron las mismas, eso sí nos lo dice Luca D’Andrea, pero nada revelano tiene tampoco por qué- de esas existencias con un negro pájaro posado en los hombros. El autor toca superficialmente, no mete la mano a fondo en las vivencias.
Nadie quedó indemne. Porque si es malo morir, malo es vivir con un peso que te doblega, que te tuerce la biografía. Los supervivientes han tenido que soportar la carga del secreto, de la duda; revividos a cada paso por la vista de la montaña, desde cualquier rincón del asfixiante entorno.


lunes, 15 de abril de 2019

Esperando a míster Bojangles


2015 en francés, 2016 en español.
Mi padre me había dicho que antes de mi nacimiento, su trabajo consistía en cazar moscas con un arpón. Me había enseñado el arpón y una mosca aplastada.

De esta manera se inicia Esperando a míster Bojangles, una novela que nos sumerge en una realidad que no se reglamenta con las normas convencionales.

Con una ingenuidad deliciosa, un niño nos va contando su infancia junto a su madre y a su padre. Estos no se ajustan en absoluto a la idea que nos venden de los buenos progenitores, pero, sin embargo, a muchos nos hubiera gustado, al menos en alguna ocasión, tener una familia como esta, que rezuma amor. Me podría imaginar la reacción de Asuntos Sociales,  si supieran que tras las frecuentes fiestas nocturnas en casa, por la mañana el pequeño se hacía enormes ensaladas de fruta con los restos de los vasos de sangría.

Te vas metiendo en la atmósfera del relato y desearías que la vida pudiera ser así de fácil. No tienen problemas económicos, el padre dejó ese primer oficio de cazador de moscas, para abrir un gran número de talleres automovilísticos: un senador amigo creó la inspección técnica de  vehículos y, consiguientemente, desencadenó la necesidad de negocios de reparación de coches. Al poco tiempo el padre vendió todos los talleres y se dedicó a vivir de las rentas. Con eso obtuvo el aplauso de la madre, porque ahora trabajaría menos y pasaría más tiempo en familia. Bourdeaut engarza de forma implacable cada elemento para hacerlos creíbles. 

Me he dejado abrazar por la fantasía y el humor: una montaña hecha con la correspondencia sin abrir se alza en la entrada de su casa; un pájaro revolotea libre por el hogar, es como  un miembro más de la familia; a veces la cocina se convierte en una laguna cuando la madre se da cuenta de que las muchas macetas que crecen allí están secas y las anega; la cara de Claude François en un poster se utiliza por padre e hijo como una diana. En la casa cada día había montones de invitados, recibían también en el castillo que poseían en España. Si la expresión “castillos en España” en francés tiene el sentido de quimeras, ¿no puedo adivinar ahí un guiño del autor?

¿Y la escolarización del pequeño? En esa escuela tan tradicional a la que asiste, la maestra amenaza a la familia, podría perder el tren, el tren de la vida ordenada, si continúa faltando. Pero la madre le responde que por nada del mundo podría permitir que su hijo se privara del espectáculo del florecimiento de los almendros, solo porque tiene que ir a clase.

Son imágenes que generan afecto, sorpresa  y cierta envidia, porque no son como las que aparecen en nuestro entorno.

La fantasía no es frecuente en la temática de mis lecturas, quizás estoy demasiado acostumbrada  a deambular cerca del suelo. Al comienzo de esta novela, trataba de buscar anclajes con la realidad a modo de explicación de lo que estaba sucediendo: son unos recuerdos transformados por una mente infantil que se complementan con la transcripción de los cuadernos secretos del padre. 

El muro de la fantasía se desploma al final del relato. 

Para el novelista es un derrumbe con sombras y luces, por ese orden. Para mí es la corroboración de una certeza que me persigue: lo maravilloso dura poco.

Este escritor ha dado más peso a la ilusión. 

Olivier  Bourdeaut lanza una cometa al escribir su libro,  y yo he agarrado su hilo al leerlo.

Quizás lo que yo interpreto nada tiene que ver con lo que él proyectó. Quizás tenga que dejar crecer otra mirada.

La novela se estira en su contenido con la canción que encierra el título, y con la que bailan, enamorados, el padre y la madre: Míster Bojangles. En ella este bailarín es capaz de saltar muy alto, y apenas tocar el suelo después; pero vienen malos tiempos para él.
Y HAY QUE SEGUIR BAILANDO MR. BOJANGLES.

lunes, 8 de abril de 2019

Los asquerosos





Los asquerosos somos nosotros.
Casi sin darnos cuenta, hemos contratado una hipoteca vital que estorba nuestra existencia. Pagamos muy caro lo que creemos nuestro bienestar. Manuel, el protagonista del libro, se ha liberado de ese peso, y ha sido el azar el que se lo ha permitido.
 “Nació en Madrid en 1991. Su padre era uno que le daba igual a todo el mundo”. Así empieza el libro. Con 24 años, tras un incidente fortuito con un policía, tiene que huir de Madrid. Con la ayuda de su tío político, se refugia en Zarzahuriel, un pueblo abandonado.
Allí va a iniciar una nueva vida, en la más absoluta soledad. En un principio.
A pesar de que Santiago Lorenzo en el propio texto lo desvincula de los solitarios más clásicos, yo no he podido evitar pensar en Robinson Crusoe, construyendo, metódico, su refugio en la isla con los restos del naufragio. De la misma manera la nueva morada de Manuel se va creando con los desechos de los que se fueron; tras el hundimiento de una forma de vida.
Aunque es verdad que hay algo sustancial que distingue a ambos personajes: el de Daniel Defoe anhela el rescate; el de Santiago Lorenzo realiza una voluntaria huida hacia la soledad. Una soledad profunda e intensa; con elementos que la hacen bella. Resulta paradójico que durante su vida anterior Manuel se esforzara tanto por tener compañía, sin conseguirlo; mientras ahora se ve realizado en su aislamiento.
Manuel vive solo, y eso no es fácil. Nos han obligado a creer que debemos estar con alguien para ser feliz.    
No le resultaba difícil llenar el tiempo en aquel aislamiento semivoluntario. Uno de sus entretenimientos era matar moscas con una goma elástica. O mirar la chimenea: “El fuego es el futbolín del solitario”, así lo explicaba a su tío con quien hablaba una vez al día por teléfono. Este es también el que le solucionaba los problemas de intendencia. El ingenio y la inventiva de Santiago Lorenzo lucen en cada pasaje, se adivina un trabajo concienzudo, y sistemático, diría yo. Me imagino que también ha debido ser una tarea placentera, al resolver hasta los detalles más nimios. Seguro que se ha peleado también con las palabras, pero no lo parece.
Aunque el personaje vive en estrecho lazo con la naturaleza, no es un militante. No conoce los nombres de las singularidades de su entorno natural. Él no quiere estudiar, no quiere hacer proselitismo, quiere vivir.
Hay un viraje en la trama: llegan vecinos. La vida de Manuel se trastoca. Los recién llegados son la mochufa. Vienen a disfrutar al campo pero se traen la ciudad metida en los bolsillos. Son descritos con mucha rabia. Son reconocibles para cualquier lector: tienen algo de cada uno de nosotros.
Manuel intenta sacar el máximo provecho a todo lo que tiene a su alrededor. ¡Qué lejos del derroche que nos identifica hoy a tantos de nosotros! Descubre después de dos meses sin lavarse la cabeza que el champú es “un compuesto premeditadamente adictivo para forzar su fidelización”.¡Se puede (se debe) prescindir de tantas cosas!
Manuel intentaba con una y otra metáfora explicar a su tío cómo se sentía, era difícil, pero consigue transmitirle la idea: ESTABA COMO DIOS.

lunes, 1 de abril de 2019

Corazón que ríe, corazón que llora


El texto refleja cómo la identidad antillana de Maryse Condé se va abriendo paso en ella, rompiendo capas de prejuicios familiares y sociales. Es como esas flores de raíz muy profunda que surgen a la luz a través de un largo camino bajo tierra.
 Un relato con un dulce aire naif, pero lleno de honestidad, compromiso y  fuerza reivindicativa.
En esta novela, hecha de recuerdos de infancia y de primera juventud, se plasma de qué manera un colonialismo ahoga injustamente una identidad, la antillana.
El potentado tiende a silenciar al que puede menos. Es una vieja historia que se actualiza con demasiada frecuencia.
Maryse Condé comienza el libro relatando que para sus padres la Segunda Guerra Mundial, constituyó un periodo sombrío. Y no, como se podría imaginar, por las terribles situaciones que arrastró la contienda, sino porque se vieron privados de sus habituales viajes a Francia, durante siete años.
Durante aquellos viajes familiares, los camareros de París mostraban su asombro por lo bien que hablaban francés a pesar de no ser blancos. Sin embargo eran tan franceses como ellos. Y además eran mucho más cultos, señalaba la madre, con cierta rabia contenida. Se sentían altivamente inferiores.
Maryse, aunque era pequeña, sentía pena por sus mayores. Su hermano Sandrino, como siempre, sería el que  le aclarara las dudas; y le explicó que sus padres querían ser lo que no podían ser porque detestaban lo que eran.
Procedían de Guadalupe, pequeño archipiélago de las Antillas, un territorio francés en ultramar. Allí disfrutaban de una existencia acomodada, clasista y racista. Vivían de espalda tanto a blancos y mulatos como a los más desfavorecidos de su propia raza. Allí remedaban la vida del otro lado del Atlántico.
La pequeña Maryse vivía, estudiaba, jugaba en el exclusivo cosmos que le correspondía, el que su entorno había creado para ella. Se desarrollaba de espalda al Caribe: a su cultura, a sus gentes, a su situación socio-política. Y surgían preguntas, pero en casa no había respuestas.
Con 13 años, en la tercera o cuarta visita a Francia con sus padres, Paris no le parece la capital del mundo. Echa de menos su tierra. Se vislumbra un cambio en ella. Se hace muy crítica con su familia y con su mundo burbuja.
Se ve confrontada a hacer  en París un trabajo escolar sobre un libro que trate de su país. Puesto que son los años 50, y aún no ha surgido la literatura antillana, no sabe qué libro elegir; y recurre a su hermano, que  le aconseja leer a un autor de la Martinica. A través de él, Maryse descubre las duras condiciones de vida de los negros en el campo. Para ella, hasta entonces, el campo solo era un lugar de vacaciones. Aquí sitúa la escritora el germen de su concienciación política.
Empieza a ser consciente de que no conoce las verdaderas Antillas. Las que ella ha vivido hasta entonces  son solo un calco de Francia.
En casa todo va cambiando: sus hermanos ya no viven allí, sus padres se hacen mayores, hay un manifiesto deterioro…  Quiero intuir la metáfora de un mundo que se resquebraja para la adolescente Maryse. Es el momento de abrir la puerta a su futuro y se ve con dos alternativas: seguir la voluntad paterna o crear su propia senda. Opta por crear su surco particular, lleno de compromiso.
Original en francés 1999, en  español 2019.


martes, 12 de febrero de 2019

Farándula




2015
La farándula es la síntesis de faralaes y tarántula.” Sin duda una frase ingeniosa. La novela muestra talento literario. Pero  se apoya en una temática algo manida.
            Cuando el tacón de la bota de Valeria se clavó en la rendija de un respiradero en la Puerta del Sol,  Marta Sanz desplegó, como si sacudiera una sábana para estirarla sobre la cama, unas imágenes que retrataron el torbellino de ese espacio madrileño con el acierto de una gran escritora, que domina el estilo y la lengua.
Admirada, comenté con alguien ese comienzo del libro, que para mí lo colocaba alto en la órbita literaria.
“…Pero ¿te ha emocionado?” Tuve que reconocer que no.
Es un repaso, trivial diría yo, al mundo del espectáculo: actores estereotipados; la escena devorada por el capital; el poder de la televisión para convertir en fenómeno todo lo que toca…
Encerrados en esa farándula se encuentran una actriz famosa, la diva que, al final de sus días, no tiene dónde caerse muerta; un gran actor devorado por las dudas; una mujer de teatro que sabe cuándo abandonarlo porque ya no se ve en él; un intérprete al que los años han convertido en un cínico que se ha adaptado a los distintos momentos de la escena; comediantes ejemplares que aprendieron a hacer un teatro de compromiso, y hoy ya no tienen un lugar en el oficio; una joven que se sube nueva a las tablas, y combina el teatro considerado serio con un reality show televisivo que le da fama. Una crítica fácil de este producto basura, aunque sin ningún cuestionamiento conclusivo.
La novela adquiere densidad al llenarse de teatro (asistimos a un montaje en su trama: el teatro en el teatro, un recurso poco novedoso) y de cine (la obra que se ensaya y sube al escenario sigue de cerca una película clásica, Eva al desnudo, que a su vez trata sobre teatro y actores, y sobre todo de la condición humana).
Una rica forma literaria que debería haber albergado un contenido más ambicioso.



sábado, 2 de febrero de 2019

Reina Roja




Una trama bien atada, atractiva, e inquietante. Mientras lo leía ha conseguido agitar mis sueños, metiéndose entre ellos en alguna ocasión.  
Se establece a través del título un afortunado nexo de la novela con Alicia en el País de las Maravillas. Como al personaje de Lewis Carroll, Gómez-Jurado parece que deseara introducirnos en un mundo fabuloso,  poblado de personajes singulares.
En realidad este mundo no es tan  increíble, estamos en el Madrid actual. Aunque, bien pensado, sí puede ser un mundo que nos deje maravillados y desconcertados: esa urbanización exclusiva –jaulas de oro- donde se ubica algún pasaje; la riqueza de unos pocos y la fuerza que les da. Estos personajes no son quizás tan asombrosos como en Alicia. Si la descarto a ella. Antonia Scott.
“Antonia Scott sólo se permite pensar en el suicidio tres minutos al día”. Así comienza la novela. Chocante. Ella es diminuta, pero frágil solo en apariencia. Hay más: tiene un talento circense, hace cálculos y deducciones que nos están vetados a los normales. “Es el ser más inteligente del planeta”. Eso la convierte en polo de nuestra atención, como héroes clásicos que acumulan hazañas y virtudes.
Él es inspector de policía; gay. Vive con su madre en Bilbao. Es Jon y  asegura que se hizo policía para que no le hicieran daño. Y ahora está metido en un buen lío: se encuentra suspendido de empleo y sueldo; y va a unirse a Antonia en Madrid para resolver un caso. Es corpulento, “pero no está gordo”, repite en cuanto tiene ocasión. Peca de “graciosete”. Por su físico y actitud me ha recordado en algún momento al personaje de Juan Echanove en la serie de los ochenta Turno de oficio. Otro caso de maridaje entre grasa, buen corazón y gracejo. También es un buen policía, vocacional y con largos recursos.
Una historia muy trabajada; rápida, transcurre en unos pocos días; ingeniosa, muy ingeniosa; y fácil de seguir, además. Sembrada con nuevos vericuetos en forma de personajes o circunstancias que la hacen crecer hasta llevarla a un final, en cierto modo, efectista. Consigue que el interés no decaiga.
Gómez-Jurado le da voz a la victima, se nos cuelan sus miedos. Da también una nueva dimensión al malo, es también víctima.
Se entra de lleno en el conflicto desde las primeras páginas. Parece que no va a haber digresiones, pero sí, el autor no nos ahorra sus, por suerte breves, reflexiones: la falta de colaboración entre los distintos cuerpos policiales, el boom de las franquicias, la redes sociales que cambian el mundo, locales tapizados de libros que no se leen… y, sobre todo, el poder del dinero. No me suele gustar que una novela policiaca se cargue con juicios del autor. Se evidencian en el argumento, con eso sería suficiente.
Como sobran los chistes “facilones”, casi siempre en boca de Jon. 
Enredados con los hechos se van estrechando los lazos entre la extraña pareja. ¿Nos está preparando el autor para crear una saga?

sábado, 12 de enero de 2019

Piel de lobo




                               
      
Lo mismo que se obtiene aguardiente cuando se destila el orujo de la vid, Lara Moreno consigue un licor, amargo, al destilar un trozo de las vidas de estas dos hermanas: Sofía y Rita.
Me resulta desasosegante esa sustancia de hiel que chorrea de la vida familiar de estas dos hermanas. Nada dulce se ha colado en el licor extraído, nada que me reconcilie con la vida de esas dos mujeres, ni con el mundo que las rodea. Una separación; una maternidad, que dudo que sea aceptada; y aquello. Pero sobre todo la falta de comunicación entre todos. Y no es que no hablen, es que rehúyen los temas que duelen.
La novela de Lara Moreno vive en el sur, pero en ningún momento reconozco el sur luminoso que me es familiar. La autora nos encierra en una casa que huele a culpa. Hasta ella se trasladan Sofía y Rita primero para deshacerse de las cosas del padre cuando ha muerto, y después la elige Sofía como estancia transitoria para ella y su hijo, cuando se produce la separación; hasta ella va la hermana,  parece que para ayudarle. Se supone que es lo que se espera de una hermana, pero ¿la ayuda? Es la misma casa a la que se mudaron, siendo pequeñas, junto a sus padres, cuando las relaciones con abuelos y tíos se enturbiaron a raíz de aquello.          
 Piel de lobo no es una novela de grandes eventos, es una novela en la que vemos pasar la vida. Una vida cercana, la que se expande detrás de cualquiera de las ventanas que nos rodean.
Lara Moreno escarba en la existencia, revolotea insistente, como mosca, a veces, irritante, alrededor de un momento preciso, en ocasiones doloroso. Aplica la lupa a un hecho cotidiano y descubre mucho detrás. Al que lee puede llegar a desvelarle extractos de su pasado o de su presente, y no solo porque haya semejanzas en eso que observa. Simplemente porque observa.
Es cierto que a veces estos escritos que nos remueven por dentro no resultan cómodos, quizás son más amables esos que te alejan de tu entorno, porque no destapan tu yo. Pero no hay que dejar de observar algo simplemente porque resulte poco grato, la literatura está para sacudirnos, igual que para entretenernos.
Esto está en la línea de lo que aseguraba la autora, que se adjudicaba una forma de narrar microscópica.
No nos ahorra la novela detalles de cotidianeidad de los personajes. Son detalles que añaden pesadez y pesar (es lo que traslucen para mí) a sus días. Contribuye a destacar el tedio de unas vidas frustradas por miedo a enfrentarlasMe pregunto si Sofía verdaderamente quería ser madre, o lo fue porque tocaba, sin cuestionamiento alguno. 
Me intriga saber si se quería casar con ese hombre o fue esa también una decisión que tomó arrastrada por la corriente. 
Rita vive en la novela en función de su hermana, no sé nada de ella fuera de esa casa en la que viven atrapadas.
            En ese magma la novela está sembrada de intrigas, de anticipaciones: unos hechos que fueron el germen de una ruptura familiar; un desafortunado episodio tras un viaje a Portugal. Pero, claro, nada aparece con nitidez, con orden: van cayendo las informaciones, las caracterizaciones de personajes de forma sutil: ”Mientras se pone crema sin etanol frente al espejo, se fija en que en el lavabo no está el cepillo de dientes de Julio”.
“Ese pequeño trozo de tierra seca la deprime. No significa nada, porque lo significa todo. Odia profundamente ese pequeño trozo de tierra sedienta y estéril y sin sentido.” Su vida, ¿hay una luz al final?



lunes, 22 de octubre de 2018

Ordesa




Manuel Vilas. Enero 2018.

Cierro Ordesa. Ahora creo que es el momento de leer algunas críticas: ha gustado, no se puede negar.
“Impresionante. Divertido. Hondísimo. Extraordinario. ¿Qué más? Ah, sí. Un libro 10.” El libro no te deja indiferente, pero quizás esta crítica de Ramón Rozas (http://elplacerdelalectura.com) es algo excesiva. Se deja arrastrar un poco por la euforia, cuando dice “divertido”: el libro no me lo parece, quizás algún pasaje te haga sonreír, pero la verdad es que no veo mucha alegría.
Ordesa es un libro lleno de clemencia hacia los desamparados de la Historia, los hombres comunes. […] Es un libro extraordinario.” Carlos Pardo, Babelia.
“Uno de los libros más bellos y emocionantes jamás leídos. Lo digo con los ojos humedecidos y la piel aún erizada.” Miguel Ángel Hernández.
Es difícil no percibir cierto contagio en el entusiamo. ¿No?
También hay alguna opinión negativa: “[…] Bueno, si uno ha leído todas esas críticas inflamadas y ha leído esos tweets con menciones a pasajes del libro (uno en concreto fue el que hizo que me decidiera a leerlo)  como si Ordesa fuera EL PUTO FUTURO DE LA NARRATIVA, lo de desazón puede que se quede corto. Hablemos de decepción, hablemos de engañifa, hablemos de cabreo, de un cabreo de dimensiones considerables.” (http://unlibroaldia.blogspot.com). 

Manuel Vilas se sacude el pudor y entra en su pasado: en la familia que componía junto a su hermano y sus padres; y en la que ha compuesto él después, con un divorcio de por medio. ¿No es curioso que no diga nada de su ex esposa? Tampoco dice demasiado de su hermano ni de sus hijos. Todos ellos parecen estar a cubierto de la desinhibición a la que desafía cuando la historia se refiere a él mismo o a sus padres, ya fallecidos. La rebelión contra el pudor es nueva en literatura, eso asegura Vilas en un artículo (El País, Babelia, 14 de abril del 2018). Se refiere a una generación de escritores que han burlado el pudor. Él entraría dentro de ese grupo. En este artículo asegura que al escribir Ordesa quería “mostrar la impúdica poesía de los desfavorecidos de la historia de España”. Yo pienso, sin embargo, que sus padres no fueron demasiado desfavorecidos, en lo que se refiere a la economía doméstica. Aunque quizás bajo ese término él englobe a los que no tuvieron acceso a la cultura, a diferencia de lo que sucedería con sus hijos, y es su caso, como el de muchos españoles de su generación. En su casa se disfrutó de televisión, coche, vacaciones, salidas a cenar…, no eran entonces tan escasos sus recursos económicos. En algún momento dice: Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable.  Aquí quizás está la clave de lo que calla. No es bueno recordarlo todo: El olvido juega a favor de todas las acciones humanas, tanto de las buenas como de las malas. 

Este libro no es autoficción, según asegura Vilas en diversas entrevistas. Pero esto es discutible, sobre todo porque ese término es algo ambiguo. Desde luego el eje de la novela es el yo. Eso ya lo situaría en esa franja genérica. En realidad no creo que esto sea muy relevante. Lo que yo dudo es que ese yo cobije al propio escritor. Juega un poco con nosotros, nos quiere hacer creer que se trata de la familia de Manuel Vilas, escritor nacido en Barbastro en 1962, pero en realidad es la familia del personaje que él ha creado. Hay mucho del novelista en este personaje, sin duda, pero esto es habitual en la literatura, puede ser que más ahora que en otros periodos. Son dos verdades distintas, pero las dos son verdades: la del libro y la de la vida. Y juntas fundan una mentira. El narrador no es él mismo, es su criatura, un tal Manolito. Este cuenta en primera persona, tras la muerte de su madre -que le hace revivir el fallecimiento de su padre unos años antes-, su vida con ellos y su presente. El personaje se desnuda y los desnuda a ellos dos.
 Tengo la impresión de estar cerca de algo que se asemeja al monólogo interior. De ahí que no haya una continuidad temporal –que sería más propio de la autobiografía-, cada situación surge desordenada, impulsada en cada momento por el recuerdo, que llega a nosotros sin un orden concreto. Un monólogo interior que puede resultar una confesión, una catarsis, un ajuste de cuentas con su pasado y con él mismo. Es difícil saberlo; además no importa tanto la raíz, importa más el resultado. Quizás podría ayudar a algún lector a enfrentarse con preguntas que nunca se hizo o que nunca quiso hacer.

A la vez retrata al país. En cierto modo es una novela costumbrista, sociológica.  Retrata el ayer de su familia, y de muchas familias; junto al suyo propio. Dibuja también su presente y el de muchos lectores. Quizás sea ese un factor que ha contribuido a su éxito. Al hablar de un amigo de la familia, que era soltero, reconoce que era una España en la que los que no estaban casados no estaban preparados para vivir solos: era una sociedad que tenía unos caminos muy definidos, nadie podía salirse de ellos. Ahora sí puede desenvolverse un hombre solo, como lo hace él: disfruta con su fregona, al fregar triunfa sobre la suciedad y el polvo. Esto me hace pensar en que cuando se ordena lo exterior,  sentimos una satisfacción, que no hallamos cuando nos vemos incapaces de organizar nuestro interior.   
 Alude en otro momento a la relación con la enfermedad y con los médicos: Mientras los médicos cobraban su nómina mensual, mi padre se moría. La frase me resulta enigmática, pero quizás quiso decir que hubo buena praxis sanitaria – que hace al facultativo merecedor de un sueldo-, pero ¿faltó trato humano? No sé, a lo mejor hago una interpretación mediatizada por alguna experiencia personal.
Expone su experiencia como profesor de Lengua: Eran chavales de catorce años a quienes no quería nadie; chavales a quienes el Estado había derivado a supuestos estudios profesionales, la famosa FP. (…) Me pasaba el día explicando la tilde diacrítica. Lo entiendo.
Era el país de los nuevos electrodomésticos, con la televisión a la cabeza. El utilitario que era uno más en la familia. Aquella España de los que nacieron entre finales de los cincuenta y los sesenta, y también la de sus abuelos: En esos ojos de mi abuela van siglos de campesinado español, de manos fatigadas, de olor a sudor, de afeitados deficientes, de calor maldito en los veranos, de los animales respirando al lado de tu boca, de curas diciendo misa, de más curas diciendo más misa. 
Retrata una España cainita cuando escribe: Ese es el misterio de España […]: ver caer a la gente, eso nos pone a mil. Una visión catastrófica del mundo, lo dice él mismo. Señala la codicia como causa del capitalismo y se detiene en la corrupción española actual.
Me gusta cuando leo: El pasado son muebles, pasillos, casas, pisos, cocinas, camas, alfombras, camisas. Camisas que se pusieron los muertos. Y tardes, son las tardes, especialmente las tardes de domingo, donde se produce una suspensión de la actividad humana; y la naturaleza, que es elemental, regresa a nuestros ojos, y vemos el aire, la brisa, las horas vacías. Participo de esto cuando siento que algunos de mis recuerdos están unidos a objetos: una prenda de vestir, cuando la lavadora entró en nuestra casa, aquel sillón, la primera televisión, un patio de juegos,... Me ha calado al referirse a la cocina, el reino y la prisión de su madre, y de la de muchas: Si acaricio mi cocina, acaricio el alma de mi madre. 

La pérdida de los padres, el paso de un tiempo que no volverá, aquellos secretos que se llevaron nuestros muertos constituyen un tema cercano para el lector, pero en mi caso el lenguaje ha supuesto un obstáculo por las imágenes que crea Vilas. Me produce cierto desconcierto todo ese artificio literario: Parecía su garganta el nido de millones de pájaros amarillos, quebrantando las paredes del aire.  Mi corazón parece un árbol negro lleno de pájaros amarillos que chillan y taladran mi carne como en un martirio. 

¿No hay exceso de mí mismo en la novela? ¿No es un exhibicionista lleno de negatividad? Es desolador verlo moverse por el mundo, como un albatros cuyas alas le impiden caminar.
La solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.
Así termina el relato.

Cuando un escritor pone punto y final a un libro, ya es de los lectores, que lo recrean con lo más extenso de sus vidas. Yo he leído mi propia Ordesa.


El balcón en invierno






2014
LUIS LANDERO

1 ¿Qué hacer?, ¿dónde está en verdad la vida?, pensé, y me quedé así, dudoso entre las voces que llegaban de afuera y el rumor de las palabras escritas, que aún seguían resonando en mi mente. Con estas palabras termina el primer capítulo.
Un escritor en crisis decide abandonar la novela que está escribiendo y va a intentar buscar la vida en la calle, pero se da cuenta que realmente su vida está en la escritura, y se convierte él mismo en materia de una novela, indagando en su ayer y en el de su familia. Nos ofrece momentos amargos, entrañables, jocosos. Nos da detalles de un mundo que está desapareciendo, que ya solo se conserva en la memoria de los que lo vivieron o lo conocieron por el relato de otros.
En su novela, Landero rehace las líneas casi borradas del pasado, lo saca del pozo de la memoria y lo presenta como algo vivo.

En Landero escribir parece fácil. Sin embargo, escribir es una lucha, y él gana. Cuando lo lees tienes la impresión de que la escritura fluye sin esfuerzo. Sabe encontrar la imagen, la palabra precisa para hacer patente lo inasible. Largas enumeraciones, que embelesan, que no puedes parar de admirar mientras las recorres en el papel. Es encomiable la plasticidad que adquieren los rincones más profundos de la existencia en sus páginas. Hay pasajes que te atrapan, porque los sientes cercanos, porque te reconoces.
Dos frases me llamaron desde el libro mientras lo leía. Seguro que si lo leyera más veces serían otras, o no. Una: “Ayer fue un día que casi se quedó sin vivir”. ¡Cuántos de estos días podemos tener en la vida! Te preguntas sobre qué hice ayer y la respuesta es demoledora: no viví. Landero me lo ha descrito con 10 palabras. Contundente.
La otra fue: “En aquellos campos solitarios, por lo demás, ni siquiera pasó la guerra. Ni siquiera la guerra”. Esta es la Extremadura de la Guerra Civil, según lo que su madre le cuenta que vivió durante ese periodo. Es la desolación del que se siente oriundo de una tierra que es ignorada; no despreciada, no, peor: invisible.

2 Mientras leía este libro pensaba en los recuerdos. ¿Qué queda de lo que hemos vivido? Cuando me acerco a épocas pasadas de mi vida, algunas incluso no demasiado alejadas en el tiempo, e intento reconocer qué había por allí, no consigo ver muy claro al principio. Es como si después de venir de un exterior muy luminoso, entrara en una habitación en penumbra. Primero no veo casi nada, después, me esfuerzo, guiño los ojos y ya empiezo a distinguir algunas sombras. Unas veces se aclaran y otras permanecen totalmente opacas.
Los recuerdos convierten lo que fue en imágenes fijas o, a veces, en movimiento; pero sin vida: no hay sonidos, no hay olores; quizás sea eso.
Hurgo en un momento pasado, se descubre nítido. Aunque no estoy muy segura de si aquello realmente sucedió o se ha formado en mi interior de manera artificial.
Existe una memoria que te prestaron los que ya no están y que se mantiene muy fresca. Existen esos otros recuerdos, imposibles, porque los que se fueron se los llevaron con ellos.
Hay vivencias que uno desea olvidar, pero el cerebro, obstinado, las conserva. Hay otras que sí hubieras deseado mantener pero ya se fueron. Un día alguien te pregunta si te acuerdas de tal cosa. Y no, nada, un vacío en tu mente. Te apena.
El tiempo distorsiona lo sucedido. Cuántas veces hemos creído que algo se mantenía fresco en nuestra consciencia y, de pronto, otro que también lo vivió te muestra otra cosa: qué distinto era lo que recordábamos.

Realmente el ayer ya no existe, solo supone un reflejo, más o menos lejano, de lo que fue. Es como si alguien viniera detrás borrándolo todo y dejara unas pocas rayas en ocasiones apenas perceptibles. Reconstruimos lo que pasó a base de analogías extraídas del hoy, de lo que suponemos que  fue; a veces también de lo que querríamos que hubiera sido. Todo está sembrado de dudas.Y no le permito al olvido sembrar en mí la desazón: él forma parte de la vida.