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jueves, 28 de noviembre de 2019

La violencia justa


En la formulación del título, La violencia justa, descubrimos cierta paradoja.
¿Puede ser justa la violencia? No, por supuesto que no. La respuesta se te cae de la boca. Pero, ahora piensa que has sido tú el agraviado. Se me ocurren numerosas injusticias que podrían exigir expiación. Tienes en tu mano la posibilidad de “hacer justicia” (o sea de vengarte), ¿cuál sería tu respuesta entonces?
Esta novela te inquieta porque las preguntas que arrastra y las respuestas que te genera se mueven en el terreno, resbaladizo, de lo moral e inmoral.
     Andreu Martín te hace  empatizar con el violento expolicía Alexis Rodón,  porque cuando reacciona con furia, lo hace contra el secuestrador de una pequeña, o contra unos traficantes de niños: crímenes más que despreciables.
Y entonces, surge otra pregunta: ¿se pueden transgredir las normas para ganar en el terreno de los malos? También aquí la respuesta negativa parece estar clara. Sin embargo brota de nuevo la duda: me alegro del triunfo del bien sobre el mal aunque conlleve dureza, sobre todo cuando los muertos son en el papel y están hechos de palabras. Los buenos y los malos, ¿están siempre claras las diferencias entre unos y otros?
El autor sale en defensa de la policía, contándolo todo, lo mejor y lo peor, pues  hay agentes buenos y malos, regulares y nefastos. Considera que el 80% de su actividad es de ayuda social y no de castigo. Se admite la actitud de Rosón porque está fuera de la disciplina policial, ya que fue expulsado del cuerpo, con equidad, pero quizás sin considerar todas las circunstancias.
La trama se divide en capítulos narrados en primera persona, unos por Alexis Rodón y otros por Teresa Olivella, presentados alternativamente. Dos acciones que terminan cruzándose. Solo hay un capítulo al final que rompe con esta tendencia, es el que se identifica como “El operativo”. En él el autor utiliza una técnica narrativa cinematográfica, incluye entre los personajes a una policía estrella que lo sigue todo desde un helicóptero: hoy ha venido sin sus tacones de aguja. El ritmo es excepcional, Andreu Martín es un maestro narrando. Dosifica, entrega los hechos de forma creíble.
Teresa busca a Alexis para, se sospecha pronto, una venganza. Aquí surgen los ecos del cine negro más clásico: Perdición de Billy Wilder, con guion del propio director junto a Raymond Chandler, que adaptan una novela de James M. Cain. Rodón se constituye en el caballero andante que ayuda a las damas en peligro, sin importarle los métodos.
Hay dos tipos de venganza en el libro: la de un criminal que quiere desagraviar a su amigo y la de una mujer que quiere hacer pagar los maltratos de su marido. ¿Hay diferencia? En este mundo se mezcla gente muy distinta, pero ¿son tan distintos sus sentimientos?
Hay sexo, quizás demasiado. Puede que sea una faceta más de lo salvaje del mundo que se refleja aquí.

“Mi planteamiento es que no hay respuestas fáciles ni sencillas ante situaciones complicadas", asegura Andreu Martín. 

domingo, 3 de noviembre de 2019

No cerramos en agosto


NO CERRAMOS EN AGOSTO
Eduard Palomares
Una novela negra en una Barcelona de luz  y sombras.
¿Por qué atrae tanto la novela negra? Quizás sea por la misma razón que la novela realista del XIX embelesaba a su público: la atracción por lo que se sitúa lejos de nuestra vida cotidiana, aunque está ahí, muy cerca de nuestra tranquilidad. Podría ser un caso de voyerismo, o quizás de simple curiosidad.
La novela negra, que crece y se reinventa, retrata un espacio, un estado de cosas;  imita aquel espejo de Stendhal que se paseaba por los caminos recogiendo el reflejo de la vida. Esa era la metáfora con la que el autor francés describía la novela realista. En el caso de No cerramos en agosto los delitos están estrechamente ligados a la Barcelona actual más turbia: la de la gentrificación, la precariedad laboral, los sombríos negocios inmobiliarios o el turismo tóxico. Pero para Eduard Palomares es también la Barcelona más tradicional, la de los bares más clásicos (aparecen muchos), esos del camarero amigo, donde los clientes ven pasar la vida.
De tono amable, hasta tierno; con frecuencia te despierta una sonrisa, aunque también, la cólera ante la codicia y la ambición. Me he encontrado la ironía, a veces algo manoseada: “Suerte que el ayuntamiento ha encendido ya las luces de Navidad para llenarnos a todos de buenos sentimientos.” Este libro se identifica como una novela negra bastante clara.
Jordi Viassolo, el protagonista, empieza su carrera detectivesca. Es un pardillo que se va a apoyar en el curtido Recasens, el del colmillo retorcido. Colaboran con los mossos en la persecución del crimen (una situación ideal, aunque quizás no sea lo frecuente). Se distingue bien a los más mayores de ambos cuerpos como más experimentados, más cultos; frente a los jóvenes que aún se muestran bisoños y con menos conocimientos. Quizás sea una cuestión de la educación recibida, una más tradicional y otra más moderna; con las peculiaridades de cada una.
El autor rinde homenaje a los grandes autores del tema policiaco,  a Vázquez Montalbán, el primero. Sin embargo se ha alejado con su Viassolo del estereotipo de investigador más clásico. A su detective no le falta deseo de hacer bien las cosas, aunque le falta empuje, pero ahí está Layla para tirar de él. Entre los dos hay unos sentimientos, congelados, que solo necesitan una pequeña candela para ser una hoguera.
Una Barcelona infestada de turistas y asfixiada por la especulación y la precariedad laboral. Leo en un artículo de Laura Fernández en El País. En contraposición escribe Eduard Palomares al final de la novela, cuando ya ha solucionado el caso: “Así es Barcelona, te pone las cosas difíciles pero luego te regala una agradable madrugada en pleno diciembre.”



jueves, 24 de octubre de 2019

Pequeño país



PEQUEÑO PAÍS. Salamandra 2018
Gaël Faye
¿Los Hutus?, ¿los Tutsis?; apenas un lejano recuerdo de aquellos terribles enfrentamientos que nos sobrecogieron a todos en 1994 en Ruanda (11.000 muertos al día, 470 a la hora). Pequeño país me los ha acercado desde la mirada de un niño, Gabi, que los vivió de cerca. El protagonista nació en Burundi y allí vivió su infancia. Una niñez demasiado parecida a la de muchos de nosotros, a pesar de las distancias.
Gabi es en cierta manera el alter ego del autor de la novela, el cantante de rap francés Gaël Faye, hijo como aquel de francés y ruandesa, nacido también en Burundi.
Gabi huyó de la guerra que veía aproximarse en su país natal tras el conflicto de Ruanda. Ya ha sobrepasado la treintena y ahora vive en Francia. Una duda y una obsesión: volver a su lugar de nacimiento. Algo le llama desde allí porque no sabe bien de dónde es; ha crecido entre dos mundos.
Gabi nos transporta con palabras a su primera adolescencia en Buyumbura: la escuela, como aquí; los amigos, como aquí; la familia, como aquí; la guerra, tan distinta. En una ocasión, con su padre, hablaban sobre las causas de los enfrentamientos entre Hutus y Tutsis. No era una cuestión de territorios, ni de lengua, ni de religión; era por –aseguraba el padre- el tamaño de la nariz, los unos tenían una nariz ganchuda y los otros chata.
El mestizaje del autor legitima su discurso: “Mi mestizaje fue un motivo de desarraigo durante mucho tiempo. Ahora intento convertirlo en una riqueza”, asegura Faye, que se muestra contenido en su relato, no cae en la desmesura o el barroquismo: toma prestados los ojos del niño.
Hay una literatura que nos zarandea, que nos interpela y descubre realidades que a veces pueden resultar lejanas en el espacio, pero que están ahí, vividas por personas como nosotros, aunque con fisonomías diferentes.
Gabi recurría a los libros para escapar a todo aquel horror. Así se lo había enseñado su vecina, dueña de esa enorme biblioteca que Gabi devoraba día tras día, cuando la situación no le permitía salir a la calle, a su calle.
-       ¿Ha leído usted todos estos libros? Le pregunté.
-       Sí. Algunos varias veces, incluso. Son los grandes amores de mi vida. Me hacen reír, llorar, dudar, pensar. Me permiten volar. Me han cambiado, han hecho de mí otra persona.
-       ¿Un libro puede cambiarnos?
-       Por supuesto, ¡un libro puede cambiarte! E incluso puede cambiar tu vida. Como el rayo. Y no se sabe dónde tendrá lugar el encuentro.

sábado, 12 de octubre de 2019

Pelea de gallos


2018
María Fernanda Ampuero. Ecuador. 1976
La literatura es mi vehículo para gritar, aseguraba la autora en la prensa recientemente.

En Pelea de gallos María Fernanda Ampuero nos lanza a la cara una realidad que duele, y ante la que el lector no se va a quedar indiferente. La autora busca que nos despertemos, que reaccionemos ante el abuso de poder, el abuso de fuerza, la hipocresía social, el clasismo, la superchería, el machismo, el desprecio del diferente…

Ha dado voz a los que casi nunca tienen voz. Ha rebuscado entre los escombros vivenciales que tenemos más cerca. Y ha encontrado muchos pedazos de almas.

La autora ecuatoriana descubre detrás de un mundo de luz las sombras más negras. Al leer comprendemos que hay que abrir puertas y ventanas para que entre el aire y se lleve las miasmas.

“Uno ve gente  y no sabe lo que ha pasado detrás de la puerta de su casa.” Leemos en uno de los cuentos.

Una escritura certera, donde nada sobra, donde sentimos la fuerza de esta mujer reivindicativa.

13 cuentos.
¿Hasta dónde tiene que llegar una mujer para impedir que la vendan a unos depredadores sexuales?
¿Qué brazos cobijarán a esas niñas que nunca tienen a sus padres con ellas, él porque trabaja, ella porque se pasa el día fuera jugando naipes?
Debajo de una tarta de cumpleaños con la cara de Mickey se puede esconder todo el dolor de un alma herida  y toda la hipocresía de un vecindario.
Un pobre monstruo abrasado por el napalm y una pobre niña abrasada por un amor a otra niña.
¿Cómo puede la familia preocuparse tanto del alimento físico y tan poco del espiritual?
Se cierra la persiana, hay que ocultar a los niños que buscan el amor donde pueden, porque no lo encuentran en donde debe estar.
¿Puede la superstición acallar pobres conciencias?
Una mujer despreciada, tratada como un perro, por un embaucador de conciencias.
“Nos quedamos solas, hermana mía, más que solas: sin un hombre en casa, y tendríamos que estar tiritando como cachorros de perra muerta”. Pero lo mejor es que no lo están, por primera vez dirigen sus vidas.
Ali murió dos veces: la primera fue lenta, mientras su padre abusaba cruelmente de ella.
El chismorreo: “(…) no hablar de los demás significa tener que hablar de una misma(…)”.
¿Hasta dónde puede llevarte la soledad en un paraíso?
Y…

Un grito de SE ACABÓ  en el último cuento. Un grito de esperanza.




viernes, 27 de septiembre de 2019

Los millones


Los millones
Santiago Lorenzo

¿Puede alguien compadecerse de un terrorista del GRAPO? Sí, si es como Francisco García, protagonista de la novela, que ingresó en la organización sin darse cuenta, siguiendo al responsable de un grupo de montañismo al que pertenecía desde la infancia. Sí, si, como Francisco García, no hubiera cometido ningún delito. Sí, si, como Francisco García, recibiera las consignas de la organización con tres chicles pegados debajo de la barra de un  bar cutre de barrio; y en caso de no encontrarlos, nada querrían de él por el momento. Entonces podía encaminarse a la destartalada nave donde trabajaba, cosiendo, en soledad, falsas etiquetas de Benetton sobre camisetas falsificadas.

El humor puede teñir los temas más duros, las problemáticas más complejas. E ironía y humor recorren este libro. Pero también se ve atravesado por la nostalgia. Estamos en 1986, entonces, el autor, Santiago Lorenzo, era un joven seguramente ilusionado por las perspectivas nuevas que había abierto la Transición, y decepcionado también por los tintes desesperanzados que inundaban los finales ochentas: todo había sido un espejismo. No sé si él sentía esto, muchos sí lo sintieron.

Con una sonrisa recuerda, y recordamos, aquellos tiempos. Ya en las primeras páginas aparecen el Casio del plástico, la formica, los primeros bocadillos envueltos en papel Albal, el video Betamax…

Ha creado un personaje que resulta entrañable (lo volverá hacer más tarde en otra novela), uno de tantos, que más que vivir por sí mismo se deja vivir por las circunstancias que le van tocando padecer, otro más de los …QUE DE LEJOS PARECEN MOSCAS.

Había adecentado la casa que le habían asignado: alivió la mugre con aguarrás industrial encontrado entre desechos, convirtió unas bolsas de basura de comunidad en cortinas para la bañera y un bote de suavizante agujereado en mango de ducha… Se convirtió en el Robinson Crusoe del barrio de La Ventilla. Su dieta no hubiera obtenido el plácet del  nutricionista más permisivo. Aprovecha Santiago Lorenzo el apartado para arremeter con ironía contra tanto “afán por la vida exquisita” que surgía y asqueaba en esos ochenta.

El libro comienza en 1988, Francisco García está en la cárcel de Palencia. Disfruta de los nuevos programas de reinserción, tan frecuentes durante aquel momento político. La muestra se encuentra en el cáustico título de una exposición realizada con obras de los reclusos: En-Cárcel-Arte 88.  E intuyo hartazgo y rabia en el autor al narrar estos episodios, cuando está cerca de los cincuenta y ve todo aquello como un mal sueño.

La escritura de Santiago Lorenzo me recuerda a los grafitis de ácido que manchan las ventanas del metro, aquí sembrados de un ingenio que en él parece natural.

Cuando terminaba su trabajo, Francisco cogía el autobús y se dirigía al centro, siempre alerta a posibles persecuciones. Sospechó en una ocasión de “un patillas con pinta de chivato” y corrió a refugiarse en una administración de lotería, allí se vio obligado a comprar un boleto de la nueva Primitiva, entonces en promoción. Ahora se cruza en la trama del libro un nuevo personaje, Primitiva García (no deja de ser significativo el nombre elegido), tan infeliz como Francisco García. El destino los une cuando ella, periodista de segunda regional, busca al agraciado con el premio de la primitiva, que es Francisco.

Suma de dinero que no puede cobrar porque ¡un clandestino no se puede identificar!

viernes, 20 de septiembre de 2019

...Que de lejos parecen moscas


…Que de lejos parecen moscas
 Kike Ferrari
  


Esto es una novela negra; aunque escaseen las características más representativas del género. Nos encontramos con un cadáver, sí; pero su descubrimiento no inicia ninguna investigación; a nadie parece importarle este cuerpo. Es como si el argentino Ferrari quisiera mostrar un país insensibilizado hacia la muerte después de la dictadura. La única policía que aparece no investiga, se lucra con deshonestidad. Sin embargo tiene un tinte negro, pues se mueve en las aguas muy oscuras de la corrupción, del engaño, de la falsedad, de la traición y de la vulgaridad.

El protagonista, el señor Machi, aparece como un individuo sin escrúpulos, que nunca dudó en aniquilar a cualquiera que obstruyese su camino. El régimen totalitario se nutrió de estos tipos amorales, que convirtieron en víctimas a muchos de sus conciudadanos. Estos son los que de lejos parecen moscas, aunque en el libro a lo que alude el curioso título es a los pedacitos que quedan de una lapicera cuando un camión la aplasta.

El señor Machi tras una de sus habituales noches de sexo y drogas se dispone a volver al hogar familiar en el coche de ofensiva opulencia que posee. Solo unos pocos kilómetros y sufre un pinchazo. Al abrir el maletero descubre un cadáver, está sujeto al propio vehículo con unas esposas de peluche rosas que el señor Machi usa en sus juegos amorosos. Allí comienza su calvario cuando inicia una carrera angustiosa y sofocante para deshacerse de ese muerto molesto.

                Ese cadáver va a arrastrar al protagonista al infierno de la duda. ¿Quién pudo ponerlo allí, y de aquella manera? Muchos han podido hacerlo, porque muchos son los que tienen motivo para odiar a Machi. Van cayendo sobre él pesados como losas. Ferrari los va insertando en la obra con un estilo muy personal, en el que obliga al lector, colaborador activo, a indagar y a reconstruir la historia de este arribista infame.

            Se reconoce en este texto un eco de aquel el infierno son los otros de Jean Paul Sartre: la literatura no pertenece a una época o a un autor, es como una corriente subterránea que brota y vuelve a brotar.

Nos encontramos una escritura sin adorno, las palabras son certeras, como los puñales que arroja el artista para dibujar la silueta de un cuerpo en un espectáculo de circo, con anticipaciones que consiguen mantener un alto grado de tensión narrativa.

Lo peor está por llegar: el autor consigue que el ahogo y angustia se apoderen del que lee.
                                                                                     

lunes, 2 de septiembre de 2019

Tuya

TUYA
Claudia Piñeiro

Al comienzo del libro, Inés Pereyra descubre que su marido tiene una amante, y a partir de ahí nosotros comenzamos a descubrir a Inés Pereyra. Una mujer que ha actuado en su vida como otros querían, una mujer que no ha buscado un camino propio, una mujer que recuerda a muchas mujeres de otros lugares y de otras épocas.

Humor e ironía gobiernan estas páginas, sin quitar profundidad a los sensibles temas que toca.

Inés Pereyra se presenta como un ama de casa modélica, se muestra feliz, aunque sea sentada sobre una gran mentira; por su interés sabe cerrar los ojos a lo evidente. Hizo una buena boda cuando, aconsejada por su madre, forzó el embarazo para asegurar la caza del marido.

Vive con una hija, que la infravalora, y con un marido, que la engaña. Pero todo va bien. Aunque estallará una tormenta, y ahí veremos de qué es capaz. Los personajes literarios, igual que las personas,  se muestran con perfiles más claros al ser confrontados a una situación extrema. Y ahí crece esta novela, en torno a esta familia en la que no hay comunicación, pero en la que todos saben todo, o casi todo, de todos.

El líquido en el que crece el relato es una novela negra; peculiar, y más atractiva, por distinta. Hay un cadáver, pero no hay un caso policial de los habituales. La intriga y la búsqueda de la verdad se adueñan del relato. Aparecen unos culpables, pero aparece más la idea de culpa. Lo más negro de esta novela está en los personajes, que no son claros porque ocultan lo que sienten. Es como si caminaran por un túnel oscuro, siguiendo itinerarios marcados. Solo Lali se atreverá a romper lazos.
Claudia Piñeiro aseguraba en Babelia que la novela negra nació para denunciar las injusticias, y como ella es una mujer comprometida,  eso está en su novela.

Enric González dice que los finales de esta autora son astutos e inesperados. Aquí se cumple.

sábado, 31 de agosto de 2019

Verano en rojo


VERANO EN ROJO
Berna González Harbour

Una novela policiaca clásica. Acabas de abrirla y ya aparece el primer cadáver. Y a enseguida la investigación, llena de aciertos por parte de la comisaria María Ruiz y de sus hombres.  Y ahí empieza también la narración clara y fluida de la autora.
González Harbour no se sale mucho del raíl más tradicional del género: hallazgo de cadáver y comienzo de la actividad policial. Va completando un puzle con piezas que proceden de las pesquisas de la policía y de las investigaciones de un experimentado periodista.
Estamos en la España de 2010, la obra –como gran parte de las novelas  de este estilo - se convierte en el espejo que refleja la vida de ese momento: suenan los goles del mundial; los periodistas sufren la crisis de los diarios de papel; las madres pensionistas se ven obligadas a recoger en sus casas a hijos que se quedaron sin trabajo. Y un tema destaca por encima de todos: la pederastia dentro de la Iglesia Católica.
La novela policiaca en general se llena del momento histórico que la ve nacer, por eso es una buena crónica de nuestro tiempo.
El desenlace es vertiginoso, es una conclusión dinámica y vivaz, y también poco creíble, demasiado artificioso.
Los personajes están estereotipados. La autora se permite una pequeña desviación del canon (frecuente por otro lado), la comisaria es una mujer. Sin embargo creo que no acierta cuando  en el trato con sus subordinados utiliza improperios y rudezas, yo diría que imitando al tópico policía varón. Una mujer en un puesto habitual de hombre debería encontrar su propia voz.

Calla un secreto personal, que en las últimas páginas se descubre: sobra el tono Corín Tellado bañado de erotismo.


sábado, 20 de julio de 2019

El último barco


EL ÚLTIMO BARCO
Domingo Villar

La desaparición de una mujer origina una investigación policial. Al principio las rutinarias gestiones dan un tono lento al desarrollo de la trama: extensas descripciones pormenorizadas de lugares relacionados con la ausente, pero ningún avance.
Pero de pronto me doy cuenta que estoy inmersa en la investigación, que soy un poco el inspector Leo Caldas, que toca ser paciente y dar tiempo para resolver el enigma.  Los primeros pasos son tediosos y descorazonadores, por repetitivos e infructuosos. Durante toda la novela me ato a este inspector vigués, siguiendo todos y cada uno de sus movimientos. Veo lo que ven sus ojos, sé lo que piensa.
En el heterogéneo mundo del género policiaco cada autor busca su voz particular, la de Domingo Villar es hacerte uno con su investigador: la frustración ante el error, su rabia cuando algo es injusto, esa entrega paciente, el alivio ante un descubrimiento.
Todo sin exhibicionismos pirotécnicos, Leo Caldas es un hombre moderado y tranquilo, que hace su trabajo sin estridencias; fumando, fumando mucho.  Estévez, su ayudante aragonés, es un poco su contrapunto; resulta excesivo tanto en sus actuaciones como en su enorme físico.
Domingo Villar ha buscado el homenaje a Vigo, la ciudad donde nació y que se hace muy presente en la novela con sus calles, sus edificios, la Ría; el clima. 
A través de las entradas del diccionario que abren cada capítulo, me recuerda al inspector Kostas Jaritos. Cuando él se hallaba perdido con algún caso reflexionaba consultando definiciones de palabras que le ayudaban a pensar.
Caldas cree haber encontrado al responsable de la desaparición de Mónica Andrade y nos lo razona. Pero no es el único que tiene un sospechoso, el padre de ella también tiene uno, Camilo Cruz, cuya única culpa es que sufre una disfunción psicológica que le hace diferente: se refleja aquí, quizás, nuestro miedo al distinto.
Pero nadie podría imaginar quién es el auténtico culpable, no se descubre hasta las últimas líneas, en un final verosímil y contenido, rebosante de tensión narrativa.

lunes, 17 de junio de 2019

Las hermanas Bunner


LAS HERMANAS BUNNER
Edith Wharton
Las descripciones de Edith Wharton consiguen hacerte atravesar la puerta de la tienda de Ann Eliza y Evelina Bunner, es muy pequeña y se sitúa en un destartalado semisótano, en una calle tranquila, ya condenada a la decadencia, se anuncia con un cartel en borrosas letras de oro sobre un fondo negro.  Se puede oler y hasta sentir el mundo gastado y yermo de estas dos mujeres.
Allí viven y allí trabajan, dentro de un breve, y solo femenino, círculo de relaciones.
Se quieren las hermanas por costumbre, porque les enseñaron a quererse; como también les enseñaron a existir sin cuestionar nada.
Ni una ni otra se atreve a dejar que sus sentimientos traspasen la tela de sus vestidos.
Un reloj llega hasta la casa en forma de regalo de cumpleaños, arrastrará  con él a un relojero que irrumpe en el universo de las dos hermanas, desbaratando su lenta y apacible realidad.
La tensión narrativa despega hasta robarte el aliento al final de esta breve, e intensa, novela: me duele el cinismo del hombre, me emociona la entrega incondicional de Ann.
Me sorprende que el Nueva York de principios del siglo XX, todo energía y fuerza renovadora, pudiera albergar estas vidas tabicadas de prejuicios: mujeres que se sienten en la sombra porque no hay un hombre que venga a sacarlas a la luz; que ignoraban que tenían la libertad de ser ellas mismas.
Creo que las hermanas Bunner,  con otro nombre, podrían haber vivido en la España de entonces, y en la de después. Aquí también había mujeres que obedecían lo que les ordenaban las costumbres; mujeres que acallaban sus corazones apretándolos con las dos manos.

lunes, 6 de mayo de 2019

La sustancia del mal



El Bletterbach esconde un secreto, ¿te atreverías a llegar hasta él?
Jeremiah Salinger lo hizo.
La sustancia del mal electriza con su intriga, te eleva con situaciones que remueven las conciencias lectoras, pero te deja caer, no se hunde del todo en la materia expuesta.
No parece que esta novela vaya a reposar en los anaqueles celestiales de la crítica literaria. ¿Importa? Te evade.  
El título podría no animar mucho, ese mal que aparece alarma un poco. Y es cierto, si eres impresionable: no se te ocurra leerla. Pero si no lo eres, adelante, la trama te va a absorber.  Eso sí, procura no leerlo de noche, ni en soledad. Aconsejo abordarla al aire libre, en un parque, por ejemplo; pero en zonas de paso, no te refugies entre árboles, y menos si hace viento, que pueda mover las hojas; ese inquietante ruido podría darte escalofríos. La novela sería una compañera de viaje ideal, pero abstente si tienes intención de ir a una región de montaña.
 El 15 de septiembre de 2013, la vida de Salinger frena de golpe por un accidente, provocado por la ambición del profesional impetuoso. Pero el azar que nos gobierna quiso que la Bestia lo escupiera de aquella profunda grieta en el hielo.
Una pregunta me golpetea: ¿cómo reacciona uno en la cama del hospital al descubrir que está vivo cuando los que iban contigo han muerto? ¿Cómo se gestiona esa culpabilidad que te muerde?
Salinger se recupera, anclado en Siebenhoch, un pueblo en montaña al que ha llegado de vacaciones con su mujer, oriunda de la zona, y su pequeña hija. Casualmente oye hablar de la masacre del Bletterbach: se lanza a indagar los crímenes del 28 de abril del 1985. ¿Es el propio peso de su conciencia el que le impulsa? Quizás no sea más que búsqueda de material para su trabajo de guionista.
A la vez que volvemos atrás en el tiempo y vamos descubriendo, poco a poco, los desgraciados sucesos, intuimos las vidas de sus protagonistas en la sociedad cerrada de este entorno, tan majestuoso como difícil. 
En el libro no hay nada que hable de ello, pero no puedo dejar de pensar en las horas, días, semanas, años que vivieron los que volvieron –porque hubo otros que no lo hicieron-. Sus existencias ya no fueron las mismas, eso sí nos lo dice Luca D’Andrea, pero nada revelano tiene tampoco por qué- de esas existencias con un negro pájaro posado en los hombros. El autor toca superficialmente, no mete la mano a fondo en las vivencias.
Nadie quedó indemne. Porque si es malo morir, malo es vivir con un peso que te doblega, que te tuerce la biografía. Los supervivientes han tenido que soportar la carga del secreto, de la duda; revividos a cada paso por la vista de la montaña, desde cualquier rincón del asfixiante entorno.


lunes, 15 de abril de 2019

Esperando a míster Bojangles


2015 en francés, 2016 en español.
Mi padre me había dicho que antes de mi nacimiento, su trabajo consistía en cazar moscas con un arpón. Me había enseñado el arpón y una mosca aplastada.

De esta manera se inicia Esperando a míster Bojangles, una novela que nos sumerge en una realidad que no se reglamenta con las normas convencionales.

Con una ingenuidad deliciosa, un niño nos va contando su infancia junto a su madre y a su padre. Estos no se ajustan en absoluto a la idea que nos venden de los buenos progenitores, pero, sin embargo, a muchos nos hubiera gustado, al menos en alguna ocasión, tener una familia como esta, que rezuma amor. Me podría imaginar la reacción de Asuntos Sociales,  si supieran que tras las frecuentes fiestas nocturnas en casa, por la mañana el pequeño se hacía enormes ensaladas de fruta con los restos de los vasos de sangría.

Te vas metiendo en la atmósfera del relato y desearías que la vida pudiera ser así de fácil. No tienen problemas económicos, el padre dejó ese primer oficio de cazador de moscas, para abrir un gran número de talleres automovilísticos: un senador amigo creó la inspección técnica de  vehículos y, consiguientemente, desencadenó la necesidad de negocios de reparación de coches. Al poco tiempo el padre vendió todos los talleres y se dedicó a vivir de las rentas. Con eso obtuvo el aplauso de la madre, porque ahora trabajaría menos y pasaría más tiempo en familia. Bourdeaut engarza de forma implacable cada elemento para hacerlos creíbles. 

Me he dejado abrazar por la fantasía y el humor: una montaña hecha con la correspondencia sin abrir se alza en la entrada de su casa; un pájaro revolotea libre por el hogar, es como  un miembro más de la familia; a veces la cocina se convierte en una laguna cuando la madre se da cuenta de que las muchas macetas que crecen allí están secas y las anega; la cara de Claude François en un poster se utiliza por padre e hijo como una diana. En la casa cada día había montones de invitados, recibían también en el castillo que poseían en España. Si la expresión “castillos en España” en francés tiene el sentido de quimeras, ¿no puedo adivinar ahí un guiño del autor?

¿Y la escolarización del pequeño? En esa escuela tan tradicional a la que asiste, la maestra amenaza a la familia, podría perder el tren, el tren de la vida ordenada, si continúa faltando. Pero la madre le responde que por nada del mundo podría permitir que su hijo se privara del espectáculo del florecimiento de los almendros, solo porque tiene que ir a clase.

Son imágenes que generan afecto, sorpresa  y cierta envidia, porque no son como las que aparecen en nuestro entorno.

La fantasía no es frecuente en la temática de mis lecturas, quizás estoy demasiado acostumbrada  a deambular cerca del suelo. Al comienzo de esta novela, trataba de buscar anclajes con la realidad a modo de explicación de lo que estaba sucediendo: son unos recuerdos transformados por una mente infantil que se complementan con la transcripción de los cuadernos secretos del padre. 

El muro de la fantasía se desploma al final del relato. 

Para el novelista es un derrumbe con sombras y luces, por ese orden. Para mí es la corroboración de una certeza que me persigue: lo maravilloso dura poco.

Este escritor ha dado más peso a la ilusión. 

Olivier  Bourdeaut lanza una cometa al escribir su libro,  y yo he agarrado su hilo al leerlo.

Quizás lo que yo interpreto nada tiene que ver con lo que él proyectó. Quizás tenga que dejar crecer otra mirada.

La novela se estira en su contenido con la canción que encierra el título, y con la que bailan, enamorados, el padre y la madre: Míster Bojangles. En ella este bailarín es capaz de saltar muy alto, y apenas tocar el suelo después; pero vienen malos tiempos para él.
Y HAY QUE SEGUIR BAILANDO MR. BOJANGLES.

lunes, 8 de abril de 2019

Los asquerosos





Los asquerosos somos nosotros.
Casi sin darnos cuenta, hemos contratado una hipoteca vital que estorba nuestra existencia. Pagamos muy caro lo que creemos nuestro bienestar. Manuel, el protagonista del libro, se ha liberado de ese peso, y ha sido el azar el que se lo ha permitido.
 “Nació en Madrid en 1991. Su padre era uno que le daba igual a todo el mundo”. Así empieza el libro. Con 24 años, tras un incidente fortuito con un policía, tiene que huir de Madrid. Con la ayuda de su tío político, se refugia en Zarzahuriel, un pueblo abandonado.
Allí va a iniciar una nueva vida, en la más absoluta soledad. En un principio.
A pesar de que Santiago Lorenzo en el propio texto lo desvincula de los solitarios más clásicos, yo no he podido evitar pensar en Robinson Crusoe, construyendo, metódico, su refugio en la isla con los restos del naufragio. De la misma manera la nueva morada de Manuel se va creando con los desechos de los que se fueron; tras el hundimiento de una forma de vida.
Aunque es verdad que hay algo sustancial que distingue a ambos personajes: el de Daniel Defoe anhela el rescate; el de Santiago Lorenzo realiza una voluntaria huida hacia la soledad. Una soledad profunda e intensa; con elementos que la hacen bella. Resulta paradójico que durante su vida anterior Manuel se esforzara tanto por tener compañía, sin conseguirlo; mientras ahora se ve realizado en su aislamiento.
Manuel vive solo, y eso no es fácil. Nos han obligado a creer que debemos estar con alguien para ser feliz.    
No le resultaba difícil llenar el tiempo en aquel aislamiento semivoluntario. Uno de sus entretenimientos era matar moscas con una goma elástica. O mirar la chimenea: “El fuego es el futbolín del solitario”, así lo explicaba a su tío con quien hablaba una vez al día por teléfono. Este es también el que le solucionaba los problemas de intendencia. El ingenio y la inventiva de Santiago Lorenzo lucen en cada pasaje, se adivina un trabajo concienzudo, y sistemático, diría yo. Me imagino que también ha debido ser una tarea placentera, al resolver hasta los detalles más nimios. Seguro que se ha peleado también con las palabras, pero no lo parece.
Aunque el personaje vive en estrecho lazo con la naturaleza, no es un militante. No conoce los nombres de las singularidades de su entorno natural. Él no quiere estudiar, no quiere hacer proselitismo, quiere vivir.
Hay un viraje en la trama: llegan vecinos. La vida de Manuel se trastoca. Los recién llegados son la mochufa. Vienen a disfrutar al campo pero se traen la ciudad metida en los bolsillos. Son descritos con mucha rabia. Son reconocibles para cualquier lector: tienen algo de cada uno de nosotros.
Manuel intenta sacar el máximo provecho a todo lo que tiene a su alrededor. ¡Qué lejos del derroche que nos identifica hoy a tantos de nosotros! Descubre después de dos meses sin lavarse la cabeza que el champú es “un compuesto premeditadamente adictivo para forzar su fidelización”.¡Se puede (se debe) prescindir de tantas cosas!
Manuel intentaba con una y otra metáfora explicar a su tío cómo se sentía, era difícil, pero consigue transmitirle la idea: ESTABA COMO DIOS.

lunes, 1 de abril de 2019

Corazón que ríe, corazón que llora


El texto refleja cómo la identidad antillana de Maryse Condé se va abriendo paso en ella, rompiendo capas de prejuicios familiares y sociales. Es como esas flores de raíz muy profunda que surgen a la luz a través de un largo camino bajo tierra.
 Un relato con un dulce aire naif, pero lleno de honestidad, compromiso y  fuerza reivindicativa.
En esta novela, hecha de recuerdos de infancia y de primera juventud, se plasma de qué manera un colonialismo ahoga injustamente una identidad, la antillana.
El potentado tiende a silenciar al que puede menos. Es una vieja historia que se actualiza con demasiada frecuencia.
Maryse Condé comienza el libro relatando que para sus padres la Segunda Guerra Mundial, constituyó un periodo sombrío. Y no, como se podría imaginar, por las terribles situaciones que arrastró la contienda, sino porque se vieron privados de sus habituales viajes a Francia, durante siete años.
Durante aquellos viajes familiares, los camareros de París mostraban su asombro por lo bien que hablaban francés a pesar de no ser blancos. Sin embargo eran tan franceses como ellos. Y además eran mucho más cultos, señalaba la madre, con cierta rabia contenida. Se sentían altivamente inferiores.
Maryse, aunque era pequeña, sentía pena por sus mayores. Su hermano Sandrino, como siempre, sería el que  le aclarara las dudas; y le explicó que sus padres querían ser lo que no podían ser porque detestaban lo que eran.
Procedían de Guadalupe, pequeño archipiélago de las Antillas, un territorio francés en ultramar. Allí disfrutaban de una existencia acomodada, clasista y racista. Vivían de espalda tanto a blancos y mulatos como a los más desfavorecidos de su propia raza. Allí remedaban la vida del otro lado del Atlántico.
La pequeña Maryse vivía, estudiaba, jugaba en el exclusivo cosmos que le correspondía, el que su entorno había creado para ella. Se desarrollaba de espalda al Caribe: a su cultura, a sus gentes, a su situación socio-política. Y surgían preguntas, pero en casa no había respuestas.
Con 13 años, en la tercera o cuarta visita a Francia con sus padres, Paris no le parece la capital del mundo. Echa de menos su tierra. Se vislumbra un cambio en ella. Se hace muy crítica con su familia y con su mundo burbuja.
Se ve confrontada a hacer  en París un trabajo escolar sobre un libro que trate de su país. Puesto que son los años 50, y aún no ha surgido la literatura antillana, no sabe qué libro elegir; y recurre a su hermano, que  le aconseja leer a un autor de la Martinica. A través de él, Maryse descubre las duras condiciones de vida de los negros en el campo. Para ella, hasta entonces, el campo solo era un lugar de vacaciones. Aquí sitúa la escritora el germen de su concienciación política.
Empieza a ser consciente de que no conoce las verdaderas Antillas. Las que ella ha vivido hasta entonces  son solo un calco de Francia.
En casa todo va cambiando: sus hermanos ya no viven allí, sus padres se hacen mayores, hay un manifiesto deterioro…  Quiero intuir la metáfora de un mundo que se resquebraja para la adolescente Maryse. Es el momento de abrir la puerta a su futuro y se ve con dos alternativas: seguir la voluntad paterna o crear su propia senda. Opta por crear su surco particular, lleno de compromiso.
Original en francés 1999, en  español 2019.


martes, 12 de febrero de 2019

Farándula




2015
La farándula es la síntesis de faralaes y tarántula.” Sin duda una frase ingeniosa. La novela muestra talento literario. Pero  se apoya en una temática algo manida.
            Cuando el tacón de la bota de Valeria se clavó en la rendija de un respiradero en la Puerta del Sol,  Marta Sanz desplegó, como si sacudiera una sábana para estirarla sobre la cama, unas imágenes que retrataron el torbellino de ese espacio madrileño con el acierto de una gran escritora, que domina el estilo y la lengua.
Admirada, comenté con alguien ese comienzo del libro, que para mí lo colocaba alto en la órbita literaria.
“…Pero ¿te ha emocionado?” Tuve que reconocer que no.
Es un repaso, trivial diría yo, al mundo del espectáculo: actores estereotipados; la escena devorada por el capital; el poder de la televisión para convertir en fenómeno todo lo que toca…
Encerrados en esa farándula se encuentran una actriz famosa, la diva que, al final de sus días, no tiene dónde caerse muerta; un gran actor devorado por las dudas; una mujer de teatro que sabe cuándo abandonarlo porque ya no se ve en él; un intérprete al que los años han convertido en un cínico que se ha adaptado a los distintos momentos de la escena; comediantes ejemplares que aprendieron a hacer un teatro de compromiso, y hoy ya no tienen un lugar en el oficio; una joven que se sube nueva a las tablas, y combina el teatro considerado serio con un reality show televisivo que le da fama. Una crítica fácil de este producto basura, aunque sin ningún cuestionamiento conclusivo.
La novela adquiere densidad al llenarse de teatro (asistimos a un montaje en su trama: el teatro en el teatro, un recurso poco novedoso) y de cine (la obra que se ensaya y sube al escenario sigue de cerca una película clásica, Eva al desnudo, que a su vez trata sobre teatro y actores, y sobre todo de la condición humana).
Una rica forma literaria que debería haber albergado un contenido más ambicioso.