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domingo, 30 de enero de 2022

Tongolele no sabía bailar

 


Tongolele está al mando de un turbio departamento del estado nicaragüense, controla los servicios secretos. Fiscaliza, desvirtúa, pervierte; lo sabe todo. O eso cree él.

En un momento determinado pierde los favores institucionales y no entiende, no sabe quién lo empujó fuera del sillón, ni siquiera cómo.

“Cuáles son mis enemigos y cuáles mis amigos, ahora que todos los perros me orinan, quisiera saber.”

Sergio Ramírez lo retrata como si apareciera de pronto, desorientado y confuso, en una pista de baile donde ignorara los pasos del número que interpreta la orquesta. Porque Tongolele no sabía bailar.

En la novela aparece como el antagonista del inspector Dolores Morales. Comparten el mismo germen ideológico,  hicieron la revolución contra el dictador nicaragüense Anastasio Somoza, aunque más tarde sus desarrollos vitales mudaron,  llegando hasta caminos ideológicos opuestos.

Morales fue miembro de la Policía Sandinista desde sus inicios y tras recibir la baja se hizo investigador privado. Es la tercera vez que Sergio Ramírez lo coloca como protagonista en un relato.

Al comienzo de este se encuentra en la frontera Hondureña. El comisionado Tongolele lo encuentra incómodo y lo “ha forzado” a abandonar el país. Pero el detective tiene una razón poderosa para volver a Managua y va a intentarlo de la mano de la clandestinidad.

Cuando ya ha pisado suelo nicaragüense, asesinan a su salvoconducto. Descubrir al culpable nos proporcionará el caso.

Pero no nos confundamos, aquí no tenemos el inicio de un argumento policiaco, donde la resolución del misterio es el objetivo principal. De hecho aquí tenemos muchas claves para conocer el enigma, quizás no conozcamos la identidad precisa del asesino, pero sí el aliento que lo impulsa y la guarida de dónde procede.

Tongolele no sabía bailar  es una novela negra donde pesa más la realidad sociopolítica de la Nicaragua actual que la resolución del conflicto planteado. Es el retrato de una dictadura. Se pone el énfasis en que poco  importa si estas se encuentran alineadas a la derecha o a la izquierda, las dictaduras, todas, pasan por encima de las ideologías como apisonadoras.

Existe una vieja foto en la que el escritor aparece junto a Daniel Ortega y otros miembros de la junta jurando su cargo hace ya más de 40 años. Hoy juegan en campos opuestos. Ramírez cree que debe plantar cara, denunciar.

Desde el primer momento se ve en esta novela un ajuste de cuentas entre antiguos compañeros de lucha.

Afirmaba en El Cultural que el detective Morales era una especie de alter ego: Sus desencantos y los míos pertenecen al mismo ámbito, así que yo interpreto a través de Morales un desengaño que no es solo mío sino de toda una generación que ha visto a la revolución no solo envejecer sino descomponerse y convertirse en un cadáver que huele mal, que está ahí, expuesto al sol.”

Tongolele y Morales son personajes perfectamente trazados, pero no son los únicos, hay varios más que nos seducen: la vidente Zoraida, La Chaparra y Fabiola, madre, secretaria y amante, respectivamente, de Tongolele; Pedro, su ayudante y comparsa, que se pega al mejor postor; monseñor Ortez y el padre Pancho entre los católicos reivindicativos; Rambo, mano derecha de Morales, como lo fue Lord Nixon, que se ha convertido en su conciencia y le habla desde el más allá; los viejos militares y los nuevos, tecnócratas adiestrados en México.

Y entró ella, una negraza de pelo lacio teñido de un rubio triste, unos juanetes que la martirizaban al andar sobre plataformas de corcho, una cartera de Ferragamo falsa de toda falsedad al hombro, una blusa que dejaba desnudo el ombligo del que colgaba un piercing, en cada pernera de los jeans mariposas de lentejuelas.”

Es Fabiola, la amante, busca su favor para ampliar sus negocios, sin importarle aplastar a posibles competidores.

Un escritor en general toma distancia de la realidad que describe para luego poder retratarla y hacer de ella literatura. En esta ocasión Sergio Ramírez no ha esperado a alejarse del momento que vive su país, le urgía denunciar, eran tiempos de emergencia, había que reaccionar pronto –confiesa él mismo.

Pero la escritura no ha sufrido merma, sigue siendo punzante y adornada.

Lo que sí se nota es que lo que refleja ahora le duele mucho. En anteriores entregas de esta serie había también denuncia y desconsuelo por su gente,   pero la perspectiva temporal había permitido que lo que él dibuja ya sean cicatrices. Tras la muerte de tantos estudiantes en 2018, se obliga a escribir muy próximo a hechos intolerables, por eso lo que pinta son heridas abiertas.

La prosa de Sergio Ramírez contiene hilos geniales, excesivos y aparatosos que te envuelven, que se te pegan al cuerpo y al alma.

Su escritura la impulsa el desengaño, y conserva la maestría de siempre al otro lado del Atlántico.

Así se refiere a lo que queda del esperanzado proyecto revolucionario: Nos pusimos a montar entre todos un muñeco parecido a Buzz, el astronauta que grita «¡al infinito y más allá!». Y vea lo que salió: Chucky, el muñeco diabólico.”

Tongolele no sabía bailar es tan excesiva que seguro que lo que cuenta es la realidad. El humor y la ironía arrastran las torpezas de los hombres. Como cuando en el descampado, donde los paramilitares descansaban de masacrar, aparece una furgoneta repartidora de El pollo ciudadano para calmar el apetito que te puede dar matar.




martes, 18 de enero de 2022

Tiempo de vida

 


Tiempo de vida es ejemplo de autoficción, el autor se identifica con el narrador. Todo lo que sucede es real, aunque los hechos que se relatan pertenecen a la ficción,  porque el que narra en el libro hace una selección previa, solo escoge determinadas vivencias;  ahí aparece la elaboración literaria. Se trata de la realidad vivida por Marcos Giralt y su padre, pero el escritor trata de fijar esa realidad como él la sintió. Por eso no se trata de una autobiografía porque el que redacta elige, opta, prefiere unas vivencias y deja de lado otras.

Estas páginas se convierten en una especie de ajuste de cuentas entre los dos y un homenaje al padre.

Una ficción permite al novelista esconderse detrás de las historias, aunque sentimos presencia. Aquí eso no es posible, aquí habla el autor con su propia voz, exhibe sus comportamientos. Parece que sin demasiado problema con el pudor.

No estoy cómoda leyendo autoficción.

Quizás sea una cuestión de recato o quizás, que me interesan más las narraciones que se ensanchan, que abrazan muchos mundos.

Este libro me descubre rincones propios en los que no quiero detenerme.

Temas resbaladizos, que no deseo tocar porque ha pasado el tiempo y ya no se reconocen los contornos; porque ya no están los que podían proyectar luz sobre ellos.

Marcos Giralt Torrente toca aquí un tema universal: la muerte del padre a través de la desaparición del suyo. Lo impulsa el deseo de recuperar lo que ya no está, perpetuar lo que se ha ido.

Cuando un padre se va definitivamente, se echa la tapa a un baúl. Y uno se encuentras frente a algo clausurado, que ya solo podrás abordar con la memoria.

Si eres escritor tienes la literatura para acotar, para comprender la realidad. Eso hace este autor. Si no escribes solo tienes los recuerdos para reordenar, para degustar, para censurar, para lamentar.

Durante la niñez de Marcos padre e hijo pasaban mucho tiempo juntos, pues la profesión de pintor, le permitía a Juan Giralt trabajar en casa. Más tarde, como consecuencia del divorcio, la figura paterna se desvaneció un poco.  Él se quedó a vivir con la madre, las cotidianidades domésticas de ambos se cruzaban. Al padre lo veía menos y casi siempre fuera de casa. Aunque compartieron tiempo y espacio durante algún viaje. El padre tenía pareja y eso parecía dificultar la relación de ellos dos. Cuando Marcos Giralt habla de esto, se transparenta el resquemor.

En el momento en el que a Juan Giralt le diagnosticaron una enfermedad grave, las vidas de ambos se coserán apretadas, sus existencias se rozarán con fuerza. Marcos se vuelca con su padre. Y escribe cómo intentó aliviarlo, cómo lo acompañó y apoyó; con cuánta entrega le dedicó su tiempo, dejando de lado una parte de su propia vida.

Se produjo la muerte en febrero de 2007. El hijo tuvo que pasar un año de duelo antes de plantearse trasladar al papel tan intensas vivencias.

Marcos Giralt comienza su obra con una primera trama, la que destapa su búsqueda de una escritura, de un comienzo, de un formato en el que verter la relación con su padre. Se siente sofocado por las dudas sobre cómo abordar el tema, qué contar…

Al ser hijo único, Marcos Giralt solo dispone de una perspectiva. Una gran responsabilidad, un gran desafío para reconstruir una narración.

Cuando se es hijo único (…). ¿Cómo construir con la memoria una historia equilibrada cuando tan sólo disponemos de una mirada, y esa mirada está tamizada, influida además, por nuestro propio ser único?

Junto a esta primera trama se va desarrollando una segunda donde se camina desde el desencuentro a la unión con el padre.

La primera mitad del libro abarca más de treinta años de relación, en la segunda se desvelan apenas veinticuatro meses de vínculo durante la enfermedad. Un claro desequilibrio, debido quizás al peso emocional de estos últimos momentos.  

En un principio los hechos van cayendo de manera lacónica. En la segunda parte aumentan los detalles, sabemos mucho más de ellos dos.

El recurso de la repetición de palabras acerca el texto a la letanía religiosa y a la lírica más elaborada. Es una prosa que llega a hechizar.

“En páginas de Word que llené con insólita premura, intenté retratar a mi padre remontándome a su infancia, a su orfandad materna y a su padre tan frío; intenté poner mi culpa en primer plano para lanzarme en pos de la redención que la aliviara; intenté aislar un episodio iluminador que resumiera mi experiencia de él; intenté entrelazar con pulso impresionista escenas y recuerdos aleatorios; intenté ser cerebral y encarar nuestro problema reflexivamente, sin espacio para la poesía.”

Esta cita concreta se halla al comienzo del libro, reflejando esas oscilaciones que tiene como escritor para iniciar la narración sobre su padre.

La relación de los dos en los últimos años cerraba un círculo, el hijo se entrega al padre, ahora que lo necesita, como, seguro, el padre se entregó al hijo, cuando era pequeño y lo necesitaba a él.

Marcos Giralt termina comprendiendo a su padre, habían vivido una relación complicada, muy propia de los hijos de padres divorciados. El hijo termina perdonando a su padre y perdonándose a él mismo, pues se reprochaba la sobrecarga de intolerancia e incomprensión que hubo entre ellos.

Su libro aspira a ser literatura, no una crónica; pero la verdad es que nos deja un relato lleno de sinceridad, de verdad y de vida.

Nos habla literariamente de los que conocemos, de lo que sentimos.


miércoles, 15 de diciembre de 2021

Mendel el de los libros

 


Los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

Así concluye este relato breve.

Las páginas de los libros han ido guardando a lo largo de siglos la suma de saberes, de maldades, de avances, que otros fueron engendrando.

Esta obra supone un tributo al libro como el objeto que miras, tocas, hueles, acaricias; y también al libro como el contenedor de un universo virtual,  una compilación de experiencias de otras mujeres y hombres.

Representa también un manifiesto antibelicista y un manifiesto contra la irracionalidad y la necedad. Cuando se escribió el recuerdo de la Primera Guerra Mundial chorreaba frescura.

Muestra la queja y el dolor por un mundo y una cultura que se deshacían. Stefan Zweig había vivido cobijado en esos universos que se desmoronaban ante sus ojos.

El narrado se encuentra al comienzo del texto en una zona de las afueras de Viena. Un fuerte chaparrón lo empuja a refugiarse en un café. Lo reconoce, él ya ha estado ahí. No le resulta fácil recordar, pero hurga con empeño en su memoria y lo consigue.

A veces queremos recordar algo pero se nos esconde, golpea en nuestras sienes, se diluye, se escapa; apretamos los dientes, está ahí, lo sentimos, pero se resiste a mostrarse. Stefan Zweig le da cuerpo a esta sensación.

“Pero, ¡nada! Otra vez, ¡nada! Estaba enterrado y olvidado. (…) Pero, es curioso, apenas había dado los primeros pasos por el local, cuando en mi interior se produjo, reverberando y centelleante, un primer resplandor fosforescente. (…) Dios mío, si aquel era el sitio de Mendel, de Jakob Mendel, Mendel el de los libros. Veinte años después había ido a parar de nuevo a su cuartel general, el café Gluck, en la parte alta de la Alserstraße.”

Emerge el personaje, se hace enorme ante nuestros ojos: Jakob Mendel, un librero de viejo que desarrollaba su actividad en aquel local, cliente desde la apertura al cierre, siempre en la misma mesa con tablero de mármol. Podía conseguir cualquier ejemplar que se le reclamara, disfrutaba de una memoria excelente, era como si contuviera de un catálogo infinito en su mente. En el café Gluck se deleitaba tocando una rareza bibliográfica, se abstraía con la lectura, se ensimismaba entre las páginas. A su alrededor los jugadores de billar, los clientes, camareros iban y venían…, él no escuchaba nada. En una ocasión los operarios cambiaron las velas por luz eléctrica, él ni se enteró. “Pues leía como otros rezan.”

Mientras leía este texto yo me preguntaba si hacía bien Mendel en sumirse en ese aislamiento enfermizo. Yo me quedo con el lector que se conecta con la realidad. Pero, claro Stefan Zweig lo ha concebido así porque lo necesita en su discurso literario. Mendel es verosímil, pero no crea una corriente de empatía, más bien es alguien que pone obstáculos entre él y los otros. Aunque cumple la función que su creador le ha dado.

Se dibuja un homenaje a los libros y a la lectura, que te aísla, que te ayuda a volverte hacia dentro, a conocerte y, muy importante, a la lectura que te ayuda a conocer a otras personas y otros mundos, que te coloca en el camino de la tolerancia, del respeto al otro.

De todas las pasiones de los humanos, Mendel solo conocía una: la vanidad. Sabía que era identificado por muchos como un sabio experto en materia bibliográfica.

Pagará un precio alto.

Era un judío que 33 años antes había venido desde el Este hacia Vienapara estudiar para rabino, pero pronto había abandonado al riguroso Dios único, Jeovah, para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros”.

Allí había pasado 30 años, pero ahora ya no estaba. ¿Qué había sido de él? La compasión, la tristeza, la mediocridad se instalan en el libro.       

 


martes, 30 de noviembre de 2021

Traición

 



El exinspector de policía Joe King Oliver se alza entre las líneas de este clásico policiaco de 2018 como una creación talentosa.

Se asienta en el linaje de detectives perdedores que, como los que le precedieron en los comienzos del XX, deslumbran al lector por su perspicacia,  su talento, su bravuconería, sus fracasos personales, su conocimiento del mundo y las personas, su lealtad, su fortaleza moral y física; su determinación y temeridad cuando haya que descubrir la verdad.

Su tesón en la investigación logrará al final  saciar nuestra sed de equilibrio poético, porque van a vencer los que están del buen lado de la línea, aunque para lograrlo en ocasiones el detective tenga que pisar  el territorio de las tinieblas.

“Nací para ser investigador. Para mí ese trabajo era como hacer un puzle en tres dimensiones al natural que al final sería una representación exacta del mundo real.”

Y nos la da. Compone un dibujo preciso de Nueva York. Nos arrastra por sus calles, nos movemos de lo más infame a lo más exclusivo: en ambos espacios se configuran las mayores vilezas. Retrata con un trazo rápido la política desmotivadora de su país.

 Mi problema concreto con las mujeres era, en cierta época, que las deseaba. A mí, inspector de primera clase Joe King Oliver, no me hacía falta más que una sonrisa o un guiño para descuidar mis obligaciones y promesas, mis votos y el sentido común (…).”

El cuerpo policial neoyorkino guardaba en su seno una camarilla canalla que conocía bien esta flaqueza suya. También conocía su excelencia investigadora. Las metódicas indagaciones de Oliver en los negocios sucios de esos corruptos iban a dar al traste con la impunidad de los deshonestos. El inspector era un obstáculo para sus ruines transacciones,  y decidieron inhabilitarlo con una trampa. Una mujer que les debía un favor y una grabación manipulada dieron con Joe King Oliver en la cárcel. Ni siquiera su mujer lo apoyó. Su vida familiar estalló en pedazos. ¡Cuánto iba a echar de menos a su pequeña!

Al comienzo de la novela ya han pasado trece años de todo aquello. El relato en primera persona del expolicía nos rebela que ahora es detective por cuenta propia.

En los relatos policiacos desde el presente se escarba en el pasado. Primero se conoce el efecto, el crimen, la injusticia, el atropello; después se desvelan las causas, junto al quién y al cómo.

Disfruta de cierto parentesco con el Cid Campeador. Ambos cayeron en el oprobio después de una traición. Y ambos lucharán duro para remontar y limpiar su nombre. Los dos tocan la estirpe de los héroes legendarios.

Ni uno ni otro son reales, pero nos ayudan a sobrellevar, a cerrar la herida abierta en la armonía social.

En prisión  un policía nunca va a ser bien acogido.

“Solo llevaba 39 horas en Rikers y ya me habían agredido cuatro presos. Un apósito adhesivo blanco me sujetaba la carne rajada de la mejilla derecha. Le rompí al sirlero la nariz y la mano de la navaja, pero la cicatriz que me dejó duraría mucho más tiempo.”

“En pocos días había pasado de poli a criminal. Pensaba que eso era lo peor…, pero me equivocaba”.

Un anticipo que abre las expectativas al amante del género negro.

Lo habían despeñado hasta el infierno.

Lo excarcelan sin ninguna explicación. No deseaban su muerte, solo que no metiera las narices en asuntos turbios.

En prisión no estaba a solas “porque había cucarachas, arañas y chinches. No estaba a solas porque había docena de hombres a mi alrededor, también incomunicados, que pasaban horas gritando y aullando, (…)”. En ese agujero, anhelando sus lecturas, empezó a crecer su deseo de venganza que años después se mantenía aún vivo.

Una carta le va a dar la oportunidad de iniciar la búsqueda de los que le engañaron.

Su hija ya ha crecido, le ayuda en el despacho, coge llamadas. Por lo menos la ha recuperado a ella. Su vida se rompió después de aquel encierro gratuito e injusto; ya nada iba a ser lo mismo, pero el cariño de su pequeña le insufla vida.

Hoy ha llegado a su oficina un caso: en el corredor de la muerte se encuentra un inocente.  

Se le abren dos frentes. Duda, pero decide meterse a fondo en los dos lances.

A partir de ahora en la novela se vierten enormes cantidades de nombres a los que el lector tiene que estar atento, ubicarlos en una u otra trama. No siempre resulta sencillo, en ocasiones hay que releer. Mosley hace una gran tarea armando esta trama trenzada.

Joe King Oliver guarda mucho dolor y mucha rabia, una prostituta amiga se convierte en depositaria. Nada más tópico. Debe frenar las lágrimas, pero los motivos no le faltan. Su complicada vida infantil se dibuja con dos trazos.

Se busca el compañero que el detective más tradicional disfruta siempre, aquí Melquarth Frost. Él hará el trabajo más sucio, del que el detective se beneficiará. Su relación procede de la lealtad que Mel le profesa. En el código de los facinerosos también hay reglas.

Se despiden con un eco de la película Casablanca: “-Más vale que te largues antes de que empecemos a besuquearnos o algo.”

 

 

 




viernes, 12 de noviembre de 2021

La noche de los alfileres

 


Escuecen los libros donde aparecen niños o adolescentes desorientados, porque sus familias no supieron o no pudieron darles la guía que se precisa, al comenzar a vivir.

Muchos pequeños crecen como pueden, como les dejan, pero no como deben. Y no es una cuestión de economía, porque aunque el sostén pecuniario ayude, el infortunio consigue entrar en hogares acomodados.

En el nacimiento se llega a este mundo confiado, inocente, crédulo, pero muchas veces se produce un choque contra la incomprensión y la frustración de los otros. Principalmente de los más allegados, que deberían asumir el papel de guía. Un papel que no siempre saben ejercer, muchas veces porque tampoco a ellos les enseñaron.

El libro está hecho de capítulos breves encabezados por cuatro nombres Carlos, Manu, Moco y Beto. Son series de fragmentos en la que cuatro adultos limeños van desenrollando en primera persona una parte de su vida adolescente en un exclusivo colegio de jesuitas, treinta años atrás, en el Perú de 1992. 

Son recuerdos en los que a veces hay discordancias, porque la memoria no almacena por igual las vivencias.

Cuatro vidas se van perfilando en hogares rotos: parejas que no saben aceptar cuándo se acabado la relación; alcoholismo; hundimiento en el pozo de la locura; homosexualidad silenciada; mujeres amas de casa que no pueden volar.

“No éramos unos monstruos. Quizá nos pusimos un tanto... extremos. Y sólo durante un momento. Unos días. Un par de noches.”

Cuando un libro empieza así, el contenido remolca zozobra, arrastra algo oscuro. También algo vergonzoso, cuando se lee:Responderé, pero yo solo. No quiero verle la cara a nadie mientras hablo de esto”. 

Entre las páginas van cayendo nuevas pildoras (quizás sobran algunas) anticipando eso tan terrible que sucedió. Te crea intriga.

¿Por qué quería Manu que le expulsaran del nuevo colegio? Lo sabremos, y sabremos también qué tortura al resto de críos.

Cuando un chico hace tantos esfuerzos por demostrar que es duro, sólo puede significar una cosa: que es muy frágil. Todos lo éramos. Como jarrones en una mesa tembleque, a punto de caer y rompernos. Y yo era el más débil. Yo era un jarrón de porcelana. Habla Beto, los describe a todos.

Los padres del alumno Rudy Vasconcelos se erigen como el modelo ideal de familia cuando van al colegio a hacer proselitismo.  Este exhibicionismo de felicidad duele mucho cuando en tu casa ves un grupo completamente roto. Con quince años en general buscas no ser diferente, lo que deseas es esconderte detrás de la homogeneidad.

El tema de hijos de familias desestructuradas, abandonados a su suerte, dejando su educación en manos de caros colegios religiosos, me resulta algo manido como tema; aunque son situaciones que siempre duelen. Estos chicos acuden a sus casas buscando un lugar donde lamerse las heridas y allí se encuentran con una herida mayor. Mientras leía la novela me brincaba todo el rato una pregunta: ¿dónde he escuchado yo esto antes?

En el tipo de educación que se dibuja no existe la comprensión, no hay empatía, estos alumnos solo encuentran el castigo si se salen de la norma establecida. La señorita Pringlin no es muy imaginativa en sus métodos.

Estos centros pedagógicos crean para los alumnos un universo ficticio, este no será el mundo que se encuentren cuando acaben sus estudios: “…más allá del muro que limitaba ese universo, no conocíamos casi nada. Era peligroso alejarse demasiado del barrio.”

¡Qué ironía el verdadero peligro para ellos estaba más acá de ese muro!

¿Dónde están aquí las chicas? El elemento femenino se ignora en el ideario del centro, se trata de un centro que segrega por sexos.  “Las mujeres en sí, salvo para aquellos que tenían hermanas, formaban una especie ajena, indescifrable, a la que sólo nos asomábamos a través de películas y revistas.” Las niñas por supuesto tenían que ser de pelo y tez clara, las demás no contaban.

Los sentimientos no se podían mostrar, era desvelar tu debilidad: “Yo habría querido abrazarlo, pero me parecía una mariconada.” El sexo, la homosexualidad son temas tabús. Hay un alumno que trafica con películas pornográficas: lo que tus educadores no te dan, tú te lo buscas. Pero con un plus de sentimiento de culpa. Que te gusten las personas de tu propio género es una aberración. Cuando te sientes diferente y le preguntas a tu padre si ha conocido a algún homosexual y él te contesta: “Le he pegado a varios.” Entonces sabes que tienes que buscar el camino tú solo. Tu padre ya ha cumplido como progenitor cuando te refiere que sus inicios en la sexualidad fueron de la mano de su propio padre en un burdel. Da por terminada la conversación: “Pero antes de irte, busca el control remoto de la tele. Se ha perdido.”

La guerra interior de estos jóvenes corre paralela a la contienda que se lidiaba e Perú.

Roncagliolo no quiere ocultar la descarnada realidad de su país en 1992: sicarios que ajustician, atracos a bancos, policía corruptos, un terrorismo cruento, cenan con bombas…

El novelista construye un final cargado de humor negro y de mucha verdad, como todo el libro. Las vidas complicadas de estos cuatro adolescentes terminan de perfilarse para todos nosotros, en medio de unas escenas llenas de veracidad, de inocencia, igual que de inverosimilitud y de infausto humor.


viernes, 29 de octubre de 2021

El vendedor de pasados

 




 “Nací en esta casa y aquí me crie. Nunca he salido. Al atardecer recuesto el cuerpo contra el cristal de las ventanas y miro el cielo.”

Este es el comienzo. Nunca he salido. Curioso, ¿no? Una situación poco frecuente: ¿Se puede vivir sin salir de una casa? Desde luego que sí, si uno es una lagartija que teme ser devorada al pisar el exterior.

Ella es la que va a narrarnos esta historia; unos hechos llenos de singularidad, de reflexiones sobre la vida y las personas, sobre la mentira, la identidad y la memoria; adornado con una fina ironía y un cierto desconsuelo por los males de aquel país.

“Yo lo veo todo. Dentro de esta casa soy como un pequeño dios nocturno. Durante el día duermo.” Así se expresa la lagartija, que pronto será conocida como Eulalio

Félix Ventura comparte la casa con ella, se trata de un negro  albino. Si la ausencia total de pigmento melánico es insólito en cualquier lugar del planeta, en África su exotismo se multiplica. Y esta novela se desarrolla en el continente africano, en Angola. Una Angola que padeció la colonización portuguesa, que se independizó tras una larga guerra y que se sumió más tarde en una honda contienda civil.

Toda esta situación la muestra el libro pero no de forma ostensible. La realidad se revela en forma de cortos brochazos, que adquieren una presencia mayúscula porque Agualusa desea evidenciar, denunciar  incluso, el pasado de su país.

Cuando nos asomamos a la escritura ese pasado aparece con la configuración de unos puntos fulgurantes que nos deslumbran allá al fondo, pero hay que entregarse para llegar hasta ellos, es como cuando miramos en un estanque y tenemos que afanarnos para descubrir los peces, que están ahí.

Descubrimos con sorpresa la ocupación de Félix cuando una noche aparece un extranjero a solicitar sus servicios: inventa pasados, trafica con la memoria, para emborronar lo que no queremos recordar.

Trabaja para la nueva burguesía angoleña.Eran empresarios, ministros, hacendados, traficantes de diamantes, generales, gente, en fin, con un futuro asegurado. Lo que le falta a esas personas es un buen pasado…”

Uno de sus clientes vivirá como cierto el ayer inventado por Félix Ventura, y ahí el libro nos muestra la fragilidad de la memoria y de la identidad.

“El pasado es

Un río que duerme

Y la memoria, una mentira

Que cambia de forma”

Sé que muchos de mis recuerdos -de nuestros recuerdos- son falsos porque son reconstrucciones de lo que aparece desmoronado en nuestra memoria.

“La memoria es un paisaje contemplado desde un tren en movimiento.”

¿Las cosas son lo que parecen? No siempre. Nuestro protagonista es negro pero parece blanco, “…cada uno ve lo que quiere en el fugaz dibujo de una nube”.

Eulalio fue hombre en otro tiempo, vamos descubriendo –y rellenando a nuestro antojo- algo de su condición anterior; es como si quitáramos los nudos a una madeja de lana enmarañada. La verdad es un prisma con muchas caras, cada cual inventa la suya.

No puede hablar, solo se le puede oír cuando sueña. Mis sueños son, casi siempre, más verosímiles que la realidad”.

“Hay verdad, aunque no haya verosimilitud, en todo lo que un hombre sueña.”

Eulalio ha aprendido mucho de la vida y sobre este país de las pequeñas palabras que Esperanza murmura mientras limpia en la casa. La mujer reniega de los muros añadidos al patio porque son ellos los que fabrican a los ladrones. Para el narrador se ha convertido “en la columna que sustenta la casa”. La mujer enlaza la Angola de hoy con la Angola perpetua. Se siente inmortal porque en 1992 sobrevivió a un tiroteo en la casa de un político donde acudió: se salvó porque en la lista de ejecución quedó la última y a los asaltantes se le acabaron las balas. Las dos caras de la crónica de un totalitarismo: el horror y su reflejo esperpéntico.

En la novela hay más apuntes que grandes desarrollos narrativos, pero los distintos pasajes son muy sugerentes.

¿Los encuentros de José Buchmann y Ángela Lucía son meras coincidencias? No, ellos representan el sólido puntal de la novela.  El tema del libro se va aparejando con ellos.

Parece que estamos lejos de la cordura, pero entre estos hilos de aparente sinrazón encontramos mucha verdad.  La vida, la realidad también se puede contar desde el otro lado, desde el lado de lo insensato, de lo absurdo.

Hay mucho, mucho en esta novela corta, en cada rincón una o mil reflexiones. 

Este libro hay que leerlo de forma lenta, rastreando el fondo de las páginas, catando los nuevos sabores que Agualusa nos sirve. Son males de siempre, reflexiones antiguas, que él va filtrando entre las líneas.

José Eduardo Agualusa vuela  hacia lo irreal, lo inverosímil para conocer más de cerca lo real.


miércoles, 20 de octubre de 2021

Catedrales

 

                                                                    


A los que construyen su propia catedral, sin dios.

El libro se abre con esta dedicatoria.  Adivino ahí  el propósito de Claudia Piñeiro, que me apropio: cada cual debe construir su propia realidad, y no permitir que otros la fabriquen en tu lugar.

Cuando nos crean un sistema de vida, unos carriles sobre los que caminar,  puede resultar cómodo, pero también puede resultar una falacia. Y de pronto te ves viviendo sobre un montón de mentira.

La religión te marca sendas y nunca va a permitir que te salgas de ellas. Todo lo que acontece es un designio divino. Eso supone un consuelo en la adversidad, te ayuda a soportar cualquier dolor, cualquier trastorno. Lo difícil es cuando ese bálsamo comienza a resultarte falso.

El cuerpo despedazado de Ana había aparecido en un terreno baldío.  Este mazazo aparece al principio.

Claudia Piñeiro ha encontrado en la novela negra un arma contundente para golpear conciencias.

Este género le permite dibujar un retrato de su entorno y subrayar la realidad que le interesa. Al mismo tiempo nos permite reflexionar a los lectores,  a veces para indagar en nuestras verdades ocultas.

Tenemos un cadáver, el quién, elemento esencial del género. Aunque no podemos olvidar que la autora argentina se sale del canon, aquí percibimos también el cómo y el porqué. Estos los irá construyendo el propio lector a partir de seis relatos en primera persona. Entre todos trazan para nosotros la trama, y a la vez se muestran unos personajes: bien matizados, y construidos de forma sólida. 

En la novela se abren dos polos. En uno se agrupan los que busca la verdad, los que se rebelan; y en el otro los que consideran el tétrico suceso como un designio de Dios, que hay que acatar.

Los primeros encaran  la realidad y sufren, los segundos agachan la cabeza y sobreviven. Claudia Piñeiro aposta por los que no se encogen, y entre ellos coloca, esperanzada, al más joven.

Si hemos hablado del quién, el cómo y el porqué de esta novela de aire truculento, conviene definir al que en este caso hace el papel de detective. El investigador nunca puede faltar en la trama policiaca, que puede hacerse sin crimen y sin criminal, pero jamás sin alguien que indague y restablezca más tarde el orden roto.

En la novela negra siempre surge un desgarro que imita la vida, pero en la ficción siempre halla una compostura para alivio del que lee, algo que no es tan frecuente en la realidad.

En este caso esa función la asume Alfredo el padre, que desde el momento que suceden los hechos se dedicará a averiguar lo que aconteció. Se siente cargado de culpa, porque quizás no estuvo muy pendiente de lo que sucedía con sus hijas y con su casa.

La autora arremete contra la familia tradicional cuyos miembros no se comunican, y entonces las dudas se pudren dentro. Resulta curioso que las madres de la obra sustenten su proyecto vital sobre bases falsas, que se derrumbarán, claro.

Desde ese terreno baldío el cadáver descuartizado nos interpela a todos, a sus familiares y a todos nosotros.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar en una situación límite? Sabemos lo que somos pero no lo que podemos llegar a ser. No elegimos a la familia, nos la imponen.

Piñeiro se arroja contra la hipocresía social y la corrupción; contra los grupos que descuidan a sus miembros; contra la religión que te impide pensar; contra los que prefieren que sean otros los que razonen por ellos; contra el celibato que impone la Iglesia; contra el perdón de la confesión; contra los que combaten el aborto, pero que lo utilizan cuando les conviene.

Al final del libro en el testimonio de Alfredo, se desarrolla una paradoja, que no puedo revelar, pero que me ha parecido sustancial: ya está todo aclarado, sabemos qué sucedió y cómo, pero ¿quiénes son los culpables?

¿Es culpable el que lo hace porque tiene todas las puertas cerradas o el que cierra las puertas?

martes, 5 de octubre de 2021

Todo esto te daré

 


La novela policiaca de alguna manera podría resarcirnos de los pesares que supone el vivir en ciertos momentos. ¿Podría venir de ahí su enorme expansión y resonancia en otros géneros?

En ocasiones la existencia humana se presenta difícil de descifrar, todas esas muertes absurdas, esos desastres sin contención, aquellos engaños y corruptelas desmedidos.

Es como si tuviéramos ante nosotros fragmentos que intentamos juntar sin conseguirlo;  como si pretendieras llevar arena de la playa en un cesto de caña.

Frente a esta eventualidad, el género policiaco combate la dispersión, el caos, los atropellos, los favoristismos que nos desconciertan en las imágenes que vivimos. Porque esta literatura goza de una estructura definida, acabada, donde los elementos que sufren del caos se reordenan al final.

En un esquema muy básico de esta modalidad de ficción después de un delito, un personaje se empeña a fondo y descubre al culpable, que paga por lo que ha hecho.

Algo se rompe y alguien lo repara. Unas veces queda perfecto, otras veces queda tocado.

Hay muchas variantes sobre las bases creadas en el XIX. El mérito del creador se localiza en su deseo de innovar. Con todo, el lector sabe que en el desenlace siempre habrá una salida, cierta satisfacción.

En la vida nos gustaría que las cosas florecieran así, pero corremos lejos de la gratificación final. Esa es la razón por la que  la novela policiaca triunfa, porque en esa faceta se aleja de la verdad que nos rodea. En nuestra realidad demasiadas veces los acontecimientos  quedan abiertos, y eso produce desasosiego.

El universo de la novela negra es muy amplio. Se ha adaptado a cuantos cambios han surgido  y ha sabido digerir las nuevas circunstancias.

Cuando los distintos autores se pusieron a crear variantes esta novela se enseñoreó en el panorama literario.

Y lo mejor es que sigue muy viva porque tiene una gran capacidad proteica, y sobre todo es capaz de generar gran cantidad de preguntas y respuestas.

Todo esto te daré ha supuesto más de 500 páginas de puro entretenimiento, no hay mucho más. Hay mucho de novedoso sobre el esquema básico del género negro. Aquí sigue importando el clásico ¿quién lo mató y por qué?, que señalaba Claudia Piñeiro en una entrevista con Berna González Harbour.

Aquí el presente espacio gallego no tiene mucha presencia, solo algunos rasgos algo manidos y obvios de aquella zona: un mundo atávico, a la vez innovador, creativo, pasto del feísmo, verde, amigable.

No veo tampoco una novela de personajes. Los que aparecen  son más bien planos: malos malísimos y buenos buenísimos; fuertes y rompedores frente a débiles continuistas; el poderoso avasallador, el pequeño que resiste, el clásico David contra Goliat.

El detective, elemento clave en el género, aquí es Nogueira, es un profesional muy hábil, sabe cómo dirigir una investigación, conoce el fango. Es un gran fumador, como los grandes clásicos. Como muchos de ellos vive atormentado Tiene prejuicios homófobos,  que se van diluyendo según va tratando a Manuel. Quizás va transformándose demasiado rápido, no es muy verosímil. En la vida las cosas no se producen de forma tan rápida y sencilla. Pero cuánto nos gustaría que algunas mudanzas fueran veloces y, sobre todo, efectivas.

Las personas necesitamos mitos a los que aferrarnos para sobrevivir en este entorno inestable; el policía, elemento esencial del género negro, empeñado en revelar la verdad y desenterrar lo podrido es el modelo perfecto.

Manuel recibe la noticia terrible de la muerte de su marido en La Ribeira Sacra. Consternación y sorpresa se aúnan en él, porque sabía a su esposo de viaje, pero en Barcelona. Acude a Galicia ya allí descubre a un Álvaro que desconocía, allí averiguará también mucho sobre sí mismo.

La forense ha hecho ver que tienen entre manos un asesinato. Como al inspector, recién jubilado,  ya no le corresponde realizar el trabajo,  convirtió entonces a Manuel en su investigador vicario. El marido de Álvaro seguiría las órdenes del antiguo detective  y se dedicaría a indagar, olisquear, preguntar hasta llegar a la verdad.

Dolores Redondo no quiere saber la verdad de su mundo, de nuestro mundo; ella crea una verdad cómoda para todos, donde triunfa el bien. Esta vez la reparación será completa.

Así la novela negra se ha hecho un cobijo frente al mundo desordenado e incomprensible.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Hamnet

 


Desde la portada nos mira una joven de largo cuello, un plano corto; lleva el cabello recogido, dos largas mechas sueltas que le caen en un peinado deliberadamente poco acabado. Una mirada que cala, entre indiferente y tranquila. Unos labios con poco maquillaje, solo un brillo ligero.

Maggie O’Farrell crea una ficción “inspirada en la breve vida de un niño que murió en Stratford-upon-Evon, el verano de 1596”, nos lo dice en una nota.

Se trataba del pequeño Hamnet Shakespeare –uno de los tres hijos del dramaturgo-, que murió a los once años sin que quedara recogido en ningún lugar la causa de su muerte.

En alguna entrevista he leído que cuando Maggie O’Farrell tenía 16 años conoció el hecho triste de la muerte del pequeño Hamnet, y se le quedó dentro para siempre.  En la universidad leyó muchas biografías sobre el renombrado autor inglés, y solo en las más extensas se tocaba el triste hecho con un par de líneas.

La autora irlandesa sobrevuela los datos históricos y amasa la historia con sus propias palabras.

Las crónicas se han centrado siempre en el brillo de aquel escritor, en los mundos que creo con sus obras, dejando atrás la vida más cotidiana, que formaba también parte de su existencia.

Fue tachado de misógino porque despreciaba a su mujer, para él sencillamente una iletrada. Se casó con ella solo porque se había quedado embarazada.

¡Qué diferente lo que construye Maggie O’Farrell! Anne, la mujer real, queda transmutada en Agnes, un ser extraordinario. Agnes se traza su propia vida. Cuando su madrastra le prohíbe ver al joven preceptor que es Shakespeare ella fuerza un embarazo. Lo eligió a él como padre de sus hijos  ya que, como le aseguraba a su hermano, era el hombre “que más cosas tenía escondidas dentro”.

De joven para los vecinos era una salvaje, porque no se ajustaba a sus patrones. Su propia madre había sido un ser peculiar que nació y creció vinculada al bosque. Ya sabemos que en el pasado el bosque constituía el recinto de lo desconocido, de lo que no se debe traspasar, era zona de peligros. A través de su progenitora tanto ella como su hermano vivirán conectados entre sí durante toda la vida y unidos además al boscaje, a la naturaleza.

Su madre se ataba a la niña que era ella a su espalda para realizar sus tareas, quiere prolongar el contacto que las unía cuando la llevaba en su interior. Es un amor fuerte, primitivo, el que siente, que no se aprende, el amor que llevamos grabado en nuestros genes, no el que nos ha prestado la civilización. Ese es también el sentimiento de Agnes hacia sus hijos.

Agnes disfrutaba de capacidades extrasensoriales, todos sabían de su singularidad. Se hizo una conocedora de plantas y sustancias sanadoras, que ayudaban a mucha gente en aquellas centurias en que el médico era cosa de clases privilegiadas; el que sanaba era un poco el mago que devolvía el bien más preciado.

Sin embargo para su gran dolor no podrá prever la enfermedad del hijo, ni podrá curarlo,  porque  el azar y el destino son límites de sus poderes.

Cuatro años después de la desaparición del niño, el padre escribió Hamlet. Si tenemos en cuenta que, como aparece al comienzo del libro, en el siglo XVI “Hamnet” y “Hamlet” eran dos formas intercambiables del mismo nombre, se podría deducir que Shakespeare le escribió una obra a su hijo fallecido. O, al menos, con su nombre.

O’ Farrell ha querido ver una relación entre los dos hechos, los ha unido en la novela y le ha concedido un poco de sosiego al duelo materno.

O’Farrell se adentra en el alma de unos personajes y en los pliegues que conforman sus ambientes, en interiores y en exteriores. Arrastra ante nuestros ojos todos los detalles de la vida cotidiana, de los espacios de una familia del siglo XVII, sin importarle los resplandores literarios.

La escritora ha ensanchado una minúscula realidad y la ha dibujado con primor, anteponiendo sus exclusivas verdades en su relato.

La madre tiene nombre, Agnes, como el resto de personajes; pero el padre no tiene, se le identifica con sustantivos como “padre”, “esposo”, “hijo”, “preceptor”. Se diría que a O’Farrell le interesan más los densos sentimientos de la vida pequeña que el esplendor y el lustre. Borra al Shakespeare que todos respetan, y saca del anonimato a los seres que le rodearon, particularmente a las mujeres de su entorno.

El triunfo de las pequeñas cosas; que son muy grandes.

 

 

 

 

 


miércoles, 30 de junio de 2021

La vida contada por un sapiens a un neandertal





La vida despunta inexplicable demasiadas veces, en ella prevalece lo aleatorio. Escasean las certezas.

Leía hace poco a Juan José Millás en una entrevista a propósito de este libro: “El ser humano es muy contradictorio porque es producto de una evolución sin propósito, el propósito lo tiene que poner él.”

Sentí una pizca de alivio, al menos, una respuesta, aunque me afianzaba a la vez en el sosiego, por haberla encontrado, y me sumía en el agobio por su naturaleza misma. El ser humano es incoherente, disparatado, discordante, y el motivo está quizás en sus orígenes. Me he adentrado en estas páginas creadas por Millás y Arsuaga. En ellas se habla de la evolución. 

Se habla de una evolución que no soporta las reglas, que fluye a su manera, como fluye la vida.

Arsuaga le responde a Millás: “(…) la naturaleza no está hecha para las categorías humanas”.

Somos azar. No podemos encerrar el cosmos entre reglas.

Juan José Millás es un hombre curioso en dos acepciones de esta palabra. Él mismo despierta interés por su ingenio y originalidad; y además se le nota inclinado a aprender lo que no conoce.

Esto segundo es el motor de este libro. Su atracción por la prehistoria le hizo proponerle a Juan Luis Arsuaga una serie de encuentros en los lugares que el paleontólogo considerara oportunos y que allí le contara lo que veían y se lo explicara, un eco de la manera de Sócrates en la Átenas clásica.

Él después masticaría bien todo aquel alimento y lo pondría por escrito.

De estos diálogos pactados surgieron estas páginas que reflejan cómo hemos llegado los humanos hasta aquí.

En el libro aparecen hechos planteados por el científico y comentarios llenos de perspicacia realizados por el literato. El humor y un cierto sarcasmo se mueven por entre las líneas.

En 1974 se descubrieron en Etiopía los restos de una hembra de homínido que vivió hace tres millones de años, medía poco más de un metro de altura y pesaba 30 k, murió a los 20 años. Se trataba de un australopiteco, los cuales habitaron en África hasta hace un par de millones de años. Se llamó Lucy.

Lucy se puso de pie y caminó. Es soberbio pensar cómo caminamos, aunque no seamos siempre conscientes.

«El pie (…) cae sobre el talón, (…), Luego se transmite el peso por el borde exterior hasta que se apoya en el pilar anterior de la bóveda. A continuación, se flexionan los dedos y el pie se apoya en ellos. El empuje final lo da el dedo gordo y la pierna sale impulsada hacia delante como un péndulo. (…) Toda esa biomecánica la hacemos sin pensar.»

El pie tiene una arquitectura complejísima, comparable a la de una catedral gótica, dice Millás.

Cuando levantamos una pierna para dar un paso, el cuerpo no se vence hacia el lado que está en el aire porque tenemos los abductores. La locomoción humana es un prodigio de la bioingeniería.

Arsuaga pone el conocimiento y Juan José Millás corresponde con la literatura.

El mismo asegura sentirse conmovido cuando se imagina a nuestro ancestro Lucy descendiendo de lo más alto de un árbol, poniéndose de pie (…) y atravesando el límite que separaba la selva de la sabana sin otras armas que esas dos manos anudadas al final de sus brazos como dos prótesis que aún no sabía utilizar”.

Imagina la curiosidad de este homínido al bajar de la copa del árbol y conquistar la superficie de la tierra, llena de amenazas pero también de grandes perspectivas. Y aquí estamos.

Millás y Arsuaga buscan indagar en la existencia humana, revelar los misterios de la evolución. Cuesta imaginar, por ejemplo, que el martillo y el yunque de nuestro oído formaban parte, en los reptiles, de la mandíbula. La evolución los convirtió en instrumentos para la escucha. Del diseño de un reptil ha salido un mamífero, dice Arsuaga. “Estamos hechos de la ropa de segunda mano que desecharon nuestros hermanos mayores.” Manifiesta también.

Nuestros dos protagonistas se mueven por el Valle Secreto en la sierra de Madrid, el Museo del Prado, un mercado, un parque infantil, un castro celta, la Institución ferial de la capital, una juguetería, un sexshop, la cueva de la Covaciella -con pinturas de una antigüedad de 14.000 años- un colegio, y para terminar un cementerio.

Hemos entrado en contacto con detalles de nuestra realidad, como estos: la posibilidad de lanzar piedras que tiene el ser humano terminó con la jerarquía de la fuerza, porque te podías defender en la distancia; la nariz proyectada es un rasgo específico de nuestro rostro; nuestros dientes, tan distintos de los de otros primates, se han visto transformados por nuestra alimentación; ¿por qué no todos los adultos tienen intolerancia a la lactosa?; ¿cómo se pasó de miembro de un clan a ciudadano?; el dios y los cambios sociales; el reloj de Paley, este filósofo y teólogo aseguraba que si te encuentras una piedra en el campo creerás que es parte de la naturaleza, pero si te encuentras un reloj pensarás que alguien lo ha creado, Darwin aseguraba que el reloj se había hecho a sí mismo.

El conocimiento del pasado nos proporciona una identidad, gracias a él sabemos quiénes somos, ni más ni menos. Esto afirma Arsuaga en una entrevista.