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viernes, 29 de abril de 2022

Progenie

 

En esta novela centellea una mujer: “Camino se pone las bragas y mira a su alrededor. Cree que no se deja nada. El sujetador ya está dentro del su bolso. Tira de la minifalda hacia abajo en un gesto de falso pudor, como si acaso alguien pudiera verla, y agarra la manija de la puerta con la mano derecha muy despacio mientras con la izquierda sujeta los tacones estratosféricos en los que ha estado subida desde las diez de la noche, hasta que Marco le regaló la horizontalidad al arrojarla contra la cama de uno treinta y cinco en la que ahora ronca como un león.”

Susana Martín Gijón nos la tira así a la cara en las primeras líneas.

Camino Vargas puede compartir una cama, pero para dormir no. Ella vive sola, su única compañía son las hormigas de su terrario. A veces las descuida, absorbida, hechizada, por algún caso.

La inspectora Vargas se encuentra temporalmente a cargo de la brigada de homicidios, sustituyendo al inspector Arenas, al que una bala en fuego cruzado llevó al coma.

Es verano y nos encontramos en Sevilla, el bochorno pegajoso nos sofoca desde el papel.

El grupo de homicidios se halla mermado. Arenas en el hospital, otro disfruta de vacaciones. Quedan cuatro. Fito, siente cierto resentimiento contra los que no tuvieron que luchar para salir de un barrio marginal que marcaba a fuego a los vecinos. Teresa con un pie en la jubilación piensa más en el Hola que en la policía. Lupe, la última en llegar, luchando en casa con marido e hijo y luchando en la brigada para hacerse un hueco. El oficial, Pascual, carga con un mal divorcio y carga con unos kilos de más, que combate midiendo calorías.

Con sus intuiciones me han empujado animosa entre estas líneas.

Susana Martín Gijón ha querido perfilar estos personajes y no ha llegado. Se han quedado en apuntes sin terminar.

Solo con Camino ha finalizado el croquis. Rompe un poco con el detective habitual, y no solo porque sea mujer, ya hay muchas.

Camino es rellenita, como dice Encarni. Tiene una larga melena rubia que remueve bailando salsa cada viernes en la Salsoteca, que se ata en coleta rápida cuando tiene que trabajar y no puede perder el tiempo en adornos. No hace ascos a unas copas que la animen y tampoco a un buen revolcón sin llamada de vuelta. Cuando trasnocha no tiene mucho tiempo para la ducha, me recuerda al detective improvisado de Eduardo Mendoza.

Le gusta comer, pero se olvida cuando trabaja. Porque en el trabajo es implacable. Para ella no hay balizas que la contengan, si tiene que valerse de atajos ilegales, lo hace. Todo por descubrir al asesino que se burla del orden ético. Camino Vargas es correosa, no le cuesta abrir la comitiva, con un pañuelo en boca y nariz, cuando se trata de enfrentarse a un cadáver que lleva varios días expuesto al calor. Usa ganzúas, le gusta el ajedrez.

Policía impaciente, mujer excesiva, que se atreve a tener claro que no quiere ser madre. Que lamenta entre lágrimas no dedicar demasiado tiempo a los que le importan.

Vive un poco al límite, se salta cualquier orden. ¿No estás huyendo de algo, Camino? ¿Quizás de ti misma?

“Y fue… no sabe quién fue el que lo sugirió, pero acabaron en el piso de él follándose de esa forma agresiva y ardiente que pretende espantar todo el vacío que uno acumula dentro.”

Progenie trata de mujeres frente a la maternidad. Mujeres que huyen de la forma convencional de ser madre. De clínicas de reproducción, de experimentos visionarios.  

La novela se divide en cuatro partes, cada una se abre con un retal de las vidas de María Jesús y Soraya. Susana Martín Gijón quiere distinguir estos fragmentos. Primero en la tipografía, aparecen en cursiva; después  porque estas dos mujeres caminan en el borde de la trama del libro,  hasta que al final saltan de lleno en él.

La autora en el desenlace las va a colocar en un espacio de privilegio. Porque quiere, porque Susana Martín Gijón amasa a su manera personajes e historias. Ella no copia en todo la realidad. Muchas mujeres en el libro disfrutan de puestos que en nuestro entorno normalmente ocupan hombres.

Es la apuesta clara de la mujer que está escribiendo.

En el caso complejo que les ocupa los policías se enfrentan con la maldad y resuelven, tranquilizan al que lee porque restablecen lo preceptivo. En eso no hay innovación respecto al esquema clásico de la novela negra.

Aparecen los cuerpos sin vida de tres mujeres, comparten un secreto y una decisión determinante en sus vidas. Un caso policiaco potente.

Tras las primeras diligencias, Camino  se afana: “Bueno, allá vamos.”

Allá vamos nosotros también. Seguimos a los diferentes miembros del equipo de Camino Vargas.

Susana Martín Gijón quiere aprovechar su libro para arremeter contra los que se oponen a la libre elección de las mujeres en su maternidad, contra la violencia de género.

Yo no sé si la novela es capaz de soportar una carga ideológica tan pesada, a veces se tambalea.

Entre las más de cuatrocientas páginas, sobra algún chiste fácil; alguna situación de comedia de serie B; algún tópico como el San Google, como los guiris de chancla y calcetín en el Barrio de Santa Cruz; como los paquistaníes que cosen nuestras ropas o la decoración ikeanense. Incluso se podría eliminar esa trama, que se cruza, sobre el mundo envidioso de los escritores. Además, aunque nos guste los problemas reales no se solucionan solo con un gato, precisan tiempo.

Pero este libro de ciento trece capítulos cortos, con una acción muy rápida, ha supuesto un gran entretenimiento.

Y por eso me ha valido la pena.


miércoles, 20 de abril de 2022

Náufragos

 


 “La primera vez que vi a Emma era una cálida mañana de septiembre. O, al menos, esa fue la primera vez que fui consciente de verla.”

Este comienzo nos cuestiona.  

Caminamos ajenos a los que nos rodean, a esos que se encuentran cosidos a nosotros en plazas y rincones. Miramos sin ver. Es como si nos desplazáramos solo con vista al frente por enormes tubos, que nos aíslan de los demás.

Sin embargo en el relato de Susana Martín Gijón, este comienzo se reviste de una dimensión especial, que se puede distinguir después de leer en el epílogo  una serie de palabras clave.

Este relato tiene dos lecturas. La primera va en el orden habitual, la segunda se revela desde el final. Cuando sentimos que una luz se proyecta sobre las páginas que acabamos de leer, tiñéndolas de un color diferente, de un significado nuevo.

Un impulso de denuncia social parece animar el relato. San Francisco. Una vagabunda, una mujer en la calle, expuesta a muchos más peligros que un hombre sin hogar. Otra mujer, una superwoman, emigrante española, extremeña, que ha dado todo por la empresa que la contrataba; acaban de prescindir de ella. El amiguismo no era algo exclusivo de España, allí también existe, ella lo ha sufrido. Mejor que un buen desempeño de tareas será el título de una universidad exclusiva o estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Ni su diploma era tan exquisito, ni parece haber estado donde hubiera sido más ventajoso.

El sueño americano se le ha deshecho entre las manos. Ahora está en la calle.

Se arrima a Emma, confinada en el pavimento. Se ha enganchado a esta mujer. Ha pensado que podría llegar a encontrarse en su situación, a sobrevivir como ella rodando por las aceras. Vierte ante la indigente su queja por el inmerecido trato laboral. La respuesta es el vacío.

Cuando mira a Emma no sabe cómo tratarla. Le cuesta enfrentarse con el infortunio. A todos nos cuesta. Resulta incómoda la desdicha. Nosotros tampoco sabemos, nunca miramos a los ojos a un desfavorecido. Nos sentimos intimidados ante ellos porque nuestro bienestar queda mucho más patente en contraste con su escasez, con su adversidad.

La narradora, que no tiene nombre, quiere ayudar a Emma y le pregunta cómo hacerlo. Sí, hay algo que puede hacer por ella, le responderá la mendiga: invitarla en un restaurante junto al Muelle 39. “Es una hamburguesería muy pintoresca, ambientada en los años cincuenta, con música de gramola y camareros uniformados de la época […] Sería maravilloso poder comerme una de aquellas hamburguesas otra vez. Hace tanto de aquello…”

Cuando están allí la pulcra exejecutiva le ofrece una ducha, Emma responde con sarcasmo, se pregunta si no estará en algún reality show, quizás le ha caído en suerte un poco de piedad cristiana. Hay azoramiento en la narradora, cómo ha podido cometer ese error, se lamenta. Quizás ha sido la contemplación de las manos de Emma, de su pelo: conservan trazos de una elegancia de ayer.

La cronista continúa el relato, estrena una vida nueva. Después de enfrentarse a una existencia sin alarmas mañaneras, sin exigencia ninguna; cuando lo nuevo ya no representa tanta novedad, siente curiosidad por cómo le irá a Emma. Pero no la encuentra en su esquina. Ahora la disfruta otro ignorado. Emma le ha pedido que la eche si vuelve por allí a interesarse por ella.

La búsqueda de Emma se convierte en una obsesión. En su empeño se familiariza con cualquier espacio, refugio de indigencia. Contacta con la desgracia, ella ha sido la triunfadora que siempre se había mantenido lejos del infortunio. Sentía cierto repelús hacia las situaciones que generaban infelicidad. Solo de lejos mantenía acciones “solidarias”: daba la ropa que ya no usaba, siempre dejaba algo a los que tocaban en el metro, contribuía en los bancos de alimentos… La fraternidad de la opulencia.

Comenzó tareas de voluntariado en zonas que nunca antes había pisado, centros a los que acudían buscando ayuda los que no tenían qué comer, los rechazados, que la miraban con desconfianza. Era una suspicacia mutua, ellos se preguntaban recelosos qué hacía allí esa mujer, por su parte ella tenía impreso en su cerebro que había que mantenerse lo más lejos posible de los excluidos.

Poco a poco se fueron estableciendo canales de comunicación. Se rasgaron los tejidos que los aislaban.

La antigua triunfadora llegaba a conseguir conversaciones con alguno de los damnificados cuando llegaba un ramalazo de cordura, que enseguida desaparecía. Es imposible vivir en el margen si no te vendas con enajenamiento.

Pero los barrios donde se ubicaban los comedores, los centros de ayuda eran poco frecuentados: “Se me hizo algo tarde, y al salir del centro la noche había caído ya.”

Sufre un ataque. ¿Quién aparece para rescatarla? Emma.

Una simbiosis se activa entre ambas.

“Pero un día ocurrió algo que vino a desestabilizar la frágil paz que habíamos alcanzado”.

La paz del lector también se va a ver comprometida porque ante la pregunta propuesta nuestros goznes morales chirriarán.

Trasfondo social, intriga psicológica, suspense. Para mí un eco de Patricia Highsmith, de aquellos asesinatos de conveniencia.

Un eje articulador: Emma. ¿Qué sabemos de ella?

Solo el epílogo nos aclarará quién es quién. O NO.


miércoles, 30 de marzo de 2022

Ethan Frome


“Llegué a saber lo ocurrido en varias etapas, de la boca de diferentes personas y, como suele pasar en estos casos, con sucesivos cambios en el relato cada vez que me lo contaban”. Un comienzo sabroso, que crea expectación.

La autora copia la vida en su relato, esa es la manera que tenemos de atrapar los eventos que nos rodean en nuestro vivir; nunca los capturamos enteros; siempre recibimos fragmentos, briznas, que nosotros reconstruimos, remodelamos, con nuestra rúbrica.

Para llegar hasta "lo ocurrido", el narrador amalgama diferentes relatos que proceden de distintos testigos. No todos cuentan con el mismo grado de conocimiento, alguno posee una noción muy cercana a los hechos y se resiste a desvelarlos, por lo delicado de la situación.

Se aviva en nosotros el deseo de saber qué sucedió.  

Quien sufrió ese accidente fue Ethan Frome: ¡Se diría que ahora mismo ya está muerto y en el infierno!” Arrastra la vida por Starkfield, un pueblo inventado que se ubica en Massachusetts. El significado de la palabra en inglés es significativo “campo inhóspito, frío, riguroso”. Allí el invierno dura seis meses, unas temperaturas que estancan el ritmo de la vida, que lo convierten todo en hielo durante demasiado tiempo.

A veces fijamos la atención sobre las mujeres a las que el entorno familiar, y la sociedad, les dirigió -les dirige- la vida matando sus anhelos. Pero ¿y esos hombres que se vieron –se ven- obligados a dejar sus sueños aplastados por las circunstancias que les tocó vivir? ¿Es flaqueza, como muchas veces parecen decirnos las costumbres? Sería simplista una respuesta afirmativa, en ocasiones no es sencillo romper con la ola que te arrastra.

Ethan Frome es como el albatros, unas alas de gigante le traban el caminar.

En su caso el deber de hacerse cargo de su familia, a la muerte de su padre, lo arrastró de vuelta hasta Starkfield desde Florida, y en la ciudad de Massachusets el hielo congeló su impulso.

Debería haber luchado, pero ¿cómo reprochárselo? Fueron las circunstancias, una manta de nieve lo aprisionó.

Los muertos familiares parecían burlarse desde sus tumbas ante sus deseos de marcharse. “Nosotros jamás nos fuimos, ¿por qué tendrías que marcharte tú?”

El lector, sin embargo, quiere gritarle a Ethan que no se rinda, que busque su camino, que acalle a todos esos difuntos.

El narrador, poco sabemos de él, ha sido enviado por sus jefes hasta aquí para trabajar en una central eléctrica próxima. Coincide cada día con Frome en el edificio de correos, recoge el periódico y algún paquete para su esposa. Siempre se distinguía en la etiqueta que procedía de algún fabricante de específicos farmacéuticos.

“Había en su rostro un algo desolado e inabordable, y además se movía con tanta rigidez y tenía el pelo tan canoso que lo tomé por un anciano y me sorprendió averiguar que no pasaba de los cincuenta y dos años. […] –Tiene ese aspecto desde que se estrelló; y de eso hará veinticuatro años en febrero […]”.

Todavía hoy  acarrea secuelas en su cuerpo, y en su alma. 

La novelista analiza las emociones de este hombre, consigue atrapar su esencia; nos la sirve con palabras matizadas, con imágenes muy acertadas.

Todo el que tenía dos dedos de frente abandonaba Starkfield, ¿por qué no se va Frome? Edith Warthon sabe bien mantener la tensión narrativa. Nuestra curiosidad no hace más que crecer.

La casualidad quiere que el habitual transporte hacia la estación de trenes que disfruta el narrador le fallara, y es Ethan Frome el que le ayudará. Aunque no hablen mucho el viaje en trineo se presta a alguna confidencia. Una tormenta de nieve obliga al empleado de la eléctrica a pasar la noche en casa de Frome. Cuando llegan hasta allí se abre un paréntesis en la narración, y nos adentramos en todo lo que sucedió, en desvelar las particularidades de la familia y de sus relaciones.

Esa noche descubrió al verdadero Frome: tenía un alma cubierta de escarcha, con mucho fuego dentro.

Esa noche descubrió a dos mujeres de aquella familia, dos opuestos: Zeena, una respiración asmática; Mattie, un puro resplandor. Aunque quizás Mattie jugaba su papel, no tenía donde ir.

La escritora juega con nosotros y nos muestra falsos caminos para ocultarnos el verdadero final.

La historia va creciendo como un fuego, como una bola de nieve, como ambos.

Tras cerrarse el paréntesis, el final del libro, absolutamente sorprendente, se nos cae encima como una losa.




lunes, 21 de marzo de 2022

Los extraños

 


¿Nos enfrenta Jon Bilbao con lo que no queremos ver? ¿Cerramos los ojos ante la circunstancia de que somos extraños entre extraños? 

En la novela lo insólito se entremezcla con lo cotidiano y llena de perturbación la lectura.

Jon trabaja en la casa de su infancia en Ribadesella. Ahora que sus padres están en Canarias pasando la temporada invernal,  ha aprovechado con Katharina para instalarse en el domicilio de la familia. Allí trabajan los dos, él con más determinación que ella, la verdad. Traducen.

Lorena ayuda en la casa con las tareas domésticas, como ha venido haciendo desde que Jon era pequeño.

En las primeras páginas Katharina, aburrida, escucha el tecleo del ordenador de Jon,  espera a escuchar el ciclomotor de Lorena, alejándose de la casa, para salir de la habitación de la pareja y dirigirse a la cocina. Allí inspecciona  la comida que les ha dejado preparada y se entretiene luego en tirar a la basura todos los restos de alimentos, que dormían en platos, dentro del frigorífico, bajo el papel de aluminio.

El día se le hace tedioso. Le dice a Jon que va al super, aunque no haga mucha falta.

¿Una historia de pareja? Sí, en cierta medida, pero desde luego el contenido no es fácil de clasificar. Se hace difícil prever qué puede suceder en esta historia de Jon Bilbao.

Esa noche cuando han terminado de cenar y están en el salón el cielo de Ribadesella se llena de luces. “No parpadean, como las luces de posición de los aviones.” Definen el contorno de tres objetos, imposible estimar las dimensiones, ni la distancia a la que se encuentran.

Después de este suceso extraordinario, que llena de ufólogos las playas, vendrán otros más, de distinta naturaleza, es cierto.

Por la mañana se presenta una pareja ante la verja de la casa, él se identifica como un primo de Chile. Sutilmente el autor hace que sintamos cierto recelo hacia los nuevos llegados.  Jon no lo conoce, pero por teléfono sus padres le piden que lo acoja en casa y le expresan cuánto lamentan no estar ahí para abrazarlo. Se instalan en el piso de abajo.

A partir de ahora lo sorpresivo se adueña del texto. Es como si tomáramos una cucharada de un guiso donde se han colado unos granos de pimienta, que se rompen en la boca incómodos y con un sabor vigoroso, desabrido.

La historia se llena de preguntas que no tienen respuesta, quedan muchos flecos al viento. Quizás hay alguno de más. Todo esto favorece la inquietud que va creciendo en el lector, cuando no ve conclusiones.

Pero asombra menos cuando uno se da cuenta de que en la vida sucede eso mismo muchas veces: puertas que se abren en el vacío o dan a pasillos largos e inconcretos.

Esta novela, de manera distinta al planteamiento más clásico, es un trasunto de la vida.

Los extraños es un espejismo del que gotea la realidad. Alarmante por momentos, precisamente por lo mucho que se asemeja a lo que vivimos. Mérito de los personajes y de la fábula que crea este escritor. La zozobra fluye desde los personajes hasta los que estamos fuera.

El libro de Jon Bilbao se encuentra sembrado de extraños. ¿No lo son el uno para el otro Jon y Katharina? ¿o esos primos lejanos forasteros? ¿acaso no son dos desconocidos Lorena y su marido?

¿No nos sentimos a veces nosotros mismos como extraños frente a los más cercanos? ¿No sentimos en ocasiones el vértigo de no saber bien cómo están o qué necesitan?¿No creamos extraños cuando decimos algo sin conseguir que los demás lo entiendan, cuando no hay fluidez en la comunicación?

El valor de Los extraños radica en que interpela al lector, la novela ya no es aquel reflejo que se captaba cuando se paseabasun espejo por un camino.


viernes, 11 de marzo de 2022

Los abismos

 


Este libro está construido con mucho fondo, son rincones que la autora ilumina poco a poco alimentando la tensión narrativa. Este libro contiene un lamento por esas mujeres a las que les rompieron las alas.

Claudia, una adulta de la que no sabemos nada, se instala en la niña que fue a los ocho años y nos presta sus ojos infantiles para darnos a conocer a su familia. El relato cubre unos pocos meses y son suficientes para ahondar en la vida de una mujer a la que vetaron los caminos vitales que ella hubiera transitado. La sociedad del momento decretaba que fueran los maridos y los padres los que dirigieran las trayectorias biográficas femeninas.

Pilar Quintana ha creado una voz narrativa infantil que suena perfecta. La ingenuidad de la pequeña levanta el velo de una vida doméstica llena de abismos. El candor de la corta edad que desvela los hechos no le resta dureza a lo que allí sucede.

Así comienza: “En el apartamento había tantas plantas que le decíamos la selva.”

Una palabra de ocho años nos predispone a esperar un discurso dulce, pero enseguida te vas dando cuenta que la savia de aquel mundo vegetal se había hecho veneno.

La madre, con sus cuidados y con la fuerza que le había dado la tierra, mantenía vivo aquel oasis. Hasta que ya no pudo más: se sentía como encerrada en un armario al que cada día le echaban una nueva llave.

“Me encantaba subir corriendo la escalera y mirarla [a la selva] desde el segundo piso, lo mismo que desde el borde de un precipicio, las gradas como si fueran el barranco fracturado. Nuestra selva, rica y salvaje, allá abajo.”

Las trayectorias de la mujer y de las matas viajarán unidas en el libro y  ese falso precipicio se convertirá en un barranco real, en muchos abismos.

La niña de pronto deja de percibir su vida como una resplandeciente tira de papel blanco, sin impurezas, sin arrugas; con muy poco escrito. De golpe algo ha ensuciado ese papel, algo lo ha engurruñado.

La pequeña Claudia ha sentido el verdadero mundo de los adultos. Se ha asomado a un abismo profundo. La niña no juzga, la niña mira. La niña se evade, como cualquier pequeño, no tiene los recursos de los mayores para asimilar todo lo que sucede.   

Ella dibuja lo que ve y nosotros, llenos de congoja, interpretamos. Su muñeca representa esa dulce edad infantil “que ella suicida”, como me decía una amiga el otro día.

Pilar Quintana utiliza las revistas del corazón que esta mujer lee para hacer su retrato, para plasmar su cronología vital. Su hija nos transmite sus comentarios. Se pregunta ante la niña si fueron accidentales las muertes de Grace Kelly o Natalie Wood, le habla de las bodas de Paquirri, de Lady Di, le comenta el parecido de su piel con la de Sophia Loren…

Así retrata y así considera Pilar Quintana la situación de las mujeres en los ochenta en Colombia. Asegura en un vídeo sobre su novela que es la generación de su madre y de su abuela. Así era también en España la realidad de muchas mujeres, quizás unos años antes.

De igual manera vivieron aquí mi madre y mi abuela, y sus madres y sus abuelas, así ha sido siempre. Triste es pensar que en muchas latitudes, incluso aquí cerca, estas prácticas persisten.

Cuando perteneces a una generación de mujeres que ha disfrutado de una cierta libertad, que ha contado con mejor acceso a la educación, que ha tenido más sencillo elegir una carrera profesional; les debes algo a las mujeres que pasaron antes que tú y que carecieron de todo eso. Me siento de alguna manera obligada a revelar y a denunciar las vidas, sometidas, que muchas de ellas sufrieron.

La niña, tan unida a su madre, culpa a su padre, pero él es tan producto de los viejos hábitos sociales como lo es la madre.

No deja de sorprender que lo que acontece en Colombia, el conflicto en el que todos pensamos cuando se evoca aquel país, aquí no aparezca. Apenas un comentario de un trabajador de la finca a las visitas de la guerrilla. Pilar Quintana parece haberlo hecho de forma deliberada, eso se deduce de sus declaraciones para El País: “En Colombia nuestro conflicto tiene tanta presencia y es tan fuerte que muchas veces no exploramos ni miramos a los ojos del monstruo, la violencia que hay en las casas y contra las mujeres”.

Hay muchos abismos reales, la autora lo sabe muy bien porque creció en la Carretera al Mar, en Cali, la ruta era terrible, con precipicios interminables: “Son abismos de terror”, se dice entre los vecinos del lugar.

Pero hay otros abismos, en realidad dentro de las casas es donde más abundan. Muchos son los abismos de silencio.

“Entonces lo vi en sus ojos. El abismo dentro de ella (…)”

 


domingo, 27 de febrero de 2022

Tres

 


Esta novela, de autor israelí, transcurre principalmente en Tel Avid, sin embargo no se refiere al Holocausto; no cita la guerra de 1948 o del Yom Kippur; no habla de la vida en el kibutz o de la complicada convivencia con los árabes. Sí es cierto que se clarea el Holocausto en algún momento, cuando el autor hace que un personaje esté escribiendo una tesis precisamente sobre el gueto de Lodz.

Salvo esta pequeña excepción, creo que Dror Mishani quiere destapar otro Israel, tan real como el de esos graves eventos. Con ciudades donde la gente se acerca a los cafés, sale a cenar, acude a la playa, disfruta de los parques; y, como nosotros –tan lejos en la distancia-, también programan viajes durante las fiestas –de un calendario judío-.

Esto me lleva a pensar que el mundo lo mueven los grandes personajes, los sesudos estadistas; pero por debajo de ellos, en las aguas más profundas,  viven, sienten, disfrutan, padecen, ganan o pierden personas que no son muy diferentes entre sí aunque habiten latitudes distantes. Lo que sí es cierto es que cada uno llevamos impresas las huellas de los diferentes territorios en los que nos acomodó la vida.

Tres tramos narrativos. Un relato rebosante de suspense, que resulta desolador en los dos primeros, pero que la sagacidad del primer detective, A., y el azar de un segundo llenan de luz la novela en el trecho final.

Tres mujeres, tres historias. ¡Qué próximas siento sus crónicas! Orna, Emilia o Ella podrían vivir en una ciudad cercana a la mía, pero residen a muchos kilómetros de aquí. No tendría demasiados problemas en encontrar concomitancias entre los vaivenes de sus vidas y muchos de mi entorno.

Son tres mujeres que en un momento de sus vidas buscan, necesitan, un nuevo abrigo. Orna se ha divorciado, Emilia ha tenido que emigrar, Ella está atorada en el estrecho túnel de su matrimonio.

Las tres tienen algo que las ata: conocen a Guil y depositan en él muchas de sus expectativas.

Sin embargo ese hombre les esconde demasiado de sí. Pero no solo él calla una porción de su filiación. Hasta las últimas páginas no van a desvelarse completamente las identidades escondidas.

Los personajes están llenos de matices, son retratos armados con la complejidad de la vida. Las mujeres tienen una profundidad psicológica que el autor no ha concedido a Guil.

Comienza Mishani dibujando un idilio que se descompone ante nuestros ojos y que acaba dejándonos un regusto muy amargo,  revela a continuación otra relación que nos abandona en la desolación. Y surge un tercer encuentro que se muestra totalmente imprevisto.

Es una novela difícil de prever. Son componentes vitales que según vayamos acercándonos al final se irán imbricando a través de las señales que el autor nos irá dejando bien dosificadas, y con las que un lector atento valorará la sorpresiva estructura narrativa. Una armadura literaria sorprendente.

Tres mujeres que rebuscan para hallar otros horizontes y se encuentran con una traba. 

Dror Mishani da voz a mujeres que no se dejan arrastrar, que desean explorar nuevos mundos, como muchos hombres, pero que en el caso de ellas se golpean contra esa primitiva organización social del patriarcado que solo vislumbran salida amparadas en el varón.

Situaciones muy actuales: las nuevas relaciones que surgen de una web de contactos, los hijos de padres divorciados, quién se encarga del cuidado de nuestros ancianos, las relaciones tóxicas.

Y, planeando por encima de todo, la soledad, un mal de nuestro tiempo.

miércoles, 23 de febrero de 2022

Expediente Ojos de Orgasmo

 

                                                                          

“Cuando entraron en el agua, no se movía ni una hoja, no cantaba ningún pájaro. La luna ya se había ido, pero el sol aún no se barruntaba.”

Las luces componen el espacio arquetípico para la transgresión. Carmen, su hija y seis mujeres más se empeñan en defender la idea de que el mar es de todos. Se saltan, cuando hay luna apropiada, las restricciones administrativas que adjudicaron una concesión para mariscar a las mujeres de la aldea. Ellas no están adscritas a ese lugar y por tanto no pueden acudir a esa zona a laborar.

La rebeldía del grupo incomoda a la policía, que procura  mirar para otro lado los días que entran en agua prohibida. La aldea se siente agredida y se procura sus propios guardas.

“Las siete mujeres salían de casa de madrugada. Cruzaban el vado guiadas por Carmen. Cogían almejas hasta que el cielo clareaba mientras Inma, la hija de Carmen, que era joven y tenía buena vista, observaba la costa por si aparecían los vigilantes contratados por la aldea. Cuando la luz se imponía o cuando las linternas de los guardias las descubrían, retornaban a su territorio.”

“Territorio” aquí se define como terreno o lugar concreto, como una cueva, un árbol o un hormiguero, donde vive un animal. A través de esa palabra Carmen y esas mujeres se hermanan con el animal. El que vive, siente y se mueve por propio impulso; el que está cerca de lo natural, de lo congénito, de lo que procura señas de identidad.

En el agua se mueven cosidas, como la fauna que en terreno hostil marcha aglutinada para defenderse del enemigo.

Ellas saben reconocer a los suyos, porque están unidas a ellos por lazos que no son de fábrica reciente, sino que se crearon hace mucho.

Cuando la vigilancia les recordaba que se hallaban en terreno prohibido les podía la rabia, la furia; y “se desbordaban”, dice exactamente Alonso de la Torre. Y lo hacían como las aguas que, incontenibles, se salen de su cauce. Otra vez nos trasladamos al espacio más primigenio, donde las leyes se marcan desde dentro, nunca desde fuera.

Las reglas ahora las señalan las normativas administrativas y, a su manera, Ojos de Orgasmo. Es un personaje muy conocido para los vecinos de Cambados. Rey en calles y garitos, traficante pero no consumidor;  dispone de una corte fervorosa. Carmen es su antagonista. El mundo es demasiado pequeño para que ellos dos puedan tener cabida.

Inma pertenece también a la misma cepa que su madre, pero en algún momento en su corteza se hace una fisura. ¿Conseguirá taponarla?

Todos sabían que Carmen no quería nada de nadie, pero que defendería lo que consideraba suyo.

La mariscadora compartía un hogar de escasas comodidades con su hija, sin padre, y su sobrino Ramiro, hijo de su prima, que quedó huérfano cuando sus padres perecieron tras un desafortunado accidente. Para la mujer solo existe un responsable. ¿Podrá probarlo?

Sus secretos familiares se hunden profundos en su ser. Se irán desvelando poco a poco en la lectura.

En la villa Carmen tiene sus aliados, ninguno es oriundo de allí, todos han venido de fuera: un cura que viste vaqueros; la viuda del marqués, que siempre vivió a su aire; la joven jueza, que hace su trabajo, con ella la balanza de la justicia tiene el fiel perfectamente calibrado. Cuando llegue el expolicía también se pondrá de su lado.

Este inspector jubilado acude a la ciudad gallega porque parece que el tema del marisqueo ilegal se complica, es requerido por sus jefes de la delegación del gobierno de Pontevedra para lograr amasar una buena explicación. El asunto se había desmadrado, había llegado hasta la prensa nacional; era necesario desbravecer todo aquello. Solo él podría hacerlo. Una serie de desgraciados accidentes se había desencadenado. Unos en el flanco de Carmen, otros en el de Ojos de Orgasmo. El más grave, una paliza al sobrino, en coma, en el hospital.

Elementos policiacos, componentes sociales y costumbristas aparecen integrados en la narración sin que se noten las costuras.

La esencia de todo relato detectivesco, el inspector que procura las respuestas, aparecerá ya avanzada la lectura. Llegará cuando desde delegación del gobierno se le convoque, después de esos desafortunados percances, infortunios y atropellos. Rafael –sin apellido-, tiene mucho de Montalbano, de Carvalho, de los clásicos. Es un hombre fiel en el amor, que no supo darle su tiempo a la esposa y desde que ella se fue, le ha sido fiel; que le gusta comer y beber, que no gasta en ropas o en coches: lo externo le resbala. “Las cosas que más valoro son aquellas que solo sé yo.” Refiere en algún momento.

Para Carmen la tradición importaba mucho porque eran su madre y su abuela y todos sus antepasados “agachándose durante siglos, esforzándose por vivir de un mar abierto y sin dueños.”

“Como se ve, señor comisario, lo que está pasando aquí va más allá de una discusión sobre quiénes son los dueños de unas almejas.”

En efecto, hay más: un ritual de noche, luna, tierra, mar, fidelidades a los tuyos, arraigo a las señas de identidad y justicia poética.




domingo, 30 de enero de 2022

Tongolele no sabía bailar

 


Tongolele está al mando de un turbio departamento del estado nicaragüense, controla los servicios secretos. Fiscaliza, desvirtúa, pervierte; lo sabe todo. O eso cree él.

En un momento determinado pierde los favores institucionales y no entiende, no sabe quién lo empujó fuera del sillón, ni siquiera cómo.

“Cuáles son mis enemigos y cuáles mis amigos, ahora que todos los perros me orinan, quisiera saber.”

Sergio Ramírez lo retrata como si apareciera de pronto, desorientado y confuso, en una pista de baile donde ignorara los pasos del número que interpreta la orquesta. Porque Tongolele no sabía bailar.

En la novela aparece como el antagonista del inspector Dolores Morales. Comparten el mismo germen ideológico,  hicieron la revolución contra el dictador nicaragüense Anastasio Somoza, aunque más tarde sus desarrollos vitales mudaron,  llegando hasta caminos ideológicos opuestos.

Morales fue miembro de la Policía Sandinista desde sus inicios y tras recibir la baja se hizo investigador privado. Es la tercera vez que Sergio Ramírez lo coloca como protagonista en un relato.

Al comienzo de este se encuentra en la frontera Hondureña. El comisionado Tongolele lo encuentra incómodo y lo “ha forzado” a abandonar el país. Pero el detective tiene una razón poderosa para volver a Managua y va a intentarlo de la mano de la clandestinidad.

Cuando ya ha pisado suelo nicaragüense, asesinan a su salvoconducto. Descubrir al culpable nos proporcionará el caso.

Pero no nos confundamos, aquí no tenemos el inicio de un argumento policiaco, donde la resolución del misterio es el objetivo principal. De hecho aquí tenemos muchas claves para conocer el enigma, quizás no conozcamos la identidad precisa del asesino, pero sí el aliento que lo impulsa y la guarida de dónde procede.

Tongolele no sabía bailar  es una novela negra donde pesa más la realidad sociopolítica de la Nicaragua actual que la resolución del conflicto planteado. Es el retrato de una dictadura. Se pone el énfasis en que poco  importa si estas se encuentran alineadas a la derecha o a la izquierda, las dictaduras, todas, pasan por encima de las ideologías como apisonadoras.

Existe una vieja foto en la que el escritor aparece junto a Daniel Ortega y otros miembros de la junta jurando su cargo hace ya más de 40 años. Hoy juegan en campos opuestos. Ramírez cree que debe plantar cara, denunciar.

Desde el primer momento se ve en esta novela un ajuste de cuentas entre antiguos compañeros de lucha.

Afirmaba en El Cultural que el detective Morales era una especie de alter ego: “Sus desencantos y los míos pertenecen al mismo ámbito, así que yo interpreto a través de Morales un desengaño que no es solo mío sino de toda una generación que ha visto a la revolución no solo envejecer sino descomponerse y convertirse en un cadáver que huele mal, que está ahí, expuesto al sol.”

Tongolele y Morales son personajes perfectamente trazados, pero no son los únicos, hay varios más que nos seducen: la vidente Zoraida, La Chaparra y Fabiola, madre, secretaria y amante, respectivamente, de Tongolele; Pedro, su ayudante y comparsa, que se pega al mejor postor; monseñor Ortez y el padre Pancho entre los católicos reivindicativos; Rambo, mano derecha de Morales, como lo fue Lord Nixon, que se ha convertido en su conciencia y le habla desde el más allá; los viejos militares y los nuevos, tecnócratas adiestrados en México.

“Y entró ella, una negraza de pelo lacio teñido de un rubio triste, unos juanetes que la martirizaban al andar sobre plataformas de corcho, una cartera de Ferragamo falsa de toda falsedad al hombro, una blusa que dejaba desnudo el ombligo del que colgaba un piercing, en cada pernera de los jeans mariposas de lentejuelas.”

Es Fabiola, la amante, busca su favor para ampliar sus negocios, sin importarle aplastar a posibles competidores.

Un escritor en general toma distancia de la realidad que describe para luego poder retratarla y hacer de ella literatura. En esta ocasión Sergio Ramírez no ha esperado a alejarse del momento que vive su país, le urgía denunciar, eran tiempos de emergencia, había que reaccionar pronto –confiesa él mismo.

Pero la escritura no ha sufrido merma, sigue siendo punzante y adornada.

Lo que sí se nota es que lo que refleja ahora le duele mucho. En anteriores entregas de esta serie había también denuncia y desconsuelo por su gente,   pero la perspectiva temporal había permitido que lo que él dibuja ya sean cicatrices. Tras la muerte de tantos estudiantes en 2018, se obliga a escribir muy próximo a hechos intolerables, por eso lo que pinta son heridas abiertas.

La prosa de Sergio Ramírez contiene hilos geniales, excesivos y aparatosos que te envuelven, que se te pegan al cuerpo y al alma.

Su escritura la impulsa el desengaño, y conserva la maestría de siempre al otro lado del Atlántico.

Así se refiere a lo que queda del esperanzado proyecto revolucionario: Nos pusimos a montar entre todos un muñeco parecido a Buzz, el astronauta que grita «¡al infinito y más allá!». Y vea lo que salió: Chucky, el muñeco diabólico.”

Tongolele no sabía bailar es tan excesiva que seguro que lo que cuenta es la realidad. El humor y la ironía arrastran las torpezas de los hombres. Como cuando en el descampado, donde los paramilitares descansaban de masacrar, aparece una furgoneta repartidora de El pollo ciudadano para calmar el apetito que te puede dar matar.




martes, 18 de enero de 2022

Tiempo de vida

 


Tiempo de vida es ejemplo de autoficción, el autor se identifica con el narrador. Todo lo que sucede es real, aunque los hechos que se relatan pertenecen a la ficción,  porque el que narra en el libro hace una selección previa, solo escoge determinadas vivencias;  ahí aparece la elaboración literaria. Se trata de la realidad vivida por Marcos Giralt y su padre, pero el escritor trata de fijar esa realidad como él la sintió. Por eso no se trata de una autobiografía porque el que redacta elige, opta, prefiere unas vivencias y deja de lado otras.

Estas páginas se convierten en una especie de ajuste de cuentas entre los dos y un homenaje al padre.

Una ficción permite al novelista esconderse detrás de las historias, aunque sentimos presencia. Aquí eso no es posible, aquí habla el autor con su propia voz, exhibe sus comportamientos. Parece que sin demasiado problema con el pudor.

No estoy cómoda leyendo autoficción.

Quizás sea una cuestión de recato o quizás, que me interesan más las narraciones que se ensanchan, que abrazan muchos mundos.

Este libro me descubre rincones propios en los que no quiero detenerme.

Temas resbaladizos, que no deseo tocar porque ha pasado el tiempo y ya no se reconocen los contornos; porque ya no están los que podían proyectar luz sobre ellos.

Marcos Giralt Torrente toca aquí un tema universal: la muerte del padre a través de la desaparición del suyo. Lo impulsa el deseo de recuperar lo que ya no está, perpetuar lo que se ha ido.

Cuando un padre se va definitivamente, se echa la tapa a un baúl. Y uno se encuentras frente a algo clausurado, que ya solo podrás abordar con la memoria.

Si eres escritor tienes la literatura para acotar, para comprender la realidad. Eso hace este autor. Si no escribes solo tienes los recuerdos para reordenar, para degustar, para censurar, para lamentar.

Durante la niñez de Marcos padre e hijo pasaban mucho tiempo juntos, pues la profesión de pintor, le permitía a Juan Giralt trabajar en casa. Más tarde, como consecuencia del divorcio, la figura paterna se desvaneció un poco.  Él se quedó a vivir con la madre, las cotidianidades domésticas de ambos se cruzaban. Al padre lo veía menos y casi siempre fuera de casa. Aunque compartieron tiempo y espacio durante algún viaje. El padre tenía pareja y eso parecía dificultar la relación de ellos dos. Cuando Marcos Giralt habla de esto, se transparenta el resquemor.

En el momento en el que a Juan Giralt le diagnosticaron una enfermedad grave, las vidas de ambos se coserán apretadas, sus existencias se rozarán con fuerza. Marcos se vuelca con su padre. Y escribe cómo intentó aliviarlo, cómo lo acompañó y apoyó; con cuánta entrega le dedicó su tiempo, dejando de lado una parte de su propia vida.

Se produjo la muerte en febrero de 2007. El hijo tuvo que pasar un año de duelo antes de plantearse trasladar al papel tan intensas vivencias.

Marcos Giralt comienza su obra con una primera trama, la que destapa su búsqueda de una escritura, de un comienzo, de un formato en el que verter la relación con su padre. Se siente sofocado por las dudas sobre cómo abordar el tema, qué contar…

Al ser hijo único, Marcos Giralt solo dispone de una perspectiva. Una gran responsabilidad, un gran desafío para reconstruir una narración.

Cuando se es hijo único (…). ¿Cómo construir con la memoria una historia equilibrada cuando tan sólo disponemos de una mirada, y esa mirada está tamizada, influida además, por nuestro propio ser único?

Junto a esta primera trama se va desarrollando una segunda donde se camina desde el desencuentro a la unión con el padre.

La primera mitad del libro abarca más de treinta años de relación, en la segunda se desvelan apenas veinticuatro meses de vínculo durante la enfermedad. Un claro desequilibrio, debido quizás al peso emocional de estos últimos momentos.  

En un principio los hechos van cayendo de manera lacónica. En la segunda parte aumentan los detalles, sabemos mucho más de ellos dos.

El recurso de la repetición de palabras acerca el texto a la letanía religiosa y a la lírica más elaborada. Es una prosa que llega a hechizar.

“En páginas de Word que llené con insólita premura, intenté retratar a mi padre remontándome a su infancia, a su orfandad materna y a su padre tan frío; intenté poner mi culpa en primer plano para lanzarme en pos de la redención que la aliviara; intenté aislar un episodio iluminador que resumiera mi experiencia de él; intenté entrelazar con pulso impresionista escenas y recuerdos aleatorios; intenté ser cerebral y encarar nuestro problema reflexivamente, sin espacio para la poesía.”

Esta cita concreta se halla al comienzo del libro, reflejando esas oscilaciones que tiene como escritor para iniciar la narración sobre su padre.

La relación de los dos en los últimos años cerraba un círculo, el hijo se entrega al padre, ahora que lo necesita, como, seguro, el padre se entregó al hijo, cuando era pequeño y lo necesitaba a él.

Marcos Giralt termina comprendiendo a su padre, habían vivido una relación complicada, muy propia de los hijos de padres divorciados. El hijo termina perdonando a su padre y perdonándose a él mismo, pues se reprochaba la sobrecarga de intolerancia e incomprensión que hubo entre ellos.

Su libro aspira a ser literatura, no una crónica; pero la verdad es que nos deja un relato lleno de sinceridad, de verdad y de vida.

Nos habla literariamente de los que conocemos, de lo que sentimos.


miércoles, 15 de diciembre de 2021

Mendel el de los libros

 


“ Los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

Así concluye este relato breve.

Las páginas de los libros han ido guardando a lo largo de siglos la suma de saberes, de maldades, de avances, que otros fueron engendrando.

Esta obra supone un tributo al libro como el objeto que miras, tocas, hueles, acaricias; y también al libro como el contenedor de un universo virtual,  una compilación de experiencias de otras mujeres y hombres.

Representa también un manifiesto antibelicista y un manifiesto contra la irracionalidad y la necedad. Cuando se escribió el recuerdo de la Primera Guerra Mundial chorreaba frescura.

Muestra la queja y el dolor por un mundo y una cultura que se deshacían. Stefan Zweig había vivido cobijado en esos universos que se desmoronaban ante sus ojos.

El narrado se encuentra al comienzo del texto en una zona de las afueras de Viena. Un fuerte chaparrón lo empuja a refugiarse en un café. Lo reconoce, él ya ha estado ahí. No le resulta fácil recordar, pero hurga con empeño en su memoria y lo consigue.

A veces queremos recordar algo pero se nos esconde, golpea en nuestras sienes, se diluye, se escapa; apretamos los dientes, está ahí, lo sentimos, pero se resiste a mostrarse. Stefan Zweig le da cuerpo a esta sensación.

“Pero, ¡nada! Otra vez, ¡nada! Estaba enterrado y olvidado. (…) Pero, es curioso, apenas había dado los primeros pasos por el local, cuando en mi interior se produjo, reverberando y centelleante, un primer resplandor fosforescente. (…) Dios mío, si aquel era el sitio de Mendel, de Jakob Mendel, Mendel el de los libros. Veinte años después había ido a parar de nuevo a su cuartel general, el café Gluck, en la parte alta de la Alserstraße.”

Emerge el personaje, se hace enorme ante nuestros ojos: Jakob Mendel, un librero de viejo que desarrollaba su actividad en aquel local, cliente desde la apertura al cierre, siempre en la misma mesa con tablero de mármol. Podía conseguir cualquier ejemplar que se le reclamara, disfrutaba de una memoria excelente, era como si contuviera de un catálogo infinito en su mente. En el café Gluck se deleitaba tocando una rareza bibliográfica, se abstraía con la lectura, se ensimismaba entre las páginas. A su alrededor los jugadores de billar, los clientes, camareros iban y venían…, él no escuchaba nada. En una ocasión los operarios cambiaron las velas por luz eléctrica, él ni se enteró. “Pues leía como otros rezan.”

Mientras leía este texto yo me preguntaba si hacía bien Mendel en sumirse en ese aislamiento enfermizo. Yo me quedo con el lector que se conecta con la realidad. Pero, claro Stefan Zweig lo ha concebido así porque lo necesita en su discurso literario. Mendel es verosímil, pero no crea una corriente de empatía, más bien es alguien que pone obstáculos entre él y los otros. Aunque cumple la función que su creador le ha dado.

Se dibuja un homenaje a los libros y a la lectura, que te aísla, que te ayuda a volverte hacia dentro, a conocerte y, muy importante, a la lectura que te ayuda a conocer a otras personas y otros mundos, que te coloca en el camino de la tolerancia, del respeto al otro.

De todas las pasiones de los humanos, Mendel solo conocía una: la vanidad. Sabía que era identificado por muchos como un sabio experto en materia bibliográfica.

Pagará un precio alto.

Era un judío que 33 años antes había venido desde el Este hacia Viena “para estudiar para rabino, pero pronto había abandonado al riguroso Dios único, Jeovah, para entregarse al politeísmo brillante y multiforme de los libros”.

Allí había pasado 30 años, pero ahora ya no estaba. ¿Qué había sido de él? La compasión, la tristeza, la mediocridad se instalan en el libro.