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jueves, 15 de diciembre de 2022

Cambio el blog

 

Miedo de Stefan Zweig ha sido el último libro sobre el que hablaré en este blog que me ha acompañado desde 2018.

Hoy he publicado la entrada sobre Un amor, de Sara Mesa en mi nueva web

lecturasalazar.com

A partir de ahora será ahí donde refleje mis nuevos comentarios.

martes, 29 de noviembre de 2022

Miedo


 


Solo en la primera página he contabilizado cuatro veces la palabra “miedo” y un sinónimo “temor”. El resto del libro abunda en ese término que se repite en numerosas ocasiones. Se adhiere en el lector como una sustancia pegajosa.

Doña Irene, sin apellidos por cierto, es una señora bien. Está viviendo una relación extramatrimonial que en realidad, según refleja el texto, no cumple los requisitos mínimos: no es que le procure un placer que no encuentra en su matrimonio, no es tampoco que viva una pasión que ya no existe con el marido, menos aún que disfrute con el amante de la comunión que no es posible con el cónyuge.

Aunque parezca sorprendente, Irene es feliz con su esposo. Son afortunados, responden al modelo que su mundo burgués impone. Él es un reconocido abogado, un hombre valorado e integrado en su entorno. Tienen dos hijos que parecen felices; los padres los tratan poco, lo normal entre la gente de su condición social. Viven con un desahogo económico, que les permite disponer de todo el servicio que facilita su vida en el hogar. Él satisface sus obligaciones como padre y esposo. No puede pedir más, ¿o sí? Quizás Zweig cree que la vida de una mujer debe ir más allá de ser una flor en la solapa de un hombre.

Desde pequeña siempre se ha dejado remolcar; en todo momento hizo lo que le dictaban. Nunca se ha planteado que las cosas pudieran ser diferentes para ella.

Pero parece que en un momento se dejó llevar por el romanticismo dibujado en las novelas, se sintió halagada por despertar el deseo en alguien, además él valoraba sus opiniones en el mundo del arte. Él que era un artista, cuando ella en realidad no creía tener gusto para la música y tampoco confiaba demasiado en su sensibilidad para el arte.

Tras los primeros encuentros se desmoronó el amor idealizado, la torpeza de él, sus gestos bruscos en el manejo del deseo la decepcionaron. Pero eso no quebraba la inercia de la infidelidad.

En cada cita, los últimos minutos con el enamorado se hallaban muy lejos de la pasión y demasiado cerca del atropello que le imprimía la prisa de ella por abandonar ese lugar. Le inquietaba que al abandonar aquel domicilio alguien pudiera reconocerla. Eso podía costarle la armonía, el sosiego sobre los que se asentaban su vida.

Y sucedió. Un enojoso encuentro acarrearía un chantaje mortificante.

Su miedo ahora sí es real, ya no es la posibilidad de que alguien la descubra, ya lo sabe esa mujer que puede hacerle mucho daño. El miedo ahora es fruto del sentimiento de culpabilidad y vergüenza por engañar a su esposo y es fruto también del riesgo que corre de perder todo lo que ha conseguido. Aunque ¿ha conseguido ella algo en la vida o se lo ha encontrado todo depositado a sus pies, sin haber realizado ningún esfuerzo?

La dura experiencia le abre muchas ventanas a una realidad de la que vivía ajena, ella se limitaba a seguir las reglas de conducta que le correspondían a una hija y después a una esposa dentro de su grupo social.

Somos testigo de un final sorpresivo, aunque se encuentra dentro de una cierta lógica. A lo largo del relato Zweig va dejando apuntes que no nos llaman demasiado la atención, pero que cuando hemos acabado la lectura brincan ante nuestros ojos, ahí estaba la respuesta.

En la portada el dibujo de una tetera resquebrajada; está abierta, la tapa reposa justo al lado, boca arriba. Tras la lectura de la novela, he observado detenidamente esta imagen, porque en ella veía la historia de Irene.

[…] el mismo ardor que producen las heridas antes de cicatrizar para siempre” Estas son las últimas palabras de la novela. Una cicatriz siempre recuerda que hubo una fisura, un desgarro. Es como una porcelana que se encola, siempre muestra los trozos pegados. En el libro también quedan las huellas de una situación rota. ¿Serán capaces de olvidar? ¿No verán el pasado al mirarse a los ojos?

La historia se mantiene viva dentro de nosotros al concluir la lectura.

Stefan Zweig arremete contra esta sociedad masculinizada, donde la mujer es un objeto ornamental. Los hombres ahogaban la iniciativa de las mujeres con falso bienestar. Ellas no tenían voluntad, jugaban en el mismo carrusel desde pequeñas. Irene es como una niña en un cuerpo de mujer. Sus reacciones son infantiles porque no la han dejado crecer.

La novela reproduce un mundo de hombres que al autor parece no gustarle. Se convierten en protectores de las mujeres sin preguntarles nunca si ellas desean ser protegidas.


miércoles, 16 de noviembre de 2022

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

 

 “Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás.”

“Me acuerdo de mi madre todos los días, tal y como le prometí a orillas del Océano. Procuro no mentir.”

Doscientas treinta y ocho páginas –las que más o menos componen esta novela- separan estas dos citas.

Son la misma madre y el mismo hijo, al menos para los de fuera, al menos en los papeles administrativos. Pero al final de nuestra lectura son seres distintos de aquellos del comienzo, surgen renovados. Han viajado desde un brutal desencuentro que los desbarataba hasta una comunión en la que se borran los contornos entre los dos, en la que llegan a intercambiar los papeles habituales del cuidador y del cuidado.

El amor del hijo va creciendo ante nuestros ojos creciendo desde el odio más profundo. El contraste lo agranda. Representa el alumbramiento de un nuevo sentir.

El libro distribuye su materia en 77 capítulos, en general breves, algunos de apenas una línea. En estos Aleksy va deslizando imágenes de lo que representan los ojos de su madre para él. Todas ellas se encuentran agrupadas en uno de los capítulos finales, con leves alteraciones. Representan una jaculatoria pagana dirigida a la madre.

Aleksy relata en primera persona aquel verano que pasó con ella. Lo observa todo desde su momento actual, cuando tiene la misma edad que su madre en aquellas vacaciones. Escribe desde una edad adulta muy rota. Cuando se pone a redactar han transcurrido unos veinte años, que se han ido llenando de ternura, de pasión, de abundancia, de excentricidad, de dolor, de mucho dolor.

La primera persona supone una gran cercanía entre lector y narrador, que habla desde el interior, que llena de subjetividad la novela. Todo circula alrededor de lo que piensa, de lo que siente el sujeto.

Los detalles, los hechos importan menos porque nos movemos en el territorio de lo que siente el que habla. Utiliza una lengua propia, que muchas veces escapa a nuestro intelecto, pero que sentimos con el corazón. Si cada lengua encierra una cosmovisión, en este libro se esconde la de Aleksy.

La narración comienza cuando se termina su periodo escolar en un correccional. Su madre no parece muy contenta al ir a recogerlo. Él la hace esperar en la acera, la observa desde la ventana, la odia. Para los demás padres no tiene una mirada más complaciente: “Un triste hatajo de perlas falsas y corbatas baratas, venidos a recoger a sus hijos defectuosos, escondidos de los ojos de la gente.” Su mejor amigo se despide diciéndole que no se suicide ese verano, el segundo se hallaba allá abajo plantado “como una mierda de perro”. El colegio era tan horrible que en él “no aguantaban ni las infecciones.”

Todas sus palabras están cubiertas por un velo de negatividad, habla su rabia, su resentimiento, su falta de amor, el infortunio que ha sido su vida. Canta su propia canción, llena de sarcasmo.

Una atmósfera aborrecible y lúgubre baña estas páginas, con la excepción de aquellos meses con  una luz muy brillante que lo inundará todo y más tarde dará paso a la oscuridad total.

La madre tiene que prometerle algo que desea mucho para que acceda a acompañarla a un pueblecito francés junto al océano. Hasta transcurridas unas páginas más no sabremos realmente la verdadera razón para estas vacaciones.

Desde su relato descubrimos –intuimos más bien-  mucho de lo que pasó antes de ese viaje y lo que sucedió después.

Las piedrecitas de sus palabras nos marcan el camino para conocer fragmentos de vida de este hombre desde su niñez. En el adulto resuenan las vivencias infantiles, que no fueron fáciles. Pero es difícil señalar responsables, no existen. Todos se perciben como víctimas y a la vez como verdugos. No existen los culpables porque no siempre les movió la voluntad, fueron más  las circunstancias que rodearon sus pequeños mundos. Sí hubo perjudicados inocentes.

En este libro, Tatiana Tîbuleac repasa muchas vidas: la de un niño que demanda cariño a gritos; la de una madre que quería a su manera; la de una abuela que en algún momento pudo hacer más por este muchacho roto que muchos psiquiatras; la de un padre ausente. También habla de amor, de incomunicación, de emigrantes trasvasados desde la tierra de los padres a una donde anidará el desarraigo, de todo el poder del dinero.

La autora moldava también se refiere a la muerte incomprensible que rompe una vida en su principio, del duelo, de familias rotas.

Desde el comienzo, por una serie de anticipaciones, nos damos cuenta que escribe desde el dolor del hoy y necesita ampararse en aquella luz transitoria y brillante que surgió aquel verano.


lunes, 31 de octubre de 2022

Perro muerto

 

“Pienso que por fin cayó esta lluvia que se va a llevar toda la mierda. Respiro tratando de recuperar la entereza, trago saliva para deshacer el nudo que tengo apretado en la garganta. Entonces Romina, a mi lado, me indica el sol saliendo allá en lo alto y me dice:

  —Mira qué bonito.

 Y yo me doy cuenta de que todavía hay esperanza.”

Otra vez una novela policiaca con un final que conforta y apacigua, un final necesario para que el lector se reconcilie con la existencia, porque el detective reordena el caos que el delito originó.

El mundo se desmorona por una esquina, mientras que por otra va retoñando. Romina consiguió que Santiago Quiñones la salvara, otras chicas y otros niños tuvieron menos suerte.

Una voz en primera persona, la del detective Santiago Quiñones. Una voz mordaz, cínica, con mucha verdad sobre la vida y sobre los andamios que la sustentan. Situaciones que se imponen y contra las que uno no puede nada.

Santiago Quiñones es un policía que trajina con frecuencia desviado hacia los márgenes, se ve obligado a combatir al delincuente con malas artes, son las mismas con las que ellos tratan de deshacerse del mordisco de su investigación.

En su vida privada se mueve en el callejón de atrás, donde se reparte cierta infidelidad, algo de droga y mucho tabaco y alcohol.

Este detective no puede evitar que la suciedad que rodea su trabajo haya salpicado su vivir. Quiere a Marina, su pareja, pero a veces no es suficiente con desear que el amor funcione, a veces los sentimientos se le mezclan con las esquirlas embarradas de sus tareas laborales.

Boris Quercia dibuja todo esto con un lenguaje directo y cortante, sin florecillas que adornen.

En un enfrentamiento con narcos Jiménez, el compañero de Quiñones, ha encontrado la muerte. El detective se verá empujado a recoger el testigo de su compañero y continuará con su investigación sobre abuso de menores entre los niños más desfavorecidos, los que se encuentran en orfanatos. Se implicará con ahínco.

Va a conseguir echar su red sobre esas vilezas, pero muchos conseguirán escurrirse, tienen demasiado poder. Algún delincuente va a quedar sin castigo, porque así es en la realidad y el autor chileno imita la vida.

El policía va dejando caer a lo largo del libro muchos de sus ácidos pensamientos. Construidos a lo largo de una vida codo con codo con la delincuencia y la maldad. Desde el comienzo la vida del policía se entrelaza con la investigación policial. Y  vamos conociendo a este tira, que es como se llama a los agentes en Chile.

En el metro descubre a la gente que vuelve a casa de un trabajo normal, y le pesa su tarea sin horarios y en roce continuo con la muerte-, que está borrando su relación con Marina.

Los hilos van espesando el tejido de la vida de Quiñones, que se parece a muchas vidas; y el contenido de la novela, que se alarga también hacia la situación social y política de Chile, muy parecidas a las de otros espacios. La corrupción ilumina con brillo pestilente cada rincón, como el de una policía corrupta que apoya a potentados viciosos. Una policía que se apoya en los medios para que la verdad reluzca, se establece una simbiosis entre prensa y detective  hasta que el periodista retrocede porque uno de esos poderosos es el que le paga el salario mensual.

Humor cáustico como único aderezo posible para combatir la angustia existencial de Santiago Quiñones.

El policía no desempeña aquí una investigación al uso, como sería asistir a comisaría, cotejar pruebas, salir a la calle a hacer comprobaciones. Lo que suelen hacer la mayoría de los policías durante un caso. Quiñones recupera de su compañero Heraldo Jiménez unos informes que involucran a muchos organismos influyentes, los había conseguido de manera torticera, pero también es cierto que los delincuentes han utilizado su peso social para atentar contra todas las normas. Ricardo seguirá su estela, aprovechará los métodos del otro y su tiempo de baja tras una agresión; el azar le va ayudar mucho, quizás un poco de más para ser creíble.

Detrás de todo ese interés del personaje por esos niños inocentes, quizás se esconda el interés del autor. Brinca una idea, los hijos que no pidieron nacer, y que padecen las consecuencias. Si algo se aprende siendo tira es que este es un país de padres de mierda. La meten y se van. Lo otro es que aquí el que la hace, no la paga, a menos que seas pobre. Pero eso da lo mismo. Los pobres la pagan siempre, aquí o en la quebrada del ají.” A la vez el escritor y su criatura se revuelven contra la injusticia que los rodea, que nos envuelve a todos.

Tras su escepticismo encontramos un vengador de la justicia, que lamenta que los más grandes se libren, mientras la policía se encarga de los pequeños rateros.

Hombres y perros fusionan sus destinos.


viernes, 21 de octubre de 2022

Una historia ridícula

 


Desde esta orilla, en un primer vistazo, Marcial se adivina como un hombre antipático, como un hombre ridículo. Aunque si cruzas al otro lado y miras más de cerca, se reconoce que su hechura procede del trabajo de existir, y que hay mucho de su ridículo en todos nosotros.

Quizás esta sea la causa por la que este libro me quemaba en las manos mientras lo leía, sentía rechazo por este hombre.

Este libro trata sobre entresijos del vivir, sobre mezquindades que provocamos y padecemos.

Landero le aplica una lente de aumento a lo que somos, airea rincones que pueblan nuestras vidas y que dejamos siempre tapados, alejados de la vista.

Preferimos unas relaciones y unas vivencias teatralizadas, construidas de  relumbrón y apariencia, donde aparezcamos desenvueltos, inteligentes, seguros de nosotros. Donde aparezca solo la nata.

Creemos ser una pieza con una forma específica, pero somos los que los demás quieren, porque son los otros los que nos hacen y deshacen, como afirma Marcial. Que en algún momento salta de un hombre con una visión trágica de la vida a un individuo personaje de sainete. Así se siente.

Invitado por el doctor Gómez, Marcial va a contar la historia de su enamoramiento, enredándola con su pasado, su presente, su familia; su filosofía de vida. Busca el amor, como todos, pero lo busca con gafas de pretensión y tozudez.

Marcial escribe, confiesa sus extravagantes devaneos mentales. Las burlas escolares que sufrió lo convirtieron en una criatura atiborrada de resentimiento y en un adulto intransigente y desmesurado. Lo malo es cuando encontramos en él algunas conductas que nos resultan familiares, que reconocemos en nosotros, y nos resultan  desdeñables y hasta un algo bochornosas.

Stendhal explicaba la novela realista como un espejo que se pasea por un ancho camino, aquí Landero reorganiza el género y ha vuelto el espejo hacia el interior de los hombres que transitan ese camino, incluido él mismo. Nos vemos reflejados en ese cristal que a veces es algo turbio y no nos gusta.

El testimonio de Marcial es un instrumento que usa el escritor para contar historias, para relatar anécdotas, para reflexionar; para polemizar porque ya ha vivido lo suficiente como para conocer el alma humana.

Landero disfruta perdiéndose entre palabras, cuentos y anécdotas. Siente apego por relatar, inventar, abstraerse, imaginar, elucubrar. El enamoramiento que refiere Marcial le da una excusa para hacerlo.

El molde que utiliza en su escritura se nutre de nuestro gigantesco universo literario y acude tanto a manifestaciones orales como escritas. Seguro que tiene presente lo que leyó, lo que estudió y, por supuesto, lo que le contaron, en sus primeros años sobre todo.

Es como si Landero rebuscara en un baúl infinito en el que todo cabe, del que brotan sorpresas cuando se levanta su tapa. Y él sabe muy bien destapar ese arcón.

Rompe los límites entre lectores y escritor, nosotros estamos integrados en el texto, el narrador nos interpela constantemente.

Marcial asegura que no tiene mucha ciencia escribir sobre uno mismo, sobre la filosofía que nos sustenta. Es Landero el que habla, porque eso es lo que él está haciendo en estas páginas.

Cuando el personaje asegura que es difícil escribir sobre sentimientos porque no se dejan domar por las palabras, o cuando sostiene que es difícil escribir sin que el pensamiento se desparrame y uno no consiga ponerle freno; sin duda estamos escuchando al escritor Luis Landero. Lo mismo que lo veo detrás de la idea de que es difícil poner orden en los recuerdos “porque al pronto se me agolpan en la puerta de la memoria queriendo salir todos en estampida y de una vez.” Dice el autor por boca del personaje. Entre ellos las fronteras también se han diluido.

Amasa las historias del libro con un humor que más que risa da sonrojo, da tristeza.

Reconozco al Landero creador y a la persona que están detrás de estas páginas, un hombre que ya ha alcanzado cierta edad. En la novela Marcial repite eso de “a estas alturas de la vida”, otra vez es Landero el que le presta sus palabras.

Landero crea la novela charla, construida desde el sosiego, desde la maestría, desde la rabia también.

 

 

 

 

 




sábado, 24 de septiembre de 2022

Purgatorio


¿Qué hacer cuando ves a la hija del hombre al que asesinaste sentarse ajena en una mesa de tu restaurante?

¿Qué hacer cuando sientes que la doctrina por la que mataste se asentaba sobre tierras movedizas?

El alma se te llena de vergüenza, de culpa, de escepticismo; de desaliento.

Si empezaba a escribir, seguramente pasaría el resto de su vida en la cárcel. Cerró los ojos y volvió a pensarlo por última vez, apretando fuerte el bolígrafo con la mano derecha. Si confesaba, estaría redactando su propia sentencia […].”

Pero Josu Etxebeste está completamente decidido a confesar, necesita liberarse del peso que le ha aprisionado el pecho durante años.

Etxebeste es hoy el propietario de un afamado local en las afueras de Irún. Hace 35 años era Poeta y, junto a su compañero de comando Beltza, secuestraron a Imanol Azkarate en nombre de la Organización. Fue él el que entretuvo su tiempo hablando con el detenido durante aquellos días, fue él también quien apretó el gatillo. Su primera y su última vecindad con una muerte. Después, toda su vinculación con el grupo terrorista se secó.

La policía jamás resolvió el caso.

Ahora se disponía a revelarlo todo, pero consideraba que no debía ser el único en admitir su culpa, tanto sus colegas como el policía que lo torturó en jefatura  deberían también dar un paso al frente. Quiere moverlos para que hablen de lo que pasó, puede. Tiene pruebas.

Envía tres cartas que van a provocar un terremoto emocional en los destinatarios y en los lectores.

Pero sus compañeros seguro que no iban a admitir gustosos la culpa. Ellos ahora disfrutaban de una holgada posición social, personal y económica; no podían permitir que alguien arruinara sus logros. El policía encargado de la investigación estaría dispuesto a reabrir el caso, aunque eso supusiera su reprobación, con tal de poder resolverlo, para él era un desafío. Eso  arrastraría que la institución policial admitiera que en las comisarías se infligían duros castigos inútiles. No lo harían, supondría su descrédito.  “Perseguimos a los malos. Los malos no pueden ganar. Nunca.” Así se expresa un alto dirigente del cuerpo.

Una trama negra bien montada está servida.

Porque esta novela sería un thriller si no fuera porque se sabe que Jon Sistiaga habla de ETA –aunque las siglas jamás aparezcan en el libro-. No podemos ver solo una trama policiaca, porque estuvimos durante demasiados años sumidos en el espanto del terror.

Las reflexiones sobre el conflicto sobrevuelan todo el texto y despiertan reacciones muy pasionales en los lectores. Es difícil evitar sentirse interpelado.

Jon Sistiaga conoce bien las circunstancias reales que rodean estos hechos porque es periodista y porque es vasco. Como profesional ha cubierto noticias en distintos países relacionadas con el terrorismo –semejante, según él, en todas las latitudes- . Seguro que es grande su experiencia, pero en lo que se refiere a Euskadi, sin embargo, es inevitable que su veteranía se entrelace con su piel.

En sus consideraciones se enreda demasiado en lo que cuenta, se le nota el dolor que le late, se palpan demasiado sus rechazos y sus afinidades.

Probablemente no haya querido evitarlo.

Revela un claro repudio a los ideólogos del grupo terrorista que empujaban al abismo a jóvenes idealistas e influenciables. A veces se revuelve contra aquellos que se pusieron de perfil. Es un reproche algo injusto, no debió ser fácil vivir todo aquello.

Aun hoy, varios años después de la disolución de la banda terrorista, el daño no se ha reparado del todo, se ha acallado solamente. Se necesita más tiempo e indulgencia. Jon Sistiaga con su novela viene a escarbar red en todo aquello, saca al papel su verdad –que seguro que no es la única-. Los lectores dejarán que la suya brote también.

Sin separarse del periodista se ha convertido en creador de ficción para poder recorrer todos los rincones del conflicto. Hay verdades que flotan en el aire, verdades que todos conocen pero que nadie admite conocer. La novela le permite llegar donde la investigación periodística no le deja.

En la estructura se combina la actualidad con el pasado. La mayoría de la acción transcurre en el momento presente, son apenas dos semanas. Pero hay cuatro capítulos que se adentran en el secuestro, lo muestra en los detalles más cotidianos y en los de mayor carga filosófica.

Sistiaga esparce algunas estampas costumbristas como el aspecto de un zulo o aquel experto albañil que los bordaba. La vida en las cárceles; la vuelta de los presos, con bienvenida, pero sin pensión, porque no han cotizado en todos los años de cautiverio… La memoria debe hacerse también con las pequeñas cosas.

El libro está salpicado por la dualidad, se tocan las dos orillas del terrorismo: nosotros y vosotros; aquí y allí; en un lado se llama “secuestro” y en el otro “la forma de recuperar la justa plusvalía que esos explotadores debían reintegrar a la clase trabajadora vasca”. Fluyen dos formas de concebir el papel de la religión o de la policía; dos maneras de ver la lucha armada.

Drogas, machismo, homosexualidad, trato de favor, guerra sucia. Difícil de digerir.

En un momento del tiempo que pasaron juntos Josu y Azkarate, el primero coge la cuartilla en la que el secuestrado esboza una figura. El dibujo representa a un hombre, probablemente el propio Imanol, sentado en el suelo y apoyado en una pared. La figura, negra como una sombra, tiene la cabeza bajada y escondida entre las piernas. Imanol no ha dibujado nada más, solo tres rayas para representar la pared. El dibujo, tosco y sencillo, transmite soledad y desamparo. Quizá injusticia, piensa Josu para sí mismo.

—¿Te digo lo que me provoca este dibujo, Imanol?

—Dime —contesta Azkarate, curioso.

—¿Sinceramente? Joder, pues que podría ser cualquiera de nosotros en un cuartelillo de la Guardia Civil después de una buena tanda de hostias. —Ya, pero no.

Ya. Eres tú. Y nosotros te estamos haciendo lo mismo. ¿A que sí?



 

domingo, 11 de septiembre de 2022

Vera

 


El responsable de esta nueva editorial, Trotalibros, asegura en su web que pretenden recuperar obras fundamentales de la literatura universal “injustamente olvidadas”. Vera es una de esas novelas inmerecidamente desdeñadas por la historia.

En esta edición se apuesta por subrayar la labor de la traducción. En las primeras páginas aparece una semblanza biográfica de Claudia Gispert Codina, que ha hecho un gran trabajo al verter el texto al español.

Más habitual en nuestras lecturas es la presencia de datos sobre la vida de los autores. Elizabeth von Arnim (1866-1941), australiana afincada en Inglaterra,  no fue muy afortunada en sus relaciones sentimentales, la escritura se convirtió en su refugio. Del fracaso de su segundo matrimonio surgió Vera.

El libro es un trabajo intenso que se convierte en una queja profunda sobre una situación frecuente en su tiempo; las parejas desiguales con maridos prepotentes y mujeres anuladas.

Las grandes mansiones acallaban entre sus ladrillos estas condiciones de vida. Era un tema delicado que llevó a la autora, hace cien años, a sacar el libro como anónimo.

Elizabeth von Arnim aborda la situación social desde el sarcasmo, con cierto humor, un vehículo más eficaz para la denuncia,  la reflexión, el pensamiento crítico, la conmoción, quizás, del lector.

Cuando comienza el libro, la protagonista, Lucy, en la veintena, acaba de perder a su padre de manera repentina. Había sido su única compañía y ahora la dejaba desamparada y sola. Mientras allá dentro preparaban el cadáver, ella se encuentra fuera de la casa “como una estatua de mármol” dice el libro- apoyando sus manos sobre la valla, sin ver ni oír lo que se mueve a su alrededor.

Al lado, sin que ella se percate, pasará el señor Wemyss, unos cuarenta años, enlutado, martirizado por la ansiedad, desesperado porque los preceptos sociales le obligan a permanecer alejado de su entorno más confortable y próximo; sin permiso para hablar con  nadie, en la más desesperante soledad, después de la inesperada muerte de su esposa.

Se atrevió a pedirle un vaso de agua a aquella joven desconocida por hablar con algún ser humano.

Pareció despertarla, dio vida a la piedra.

Hermanados en el infortunio, el desconocido encontró en el duelo común el ojo de la aguja por el que colarse en la vida de la joven.

Ahora que el padre había desaparecido, sería él quien pensaría por ella.

 “La miró durante un momento mientras ella le devolvía la mirada y, entonces, posó sus manos grandes y cálidas sobre esas otras, heladas, que se apoyaban en la barra superior de la verja […]. Luego, cubriendo aún las manos de ella con una de las suyas, abrió la verja con la otra y entró.”

Entró en la vida de Lucy decidido a no volver a salir jamás.

Wemyss es consciente de tener el mando en su mano; Lucy, junto a aquel desconocido, siente: “la agradable sensación de estar a salvo, protegida”. Reconoce alguna diferencia respecto a lo que sucedía antes: con su padre tenía que pensar con Everard es solo dejarse llevar.

Dos personalidades diferentes las de estos dos hombres, dos yugos distintos sobre Lucy.  

Wemyss despliega sus alas, su sombra se va dilatando sobre la pequeña Lucy, cada vez más reducida.

Elizabeth von Arnim refleja en su escritura los pensamientos de Lucy, en ellos se esconden la desconfianza, el recelo y hasta los miedos, que le llueven desde el ciclón que es Wemyss. Pero enseguida la chica aparta de su ánimo esos sentimientos negativos, él le ha hecho creer que tiene la llave de la verdad. Cuando ella se ve dudar, comprende que está sumida en el error.

El viudo tiene prisa, la chica sustituirá a su anterior esposa, remplazará a Vera. Él nunca había conocido el dolor, siempre ha evitado preocuparse, no ha consentido en ningún momento que la duda lo desasosegara, jamás había reprimido un deseo. Un  retrato hiperbólico, brota el impacto en el que lee.

No resulta sencillo oponerse a los deseos de Everard Wemyss. Cuando ya tiene sus planes de boda perfectamente pergeñados, se los comunica a Lucy, que obedece dócil, apartando las dudas a manotazos.

“Lucy descubrió que el matrimonio era distinto de lo que ella había imaginado.”

A partir de la boda se abre una especie de segunda etapa. El viaje de boda se le hizo amargo a Lucy que empezó a comprender que la comunicación con su esposo no iba a ser fácil, que su papel iba a ser solo el de acatar órdenes.

Tras la luna de miel todo estaba previsto para pasar el cumpleaños del marido en la segunda vivienda, la casa donde murió Vera.

Pobre Lucy, la muerta pasa por delante de ella, ella allí es solo una extraña. Vera hasta le ha arrebatado el honor de titular la obra con su nombre.

Pero el fantasma de Vera no es una sombra que empañe su felicidad, como dice de forma poco cierta la faja que acompaña el libro. Incluso en algún momento es la única capaz de comprenderla.

Vera sonríe levemente desde un enorme cuadro que preside el comedor. La vamos conociendo. Comprendemos.

No reconozco la atmósfera asfixiante que se denuncia, más siento rabia e incredulidad al pasar las páginas. A Lucy solo le habían enseñado sumisión y obediencia.

El marido ahoga toda la ilusión de la recién casada: lo controla todo, amo y señor, caprichoso y déspota. El comportamiento con el servicio, su manera de dirigir esta casa y la de Londres es patológico. El gong escandaloso, el piano con botines, y más, son notas de humor que alivian la opresión que transmite esta forma de vida.

Nos encontraremos un final abierto, a partir del último capítulo una nueva parte se va a desvelar, seremos nosotros los que la compondremos reuniendo todos los detalles que la lectura nos ha dejado, porque esta es una lectura que permanece una vez que cierras el libro.




martes, 30 de agosto de 2022

Cuesta abajo

 


El amante del género negro abre con gusto una novela con ese patrón porque sabe que al final el orden va a recomponer las piezas que el delito reventó. Aunque sin duda lo que le cautiva es el proceso.

Lee con zozobra, sabe que al final la armonía triunfará sobre la transgresión; pero no sabe de qué manera van a desenrollarse  los hechos. Porque el escritor de novela negra burla al lector y siembra la duda a lo largo de las páginas en forma de falsas pistas. No respiraremos tranquilos hasta que no cerremos el libro.

Siempre van a notarse algunas marcas de aquello roto que se pegó. Nos quedará el regusto amargo de saber que el mal está presente en la vida.

Connelly es hijo de los creadores que vinieron antes. Es sobrio en su escritura, elude las divagaciones, aunque deja alguna reflexión colgada de sus páginas.

 “Bosch quería un nuevo caso. Necesitaba un nuevo caso. Necesitaba ver la expresión en el rostro del asesino cuando llamara a la puerta y le mostrara la insignia, la encarnación de la inesperada justicia que se cernía sobre él después de tantos años. Aquello resultaba adictivo, y Bosch ansiaba disfrutarlo.”

Eso ansía también el lector: que la justicia ruede sobre el infractor.

Este veterano inspector de la policía de Los Ángeles está destinado ahora en la Unidad de Casos Abiertos/ No Resueltos. Ahí se encargan de revisar los casos de homicidio no resueltos en décadas. Los evalúan y entregan las antiguas muestras para nuevos análisis utilizando la tecnología más vanguardista.

Henry Bosch es un investigador experimentado, disfruta de una buena memoria y de un singular poder deductivo, en el que reviven a otros detectives. Se entrega a fondo cuando está ante una investigación.

En esta ocasión le ofrecen un caso en el que hay un resultado raro en el ADN estudiado. El individuo que el innovador laboratorio refleja en la muestra de aquel delito de 1989 es Clayton Pell. Con numerosas detenciones y tres condenas sucesivas, parecía claro que él fue el asesino. Pero en aquella fecha Clayton tenía solo ocho años. No podía ser el culpable, los índices lo probaban.

¿Qué había sucedido? ¿Los inspectores encargados de custodiar las muestras habían mezclado las de dos casos? ¿Había fallado el laboratorio que realizaba las pruebas? Había que investigar manteniendo cierta discreción. La Policía de Los Ángeles se jugaba su credibilidad.

Va a quedar patente en estas líneas la existencia de una sima entre la institución y los investigadores que la componen; sus intereses no siempre marchan parejos. La institución se pelea por el buen nombre político, los policías luchan contra el crimen.

Este grupo dedicado a casos no resueltos no trabajaba en la escena del crimen, “trabajaba con las carpetas y las cajas de cartón de los archivos.” Pero la trama se espesa con un segundo caso, y  ahí sí van a tener que acercarse a la escena del delito. Ha aparecido muerto el hijo del concejal Irvin Irving: se ha caído desde un séptimo piso, o lo han tirado. Han encontrado su cuerpo aplastado contra el suelo.

El concejal siempre ha estado enfrentado a Bosch, incluso antes de tener este cargo, cuando eran compañeros. El policía no entiende por qué quiere que sea él el que realice las investigaciones.

Al final encontraremos una respuesta. Y un lazo que une las dos pesquisas, no en sus contenidos, aunque sí en el espacio en que se mueven: artesanos de la resolución de crímenes y políticos de altos despachos.

Es triste para este policía de años, que se ha dejado la piel en descubrir el mal, comprobar que los negociados que los dirigen, se preocupen menos por un crimen horrible que por unos presupuestos.

Descubre lo que nadie ha visto. Bosch es metódico, sus sistemas son lentos, para los que están con él hasta infructuosos, pero al final descubrimos deslumbrados que tenía razón.

Le seguimos en su manera de trabajar. Se van abriendo rutas posibles, luego se cerrarán y solo una quedará abierta. Este es el juego de la novela policiaca: mantener vivo nuestro interés hasta la última línea. Bosch lo tiene claro Y yo lo único que quiero es saber qué pasó en realidad”.

Algo más de una semana necesita Bosch para apabullarnos resolviendo los dos casos.

No falta el picante del amor en la novela, se trata de la doctora Hanna Stone, que busca conocer el origen del mal. Ella introduce este tema para nuestra consideración. ¿Está quizás usando a Bosch para hallar respuestas? Él le responde que solo quiere combatirlo, que no sabe de dónde procede. La doctora tiene razones para hacerse esta pregunta.

“Mi función más bien es la de presentarme cuando las cosas ya han pasado, para limpiar un poco los desperfectos. Lo único que sé es que en este mundo existe el mal. Lo he visto. De los que no estoy seguro es de dónde procede”

Bosch no tiene amigos íntimos, pero es leal en sus relaciones; no se amilana ante un político poderoso. Es arrogante.

Él estuvo en Vietnam, aquello lo moldeó. Cuando su exmujer murió se hizo cargo de su hija adolescente. Lo llevan bien, solo a veces siente un poco de pudor por tratar algunos temas ante la chica, que ha heredado la agudeza deductiva de su padre. Está un poco de más en la novela.

Usa métodos antiguos, estamos en 2012, pero él continúa con su libreta dónde apunta, hasta que cree que tiene suficiente para empezar; las pruebas las convierte en papeles reales, nada de archivos de ordenador. Alguien en el libro deja caer que se parece en la manera de hablar a Colombo, aquel detective mítico de la televisión de los 70. Connelly le está haciendo un homenaje, seguro, porque lo disfrutó en su adolescencia.

Un depredador ayudará a encontrar a otro depredador. Bosch no está ahí para juzgar, está para solventar cuestiones, descubrir verdades.

Cualquier víctima importa. Todas las personas contaban o no contaba ninguna. Es su lema. Lo veremos al final.

“La repentina falta de contacto visual llevó a Bosch a comprender que Rollins estaba mintiendo”. Es astuto. Pero seguro que no tanto como para ver una pestaña moverse: “Detectó un ligero temblor en una de sus pestañas.” Quizás esto solo sea un problema de la traducción.

 

 

 

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jueves, 11 de agosto de 2022

Últimos días en Berlín

 


Cada lectura tiene su momento y su lugar.

Esta novela no demanda una gran concentración, no precisa un lugar retirado, no exige recogimiento, no pide la participación del que lee.          

Últimos días de Berlín recuerda aquellos cuentos que nos entretenían, que nos deleitaban en la infancia. Unos personajes maniqueos junto a una acción potente, que hipnotiza, con sorpresas permanentes; a veces previsibles.

Al iniciar la historia estamos en el Berlín de 1933, Yuri Santacruz se acaba de mudar allí, procedente de Madrid. Él nació en San Petesburgo. Su padre, Miguel Santacruz, se incorporó como agregado de negocios en la embajada española  durante el periodo zarista. Allí conoció a Verónika Olégovna, hija única de un rico comerciante de Rostov. Se casaron un año después de conocerse, en 1907, y tuvieron cuatro hijos.

La vida de la familia parecía una copia de la felicidad hasta que las circunstancias que les tocó vivir lo trocaron todo en tragedia.

Cuando empecé a leer, el personaje de Yuri Santacruz en la trama me hizo pensar en “El baile de las cintas”. Los danzarines en círculo alrededor de un mástil agarran una cinta de las que cuelgan desde lo más alto. El mástil es Santacruz y cada banda supone una parte del argumento, un personaje de esta novela, porque todo en ella está atado a Yuri. Los integrantes de la danza comienzan a dar vueltas respetando la circunferencia, así los vaivenes de las distintas creaciones de esta novela enrollan sus vivencias alrededor del joven español. Al compás de la música cada bailarín debe pasar por debajo de la cinta del otro, e inmediatamente después dejar pasar al que quiere avanzar en sentido contrario por debajo de la cinta que uno agarra. Con este movimiento en el mástil se va tejiendo una especie de hilado, colorido por las distintas tonalidades de las cintas. Ese hilado simboliza el contenido de Últimos días en Berlín, construido siempre manteniendo a Yuri como pivote.

El relato se instala entre el principio de la Revolución Rusa y el final de la Segunda Guerra Mundial, saltando principalmente entre Alemania y La Unión Soviética. Aunque lanza algunos hilos que nos abren caminos en hechos que acontecieron en España, Suiza o Polonia.

“A pesar del aire gélido de aquel atardecer, Yuri Santacruz decidió salir a la calle. Su casera, la señora Metzger, había oído la noticia en la radio: se había organizado un desfile de antorchas para celebrar el nombramiento de Adolf Hitler como nuevo canciller de Alemania.”

Estas son las primeras líneas. ¿Qué hace el joven en Berlín? ¿Qué ha sido de sus padres y sus hermanos? Yuri Santacruz ese día va a ser “testigo del salvaje apaleamiento de un indefenso” por parte de las nuevas milicias hitlerianas. Él no va a pasar de largo, como muchos,  se detendrá  para ayudarlo.

Ese será el inicio de un torrente de eventos que formarán un río profundo. Una nueva familia Santacruz va a salir a flote. Muchos -allegados y ajenos- se quedarán en las orillas y otros más se hundirán,  sin que él pueda hacer nada.

Algunos hechos previsibles y otros demasiado efectistas restan verosimilitud a la narración.

De manera algo simplista los personajes se agrupan entre dos polos: buenos y malos. Alguno de los primeros puede caer en una acción censurable, no por propia voluntad, sino impulsado por la pasión irrefrenable; distintas actitudes conseguirán redimirlos después. Varios de los personajes buenos mueren, constituyen la cuota de dolor que el lector ha de pagar. El homosexual que se esconde, el comunista convencido, el demócrata idealista; los que han descubierto que más allá de las fronteras soviéticas la gente disfruta de un bienestar que allí dentro es privilegio de unos pocos solamente.

Los eventos políticos están poco elaborados, no escarba demasiado la autora –probablemente no le interese-: la revolución bolchevique y el nacionalsocialismo encierran la misma filosofía de gobierno por el terror y la infantilización de la gente. De algunos textos del libro, leídos de manera autónoma, no sabrías decir si corresponden a situaciones del régimen soviético o nazi. Los te producen el terror, la pesadilla de la arbitrariedad en la autoridad, del ensañamiento en las actuaciones del poder, del abuso del fuerte.

“Lo que ocurrió en aquellos meses se mueve en mi mente como una masa viscosa, podrida y fría.” Esto pudo haberlo dicho una víctima de uno u otro régimen.

Muchos capítulos van encabezados por el doctrinario propagandístico de Goebbels: sorprendente y en muchos casos reconocibles más allá de aquella Alemania.

Un hombre y dos mujeres, muy distintas entre sí y a la vez muy próximas, provocan el poco realista enredo amoroso que, con alguna pizca de erotismo, edulcora la novela. Tiene un desenlace ocurrente, inesperado, o quizás no.

Una novela entretenida. Se presenta como una escalera donde cada peldaño es un paso más hacia arriba en la habilidad  creadora de la autora, que sin embargo deja caer adjetivos y expresiones manidas, imágenes poco afortunadas, obviedades en el contenido.

Un trasfondo histórico tan poderoso se queda dentro del que lee y uno no puede evitar preguntarse al rememorar algunos contenidos qué habría hecho en algunas de las circunstancias, extremas, en que han vivido estos personajes.


sábado, 23 de julio de 2022

Nudos y cruces

 



Los hilos en la urdimbre de esta novela se van engrosando en el paso de las páginas con apuntes reveladores que caen y captan nuestra atención. Esos primeros filamentos se van cruzando con otras hebras y conforman nuevas intrigas que se atan a la primera. 

El contenido de Nudos y cruces se va haciendo más denso según vamos leyendo.

El tejido se espesa más y más, nos oculta lo que hay detrás. Nada sabremos hasta que lleguemos al final. Un final siempre tranquilizador, lo habitual en la novela policiaca, allí se desvela el que ha originado el mal, allí se limpia el daño y allí se recomponen los pedazos rotos.

Aquí va a quedar alguna transgresión sin castigo, quizás porque se ha deseado imitar la vida donde no todo siempre termina pulido, y quizás porque  haya pesado menos la culpa de alguien que el daño que se pudiera causar a un inocenaños en Edimburgo. Cuando empieza la novela está ante la tumba de su padre, está lloviendo[…] –cómo no- […], parece lamentarse Ian Rankin, autor, escocés como su detective.

“Condujo despacio, enojado por haber vuelto a Fife, aquel lugar del pasado, de los buenos tiempos que nunca lo habían sido, […]

El pasado le quema a Rebus, tardaremos en saber el porqué. Los datos de su vida van cayendo lentos, como esa lluvia que le empapa los zapatos. Está divorciado y tiene una hija de doce años. Tiene un hermano, Michael, que se dedica a un espectáculo centrado en la hipnosis, y que disfruta de una vida acomodada y en armonía. O eso es lo que cree John, pero como en la vida las cosas no van a ser siempre lo que parecen.

El caso se abre camino en las primeras líneas: el secuestro y asesinato de varias niñas de edades próximas a las de Samantha Rebus, la querida pequeña del policía.

Querida aunque en algún momento se refiere a ella con estas cáusticas palabras: […] su hija, caprichoso resultado de un orgasmo entre gruñidos, un orgasmo en el que un afortunado espermatozoide había alcanzado la meta.” Y continúa confesando: “cuando seguramente su mujer ya estiraba el brazo para alcanzar el libro que estaba leyendo, quitándose de encima.”

 Ni Rebus ni el relato rezuman ventura. La obra está teñida de una mirada existencialista que percibe angustia, duelo y desesperanza cuando contempla zonas de la realidad.

 Se divide el texto en cinco partes, encabezadas por cinco enigmas, cuyo significado iremos dilucidando poco a poco. Ian Rankin hace, muy posiblemente, un homenaje a la ficción literaria que surgió en el siglo XIX, sobre crímenes y delitos, base de la novela negra de hoy. Consistían en un enigma que se develaba, poco a poco, a medida que transcurría la historia. Al llegar al desenlace el misterioso delito era develado.

 En su obra hay mucho más que el juego de incógnitas propio de los textos del novecientos, Rankin sale a las calles de Edimburgo y dibuja la otra ciudad, la que los turistas no ven; frecuenta los bares de las zonas donde se busca pitanza para acallar el hambre de esos perros que muchas veces nos ladran dentro.

"Gill le miró, pero él observaba por la ventanilla a los borrachos noctámbulos que sorteaban obstáculos del suelo en Lothian Road en busca de alcohol, mujeres, felicidad. Para algunos era una búsqueda interminable; entraban y salían tambaleándose de las discotecas y los pubs, de las tiendas de comida para llevar, royendo los huesos empaquetados de su existencia. Lothian Road era el vertedero de Edimburgo. Pero también contaba con el hotel Sheraton y el Usher Hall."

 Este es el Edimburgo que Ian Rankin quiere mostrarnos, de naturaleza esquizoide, recordando la obra de otro escocés El extraño caso de Dr Jekyll y Mr Hyde. La ciudad goza de mucha más envergadura que un simple marco donde se desarrollara una acción, la población escocesa es un personaje más. Está viva, es como un animal enorme, abre sus tragaderas y nos muestra sus oscuridades, las cierra y descubre una piel reluciente. Por ella resbalan los visitantes que admiran sus piedras en exposición, fotografiando sin ver.

Un relato amoroso se intercala y dulcifica el ambiente lector, te reconcilia un poco con la existencia inclemente que arrastra a John Rebus. “La vida valía la pena. A veces.” Dice él mismo cuando intima con Gill. La mujer es una policía inteligente e intuitiva, con una cierta atracción por las personas que se asientan en los márgenes, que habitan oscuros precipicios; como John Rebus.

Como en tantas novelas de detectives los sospechosos –todos falsos- van cayendo ante nosotros. Se encuentran hasta dentro del cuerpo policial. Ahí Rankin apuesta fuerte, da escalofríos pensar que la maldad sale de sus límites geográficos y se podría adentrar en territorios vedados, donde nunca la imaginaríamos. Hasta nos hace dudar de Rebus. Todo creíble.

El autor juega a abrir compuertas, a mezclar el espacio del bien con las zonas del mal. Su asesino puede estar asentado entre la gente corriente. Cuando se peleaban con informes y comprobaciones, pero con ninguna pista certera, comentaban que su asesino en esos momentos quizás estuviera terminando de cenar, “[…] ese tipo podría ser un don nadie, en apariencia respetable, casado, con hijos, el ciudadano medio, un trabajador, pero con un loco en su interior; así de sencillo.”

Esto estaba ya en Patricia Highsmith, sus asesinos muchas veces salían de los medios que te daban más confianza.

“Había delitos por doquier. Eran la fuerza vital, la sangre de la vida: engañar, eludir, esquivar a la autoridad, matar.” Esta es la teoría descorazonadora y cierta que lanza Rankin.

Mientras los agentes manoteaban en el aire sin nada sustancial a lo que agarrarse para encontrar al asesino de niñas, una pista se eleva. La historia avanza. Alguien había visto un Ford Escort azul claro en las inmediaciones de las zonas donde las niñas habían desaparecido. Era poco, pero tenían un punto de partida, como la sardina que se arroja al delfín para que haga sus cabriolas.

John Rebus también está perdido, no tiene un hilo desde el que tirar. Él no es un policía  héroe, es un hombre vulnerable.

“La vida de Rebus estaba llena de misterios y el último de ellos era adónde iban a parar su cuota diaria de reserva de diez cigarrillos”. Un reflejo de humor entre tanta desolación. Esos casos absorbían las mentes y la sangre de los policías: eran niñas.

En la novela no hay sangre, no hay grandes truculencias, hay mal, hay dolor, hay locura.