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miércoles, 22 de junio de 2022

Carta de una desconocida




 

¿Qué pretendes con esta carta, remitente anónima?

¿Buscas la compasión del que lee?

¿Buscas el desmonoramiento de R.?

¿Buscas liberar tu dolor?

Venganza no es, ¿verdad?

Una carta anónima a R. constituye la novela casi en su totalidad, salvo unas primeras líneas de presentación y una breve conclusión, cuando el destinatario acaba de leer la misiva.

R. es un famoso novelista. A Stefan Zweig no le interesa pasar más allá de su inicial. Si ella es anónima él también lo será.

El protagonismo aquí lo adquieren los lectores, confundidos en nuestras emociones, confrontados con nuestros sentimientos. 

¿Hay un bueno?, ¿hay una mala? ¿Es al contrario?

R. comprueba leyendo el periódico que ese día es su cumpleaños, celebra sus 41. Vuelve a Viena después de pasar unos refrescantes días de recreo en la montaña.

De manera acertada el autor austriaco, Stefan Zweig, con cuatro puntadas ha cosido un retrato eficaz de este hombre. En la propia carta la remitente lo va a completar. Es un atractivo seductor, un literato agraciado, muy culto, con un gusto exquisito, sin problemas económicos.

Al entrar en casa, su mayordomo le entrega una bandeja con el correo recibido este tiempo que ha estado fuera.

R. examina la bandeja “con indolencia”, un par de sobres atraen su atención porque sus dos remitentes parecieron interesarle.  “ […] vio una carta con caligrafía desconocida y apariencia demasiado voluminosa que, en un principio, dejó de lado.”

Más tarde, después de un té, después de hojear el periódico y después de mirar algunos folletos, cogió aquella carta a la que no había prestado interés en un principio.

De esta manera sencilla, con esta morosidad tan bien medida, Zweig subraya la misiva, la saca de la oscuridad y hace que brille ante nosotros con este comienzo: “Mi hijo murió ayer.”

“Ahora solo te tengo a ti.” (…) “¿A quién podría hablarle, en esta terrible hora, sino a ti, que fuiste y eres todo para mí.”

En el encabezamiento había plasmado: “A ti, que nunca me has conocido?”

Parece imposible que alguien que ha sido todo para ella, nunca la haya conocido.

Hay que leer la carta –la novela- para comprender.

La mujer le cuenta toda su vida en veinticinco folios, una existencia entera entregada al amor hacia R.

Es fácil decir que ella es responsable de todo lo que está contando, pero no lo es completamente porque el sentimiento la dominaba . Es víctima de esa historia de amor. Y curioso, R. no interviene en sus artificios. Él actúa según sus propios principios, que pueden gustar más o menos, pero con los que no ofende a nadie. Siempre se muestra con una conducta apropiada, acorde con lo que piensa, con lo que es. Lo peor es que no podemos reprochar nada a R., porque él vive ajeno a la tragedia que se fragua a su alrededor.

El destinatario de la carta y el lector de la novela se van enterando a la vez de los vaivenes de la vida de esta mujer, condenada a sufrir por amor. Nosotros, lectores, llegamos a saber más que el propio protagonista, que no consigue comprender qué está sucediendo, que resulta ser el receptor de una declaración amorosa que lo va a desarmar.

Desvelar cualquier detalle de esta breve novela sería injustificable. Pero sí se puede mencionar este amor enfermizo que data de los 13 años, esa persecución patológica al enamorado, ese silencio morboso…

Stefan Zweig ha creado dos personajes que provocan sentimientos encontrados en nosotros, y ahí nos deja debatiéndonos, porque no hay culpables. Cuando los hay es más fácil. 

 

 

 

viernes, 10 de junio de 2022

La señora March

 




La señora March retrata a tres mujeres apretadas en un mismo cuerpo.

La primera se localiza estrictamente en las primeras líneas: la sosegada esposa del conocido escritor George March, que acaba de publicar un nuevo libro. Al pasar por delante de una de las librerías del barrio, la mujer distingue una pila de ellos en el escaparate. Aunque hace frío, camina tranquila disfrutando del entorno apacible. Se dirige a su pastelería favorita: “[…] una tiendecita encantadora con un toldo rojo y un banco de madera blanqueada delante.”

La impresión de sosiego y de dominio del terreno desaparece cuando esta vecina del exclusivo Upper East Side entra en la pastelería a buscar su imprescindible pan de aceitunas negras. Ante la enorme cola se acelera su pulso, señal clara de que se siente dominada por el nerviosismo en el momento en que se avecina interactuar con alguien. Esta es la segunda señora March; extremadamente insegura.

Esa “tiendecita encantadora” esconde una trampilla que va a succionar a la satisfecha esposa y la va arrastrar –y a nosotros con ella- a lo más profundo de su psique, una brea espesa que amenaza con desbordarse.

Ahí se va formando la tercera: se va fraguando ante nuestros ojos.

Patricia, desde detrás del mostrador, se referirá a su clienta habitual como la mujer más elegante del barrio y añadirá que, al leer el libro de su marido, enseguida se ha dado cuenta que ella es el modelo de Johanna.

Un escalofrío aniquila la poca seguridad de la señora March.

Johanna es la protagonista de la novela de George March. Es una prostituta con la que nadie quiere acostarse, una mujer horrible, fea y estúpida. “Es todo lo que yo nunca querría ser”.  Asegura la esposa del escritor.

Desde ahora vamos a conocer a esa segunda señora March, desconfiada de su entorno, necesitada de una identidad que no consigue construirse. Una mujer sin asideros, que flota, sin voluntad, como una pompa de jabón.  Es algo ridícula y digna de lástima.

Su distinguido atuendo, terminado por unos originales guantes de cabritilla verde menta, nos oculta su personalidad errática, porque su aspecto nos lleva a pensar en una identidad fuerte. Pero los guantes se los regaló su marido, a ella jamás se le hubiera ocurrido comprarse tal prenda “[…] pues no se habría creído capaz de ponérsela; […]

“Le entusiasmaba la idea de que los desconocidos, cuando la vieran con aquellos guantes, la tomaran por la clase de mujer despreocupada y segura de sí misma que no habría tenido ningún reparo en elegir un color tan atrevido.”

Vive atada a la mentira porque su verdad le resulta intolerable.

Ingenua parece pensar que con una prenda se puede ocultar a los demás nuestras debilidades. Pero nada más lejos, porque esas fragilidades solo se resuelven agarrándolas de frente. Y la señora March ignora cómo hacerlo.

Vuelve a su casa. Se siente resquebrajada. El comentario de Patricia ha abierto una brecha en sus débiles defensas.

Lo ve todo oscuro. Le duele el –posiblemente falso- desprecio del conserje, y lo ve normal porque poco hacía ella por empatizar con él. Se ve intimidada por Martha, la asistenta. Es cómico y triste verla como la rehúye evitando las zonas de la casa donde realiza sus tareas.

Empieza a actuar de manera inadecuada, incomprensible. Empieza a perfilarse mejor la tercera señora.

Debe preparar una fiesta para su marido, el temor la acobarda,  los invitados la intimidan. Ensaya fragmentos de conversación para estar segura de no fallar.

De forma paralela al relato del momento presente, la autora nos introduce en el pasado de la Señora March. Quizás causa de su mudable forma de ser.

Fue  una pobre niña rica a la que nadie cuidó. Solo una empleada, Alma, se interesó por ella. En la fría casa infantil no le habían enseñado a deglutir la emotividad de Alma. El chófer de su padre tuvo un gesto para ella, mucho más de lo que tendrían nunca sus progenitores.

Una deseada amiga invisible intentó ser borrada por un psicólogo infantil, que hizo un diagnóstico al que nadie hizo caso. A su hermana la unía una relación de rivalidad fomentada por la madre. Nunca vemos en el libro una brizna de cariño hacia la hija, era una madre fría. Era una mujer de hielo. Su estela en la novela es de daño a la niña, a la adolescente, a la mujer.

Conoció al profesor George March. Le  maravillaba que un enseñante universitario mostrara interés, al menos aparente, por sus opiniones. Se ató a él a los 21, cuando él tenía 31 y estaba casado

Su compañera de habitación decía que era el hombre más atractivo del campus. Consideraba un triunfo conseguirlo. Por él dejó a su primer novio.

Las relaciones de la señora March se impulsaban más con el cerebro que con el corazón. A eso le habían enseñado.

Cuando se casó con un divorciado tuvo que aceptar también a su hija. La niña no se adaptaba al molde que la esposa de su padre le había diseñado, por eso sus relaciones no fueron buenas. Nunca iba a ser plastilina en sus manos, como lo fue ella para su madre.

Ahora el señor y la señora March son una pareja en apariencia feliz, solo en apariencia. Tienen un hijo de ocho años. Cuando nació se sintió por una vez superior a su hermana, que no tenía descendencia. Al niño tampoco lo maneja, es como un globo que se le hubiera escapado.

Cuando se pone la mesa en su casa una formalidad sigue a la otra, aunque coma sola; lo que pasa con frecuencia. Sin embargo si hay orden entre los objetos, en la familia impera el caos: no hablan apenas, no intercambian sentimientos.

Cualquier casa, cualquier familia es mejor que la suya. Aunque ya sabemos cómo engañan las apariencias. Ella parece desconocerlo y finge e inventa.

No la enseñaron a ser hija, ni hermana. Como consecuencia no sabe ser esposa, amiga, madre. Si no controla los electrodomésticos de su casa ¿cómo podría regir un hogar, dar órdenes a una sirvienta, cumplir los deberes de vecina?

Hasta ahora despierta nuestra compasión, pero todo va a cambiar cuando desde un cuadro la miren con severidad, cuando una mosca le haga pedorretas, cuando en el edificio de enfrente vea imágenes sorprendentes…

¿Es siempre sincero su marido con ella?

La frontera entre la verdad y la mentira la tenemos que buscar nosotros.

Hay mucho de la segunda Señora March en todos nosotros, el problema es que  cuando todo eso se convierte en una obsesión que te anula, entonces aparece la tercera mujer.

 

 




jueves, 26 de mayo de 2022

Perros mirando al cielo

 

Una escritura desde el sosiego, un sosiego quizás más anhelado que real, el sosiego de una vida que ya ha perdido la efervescencia primera, que ha sabido maquillar cicatrices.

El primer capítulo representa una  armazón firme, se convierte en la base sólida de la novela; desde dónde irradia toda la historia.

El título de este primer fragmento es inequívoco: Un accidente cinegético.

“Un poco más adelante entró muy deprisa en una curva, de modo que las ruedas se agarraron al asfalto sollozando.”

Desde las primeras líneas afloran detalles que arrastran  la inquietud.

Un accidente que aplasta una ilusión y que, como si fuera un torrente desbocado, remueve los fondos de muchas vidas. Incluso las de los lectores porque, cuando accedemos a los contenidos de los libros, los incorporamos a nuestra piel y a nuestra alma.

“— ¿No vas demasiado rápido? —le preguntó Dana inclinándose un poco para ver el velocímetro ()

Dana y Remo conducen hacia Breda. El autor sitúa a sus personajes en esta ciudad de ficción, cercana a Portugal; los datos geográficos creados proliferan.

Eugenio Fuentes construye una historia de amor roto. Mezclando el presente y el ayer nos refiere la historia de esta muy joven pareja. La bonhomía de este escritor se despliega cuando va dibujando con todo detalle esta relación. Es como si estuviera soñando despierto, es una historia que a todos nos gustaría vivir, fluye sin apenas obstáculos: amor, pasión, acuerdo, ternura.

Se toma su tiempo, tiene deseos de crear algo exquisito, placentero, delicioso. ¿No aumentará así el dolor cuando se rompa?

Circulan por un tramo de curvas, que se convierte en una metáfora del contenido de la narración. Cada viraje, como cada capítulo, guarda una sorpresa. La novela es imprevisible.

El lector no quiere, Dana y Remo no lo merecen, pero intuyes que algo va a suceder. La vida te enseña que nunca merecemos lo desafortunado que nos ocurre, pero eso no evita que la losa de la fortuna adversa te manche para siempre.

“Ciego de dolor, vio que una figura se acercaba por el asfalto, se arrodillaba junto a él y, un segundo antes de perder de nuevo la consciencia, se dio cuenta de que era un ciclista”.

Así termina ese capítulo uno. Los que hemos seguido a Eugenio Fuentes reconocemos en ese ciclista a su detective Ricardo Cupido.

Así lo calca una miembro de la Guardia Civil: Era alto y delgado, pero no se le podría llamar débil; se movía despacio, pero con una decisión indomable y fluida; daba sensación de calma y resistencia […].

Con él Eugenio Fuentes despliega una mirada reposada hacia el universo del delito. Construye una novela policiaca pero huye del mundo truculento del crimen, se aleja de los territorios más oscuros del género, unos submundos que se encuentran demasiado lejos del lector. Él escruta el alma, se adentra en los males más cercanos.

Cada página, cada línea  están calibradas.

En la novela se le da cabida a algunas reflexiones personales, da la impresión que el escritor necesita gritarlas. 

La trama se va espesando de forma pausada y verosímil. Ciertos detalles que pueden pasar desapercibidos cuando se leen por primera vez, destacan con un gran brillo cuando al final se desvelen la totalidad de los hechos.

Todo aparece engarzado con gran maestría; los pasos de la acción están cosidos con mucha pericia, sin huellas de costuras.

Se escucha la calle del 2020 en la desolación y las lágrimas de los hospitales y de los centros de mayores, en las dificultades de la policía para trabajar por falta de medios, en los encierros obligados...  Palpita la vida que tenemos siempre alrededor en el dolor por la pérdida de un hijo, en la culpabilidad que puede llegar a generarte; en cómo se puede desmoronar una vida en poco tiempo; en el amor que uno no gobierna; en una cierta denuncia a las instituciones que actúan como autómatas, que no miran a la persona, sino al delito.

Culpabilizamos a unos y a otros desde el comienzo de la lectura. Sin embargo, como dice uno de los personajes nunca se está seguro de conocer bien al que está junto a nosotros. Lo vemos a lo largo de la novela igual que en la vida real.

Perros mirando al cielo es una novela policiaca que cobija dos crímenes y que alberga una investigación, la de un detective privado, en este caso. Aquí  la institución policial se mantiene más bien ausente, quizás haya que leer aquí una crítica a los responsables de estos funcionarios a los que la falta de medios impide ahondar más.

¿No es eso lo que se puede deducir de estas palabras de Cupido?: Que a pesar de todo el Estado de Derecho, la policía dedica más tiempo a demostrar la culpabilidad de un sospechoso que a demostrar su inocencia.

—Sea pequeño o grande el asunto, siempre consistirá en no hacer trampas y, al mismo tiempo, en evitar que te las hagan a ti. Sus propias palabras caracterizan a este detective.

Asegura que al inicio de cualquier investigación sentía entusiasmo ante el reto de resolver un enigma –es literal-  […] y un vago temor hacia lo que descubriría: dolor, odio, ansia de poder, prerrogativas de alguien sobre alguien, miedo a perder el amor, dinero, alguna primacía, algo querido.

Él penetra – y nos ayuda a penetrar- más hondo en los casos, mientras que la policía abarcaba más espacio. Así lo explica el propio responsable de la Guardia Civil.

Averigua hablando con los vinculados a los hechos, sacando conjeturas de las pequeñas observaciones.

Cupido no lleva a nadie frente al juez, no pone a nadie en el pasillo de la prisión. Aquí Cupido pone a los autores materiales frente al espejo de sus conciencias, ellos serán los primeros en juzgarse.

Perros mirando al cielo, ¿novela policiaca?, ¿novela negra? Novela humanista, porque cuestiona y nos hace cuestionar, porque pone el azar en el eje de nuestras vidas.


jueves, 12 de mayo de 2022

El cielo es azul, la tierra blanca

 

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, señala el subtítulo.

Eso es esta novela, la proyección en diecisiete estampas japonesas de una sencilla y tierna relación  entre dos.

Dos burbujas aéreas, deambulando erráticas. Entrechocan, pero les cuesta abrirse y hermanarse.

En esta unión sentimental se reconocen  todos los componentes de cualquier entramado afectivo, los mismos de ayer, de hoy y de mañana. …, quien lo probó lo sabe; escribía Lope”.

Todo trato amoroso contiene cortejo, fingida indiferencia, incomprensión, oscilaciones, celos, volubilidad, ternura, añoranza, resignación, erotismo. Esto mismo encontramos entre Tsukiko Omachi y Harutsuna Matsumoto.

Ella tiene 38 años y un trabajo exigente, a veces la arrastra a largas y agotadoras jornadas; no sabemos mucho más. Vive sola, en el mismo barrio de su madre y de la familia de su hermano; pero no tienen mucho contacto, apenas el que exigen algunas celebraciones del calendario.

“Mi madre y yo nos quedamos calladas. Yo cortaba el tofu en silencio y lo mojaba en la salsa de soja con sake. Comía sin hablar. (Es más fácil hacer que decir). Ninguna de las dos decía nada. Quizás porque no teníamos nada que decirnos, aunque podríamos haber hablado de un sinfín de cosas. Pero no sabíamos de qué hablar. Aunque estábamos muy unidas, o precisamente debido a ello, no sabía qué decirle.”

 Él es un docente jubilado, en realidad fue profesor de la chica. Treinta años después, al coincidir en una taberna frente a la estación, él la reconoció enseguida, ella –según nos narra- no recordaba su nombre. Por esa razón lo empezó a llamar “maestro”, y así lo identificará en todo su relato.

“El maestro estaba sentado a la barra, tieso como un palo”. Él lleva siempre un atuendo clásico, impecable; siempre unido a su maletín. Es un conservador en el amplio sentido de la palabra, de costumbres y de objetos. El hábito de Tsukiko de beber sola en una taberna le produce rechazo, pero no parece estar incómodo a su lado, simplemente se lo dice. Tampoco aprecia que las mujeres se sirvan la bebida. En su casa guarda teteras que fue comprando  en las distintas estaciones desde sus primeros viajes. No tira las pilas usadas, un día le hicieron su servicio en un aparato eléctrico; con su medidor comprueba algunas todavía conservan alguna energía.

Ambos se desplazan por la gran ciudad de Tokio y entre sus varios millones de habitantes, sus varios millones de soledades. El profesor está oficialmente viudo, su mujer le abandonó, después murió en un accidente. Tiene un hijo de unos cincuenta años. Tsukiko nadaba también en soledad “Cuando intento recordar con quién salía antes de trabar amistad con el maestro, no se me ocurre nadie. Estaba sola. Subía sola al autobús, paseaba sola por la ciudad, iba de compras sola y bebía sola.” Ninguna de las relaciones emprendidas por Tsukiko llegaron a fraguar.

Tsukiko y el maestro transitaban sendas de aislamiento, de  abandono, de  incomunicación, de desamparo; hasta que un día se vuelven a encontrar después del instituto.

He tardado en entrar en su historia, estos dos personajes no me permitían tocar sus corazones. Los percibía lejanos, como cercados con alambre de espino.

Si coincidían en el local, pocas palabras, pocas miradas. Se acomodaban frente a la barra, concentrados en la cerveza, en la botella de sake, en la comida que tenían delante. Vendrían después algunas salidas extravagantes. Pero en general es la casualidad la que dibuja sus momentos juntos.

En el reencuentro frente al mostrador a ella le llama la atención que a su lado alguien ha hecho la misma comanda que ella, por eso le mira y de ahí surgen las presentaciones.

Hiromi Kawakami nos da muchos más detalles del alimento que pedían a la cocina de Satoru que de lo que sentían mientras disfrutaban de ellos. Porque la autora quiere señalar lo fácil que es referirse a lo exterior, a lo más superficial; y difícil que se hace conocer lo que nos rueda por dentro.

De pronto la relación amorosa se materializa, como el genio de la lámpara, que primero es solo humo y después una presencia viva y una esperanza de dicha. 

Empiezan a desvelarse ciertas circunstancias que perfilan su relación especial, su amor callado y contenido. Él es el profesor Harutsuna para la sociedad, para los otros; para ella es “maestro”. Las palabras delimitan sus espacios. Ella asegura sentirse más completa cuando está con él: “No dependía de su compañía, pero cuando estaba con él me sentía más completa”. Con el maestro aprendió a palpar que en la ciudad había otra gente, otras vidas; personas que disfrutaban del mundo, que lo odiaban, que lo sentían.

El tiempo va pasando, vemos su huella en el entorno, en los árboles, en los pájaros; el frío, la lluvia, el sol.

El  título retumba en mi cabeza. Es verdad que en nuestro imaginario el cielo es azul, aunque sepamos que puede alcanzar otras tonalidades. ¿Pero la tierra blanca? Esto ya es menos frecuente. Quizás blanca porque es como una página virgen en la que cada uno escribe lo que desea, cada uno caligrafía su propia historia de amor.

Este texto crece en el margen de lo habitual; porque no desvela unos hechos frecuentes. Este texto dilata la realidad, nos explica otras verdades. Refleja un mundo muy lejano y muy cercano a la vez.

Cuando se cierra un libro, no hay muchas posibilidades de que volvamos a abrirlo otra vez, lo sabemos. El texto se queda en ti, se instala en ti y vive en ti, como aquel ser querido que ya no ves. Esas páginas se fusionan contigo y permanecen en ti.

Unas más que otras.




viernes, 29 de abril de 2022

Progenie

 

En esta novela centellea una mujer: “Camino se pone las bragas y mira a su alrededor. Cree que no se deja nada. El sujetador ya está dentro del su bolso. Tira de la minifalda hacia abajo en un gesto de falso pudor, como si acaso alguien pudiera verla, y agarra la manija de la puerta con la mano derecha muy despacio mientras con la izquierda sujeta los tacones estratosféricos en los que ha estado subida desde las diez de la noche, hasta que Marco le regaló la horizontalidad al arrojarla contra la cama de uno treinta y cinco en la que ahora ronca como un león.”

Susana Martín Gijón nos la tira así a la cara en las primeras líneas.

Camino Vargas puede compartir una cama, pero para dormir no. Ella vive sola, su única compañía son las hormigas de su terrario. A veces las descuida, absorbida, hechizada, por algún caso.

La inspectora Vargas se encuentra temporalmente a cargo de la brigada de homicidios, sustituyendo al inspector Arenas, al que una bala en fuego cruzado llevó al coma.

Es verano y nos encontramos en Sevilla, el bochorno pegajoso nos sofoca desde el papel.

El grupo de homicidios se halla mermado. Arenas en el hospital, otro disfruta de vacaciones. Quedan cuatro. Fito, siente cierto resentimiento contra los que no tuvieron que luchar para salir de un barrio marginal que marcaba a fuego a los vecinos. Teresa con un pie en la jubilación piensa más en el Hola que en la policía. Lupe, la última en llegar, luchando en casa con marido e hijo y luchando en la brigada para hacerse un hueco. El oficial, Pascual, carga con un mal divorcio y carga con unos kilos de más, que combate midiendo calorías.

Con sus intuiciones me han empujado animosa entre estas líneas.

Susana Martín Gijón ha querido perfilar estos personajes y no ha llegado. Se han quedado en apuntes sin terminar.

Solo con Camino ha finalizado el croquis. Rompe un poco con el detective habitual, y no solo porque sea mujer, ya hay muchas.

Camino es rellenita, como dice Encarni. Tiene una larga melena rubia que remueve bailando salsa cada viernes en la Salsoteca, que se ata en coleta rápida cuando tiene que trabajar y no puede perder el tiempo en adornos. No hace ascos a unas copas que la animen y tampoco a un buen revolcón sin llamada de vuelta. Cuando trasnocha no tiene mucho tiempo para la ducha, me recuerda al detective improvisado de Eduardo Mendoza.

Le gusta comer, pero se olvida cuando trabaja. Porque en el trabajo es implacable. Para ella no hay balizas que la contengan, si tiene que valerse de atajos ilegales, lo hace. Todo por descubrir al asesino que se burla del orden ético. Camino Vargas es correosa, no le cuesta abrir la comitiva, con un pañuelo en boca y nariz, cuando se trata de enfrentarse a un cadáver que lleva varios días expuesto al calor. Usa ganzúas, le gusta el ajedrez.

Policía impaciente, mujer excesiva, que se atreve a tener claro que no quiere ser madre. Que lamenta entre lágrimas no dedicar demasiado tiempo a los que le importan.

Vive un poco al límite, se salta cualquier orden. ¿No estás huyendo de algo, Camino? ¿Quizás de ti misma?

“Y fue… no sabe quién fue el que lo sugirió, pero acabaron en el piso de él follándose de esa forma agresiva y ardiente que pretende espantar todo el vacío que uno acumula dentro.”

Progenie trata de mujeres frente a la maternidad. Mujeres que huyen de la forma convencional de ser madre. De clínicas de reproducción, de experimentos visionarios.  

La novela se divide en cuatro partes, cada una se abre con un retal de las vidas de María Jesús y Soraya. Susana Martín Gijón quiere distinguir estos fragmentos. Primero en la tipografía, aparecen en cursiva; después  porque estas dos mujeres caminan en el borde de la trama del libro,  hasta que al final saltan de lleno en él.

La autora en el desenlace las va a colocar en un espacio de privilegio. Porque quiere, porque Susana Martín Gijón amasa a su manera personajes e historias. Ella no copia en todo la realidad. Muchas mujeres en el libro disfrutan de puestos que en nuestro entorno normalmente ocupan hombres.

Es la apuesta clara de la mujer que está escribiendo.

En el caso complejo que les ocupa los policías se enfrentan con la maldad y resuelven, tranquilizan al que lee porque restablecen lo preceptivo. En eso no hay innovación respecto al esquema clásico de la novela negra.

Aparecen los cuerpos sin vida de tres mujeres, comparten un secreto y una decisión determinante en sus vidas. Un caso policiaco potente.

Tras las primeras diligencias, Camino  se afana: “Bueno, allá vamos.”

Allá vamos nosotros también. Seguimos a los diferentes miembros del equipo de Camino Vargas.

Susana Martín Gijón quiere aprovechar su libro para arremeter contra los que se oponen a la libre elección de las mujeres en su maternidad, contra la violencia de género.

Yo no sé si la novela es capaz de soportar una carga ideológica tan pesada, a veces se tambalea.

Entre las más de cuatrocientas páginas, sobra algún chiste fácil; alguna situación de comedia de serie B; algún tópico como el San Google, como los guiris de chancla y calcetín en el Barrio de Santa Cruz; como los paquistaníes que cosen nuestras ropas o la decoración ikeanense. Incluso se podría eliminar esa trama, que se cruza, sobre el mundo envidioso de los escritores. Además, aunque nos guste los problemas reales no se solucionan solo con un gato, precisan tiempo.

Pero este libro de ciento trece capítulos cortos, con una acción muy rápida, ha supuesto un gran entretenimiento.

Y por eso me ha valido la pena.


miércoles, 20 de abril de 2022

Náufragos

 


 “La primera vez que vi a Emma era una cálida mañana de septiembre. O, al menos, esa fue la primera vez que fui consciente de verla.”

Este comienzo nos cuestiona.  

Caminamos ajenos a los que nos rodean, a esos que se encuentran cosidos a nosotros en plazas y rincones. Miramos sin ver. Es como si nos desplazáramos solo con vista al frente por enormes tubos, que nos aíslan de los demás.

Sin embargo en el relato de Susana Martín Gijón, este comienzo se reviste de una dimensión especial, que se puede distinguir después de leer en el epílogo  una serie de palabras clave.

Este relato tiene dos lecturas. La primera va en el orden habitual, la segunda se revela desde el final. Cuando sentimos que una luz se proyecta sobre las páginas que acabamos de leer, tiñéndolas de un color diferente, de un significado nuevo.

Un impulso de denuncia social parece animar el relato. San Francisco. Una vagabunda, una mujer en la calle, expuesta a muchos más peligros que un hombre sin hogar. Otra mujer, una superwoman, emigrante española, extremeña, que ha dado todo por la empresa que la contrataba; acaban de prescindir de ella. El amiguismo no era algo exclusivo de España, allí también existe, ella lo ha sufrido. Mejor que un buen desempeño de tareas será el título de una universidad exclusiva o estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Ni su diploma era tan exquisito, ni parece haber estado donde hubiera sido más ventajoso.

El sueño americano se le ha deshecho entre las manos. Ahora está en la calle.

Se arrima a Emma, confinada en el pavimento. Se ha enganchado a esta mujer. Ha pensado que podría llegar a encontrarse en su situación, a sobrevivir como ella rodando por las aceras. Vierte ante la indigente su queja por el inmerecido trato laboral. La respuesta es el vacío.

Cuando mira a Emma no sabe cómo tratarla. Le cuesta enfrentarse con el infortunio. A todos nos cuesta. Resulta incómoda la desdicha. Nosotros tampoco sabemos, nunca miramos a los ojos a un desfavorecido. Nos sentimos intimidados ante ellos porque nuestro bienestar queda mucho más patente en contraste con su escasez, con su adversidad.

La narradora, que no tiene nombre, quiere ayudar a Emma y le pregunta cómo hacerlo. Sí, hay algo que puede hacer por ella, le responderá la mendiga: invitarla en un restaurante junto al Muelle 39. “Es una hamburguesería muy pintoresca, ambientada en los años cincuenta, con música de gramola y camareros uniformados de la época […] Sería maravilloso poder comerme una de aquellas hamburguesas otra vez. Hace tanto de aquello…”

Cuando están allí la pulcra exejecutiva le ofrece una ducha, Emma responde con sarcasmo, se pregunta si no estará en algún reality show, quizás le ha caído en suerte un poco de piedad cristiana. Hay azoramiento en la narradora, cómo ha podido cometer ese error, se lamenta. Quizás ha sido la contemplación de las manos de Emma, de su pelo: conservan trazos de una elegancia de ayer.

La cronista continúa el relato, estrena una vida nueva. Después de enfrentarse a una existencia sin alarmas mañaneras, sin exigencia ninguna; cuando lo nuevo ya no representa tanta novedad, siente curiosidad por cómo le irá a Emma. Pero no la encuentra en su esquina. Ahora la disfruta otro ignorado. Emma le ha pedido que la eche si vuelve por allí a interesarse por ella.

La búsqueda de Emma se convierte en una obsesión. En su empeño se familiariza con cualquier espacio, refugio de indigencia. Contacta con la desgracia, ella ha sido la triunfadora que siempre se había mantenido lejos del infortunio. Sentía cierto repelús hacia las situaciones que generaban infelicidad. Solo de lejos mantenía acciones “solidarias”: daba la ropa que ya no usaba, siempre dejaba algo a los que tocaban en el metro, contribuía en los bancos de alimentos… La fraternidad de la opulencia.

Comenzó tareas de voluntariado en zonas que nunca antes había pisado, centros a los que acudían buscando ayuda los que no tenían qué comer, los rechazados, que la miraban con desconfianza. Era una suspicacia mutua, ellos se preguntaban recelosos qué hacía allí esa mujer, por su parte ella tenía impreso en su cerebro que había que mantenerse lo más lejos posible de los excluidos.

Poco a poco se fueron estableciendo canales de comunicación. Se rasgaron los tejidos que los aislaban.

La antigua triunfadora llegaba a conseguir conversaciones con alguno de los damnificados cuando llegaba un ramalazo de cordura, que enseguida desaparecía. Es imposible vivir en el margen si no te vendas con enajenamiento.

Pero los barrios donde se ubicaban los comedores, los centros de ayuda eran poco frecuentados: “Se me hizo algo tarde, y al salir del centro la noche había caído ya.”

Sufre un ataque. ¿Quién aparece para rescatarla? Emma.

Una simbiosis se activa entre ambas.

“Pero un día ocurrió algo que vino a desestabilizar la frágil paz que habíamos alcanzado”.

La paz del lector también se va a ver comprometida porque ante la pregunta propuesta nuestros goznes morales chirriarán.

Trasfondo social, intriga psicológica, suspense. Para mí un eco de Patricia Highsmith, de aquellos asesinatos de conveniencia.

Un eje articulador: Emma. ¿Qué sabemos de ella?

Solo el epílogo nos aclarará quién es quién. O NO.


miércoles, 30 de marzo de 2022

Ethan Frome


“Llegué a saber lo ocurrido en varias etapas, de la boca de diferentes personas y, como suele pasar en estos casos, con sucesivos cambios en el relato cada vez que me lo contaban”. Un comienzo sabroso, que crea expectación.

La autora copia la vida en su relato, esa es la manera que tenemos de atrapar los eventos que nos rodean en nuestro vivir; nunca los capturamos enteros; siempre recibimos fragmentos, briznas, que nosotros reconstruimos, remodelamos, con nuestra rúbrica.

Para llegar hasta "lo ocurrido", el narrador amalgama diferentes relatos que proceden de distintos testigos. No todos cuentan con el mismo grado de conocimiento, alguno posee una noción muy cercana a los hechos y se resiste a desvelarlos, por lo delicado de la situación.

Se aviva en nosotros el deseo de saber qué sucedió.  

Quien sufrió ese accidente fue Ethan Frome: ¡Se diría que ahora mismo ya está muerto y en el infierno!” Arrastra la vida por Starkfield, un pueblo inventado que se ubica en Massachusetts. El significado de la palabra en inglés es significativo “campo inhóspito, frío, riguroso”. Allí el invierno dura seis meses, unas temperaturas que estancan el ritmo de la vida, que lo convierten todo en hielo durante demasiado tiempo.

A veces fijamos la atención sobre las mujeres a las que el entorno familiar, y la sociedad, les dirigió -les dirige- la vida matando sus anhelos. Pero ¿y esos hombres que se vieron –se ven- obligados a dejar sus sueños aplastados por las circunstancias que les tocó vivir? ¿Es flaqueza, como muchas veces parecen decirnos las costumbres? Sería simplista una respuesta afirmativa, en ocasiones no es sencillo romper con la ola que te arrastra.

Ethan Frome es como el albatros, unas alas de gigante le traban el caminar.

En su caso el deber de hacerse cargo de su familia, a la muerte de su padre, lo arrastró de vuelta hasta Starkfield desde Florida, y en la ciudad de Massachusets el hielo congeló su impulso.

Debería haber luchado, pero ¿cómo reprochárselo? Fueron las circunstancias, una manta de nieve lo aprisionó.

Los muertos familiares parecían burlarse desde sus tumbas ante sus deseos de marcharse. “Nosotros jamás nos fuimos, ¿por qué tendrías que marcharte tú?”

El lector, sin embargo, quiere gritarle a Ethan que no se rinda, que busque su camino, que acalle a todos esos difuntos.

El narrador, poco sabemos de él, ha sido enviado por sus jefes hasta aquí para trabajar en una central eléctrica próxima. Coincide cada día con Frome en el edificio de correos, recoge el periódico y algún paquete para su esposa. Siempre se distinguía en la etiqueta que procedía de algún fabricante de específicos farmacéuticos.

“Había en su rostro un algo desolado e inabordable, y además se movía con tanta rigidez y tenía el pelo tan canoso que lo tomé por un anciano y me sorprendió averiguar que no pasaba de los cincuenta y dos años. […] –Tiene ese aspecto desde que se estrelló; y de eso hará veinticuatro años en febrero […]”.

Todavía hoy  acarrea secuelas en su cuerpo, y en su alma. 

La novelista analiza las emociones de este hombre, consigue atrapar su esencia; nos la sirve con palabras matizadas, con imágenes muy acertadas.

Todo el que tenía dos dedos de frente abandonaba Starkfield, ¿por qué no se va Frome? Edith Warthon sabe bien mantener la tensión narrativa. Nuestra curiosidad no hace más que crecer.

La casualidad quiere que el habitual transporte hacia la estación de trenes que disfruta el narrador le fallara, y es Ethan Frome el que le ayudará. Aunque no hablen mucho el viaje en trineo se presta a alguna confidencia. Una tormenta de nieve obliga al empleado de la eléctrica a pasar la noche en casa de Frome. Cuando llegan hasta allí se abre un paréntesis en la narración, y nos adentramos en todo lo que sucedió, en desvelar las particularidades de la familia y de sus relaciones.

Esa noche descubrió al verdadero Frome: tenía un alma cubierta de escarcha, con mucho fuego dentro.

Esa noche descubrió a dos mujeres de aquella familia, dos opuestos: Zeena, una respiración asmática; Mattie, un puro resplandor. Aunque quizás Mattie jugaba su papel, no tenía donde ir.

La escritora juega con nosotros y nos muestra falsos caminos para ocultarnos el verdadero final.

La historia va creciendo como un fuego, como una bola de nieve, como ambos.

Tras cerrarse el paréntesis, el final del libro, absolutamente sorprendente, se nos cae encima como una losa.




lunes, 21 de marzo de 2022

Los extraños

 


¿Nos enfrenta Jon Bilbao con lo que no queremos ver? ¿Cerramos los ojos ante la circunstancia de que somos extraños entre extraños? 

En la novela lo insólito se entremezcla con lo cotidiano y llena de perturbación la lectura.

Jon trabaja en la casa de su infancia en Ribadesella. Ahora que sus padres están en Canarias pasando la temporada invernal,  ha aprovechado con Katharina para instalarse en el domicilio de la familia. Allí trabajan los dos, él con más determinación que ella, la verdad. Traducen.

Lorena ayuda en la casa con las tareas domésticas, como ha venido haciendo desde que Jon era pequeño.

En las primeras páginas Katharina, aburrida, escucha el tecleo del ordenador de Jon,  espera a escuchar el ciclomotor de Lorena, alejándose de la casa, para salir de la habitación de la pareja y dirigirse a la cocina. Allí inspecciona  la comida que les ha dejado preparada y se entretiene luego en tirar a la basura todos los restos de alimentos, que dormían en platos, dentro del frigorífico, bajo el papel de aluminio.

El día se le hace tedioso. Le dice a Jon que va al super, aunque no haga mucha falta.

¿Una historia de pareja? Sí, en cierta medida, pero desde luego el contenido no es fácil de clasificar. Se hace difícil prever qué puede suceder en esta historia de Jon Bilbao.

Esa noche cuando han terminado de cenar y están en el salón el cielo de Ribadesella se llena de luces.No parpadean, como las luces de posición de los aviones.” Definen el contorno de tres objetos, imposible estimar las dimensiones, ni la distancia a la que se encuentran.

Después de este suceso extraordinario, que llena de ufólogos las playas, vendrán otros más, de distinta naturaleza, es cierto.

Por la mañana se presenta una pareja ante la verja de la casa, él se identifica como un primo de Chile. Sutilmente el autor hace que sintamos cierto recelo hacia los nuevos llegados.  Jon no lo conoce, pero por teléfono sus padres le piden que lo acoja en casa y le expresan cuánto lamentan no estar ahí para abrazarlo. Se instalan en el piso de abajo.

A partir de ahora lo sorpresivo se adueña del texto. Es como si tomáramos una cucharada de un guiso donde se han colado unos granos de pimienta, que se rompen en la boca incómodos y con un sabor vigoroso, desabrido.

La historia se llena de preguntas que no tienen respuesta, quedan muchos flecos al viento. Quizás hay alguno de más. Todo esto favorece la inquietud que va creciendo en el lector, cuando no ve conclusiones.

Pero asombra menos cuando uno se da cuenta de que en la vida sucede eso mismo muchas veces: puertas que se abren en el vacío o dan a pasillos largos e inconcretos.

Esta novela, de manera distinta al planteamiento más clásico, es un trasunto de la vida.

Los extraños es un espejismo del que gotea la realidad. Alarmante por momentos, precisamente por lo mucho que se asemeja a lo que vivimos. Mérito de los personajes y de la fábula que crea este escritor. La zozobra fluye desde los personajes hasta los que estamos fuera.

El libro de Jon Bilbao se encuentra sembrado de extraños. ¿No lo son el uno para el otro Jon y Katharina? ¿o esos primos lejanos forasteros? ¿acaso no son dos desconocidos Lorena y su marido?

¿No nos sentimos a veces nosotros mismos como extraños frente a los más cercanos? ¿No sentimos en ocasiones el vértigo de no saber bien cómo están o qué necesitan?¿No creamos extraños cuando decimos algo sin conseguir que los demás lo entiendan, cuando no hay fluidez en la comunicación?

El valor de Los extraños radica en que interpela al lector, la novela ya no es aquel reflejo que se captaba cuando se paseabasun espejo por un camino.


viernes, 11 de marzo de 2022

Los abismos

 


Este libro está construido con mucho fondo, son rincones que la autora ilumina poco a poco alimentando la tensión narrativa. Este libro contiene un lamento por esas mujeres a las que les rompieron las alas.

Claudia, una adulta de la que no sabemos nada, se instala en la niña que fue a los ocho años y nos presta sus ojos infantiles para darnos a conocer a su familia. El relato cubre unos pocos meses y son suficientes para ahondar en la vida de una mujer a la que vetaron los caminos vitales que ella hubiera transitado. La sociedad del momento decretaba que fueran los maridos y los padres los que dirigieran las trayectorias biográficas femeninas.

Pilar Quintana ha creado una voz narrativa infantil que suena perfecta. La ingenuidad de la pequeña levanta el velo de una vida doméstica llena de abismos. El candor de la corta edad que desvela los hechos no le resta dureza a lo que allí sucede.

Así comienza: “En el apartamento había tantas plantas que le decíamos la selva.”

Una palabra de ocho años nos predispone a esperar un discurso dulce, pero enseguida te vas dando cuenta que la savia de aquel mundo vegetal se había hecho veneno.

La madre, con sus cuidados y con la fuerza que le había dado la tierra, mantenía vivo aquel oasis. Hasta que ya no pudo más: se sentía como encerrada en un armario al que cada día le echaban una nueva llave.

“Me encantaba subir corriendo la escalera y mirarla [a la selva] desde el segundo piso, lo mismo que desde el borde de un precipicio, las gradas como si fueran el barranco fracturado. Nuestra selva, rica y salvaje, allá abajo.”

Las trayectorias de la mujer y de las matas viajarán unidas en el libro y  ese falso precipicio se convertirá en un barranco real, en muchos abismos.

La niña de pronto deja de percibir su vida como una resplandeciente tira de papel blanco, sin impurezas, sin arrugas; con muy poco escrito. De golpe algo ha ensuciado ese papel, algo lo ha engurruñado.

La pequeña Claudia ha sentido el verdadero mundo de los adultos. Se ha asomado a un abismo profundo. La niña no juzga, la niña mira. La niña se evade, como cualquier pequeño, no tiene los recursos de los mayores para asimilar todo lo que sucede.   

Ella dibuja lo que ve y nosotros, llenos de congoja, interpretamos. Su muñeca representa esa dulce edad infantil “que ella suicida”, como me decía una amiga el otro día.

Pilar Quintana utiliza las revistas del corazón que esta mujer lee para hacer su retrato, para plasmar su cronología vital. Su hija nos transmite sus comentarios. Se pregunta ante la niña si fueron accidentales las muertes de Grace Kelly o Natalie Wood, le habla de las bodas de Paquirri, de Lady Di, le comenta el parecido de su piel con la de Sophia Loren…

Así retrata y así considera Pilar Quintana la situación de las mujeres en los ochenta en Colombia. Asegura en un vídeo sobre su novela que es la generación de su madre y de su abuela. Así era también en España la realidad de muchas mujeres, quizás unos años antes.

De igual manera vivieron aquí mi madre y mi abuela, y sus madres y sus abuelas, así ha sido siempre. Triste es pensar que en muchas latitudes, incluso aquí cerca, estas prácticas persisten.

Cuando perteneces a una generación de mujeres que ha disfrutado de una cierta libertad, que ha contado con mejor acceso a la educación, que ha tenido más sencillo elegir una carrera profesional; les debes algo a las mujeres que pasaron antes que tú y que carecieron de todo eso. Me siento de alguna manera obligada a revelar y a denunciar las vidas, sometidas, que muchas de ellas sufrieron.

La niña, tan unida a su madre, culpa a su padre, pero él es tan producto de los viejos hábitos sociales como lo es la madre.

No deja de sorprender que lo que acontece en Colombia, el conflicto en el que todos pensamos cuando se evoca aquel país, aquí no aparezca. Apenas un comentario de un trabajador de la finca a las visitas de la guerrilla. Pilar Quintana parece haberlo hecho de forma deliberada, eso se deduce de sus declaraciones para El País: “En Colombia nuestro conflicto tiene tanta presencia y es tan fuerte que muchas veces no exploramos ni miramos a los ojos del monstruo, la violencia que hay en las casas y contra las mujeres”.

Hay muchos abismos reales, la autora lo sabe muy bien porque creció en la Carretera al Mar, en Cali, la ruta era terrible, con precipicios interminables: “Son abismos de terror”, se dice entre los vecinos del lugar.

Pero hay otros abismos, en realidad dentro de las casas es donde más abundan. Muchos son los abismos de silencio.

“Entonces lo vi en sus ojos. El abismo dentro de ella (…)”