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miércoles, 21 de abril de 2021

Todos muertos





El jurado declara culpable al policía que mató a George Floyd en Minneapolis. Este titular de El País de hoy quizás sea una muestra alentadora de que el racismo en Estados Unidos está en estos momentos un poco más cerca de ser un hecho del pasado.

Cuando este hombre murió, en 2020, esta novela cumplía sesenta años. En ella su autor ya defendía la causa antirracista. Hemos sido testigos de muchos casos de segregación a lo largo de todo este tiempo.

Chester Himes es un autor relevante en el género negro. Y es también un referente de la cultura afroamericana.

La obra es de 1960, pero si no fuera porque no hay móviles o Internet, cualquiera podría creer que se ha escrito recientemente. Posee un dinamismo vertiginoso, muy actual. Claro, las pequeñas  cantidades de dinero en la política corrupta también denunciaría que fue escrita hace ya un tiempo. Hoy las sumas serían mayores, pero las bases de los delitos no estarías muy alejadas entre sí. Chester Himes se rebela contra el racismo, pero no hace concesiones a los negros.

Los detectives protagonistas de la novela son los habituales de su serie negra Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, Sepulturero Jones y Ataúd Johnson. El tono sarcástico de la novela ya se perfila en los nombres escogidos.

Se presentan transgresores, avispados, inteligentes, amantes del güisqui y de la buena comida. Cuando el superior intenta localizarlos en el coche patrulla, ellos no lo oyen porque están dándose un atracón de “patitas de pollo” con arroz y chile en el salón trasero de la charcutería de Mammy Louise.

Desde luego están dotados para perseguir el delito, unos verdaderos sabuesos simpaticones, algo heterodoxos. Ni cuando quedan magullados tras un accidente, detienen la carrera contra su presa. Hacen su trabajo con entrega devota.

Todo comienza una fría noche en Harlem. Son las once y media. El tiempo, la hora exacta irá balizando todo el relato. Los hechos transcurren en apenas cuarenta y ocho horas de un ritmo de vértigo.

Un ratero se afana en el robo de unos neumáticos cuando es testigo del atropello de una anciana. Ha sido un suntuoso Cadillac dorado. Cuando la mujer se levanta, un Buick, circulando a toda velocidad, la tira de nuevo, en su interior van tres policías.

Nada es lo que parece. Poco a poco iremos conociendo los detalles, que llegan atados con solidez y con mucha fluidez.

El ratero huye, primero portando el neumático en sus brazos, después haciéndolo rodar hasta que ve a unos policías y lo suelta. Lo vemos rodar y rodar hasta perderse en la noche en una loca carrera desbocada golpeando todo lo que encontraba a su paso.

La acción en esta novela empieza desde el primer segundo. Esta rueda lo simboliza, porque la cadencia de los hechos se hace galopante.

Buceamos en el mundo de Harlem, desafortunados que se buscan la vida y políticos junto a hombres de negocio, que solo se ocupan de acomodar su existencia.

Escenas simultáneas en el tiempo contribuyen a abrir el abanico narrativo. Se dibujan cinematográficas persecuciones policiales sobre calles heladas, con alguna pincelada gore, con humor negro.

La novela está llena de agudísimas descripciones de lugares y de personajes. Como esta: “Echaron a andar por el pavimento irregular, evitando los montones de hielo y los cuerpos congelados de ratas y gatos muertos. Los camiones de basura no podían entrar en el callejón y los vecinos apilaban las basuras en la calle, durante todo el año”. Así vivía la mayoría en Harlem. Los más ricos habían conseguido las casas que los blancos habían abandonado y que conservaban poco del glamur de otro tiempo.

 O como está otra: “Era gordo, pero sus carnes eran tan fláccidas que se derramaban alrededor de sus huesos como grasa fundida”.

Eran barrios donde la policía no daba confianza, aunque fueran negros como la mayoría: “…todos estaban atornillados a un denso mutismo”. Himes nos sorprende con mágenes como esta.

Denuncias contra situaciones de injusticia entre la gente de color y denuncias contra corruptelas de la gente de color se amoldan en el sarcasmo. El humor comparece para aliviar la dureza tratada.

“Eran diez minutos caminando, si estabas yendo a la iglesia, y a sólo dos y medio si tu mujer te perseguía con una navaja en la mano”

 

 

 

 

miércoles, 7 de abril de 2021

La noche de los niños

 


Un duro comienzo:

 “No es culpa mía. A mí no pueden acusarme. Yo no hice nada y no tengo ni idea de cómo pasó. Una hora después de que me la sacaran de entre las piernas ya me había dado cuenta de que había un problema. Un problema grave. Era tan negra que me asustó. Un negro medianoche, un negro sudanés. Yo soy de piel clara, con pelo del bueno, lo que se llama amarillo subido, igual que el padre de Lula Ann.”

Sobre la pequeña Lula Ann cae el peso del racismo, el racismo de los suyos, de los que tiene más cerca. Eso duele.

Crecerá afligida, clamando por sentir el tacto de su madre, que jamás sentía el deseo de tocarla: “Rezaba para que me diera un bofetón o un cachete, solo para sentir su mano”.

Nadie en la novela es culpable. Todos son un poco víctimas y un poco verdugos.

Para la madre las cosas no fueron fáciles tampoco. El padre las abandonó y la mujer tuvo que buscar un nuevo hogar, enfrentándose a caseros racistas, a pesar de las leyes antidiscriminatorias de los noventa. Hasta que encontró trabajo, debió plantarle cara a los servicios sociales, que las trataban como “pordioseras”. Y siempre, siempre hubo de lidiar con la vergüenza que sentía de esta hija negra azulada.

Detrás de este primer fragmento, vienen otros donde cada personaje se va a ir vaciando, refiriendo en primera persona trozos de sus vidas. Toni Morrison aprovecha cada uno de ellos para lazar pullas contra la realidad de esos años en Estados Unidos. Particularmente contra el racismo, “instrumento para perpetuar las divisiones en contra de lo que debería ser una verdadera democracia”, dice ella misma. Pero ahonda también en los agravios y vejaciones hacia los niños y las niñas.

La autora construye un sólido montaje donde confluyen realismo, arte y creatividad.

La novela es un relato fragmentario, nos movemos en el tiempo, y a medida que vamos leyendo, hilvanamos trozos de vida y armamos una historia donde se unen una especie de fábula y la realidad.

Nacida Lula Ann Bridewell, hasta los dieciséis fue Lula Ann, al terminar la secundaria se convirtió en Ann Bride, y después se quedó solo con Bride. Como vemos por el camino se fue despojando de las ataduras que la ligaban con la familia. Renacía. Como el gusano de seda, sale del capullo transformado en mariposa, también Bride se convierte en una extraordinaria belleza negra. Parece que en el transcurso de la novela se está transformando de nuevo, está decreciendo, caminando hacia la edad infantil. Pero esta vertiente ha quedado un poco incompleta, malograda, creo yo. Aunque quizás seamos los lectores los que debamos completarla.

“Antes de verle la cara ya me ha rodeado la cintura con los brazos, ha pegado el pecho a mi espalda, la barbilla a mi pelo. Luego noto sus manos en el vientre y bajo las mías para cogérselas mientras bailamos hacia delante y hacia atrás. Cuando se acaba la música me doy la vuelta para mirarlo. Sonríe. Estoy húmeda y tiemblo.”

Es Booker. Estaban destinados a conocerse, dos almas gemelas que se atraen como dos imanes. Los dos protagonistas soportaron grandes sufrimientos durante la infancia,  en sus vidas abundan las analogías.

Los dos personajes principales son algo hiperbólicos, algo excesivos; sin embargo el resto son auténticos, verosímiles.

Cuando al principio Booker se vaya con un simple: “No eres la mujer que quiero”. Ella irá a buscarlo y emprenderá un viaje iniciático. Cuando se encuentren se descubrirán muchas cosas de sus vidas que desconocían. Y entonces ante nosotros la narración hierve y se crece con giros sorprendentes. .

En el camino tropezarán con otras víctimas que naufragaron como ellos en la infancia. Fueron niños víctimas de racismo, de pederastia, de abandono. Toni Morrison hace una certera pintura de una parte muy dura de la sociedad. Quizás haya una sobrecarga poco real de niños vejados.

Un tono irónico y mordaz envuelve la tragedia de estos niños que vivieron una infancia oscura, a los que dureza marcó cuando eran pequeños. Y eso se mantiene para siempre, porque las heridas en la infancia no cicatrizan.

Al final vendrá una redención que la autora no se cree demasiado. Porque el peso del pasado siempre puede quebrar el presente.

 

 


jueves, 25 de marzo de 2021

Las ganas

                                                      

Benito Bernal, protagonista de LAS GANAS, es lo más distinto que podamos imaginar de un macho alfa.  Las ganas significan aquí los deseos que tiene Benito de estar con una mujer. Hace mucho que no se da un revolcón. Cada vez que ve a una chica, un deseo mayúsculo y endiablado le quema y le intimida.

Cada día Benito arrastra sus apetitos a lo largo del enorme trayecto que separa su casa, en la colonia de Los Rosales, de Valdemoro, donde se ubica su lugar de trabajo. A pie, en metro o en cercanías sufre viendo, o creyendo ver, cómo todo el mundo achucha y es achuchado. Nuestras carencias multiplican la abundancia en los demás. Cuando te falta algo, sientes que, a los otros, eso mismo les sobra. 

“A esta angustia frustrante y callejera, Benito la llamaba el tremedal. El tremedal era la congoja de ir por la ciudad muerto de ganas,  perplejo ante la belleza de miles de rostros y miles de miembros con los que no tendría jamás la más mínima posibilidad de porlar.”

Madrid tiene una presencia importante en la novela, como en Los millones, del que escribí el 27 de septiembre de 2019. Aunque el Madrid más ilustre solo se toca de manera tangencial. En el libro se dibuja una ciudad más pedestre, donde viven los que sufren el mundo y no los que lo dirigen.

Ni su casa ni su lugar de trabajo se caracterizan por ser muy glamurosos. La primera la han heredado su hermana y él de una abuela que casi  no conocían. Asquito le daban cortinas, papeles pintados, sartenes y cubiertos de la esa morada. Nada le invitaba a convertir aquella cochambre en un hogar. Químico de profesión, Benito dirige una empresa calamitosa de este ramo. Un limitado local, en un bajo, que daba a un sombrío patio interior, regado de pinzas de la ropa.

Pero lo cierto es que Benito ha conseguido crear una sustancia, que es un prodigio, el mocordo, un producto que conserva la madera en un estado óptimo para siempre. Ha ofrecido la sustancia a una importante compañía de Bristol, que tendría que promocionarla y ponerla en el mercado.

“Mientras Bristol no comprara, haber destilado el mocordo le valía Benito lo mismo que haberse hecho un Cola-Cao.”

Jornada tras jornada, su tarea consiste fundamentalmente en intentar una y otra vez comunicar con el responsable de la compañía inglesa, que jamás se pone al teléfono. Pero Benito no desiste, y espera, ante el asombro del que lee, que llega a desesperarse con este pobre necio, que también nos conmueve, porque Santiago Lorenzo lo ha tejido con ternura, con mucha ternura. Reconocemos esta manera de querer a sus personajes, ya lo hemos visto antes. El idealismo se aloja en este personaje como en Francisco García, en Los millones.

En Las ganas se apuesta fuerte por el que no se deja vencer por el desaliento. Cualquiera que no fuera el afanoso Benito se habría olvidado ya del  mocordo  y se habría dedicado a los análisis de polución, a los informes de acidez de suelos o a las tramitaciones de calidad ISO.

«Mucho rollo con prevenir el deterioro de madera, pero aquí el que se está pudriendo soy yo. Más me habría valido inventar un remedio para inyectármelo a mí y no pudrirme, en vez de para inyectárselo a un retablo»

Benito tiene una pobre imagen de sí mismo porque no es un gran conquistador, quizás el problema está más en que se valora al hombre por el número de camas que visita. Es un triste modelo de masculinidad. Creamos demasiados estereotipos, sin darnos cuenta que somos distintos, y tenemos derecho a ello.

Benito y su hermana no han tenido suerte con la familia. Afortunadamente, ellos dos se apoyan uno en el otro. En el libro siempre se compensa el polo negativo con el positivo.

“Nunca habían esperado mucho de unos padres que no querían saber nada el uno del otro y que parecían haber encargado progenie por imperativo de un sorteo vinculante en el que les había salido la china negra.”

Ganas de sexo y ganas de que el ejecutivo de Bristol responda a su llamada. No sabemos cuál de las dos frustraciones es mayor. Pero hay muchas más ganas en el libro, las de Crespo, que se las tragaba amargas cuando veía el trato injusto de las niñas del colegio a su hija. También las de María, rota porque no sabe por qué no funciona su relación. A veces resulta muy difícil expresar lo que sentimos, a Benito le pasa. Santiago Lorenzo, entre bromas y veras, nos retrata e interpela un poco a todos, al tocar temas muy cercanos. Es el caso también de la falta de comunicación, debajo de todos estos desengaños se ha instalado un gigantesco vacío de conexión.

Desde la primera línea, el pobre Benito te provoca la risa, la carcajada incluso. Aunque la risotada se te va congelando en la cara cuando te das cuenta de que todos tenemos algo de Benito Bernal, de que hay muchos Benitos Bernal entre la gente que nos rodea, que hay muchos trocitos de él desperdigados ante nuestros ojos.

Se disfruta esta lectura con los sorprendentes giros a lo largo de la trama y con el brillante lenguaje entre ácido y dulce del autor. Sin embargo, da la impresión que  al final Santiago Lorenzo aprieta demasiado el acelerador. Voy a pensar que es como si tuviera prisa, como si se hubiera cansado ya del divertimento que le supone escribir, cuando supongo que no es fácil crear esto. Debajo de toda esta inventiva léxica, de este chisporreteo lingüístico, de esta agudeza para cubrir lo importante con humor, se transparenta un duro trabajo.

He leído que su literatura es nieta de la de Rafael Azcona y sobrina de la de Eduardo Mendoza.

Detrás de las bromas, de la creatividad lingüística hay una destacable ternura al tratar a sus personajes, tan creíbles, si retiramos la capa de esperpento que los recubre,  reflejos de él; de nosotros mismos.




viernes, 12 de marzo de 2021

Celia en la revolución

 




Celia en la revolución es una novela sobre la guerra civil española, pero no es ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, como decía el título de una obra de Isaac Rosa en 1907. En este libro algo atípico llama la atención.

No se trata de una obra que se incline hacia un bando u otro, es más bien un relato en el que se denuncian bastantes responsabilidades y, sobre todo, un número insoportable de víctimas.

Se trata de la crónica de una niña que recorre una parte importante de la España republicana durante los años de la contienda, y que arrastra su vista sobre el desamparo y la devastación que sufren los inocentes, golpeados por unos y otros.

Celia en la revolución es la obra póstuma de Encarnación Aragoneses, más conocida por su seudónimo Elena Fortún.

Una mujer “llamada a hacer feliz a miles de lectores habiendo sido ella misma profundamente desdichada”. Así de contundente es Andrés Trapiello al dibujarla de esta forma en la introducción. Es cierto que Elena Fortún conoció el éxito en literatura con la publicación de unos relatos infantiles que tenían a la pequeña Celia como protagonista.

Pero Celia se hizo mayor, y un día llegó el golpe de estado que dio inicio a una guerra insensata que iba a trastocar su vida y la de todos los españoles de aquella época, y de otras muy posteriores.

Cuando Elena Fortún se exilió en Argentina, al terminar la contienda, convirtió en novela las notas que había tomado mientras vivía el calvario que supusieron para ella aquellos años de lucha entre españoles.

El borrador de esta obra se terminó en julio de 1943, lo escribe la propia autora en la página final.  Aquellas páginas quedaron en el olvido, ni siquiera las trajo consigo cuando volvió a España. Fueron otros los que publicaron el libro más de cuarenta años después, con poco éxito, al parecer. El reconocimiento  llegó cuando la editorial Renacimiento lo publicó en 2016.

¿Por qué se produjo esa tardanza en la nueva entrega de la saga?

Muy probablemente porque ya no era un relato infantil, como los anteriores, en esta ocasión se trataba más de una novela para adultos, centrada en la guerra, en la que Celia no toma partido ni por los sublevados, ni por los que decían defender el gobierno legítimo. Por eso se especula que Elena Fortún no quiso que su obra se publicara antes. Si se hubiera hecho, muchos de los vencidos le habrían reprochado su falta de compromiso o se habrían sentido molestos por el mal papel que les hizo jugar. Del lado de los vencedores eso mismo podría haber supuesto una buena propaganda, pero no les habría gustado verse masacrando a la población civil con sus bombardeos.

En el título aparece la palabrarevolución”. Creo que hay que aclarar el significado de esta palabra. Según explican los estudiosos, se debe a que al estallar el golpe de estado, el término se utilizó en los dos bandos. Parece que muchas milicias a partir del 36 no luchaban tanto por defender a la república como por realizar una revolución social. Por otro lado, algunos de los insurrectos denominaban los hechos como «revolución nacional-sindicalista». En el libro el término no solo está en la portada, sino que es así como en la obra se identifica las acciones de ambas facciones. Una paradoja que supone una muestra clara de proximidad de opuestos.

Celia en la revolución está narrado en primera persona y cuenta lo que día a día vive la chica desde que abandona Segovia, tras el 18 de julio del 1936, hasta que tomó un barco en Valencia, al final de la guerra.

Al comenzar la novela, estamos en el verano del golpe, Celia reside en esos momentos en la casa de su abuelo, en la ciudad castellana. Algo terrible está sucediendo, hay mucho movimiento en la casa. Tiene14 años, los mismos que la protagonista del libro que comienza a leerle a Valeriana, su querida sirvienta, cuando se encuentran escondidas en el sótano, junto a sus dos hermanas pequeñas.

Me oye distraída [Se refiere a la criada] y dice:

-Eso, ¿ha pasado? [Alude a unahistoria en Inglaterra que cuenta el libro que le lee la niña].

-No sé…puede que sí.

-Pues mira: si no ha pasado, déjalo y no te disgustes, porque aquí están pasando cosas peores…

Aquí se ha iniciado una guerra y la adulta lo sabe, sin embargo la niña no se da cuenta de la gravedad de los hechos.

Celia cierra entonces el libro que está leyendo, y con él cierra la cómoda existencia que ha llevado hasta ahora. Los trágicos momentos que le tocan vivir le harán madurar de manera rápida. Se convierte en el reflejo de tantos y tantos españoles a los que la guerra les robó infancia y juventud.

Cuando tienen que huir desde Segovia a Madrid, los preparativos le recuerdan a una novela. La chiquilla aún no ha tomado conciencia de la terrible realidad.

Sin embargo esa realidad arremete contra ella con el fogonazo que perciben sobre la montaña, cuando camina con Valeriana y las pequeñas huyendo hacia Madrid desde Segovia.

Después la niña tuvo que hacerse mayor de golpe y viajar sola para conseguir el reagrupamiento familiar.  Su padre, militar republicano, le dictaba sus siguientes destinos entre Madrid, Valencia, Albacete y Barcelona.

En el primer traslado, cuando llegan a la capital descubren una ciudad desconocida, de aspecto sucio y sórdido, que no tiene nada que ver con el Madrid que conocía Celia.

Allí todo es confusión y dudas, muchas dudas: “dónde está la razón”, se preguntan todos. Pero la razón ha volado, se ha desintegrado.

Celia está ajena a cualquier ideología, ella solo abre sus ojos espantados y mira. Ve cada mañana los cadáveres de los que le dieron el paseo;  ve las burlas atroces sobre esos muertos; ve venganzas y delaciones; ve las masas de refugiados que han dejado los bombardeos; ve mezquindad… Ve la sinrazón. Ella ayuda todo lo que puede, no permanece inactiva, se mueve. No duda en atravesar Madrid bajo las bombas para buscar a su amiga, comparte lo que tiene, igual que otros le ofrecen a ella lo que tienen… Hay tiempo para el amor, para ir de compras en locales medio vacíos, para tomar algo, lo que te den, en un local de moda…

Hay tiempo para el humor negro. Esos niños que reían inocentes al ver como las hormigas entraban en la nariz de los cadáveres, o en el miliciano que tachó de monárquico a alguien solo porque tenía en casa la novela El vizconde de Bragelonne

Todo se ha desquiciado. Dirá un personaje.

 

 

 

 


jueves, 4 de marzo de 2021

El asesinato de Sócrates

 

 

Marcos Chicot ha planificado a conciencia esta novela, ha buscado hacerla apasionante. Se ha documentado con toda atención y detenimiento sobre el siglo de Pericles y ha urdido una trama electrizante.

Al comenzar el relato, la incondicional amistad a Sócrates lleva a Querofonte al oráculo de Delfos para preguntar sobre el filósofo. Todos los griegos acudían allí al menos una vez en la vida. Eran muy dados a buscar el vaticinio antes de emprender cualquier proyecto.

Lo que Querofonte supo en el recinto sagrado abrirá una trama rebosante de acción, cuyos personajes trenzan las vidas de los grandes enemigos que eran Esparta y Atenas. Con frecuentes giros imprevistos; con hechos bien trabados y verosímiles, aunque hiperbólicos, en ocasiones; con malvados y bondadosos algo caricaturescos; con una historia de amor convertida en la urdimbre amable de esta historia.

Chicot nos deja ver todos los aspectos cotidianos de atenienses y espartanos, perfectamente integrados en la trama. Aunque en algún momento se vean las costuras que unen ficción y realidad.

Se muestra la Atenas del siglo V a. C., el de los grandes logros en  arquitectura, cerámica, medicina, escultura, pintura, literatura, democracia, filosofía. Esta Atenas tenía también su lado oscuro. Gobernada por la ambición, cayó en la ruina y llegó hasta perder su hegemonía en la zona, tras 27 años de contienda en la guerra del Peloponeso contra Esparta.

Inspirado en la lectura de Tucídides, Chicot  va realizando un fresco detallado de la guerra con todas sus tristes consecuencias.

“El avance de las falanges se convirtió en una embestida estruendosa, dos bestias inmensas rugiendo enloquecidas de rabia y pavor.”

“Por todas partes los heridos lloraban y suplicaban a gritos a los amigos y parientes que se alejaban. Quienes podían andar se lamentaban tanto como los que intentaban arrastrarse tras ellos, atormentados por abandonar a sus allegados y horrorizados por la terrible impiedad de no sepultar a los muertos.”

Ver imágenes de guerra sobrecoge, leerlas aún más.

Marcos Chicot recrea para nosotros la vida y la muerte en la Grecia más brillante. Nos ha permitido ver más allá de lo que nos enseñaban en las aulas. Ha abierto una brecha en  los muros de los libros escolares y nos ha mostrado lo que había detrás de aquellas solemnes piedras; personas que amaban, conspiraban, lloraban, sufrían, anhelaban, creaban, trabajaban, pensaban…

La primera sorpresa es encontrar a Sócrates en medio del asedio a la ciudad de Potidea. ¿Entonces, no era Sócrates ese señor de cara regordeta, barbas y entradas que nos muestra una estatua en el British Museum? ¿Estuvo en el campo de batalla con todos los pertrechos? ¿No se dedicaba a enseñar a pensar entre las piedras atenienses? Pues sí, era él. El gran filósofo, como todos los ciudadanos atenienses, era un ciudadano soldado. Luchaba en el ejército cuando lo llamaban a filas además de gestionar su actividad cotidiana, que era enseñar a pensar.  Además de un filósofo era también un hombre, que quería a sus amigos, que sufría por problemas económicos, que amaba a su mujer, que tenía hijos…

Chicot ha bajado del pedestal a la gran figura y la ha hecho de piel y huesos.

Y como a él a muchos otros. Entre estas páginas corren llenos de vida: Hipócrates, Demóstenes, Eurípides, Pericles, Platón, Fidias, Aristófanes, Mirón y tantos y tantos… Por un momento han escapado de la cárcel de las enciclopedias. Hay que lamentar que no hubiera ninguna mujer entre los ilustres, la condición femenina en esa época quedaba relegada al papel de madre y cuidadora de la casa.

El título, El asesinato de Sócrates, es muy significativo, Marcos Chicot nos muestra el pensamiento de Sócrates, quiere también que conozcamos el mundo donde nació su filosofía. Pero el molde que utiliza es el de una novela de intriga, perfectamente planificada para entusiasmar al lector. Es una manifiesta declaración de intenciones del escritor, artesano de las letras. Ha reunido cientos de piezas, las ha limado a conciencia y las ha unido. Se notan las juntas.




domingo, 21 de febrero de 2021

La trenza

 



La trenza es una narración conmovedora y apasionante, con giros narrativos singulares. Se presenta como un relato intenso, anclado en una estructura triangular muy sólida, con una lengua sencilla y acertada; sin florituras, porque su autora parece centrarse más en el fondo, que en la forma: no estamos solas, es el mensaje.

En la novela tres mujeres contemporáneas, de tres culturas, de tres religiones y de tres medios sociales muy diferentes se hallan en un momento clave de sus vidas. Una grieta resquebraja su existencia y las tres reaccionan, no se encogen frente al infortunio, se crecen y deciden saltar por encima de la fatalidad.

Se arrojarán con determinación hacia un destino desconocido para reconstruirse.

La primera es Smita, vive en la India, donde la vida de la mujer vale muy poco. Es una dalit, una intocable. “Alguien al margen de las castas, al margen del sistema, al margen de todo”.

Giulia es italiana: “Apenas ha dormido: ha vuelto a pasarse la noche leyendo. Pero sabe que tiene que levantarse. Cuando su madre llama, hay que obedecer: es una madre siciliana”. De esta manera aparece la segunda protagonista, que vive en Palermo, sujeta a una sociedad de sistema patriarcal.

La tercera vive en Canadá: Sarah vive contra reloj desde que se levanta hasta que se acuesta. En el momento en que abre los ojos, su cerebro se enciende como el procesador de un ordenador”.

Smita vacía letrinas, veinte cada día. Lo hace con sus propias manos, como lo hacía su madre y antes que ella su abuela. Es el papel que la vida le ha tatuado en la piel. Está casada con un buen hombre y tiene una hija.

Giulia es la más joven, al terminar el instituto decidió atarse con ganas al negocio familiar, hoy en retroceso: la fabricación de pelucas con pelo natural.

Sarah es una abogada de éxito. Ha luchado mucho para ascender en ese mundo de hombres. Dedica muchas horas y mucho esfuerzo a su trabajo, tiene la impresión de que se lo roba a sus hijos.

Parece que la tarea más dura es la de Smita, es quizás la más impactante, pero la ocupación de Sarah es también ingrata. Más limpia, más elegante, no cabe duda, aunque solo en apariencia, si escarbas un poquito en ella, te das de bruces contra algo podrido.

Un poema corre en fragmentos junto al texto de la novela, canta el arte de crear una peluca  o un tapiz, metáforas de la escritura con las que se crean y unen historias.

La escritora quiere denunciar las dificultades de ser mujer hoy en todo el mundo. Una novela de mujeres, aunque no estamos ante un panfleto feminista. Los hombres tienen un protagonismo menor, pero no son enemigos. Estas mujeres no luchan contra ellos, combaten contra los papeles asignados por la costumbre.

Smita tiene una hija, Su hija es hermosa. Tiene los rasgos delicados y el pelo largo hasta la cintura. Smita se lo desenreda y se lo trenza todas las mañanas.Eso leemos en las primeras páginas y avanza el valor simbólico del pelo en el libro, aparentemente algo frágil, que si se une en mechones adquiere mayor consistencia, y si estos mechones se unen entre sí alcanzan gran resistencia, firmeza y solidez.

La trenza simboliza la unión de tres luchas, cada una en un lugar, pero para el que lee se alimentan entre sí. En el primer mundo los problemas son muy distintos de los del tercer mundo, pero la raíz es la misma: la percepción de injusticia es común.

La novela perfila tres heroínas sencillas,  de vidas diametralmente opuestas, confrontadas a situaciones complejas en un momento de su existencia. Las tres rompen con lo establecido. Las realidades de estas tres mujeres se entrecruzan sin que ellas lo sepan, como los mechones de pelo al hacer una trenza. Se trata de mujeres animadas por la rabia de vivir.




domingo, 7 de febrero de 2021

Recuerdos de un jardinero inglés

 



“Mirando por la ventana, el anciano vio que la niebla del amanecer se había disipado, como si se hubiese levantado una cortina de gasa para revelar los coloridos detalles de un escenario teatral.”

Detrás del telón el octogenario señor Pinnegar, apoyado en sus confortables almohadones, ve cómo se despierta la viveza del jardín. Desde ahí recuerda su vida y recuerda  el mundo que la ha contuvo. Sin asperezas, sin ninguna reflexión política o social, vamos recorriendo este mosaico que atraviesa el paso del siglo XIX al XX y se adentra en éste.

El señor Pinnegar contempla los parterres entre los que se ha desarrollado su existencia entera. Él formaba parte de aquel parque al que entregó su alma y del que extrajo la esencia de su vivir.

Había llegado al final. No tenía mucho, pero tenía lo suficiente. Pensaba que las posesiones solo daban unas responsabilidades que él desdeñaba. No dependía de nadie. Vivía sereno porque a su edad la gente ya no se acalora, además su futuro ya no le suponía ningún problema.

Recién nacido lo dejaron en la puerta de los Pinnegar  Pero esa era una vieja historia, ya no vivía nadie que hubiera sido testigo de aquello. Había nacido con un problema en el pie, pero aquello no impidió que correteara como los demás muchachos. Incluso se deshizo en parte de un complejo de inferioridad, siendo el mejor patinador sobre el canal helado.

Reginald Arkell apenas nos deja en su novela unos pocos cabos con los que tejer esta vida. No estamos ante un texto prolijo, sino más bien ante un pequeño manojo de suaves pinceladas, que nos dejan un panorama lleno de huecos. Pero somos capaces de recrear el mundo del jardinero.

Su maestra de escuela espoleó su arrebato por las flores silvestres. Y ese fue el principio de todo. Ella fue la madre de la pasión que acompañaría al joven Herbert para siempre: sacar de las entrañas de la tierra una belleza escondida.

“Es curioso cómo suceden las cosas. Nunca sabes qué será lo mejor para ti a largo plazo, y el largo plazo es lo que cuenta.”

Es muy cierta esta reflexión que se hace el viejo jardinero. Muchos de nosotros seguro que podemos recordar algún momento que hizo girar nuestra vida y la condicionó para siempre. Para él lo mejor a largo plazo sin duda estuvo en aquel concurso anual de flores. Acudió con un ramillete de brotes acuáticos, que le hicieron  ganar el primer premio.

Allí la señora Charteris, acompañante de los jueces, le pidió que le ayudara con su nuevo jardín. Allí surgió un amor mudo por la mujer y una devoción incondicional a las plantas que ella adoraba.

El joven Herbert se convirtió en Bert Pinnegar, ayudante de jardinero. Mucho tiempo tendría que transcurrir hasta que consiguiera llegar a la jefatura, avanzando puesto a puesto en el rígido escalafón de la plantilla.

Durante toda su vida se parapetó en el trabajo y renunció prácticamente a vivir. Uno no sufre si no arriesga, y él no arriesgó. 

Era como si se acercara a las rosas protegido con fuertes guantes, las espinas no le pincharían, pero tampoco podría sentir el dulce tacto de los pétalos.

Herbert  ha contemplado la vida pasar; las estaciones se suceden entre las plantas. Vive lo que le va cayendo, desde las guerras que asolan su país hasta sus pequeños triunfos como experto jardinero. Y como hombre ha derramado en el libro mucha sabiduría.

Perfectamente marcados por el autor, los años van desplomándose sobre él. Y van cayendo también sobre su entorno. Se producen cambios que le cuesta aceptar, pero que soporta resignado. Puede empeñarse en que se sigan plantando begonias porque siempre se ha hecho así, pero no se rebela ante algunas arbitrariedades que le toca sufrir.

Nuestro jardinero es lo más parecido a un gran árbol que deja que lo cubra la nieve, que lo moje la lluvia, que lo abrase el sol. Sin que nada lo inmute.

Herbert Pinnegan hizo del trabajo en el jardín su vida y del esfuerzo su único fin. ¿Qué sucedería cuando todo aquello acabara?¿No sentiría el escalofrío de la soledad?

Como tantas de las circunstancias que nos rodean el jardín viste dos caras, detrás de la belleza se esconden las malas hierbas y las plagas.  El jardín simboliza la vida, que acoge desde lo más hermoso hasta lo más detestable.

En literatura los recuerdos son un tema recurrente. Muchas novelas se nutren de memorias. Unas veces la cronología los estructura, como sucede en Recuerdos de un jardinero inglés. Salvo algún olvido más o menos deliberado, los hechos van cayendo ordenados uno tras otros en cada página. En otras ocasiones el autor nos hace caminar por el territorio informe de la evocación, donde las situaciones se confunden, donde solo tenemos retazos.

Arkell no escarba en Pinnegar, no palpa su piel, apenas nos hace sentir su calor. Quedan muchas preguntas: ¿Qué es de este hombre en la soledad de su hogar? ¿Con quién celebra sus alegrías? ¿En qué pecho hunde su cabeza? ¿Dónde está su familia?

 

 


viernes, 29 de enero de 2021

La otra isla

 




2020

Leer este libro ha sido como zambullirme en un  mar de memoria. Buceaba algo inquieta, eso sí; me metía en pequeños rincones, pero no veía bien, tenía que acostumbrarme a la falta de luz de ese fondo marino.

Esta novela al comienzo me generaba desazón porque no aprehendía bien aquel manojo de historias. Me faltaba iluminación, y esta fue llegando poco a poco según pasaba páginas.

No siempre los hechos se muestran claros, en ocasiones una nebulosa cubre lo que acontece y hasta la fantasía se disfraza de verdad.

La novela no se ofrece neta, el lector tiene que pelearse con las palabras para encontrar un hilo. Esto supone un reto que se ve recompensado porque el que lee también encuentra su propio hilo.

En La otra isla vamos y venimos durante treinta años por las entretelas de unas mujeres que vadean la vida dentro y fuera de Cuba.

Silvia Herrero de Tejada nos adentra –sin afán totalizador- en la memoria de las gemelas Larralde, Letty y Mirta; de Lara, la hija de esta última y, al fondo nos deja escuchar el eco de Gertrudis Gómez de Avellaneda, su tía Tula, la escritora romántica que, de manera injusta, no aparece en los programas escolares.

Un nudo fuerte amarra a estas cuatro mujeres: Cuba, que las envuelve con su luz y su sombra. Todas sufren el problema de la identidad rota. Unas nacieron allí y se vieron abocadas a salir, otra no nació allí y tuvo que acercarse a la isla para buscarse.

El título La otra isla encierra varios significados: un programa de radio en Miami hecho por cubanos, la propia ciudad norteamericana asilo de multitud de emigrantes isleños. Pero también se refiere a las islas que son cada una de estas mujeres, que viven separadas y a la vez formando un grupo, unido  por una energía que ellas mismas transmiten y generan.

En el relato los hombres parecen estar excluidos de este universo de mujeres; salvo el cubano Omar. En esa familia no parecían fiarse demasiado de ellos. Compartían la idea de la tía Tula de que no existía la igualdad de sexos, porque el femenino era muy superior.

Aventura, fantasía, espionaje, política y romanticismo se hacen uno en el libro.

Un tesoro que la familia dejó al partir, mujeres que pueden hacerlo todo por amor, el miedo a volver, la necesidad de derramarse en la isla caribeña. Las revoluciones: la de Castro y la de estas mujeres.

Se pregunta Lara: ¿De verdad pretendía que yo, así como así, marchara en busca del tesoro perdido de una escritora decimonónica, custodiado por fantasmas? ¿Cuando, todo el mundo sabe, que ni los tesoros ni los fantasmas generalmente existen?

Sí, eso era lo que quería exactamente su madre.

Un cubano jamás se va a desprender de su isla. Incluso la transmiten a hijos que no han nacido allí.

 

 

 

 

 


viernes, 15 de enero de 2021

Rewind


                                                                                2020

 

 […] y me dirigí al lavabo del fondo, el pequeño. Esa es la irrisoria y única razón por la que ahora estoy vivo: mis ganas de hacer pis.

Cuando leí esto en la segunda página de Rewind sentí un extraño vértigo, porque siempre me ha cautivado la idea de que una decisión aparentemente insignificante, como esta que se plasma en el libro, pueda hacerse determinante para la vida de una persona. La realidad muchas veces no te deja comprobar la fragilidad de la existencia; sin embargo, la literatura sí te permite husmear, desmenuzar, examinar un camino vital como si estuviéramos en un laboratorio.

Juan Tallón, el autor, hurga y nos hace hurgar en el equilibrio inestable en el que se organiza una vida, que en unas décimas de segundo puede desbaratarse, porque se halla siempre cosida con un hilo finísimo, que en cualquier momento puede quebrarse.

Dividida en seis partes, Rewind va exhibiendo las atroces consecuencias de la explosión en un piso de la rue Romarin de Lyon. Allí vivían cuatro estudiantes de distintas nacionalidades europeas.

En la primera parte  Paul, uno de los inquilinos, nos narra su experiencia en el momento de la explosión, cuando el azar lo colocó alejado del epicentro del infortunio.

Meé y entonces ya no tuve ocasión de nada más. Me cuesta recordar con precisión ese instante, cuando todo se desintegró y se volvió irreal.

El testimonio de Paul inocula desazón en el lector, nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad. Qué bien queda plasmada en el texto la atmósfera irreal de ese momento: el silencio lastimoso, la honda oscuridad y la noción de tiempo rota.

La novela podría haber sido el relato de un instante, un instante cegador, como cuando te deslumbran con una potente luz y tienes que esperar minutos hasta recolocar el escenario que tienes enfrente.

Pero Tallón ha querido ir más allá, ha querido mostrar todo lo que las familias y amigos de los jóvenes han padecido. Cuando, no hacía falta, te lo puedes imaginar aunque no lo hayas sufrido o no lo hayas visto soportar a otros.

En los siguientes fragmentos, pues, Tallón descubre las revelaciones del padre de Emma, otra de las ocupantes de la casa; de la quiosquera amiga de los jóvenes; de Gianna, hermana de Luca, el estudiante italiano; de Violette, la médica que acudió la primera al siniestro. Y termina la serie con una nueva intervención de Paul, del otro Paul, el que había surgido tras la catástrofe.

Cada una de esas manifestaciones son muestras de la pérdida, del desamparo y de la devastación que la explosión ha sembrado en víctimas y allegados. Todo bastante previsible, en alguna ocasión pueden incluso resultar excesivo.

Precisamente la previsibilidad resta fuerza a ese primer impacto que produce un hecho tan brutal y tan injusto.

Yo me quedaría con el primero y con el último con Paul como protagonista.

Es llamativo cómo, en aquellos instantes, tan dramáticos, no me pregunté ni durante un segundo qué había pasado. Ni se me ocurrió.

Tras esta confesión del muchacho, me doy cuenta que a mí tampoco se me había ocurrido pensar qué o quién había causado aquello. Sin embargo Tallón se ha empeñado en hacerlo. Entonces, sobre las páginas de esta novela proyecta un segundo relato, el del terrorismo islámico, que se yergue como responsable. Podría haber prescindido de esos retazos narrativos que van dibujando la autoría porque restan intensidad a Rewind.

Lo entero se convirtió en roto, lo grande en minúsculo, lo pequeño en inexistente, lo importante en pérdida, los recuerdos en polvo, el futuro en pasado.

El relato podría haberse quedado ahí, en esa espiral que se tragó a Paul, que lo regurgitó más tarde como alguien distinto.

Tallón ha acumulado eventos, y con eso ha quitado fuerza al impacto, a la conmoción del hecho primero, tan demoledor.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El tranvía de Navidad

 

                                                                           

                                                                           2020

La lectura de esta novela me ha dejado un cierto poso de decepción. El atinado y duro relato que contiene desfallece en algunos momentos por los frecuentes paralelismos con la historia de la Navidad, algo postizos y faltos de originalidad.

Las semejanzas son evidentes: un recién nacido que ha visto la luz en condiciones miserables, un tranvía trasmutado en cometa guiadora y hasta un mago. Pero los ejemplos no se acaban ahí, habrá muchos más.

Todo se desarrolla en una jornada; el 24 de diciembre por la tarde, cuando van subiendo al tranvía una serie de personajes, que militan entre los derrotados de la colectividad. Se sorprenden con la presencia de un recién nacido abandonado en los asientos traseros: “Movía las manitas […] con esas palmas rosadas que semejaban frutos recién pelados en contraste con la piel negra […]”. Lo habían colocado envuelto en una manta, atada con un nudo al respaldo para que no se cayera con una posible frenada brusca.

El tranvía número catorce conecta el centro de la ciudad con la primera periferia. La que aloja a los desheredados, a los solitarios, a los desvalidos nacionales. Porque existe otra periferia más allá, más profunda, más desconocida: la que alberga a los emigrantes, un territorio donde ningún medio de transporte se aventura.

Un tranvía es esclavo de las vías por las que discurre. A eso le da vueltas el conductor, que envidia la mayor capacidad de movimiento de un autobús, que se desplaza libre sobre sus neumáticos. Un tranvía va “sin sorpresa, sin otros horizontes”, como muchos de sus usuarios, que viven atrapados en su destino desgraciado.

Ha caído la tarde, ya son pocos los que suben.

Una pareja. Ella vende su amor por algo de cena. Él es un viudo y abraza esta última oportunidad de farsa pasional. Se ha teñido el pelo, se ha comprado ropa colorida en el mercadillo; sabe que antes que él la vistió gente que ya murió.

Filippo vuelve de trabajar. En realidad se llama Noel, pero su caprichosa patrona ha preferido llamarlo así, aprovechando que es filipino.

También retorna a casa un viejo que vendía paraguas, que vivía siempre apurado por las previsiones meteorológicas, cuando no eran de lluvia. Por la mañana viaja junto a otros muchos que acuden al centro a buscarse la vida, se desplazan apiñados, tan pegados que forman un solo cuerpo, como una masa que se expande hasta el más pequeño rincón del vehículo. Al llegar a destino el grupo compacto se deshace en pequeños cuerpos todos diferentes y todos muy iguales.

Sube luego el joven africano William, que ha venido buscando un buen lugar para crecer, pero que solo ha tropezado con incomprensión y crueldad; incluso entre sus compañeros de gueto. No ha visto más que desengaño en la franja de mundo que ha recorrido desde África a Europa. Esa tarde en la parada considera su mísera existencia sin futuro ni ocupación, que tanto contrasta con  “la ciudad histérica de tráfico por las compras de última hora” que le rodea.

Llega un mago que ha perdido la magia. Sus trucos dejaban al público boquiabierto, pero ahora ya no, el olvido se ha instalado en él.

Por supuesto no faltan los desalmados, solo aprendices en esta ocasión. Desprecian al emigrante, seguro que no saben bien por qué.

La enfermera vuelve a casa también, en su pensamiento se acomoda la anciana que cuidaba, que acaba de fallecer. Una gran lectora, que le dejó sobre la mesilla un mensaje en forma de libro: Cuento de Navidad. A la sanitaria el bebé le recuerda a una joven que vive en la calle, que comparte acera con una anciana demenciada.

El último que se instala en el tranvía compraría su dignidad con tan solo cinco euros, pero no sabe dónde está su billete.