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miércoles, 30 de junio de 2021

La vida contada por un sapiens a un neandertal





La vida despunta inexplicable demasiadas veces, en ella prevalece lo aleatorio. Escasean las certezas.

Leía hace poco a Juan José Millás en una entrevista a propósito de este libro: “El ser humano es muy contradictorio porque es producto de una evolución sin propósito, el propósito lo tiene que poner él.”

Sentí una pizca de alivio, al menos, una respuesta, aunque me afianzaba a la vez en el sosiego, por haberla encontrado, y me sumía en el agobio por su naturaleza misma. El ser humano es incoherente, disparatado, discordante, y el motivo está quizás en sus orígenes. Me he adentrado en estas páginas creadas por Millás y Arsuaga. En ellas se habla de la evolución. 

Se habla de una evolución que no soporta las reglas, que fluye a su manera, como fluye la vida.

Arsuaga le responde a Millás: “(…) la naturaleza no está hecha para las categorías humanas”.

Somos azar. No podemos encerrar el cosmos entre reglas.

Juan José Millás es un hombre curioso en dos acepciones de esta palabra. Él mismo despierta interés por su ingenio y originalidad; y además se le nota inclinado a aprender lo que no conoce.

Esto segundo es el motor de este libro. Su atracción por la prehistoria le hizo proponerle a Juan Luis Arsuaga una serie de encuentros en los lugares que el paleontólogo considerara oportunos y que allí le contara lo que veían y se lo explicara, un eco de la manera de Sócrates en la Átenas clásica.

Él después masticaría bien todo aquel alimento y lo pondría por escrito.

De estos diálogos pactados surgieron estas páginas que reflejan cómo hemos llegado los humanos hasta aquí.

En el libro aparecen hechos planteados por el científico y comentarios llenos de perspicacia realizados por el literato. El humor y un cierto sarcasmo se mueven por entre las líneas.

En 1974 se descubrieron en Etiopía los restos de una hembra de homínido que vivió hace tres millones de años, medía poco más de un metro de altura y pesaba 30 k, murió a los 20 años. Se trataba de un australopiteco, los cuales habitaron en África hasta hace un par de millones de años. Se llamó Lucy.

Lucy se puso de pie y caminó. Es soberbio pensar cómo caminamos, aunque no seamos siempre conscientes.

«El pie (…) cae sobre el talón, (…), Luego se transmite el peso por el borde exterior hasta que se apoya en el pilar anterior de la bóveda. A continuación, se flexionan los dedos y el pie se apoya en ellos. El empuje final lo da el dedo gordo y la pierna sale impulsada hacia delante como un péndulo. (…) Toda esa biomecánica la hacemos sin pensar.»

El pie tiene una arquitectura complejísima, comparable a la de una catedral gótica, dice Millás.

Cuando levantamos una pierna para dar un paso, el cuerpo no se vence hacia el lado que está en el aire porque tenemos los abductores. La locomoción humana es un prodigio de la bioingeniería.

Arsuaga pone el conocimiento y Juan José Millás corresponde con la literatura.

El mismo asegura sentirse conmovido cuando se imagina a nuestro ancestro Lucy descendiendo de lo más alto de un árbol, poniéndose de pie (…) y atravesando el límite que separaba la selva de la sabana sin otras armas que esas dos manos anudadas al final de sus brazos como dos prótesis que aún no sabía utilizar”.

Imagina la curiosidad de este homínido al bajar de la copa del árbol y conquistar la superficie de la tierra, llena de amenazas pero también de grandes perspectivas. Y aquí estamos.

Millás y Arsuaga buscan indagar en la existencia humana, revelar los misterios de la evolución. Cuesta imaginar, por ejemplo, que el martillo y el yunque de nuestro oído formaban parte, en los reptiles, de la mandíbula. La evolución los convirtió en instrumentos para la escucha. Del diseño de un reptil ha salido un mamífero, dice Arsuaga. “Estamos hechos de la ropa de segunda mano que desecharon nuestros hermanos mayores.” Manifiesta también.

Nuestros dos protagonistas se mueven por el Valle Secreto en la sierra de Madrid, el Museo del Prado, un mercado, un parque infantil, un castro celta, la Institución ferial de la capital, una juguetería, un sexshop, la cueva de la Covaciella -con pinturas de una antigüedad de 14.000 años- un colegio, y para terminar un cementerio.

Hemos entrado en contacto con detalles de nuestra realidad, como estos: la posibilidad de lanzar piedras que tiene el ser humano terminó con la jerarquía de la fuerza, porque te podías defender en la distancia; la nariz proyectada es un rasgo específico de nuestro rostro; nuestros dientes, tan distintos de los de otros primates, se han visto transformados por nuestra alimentación; ¿por qué no todos los adultos tienen intolerancia a la lactosa?; ¿cómo se pasó de miembro de un clan a ciudadano?; el dios y los cambios sociales; el reloj de Paley, este filósofo y teólogo aseguraba que si te encuentras una piedra en el campo creerás que es parte de la naturaleza, pero si te encuentras un reloj pensarás que alguien lo ha creado, Darwin aseguraba que el reloj se había hecho a sí mismo.

El conocimiento del pasado nos proporciona una identidad, gracias a él sabemos quiénes somos, ni más ni menos. Esto afirma Arsuaga en una entrevista.


jueves, 17 de junio de 2021

La cena

 



¿Hasta dónde es capaz de llegar un padre para encubrir a un hijo que comete un delito injustificable? ¿Debe prevalecer el instinto de protección paterna, o la lealtad a unas normas sociales que garantizan la coherencia y la fortaleza del grupo?

En el texto promocional de la novela se leen estas preguntas que dejan un cierto regusto turbador.

La verdad es que La cena se aúpa como  una novela ácida y provocadora por los contenidos que encierra. Yo diría que a veces puede resultar algo incómoda.

Dos hermanos, junto a sus parejas respectivas, quedan para cenar en un restaurante muy exclusivo  de Ámsterdam: tienen que discutir un importante asunto que les concierne a los cuatro. Son Paul, Claire, Serge y Babette.

La novela se abre con una crítica de Paul, en  tono muy sarcástico, a los restaurantes de lujo. Aquellos que cuentan con un número elevado de empleados, que parecen más modelos que camareros; donde debes reservar con meses de antelación; donde diminutas viandas se pierden en la inmensidad de los ornamentados platos. Pero donde Serge Lohman, el hermano de Paul, un político influyente -y un más que probable próximo responsable del gobierno holandés- no tiene ningún problema para conseguir una mesa con tan solo una llamada.

Paul ridiculiza a los políticos que se quieren cercanos a la gente, que exhiben sus habilidades en los suplementos semanales de los periódicos; como su hermano. Lo trata con una inquina que sorprende, porque te preguntas qué hay detrás de esa mala voluntad. Se burla de su afición a la enología, que en algún momento lo llevó incluso a realizar cursos en el Valle del Loira para ampliar conocimientos; todo para alardear luego ante cualquiera que se le pusiera  enfrente con una copa. Él, que solo bebía Coca-cola cuando todavía vivían en la casa familiar.

Paul no para de zaherir a Serge. Cuánta animosidad encierran sus gestos. Lo tacha de machista, de tragón insaciable; lo muestra estúpido cuando se hace el graciosete con la camarera, cuando acepta hacerse una foto con unos clientes, a pesar de que la muchacha “no era muy agraciada”.

¿Qué hay detrás de todo esa acidez corrosiva?

¿Qué tiene Paul? ¿Qué le sucede? Habrá que leer la novela para comprenderlo.

Koch juega un poco con nosotros pues no todo es como parece en un primer momento: con numerosos flashback nos va adentrando en el pasado de los personajes, el más lejano y el más inmediato. Es como el ilusionista que saca pañuelos de un sombrero, pero muchos no tienen brillantes colores, sino que están destrozados y sucios.

Realiza el autor una radiografía de la estupidez social: el revuelo provocado por el matrimonio Lohman a su llegada al establecimiento; la sobreactuación del maître al presentar cada plato señalando con su meñique; sus descripciones de las comandas, el pregón de los exóticos orígenes de los ingredientes, como si instruyera a los comensales, pobres ignorantes.

Y más aún,  retrata una sociedad rancia, hipócrita y egoísta, que ante cualquier inconveniente prefiere mirar para el otro lado. Representan papeles de personas tolerantes; sus conversaciones se llenan de menudencias, de obviedades; rehúyen la polémica; cuánto menos se ahonde mejor.

Como te decía al principio, uno se puede sentir incómodo leyendo el libro, al sospechar que quizás te esté dibujando un poco a ti también.

Al comienzo, Paul, narrador en primera persona, aseguraba esto:

“No me apetecía cenar en un restaurante. Nunca me apetece.”

Afirmaba también que tener una cita es “la antesala del infierno”, porque le obliga a uno a pensar qué ponerse, ¿vaqueros?, ¿camisa blanca planchada?,  ¿recién afeitado?

En fin, supone un esfuerzo grande, porque todo eso te va a definir frente a los otros, cualquier decisión que elijas te condiciona, de esa apariencia depende tu imagen ante a los demás.

¿Cómo evitar pensar en A puerta cerrada, la obra teatral existencialista de Jean Paul Sartre? La frase más célebre de la obra: “El infierno son los otros” quería decir para el autor que si las relaciones con los demás se encuentran retorcidas, viciadas, entonces los demás son el infierno. Porque los otros son lo más importante para para nuestro propio conocimiento.

Una cita en los próximos días es la antesala del infierno; la noche en cuestión, el infierno mismo.

A la vez que no se presagia nada bueno en ese encuentro, esas palabras son un acicate para la lectura.


viernes, 4 de junio de 2021

Como polvo en el viento

 


Desde Tacoma, al noroeste de los Estados Unidos, Loreta llama a su hija, tras 16 meses sin hacerlo. Durante ese tiempo, y para mantener los encrespados lazos entre las dos, la que había telefoneado, a razón de dos veces al mes, había sido Adela, la hija.

Estas líneas resumen el comienzo de la novela.

Treinta y siete días después Loreta se presenta en casa de su hija en Miami. Nadie sabe dónde ha estado. Ha meditado en firme, ha recapacitado; ha decidido darle la explicación que le debía desde hacía 26 años.

Esto es el final del libro.

En medio, la dilatada historia de un grupo de jóvenes nacidos en Cuba en las inmediaciones de 1959.

Constituyen una imagen muy acabada de esa generación que gozó y sufrió la Revolución castrista.

Recordar puede doler, pero siempre es mejor mirar hacia atrás que olvidar; se pueden sanar las heridas que cicatrizaron sin haberse curado del todo.

Padura se pasea desde el presente al pasado y desde el pasado al presente, pero en ningún momento el lector se siente perdido, porque el camino narrativo está sembrado de boyas en forma de fechas precisas, que nos guían.

Eran un grupo de chicos y chicas que se conocieron en el preuniversitario, el Clan, así los bautizó uno de ellos.  En un primer momento vivieron todos acunados en la esperanza de que se alcanzaría la meta revolucionaria.

Pero en un momento la isla se vio aplastada con el peso de la corrupción, de la inquina foránea, de la mala práctica de los dirigentes. Y ellos también cayeron en el hoyo profundo. Y entonces, empujados por la tragedia, por el desengaño, por el miedo;  estalló la diáspora y algunos emprendieron el camino al exilio, donde nunca consiguieron echar raíces, porque sus raíces las habían dejado para siempre en Cuba. Su deriva se confundió con la del país.

“¿Qué nos ha pasado?”. Es una pregunta recurrente en la obra, muchos de los protagonistas la lanzan a las páginas de la novela.

“Nos ha pasado que perdimos”. Contesta algún personaje. Sus sueños se habían convertido en pesadillas.

Eran jóvenes brillantes, que al llegar a la universidad desarrollarían todas sus capacidades, y más tarde germinarían en ellos grandes actitudes profesionales. 

No todos pertenecían a buenas familias, en Cuba cualquiera que demostrara talento tenía abiertas escuelas y facultades. Así lo reconoce uno de ellos. “Y aunque todavía haya tanta gente viviendo en la mierda, yo sería muy ingrato si no le agradeciera a este país que me haya dado la posibilidad de ser el milagro que soy.” Hijo de madre soltera, había nacido en unas penosas condiciones, que se prolongarían en sus primeros años, pero con voluntad y las facilidades gubernamentales consiguió zafarse de todo aquello.

Padura nos muestra las dos caras de su país.

Vivían una amistad rotunda, sin apenas fisuras. Las familias apenas cuentas en la narración, se presentan como meros marcos donde habían nacido, curiosamente no aparecen lazos familiares. Me pregunto por qué no perfila Padura vínculos con un hermano, una hermana, un primo, una tía. Aparecen las relaciones que tú te has creado, no las que te dio la biología. Es curioso.

Según han ido acumulando edad, el deterioro del país, en lo político y en lo social, se ha acrecentado, las condiciones de vida empeoran y el exilio se abre como única salida. Otro exilio más. Lo hubo antes de la revolución y  justo después del levantamiento. Cuba está hecha de migraciones –como casi todos los países-. Hasta mediados del XX muchos fueron los que se refugiaron allí, hoy son más numerosos los que huyen. Al final de la novela los que se van son los hijos.

Estos abandonan el país por razones diferentes a las de sus padres: Se van de Cuba “(…) porque no resistían más vivir en un país que ni Dios sabe cuándo se va a arreglar y de donde la gente se va hasta por las ventanas porque allá están empeñados en arreglar las cosas con las mismas soluciones que nunca funcionaron...”. Buscan nuevos universos de expansión material o intelectual.

“—Aquello no lo entiende ni Dios y no lo arregla ni Dios...”. Lo resumía así un personaje: medicina de calidad, salud pública envidiable, pero farmacias desabastecidas; teléfono o electricidad baratos, pero cortes y poca potencia. Alguien había decidido que un cubano no tendría un móvil o un acceso fácil a internet.

Incomprensible.

Tantos jóvenes competentes saliendo de Cuba van a tener un coste importante para la isla. Me pregunto si alguien se ha ocupado de pensar en eso.

Una fotografía despierta un monstruo dormido, la verdad tiene que abrirse camino; y la intriga zigzaguea entonces por las páginas de Como polvo en el viento. Con una gran habilidad Padura va atando cabos, retratando las personalidades y las vidas de los que fueron jóvenes y hoy ya alcanzan más de cincuenta y tienen hijos. El exilio, la muerte intempestiva  y la huida fragmentarán al grupo y a su descendencia, pero como si estuvieran imantados volverán a reunirse.

Padura ha escrito un cuento con tinta de realidad. Retrata las penurias, retrata el dolor del que abandona su tierra; pero hace un retrato suave, sin aristas; quizás porque comprende al que se va, y también al que se queda. Y quizás también porque ya se ha acostumbrado a vivir en la sinrazón de su país, que tanto cuesta comprender al que es de fuera. Lo veo amable con sus personajes. No hay excesiva aflicción en ellos, y podría haberla; dentro porque las condiciones de vidas se hacen insoportables, fuera porque no hay nada peor que sentirte obligado a dejar tu mundo.

Aunque la política tiene un papel crucial en todo lo que sucede, parece que Padura pasa sobre ella como de puntillas. Puede que le interesen más las personas que pedir cuentas.   

Leonardo Padura sabe crear la tensión a través del enigma, pero además hace que esta historia se te pegue a la piel porque se alimenta de verdad. Es una ficción muy clarificadora de la realidad que se ha vivido, y que se vive.


jueves, 27 de mayo de 2021

El río de la desolación

 



En el 2002, y durante tres meses, Javier Reverte se deslizó por el ciclópeo Amazonas desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Para buscar el manantial de donde surge el río subió hasta 5672 m en el altiplano de Perú: hierbas amarillentas, aire frío, piedras y unos pocos seres humanos con sus animales. Te cuesta imaginar cómo puede la vida abrirse hueco en esa dura geografía.

Tras recibir las aguas de más de mil ríos -algunos entre los más largos del planeta- y recorrer muy por encima de seis mil kms, se abre en un descomunal estuario de 250 kms de ancho. Es un laberinto de aguas que riega la enigmática Amazonia.

Las palabras de Reverte en este libro trazan las corrientes, sus orillas, sus poblaciones, los hombres y mujeres que las habitan; y la jungla amenazadora, de un verde apelmazado. Pero sus palabras conllevan también la reflexión sobre la intervención del hombre a lo largo de los siglos en este espacio.

Dos ríos paralelos nos regalan estas páginas, el de hoy y el que fue desde que Francisco de Orellana lo recorriera en su casi totalidad.

Reverte se muestra como un viajero paciente, que se mueve con aparente sosiego, que mira lo que le rodea, que se desplaza en los barcos de la gente de allí, huyendo de la exclusividad de los turistas. Él se instala en los hoteles que encuentra, sin exigencias. No hay temeridad en este viajero, sabe cuándo hay que ser prudente; busca los mejores guías locales. Tiene encuentros y tertulias en sencillos bares y restaurantes, habla cuando quiere, sabe escuchar lo que le interesa.

Los navíos siempre salen con retraso, ejércitos de vendedores toman al asalto las cubiertas para ganarse la vida. Al anochecer, plagas de mariposas, mosquitos y cucarachas. Nada le hace perder la paciencia.

Entre los viajeros también hay vacas que acompañan a sus dueños; o gallinas, que picotean a los pies del que lee tranquilo en su hamaca. Los trayectos en barco no se le hacen tediosos, todo es nuevo y se acompaña de la lectura (al comienzo lee La vorágine). Las poblaciones que visita tuvieron tiempos mejores, las construcciones de la orilla destilan pobreza.

Según va recorriendo Iquitos o Manaos nos traslada al otro río, el de ayer. La época del caucho, momento de luces y terror. Una sombra demoniaca domina el río y su entorno, la de los terribles reyezuelos del oro verde, hombres codiciosos y depredadores. Genocidas.

Es muy interesante la historia del irlandés de consiguió con su denuncia sensibilizar a los pueblos civilizados para que detuvieran aquellas atrocidades. Aunque antes de hacerse eco de las acusaciones, esos pueblos civilizados, procurarían asegurar la producción cauchera para sus industrias. 

¡Qué poco imaginaban los que se servían de los neumáticos, producto estrella del caucho, las vidas que este estaba segando en la Amazonia! Y al lado de la muerte la riqueza lujuriosa de Iquitos y Manaos en su ayer cosmopolita. En la primera se dice que el champán francés y el agua de Vichy manaban desbocados. De la segunda se comenta que a principios del XX era cuatro veces más cara que Nueva York.

Otra etapa negra del Amazonas lo constituyó el loco deseo de construir un ferrocarril que uniera los Andes con el océano. ¡Cuántos indígenas desaparecieron por culpa de esta paranoia y con ellos tantos y tantos trabajadores que llegaron de fuera! Las condiciones de trabajo eran terribles, las enfermedades de la selva sus mayores enemigos.

Pero de nuevo captamos un río con luz porque la historia se llena con los que traían apoyo a los habitantes con técnicas nuevas; y se llena también con los que vinieron y siguen llegando para estudiar el gigante verde.

Cuántas curiosidades nos regala Reverte, cuantos detalles históricos, cuántos libros citados, cuantas reflexiones interesantes, cuántos datos, cuántas historias. Cuántas aventuras, que se hallan entre la literatura y el mito.

Cuántas almas humanas pudo entrever en este viaje, tan pegado a la realidad. Como esa prostituta que se vendía en una triste canoa por dos soles, el equivalente a sesenta céntimos de euro.

“…vivimos en la peor miseria rodeados de la mayor riqueza: árboles, peces, dicen que oro y petróleo…, y casi nos morimos de hambre todos los días. Éste es un lugar olvidado del mundo, un salivazo en el mapa.” Así se describía un natural de la zona.

Y otra vez el río de luz detrás de todos aquellos que conseguían vivir y gozar en su tierra.

Aunque es probable que el hombre termine marchándose y la naturaleza se adueñe de lo que siempre fue suyo.


martes, 18 de mayo de 2021

El lunes nos querrán

 

                                                



Una mujer joven, de origen marroquí, retrata un periodo complicado de su vida. Con la escritura hurga en el tiempo que se abre desde su adolescencia hasta la madurez.  Vive en la periferia barcelonesa con su familia. Hasta allí emigraron todos desde el otro lado del Estrecho cuando ella era pequeña.

Ahora, cuando tiene por encima de veinticinco años, echa la vista atrás y desentraña en un relato cronológico sus vivencias desde que salió de la niñez.

Un yo, Naima, la que escribe; un tú al que se dirige; y una tercera amiga, Samira, que se enfadaba si no la llamaban Sam.

Estas tres adolescentes han crecido vecinas en un barrio vertical, en el extrarradio barcelonés, rodeadas de otros inmigrantes marroquíes, que recrean allí las costumbres del país de origen. Nadaban en un clima asfixiante.

Las tres jóvenes ven su futuro lejos de la tradición familiar, cobijan el deseo de abandonar la senda que siguieron sus madres.

Ellas perciben otras realidades posibles, muy apartadas de las que se alojan en su entorno. Pretenden alcanzar esos nuevos horizontes, pero el camino no va a ser sencillo. Territorios áridos, para los que no existe una brújula. La única guía con la que cuentan son ellas mismas, pero se equivocan en muchas de las decisiones que toman, porque se basan en percepciones que no son reales. Los tropiezos se van a multiplicar. Caminan a ciegas, pues no es fácil integrarse en el universo de acogida. No lo ponemos muy fácil.

En frente, impidiéndoles quebrar la tradición está el entorno, que mantiene una estrecha vigilancia. Entre la protagonista de esta novela y sus hermanos apenas existe relación; con el padre faltan los lazos afectivos, solo se da una relación de dominio. Para él esposa e hija, además de estar a su servicio, deben constituir la cara de la decencia que él quiere que los demás vean de su familia, como ha sido siempre. Sin embargo Naima y su madre están ligadas por unos nudos primarios, que a veces a la joven le cuesta reconocer.

Entre las primeras páginas de la novela, se lee: “Te escribo para recuperarte pero también para recuperar a la persona que fui”. La escritura se revela como instrumento para entenderse y para entender mundos diferentes. La escritura aparece como sanación, como búsqueda de respuestas.

¿Es esto lo que guía a la autora de la novela cuando escribe? Podría ser. Najat El Hachmi, como la protagonista de su novela, también es marroquí, también llegó con su familia a Cataluña siendo una niña. También buscaba dejar volar su yo, sin subordinación a la tradición. Y aún hay algo más. El personaje principal de otra de sus novelas, La hija extranjera tiene datos vivenciales muy similares. Siendo una niña, vino del sur a vivir a Cataluña, donde tuvo que romper barreras para desarrollarse alejada del camino marcado por su tradición.

La temática parece recurrente, ¿está conjurando una situación adversa que le duele?

He observado que en muchas de las entrevistas que le hacen a la ganadora del premio Nadal, hay demasiado interés en sus peculiaridades biográficas, más que por la propia novela con la que obtuvo el galardón.

La novela dibuja vidas que se desarrollan muy cerca de nosotros, y eso tiene un gran valor humano, porque ayuda a conocer al otro.

Lo primero que tiene que haber es respeto al que viene de fuera, y eso muchas veces escasea. Muchos creen que los que llegan cargan un error, y pretenden –seguro que con buenos deseos- sacarlos del entuerto; cuando no hay tal.

Entrar en la vida de estas mujeres me enseña que en España desde los sesenta se ha recorrido un camino que guarda similitudes con el que muchas inmigrantes están emprendiendo ahora. Las mujeres marroquíes inmigrantes pueden encontrar en las leyes españolas para la igualdad un gran apoyo, pero dejar sus normas para acogerse a otras nuevas no es fácil. Hay algo profundo que nos amarra a todos a nuestro atavismo.

Esta novela te escarba por dentro, pero además en ella encontramos literatura. Una elaborada construcción narrativa nos arrastra desde el principio detrás de la identidad que alberga ese “tú” al que se dirige la narradora, detrás de la relación que existe entre ambas.

Los lunes nos querrán porque “el lunes encajaremos en todos los moldes que nos proponen”.

No. Cada persona ha de labrarse su propia horma.


miércoles, 5 de mayo de 2021

Panza de burro

 

Panza de burro es un relato áspero, es incluso algo turbador, realista, escatológico, carnal. Pero es también valiente, inteligente y libre, porque Andrea Abreu se adentra con sutileza y talento en un territorio al que le rehuimos la mirada.

La primera persona narrativa te habla directa, cercana, contundente.

Ha terminado el colegio. La narradora y su amiga Isora tienen diez años y tienen todo el verano por delante para retozar por el barrio. Son como dos gatitos morosos que se desplazan silenciados, como dos perrillos que lo olfatean todo curiosos, que reciben coscorrones y varapalos.

Con cierto impudor las niñas indagan en sus cuerpos, no les importa acudir juntas al excusado. Hay un constante desaliño, no se tapan los excrementos ni los órganos genitales. Los juegos se tiñen muchas veces de furia. No tienen contención, no hay barreras.

Esas niñas son literarias, pero tienen rasgos que existen, aunque en ellas se vean más concentrados que en el mundo real.

Viven en el norte de Tenerife, su territorio es su barrio, más allá todo es ajeno.

El barrio está en constante crecimiento, es como un animal enorme que coge peso, las casas se van estirando según las posibilidades y las necesidades. Es una cuesta, abajo se ve el mar, lejano, que se funde con ese cielo panza de burro del título.

Mar y cielo se confunden, son la metáfora de esta complicada edad. Se indaga a fondo sobre la preadolescencia. Es un momento difícil para estas chicas.

Frente al norte donde viven, el Sur es el gran centro de trabajo, allí se ganan la vida los padres de la que nos cuenta la historia, el padre en la construcción, la madre limpia en los hoteles.

Para ellas de momento ese sur no existe, porque su territorio se reduce a las cuestas de su vecindario. Su mundo es muy pequeño, lleno de juego,  y conformado por muy pocas personas, anclado en el presente, el futuro no es el tiempo de la infancia.

El sur es el territorio ignoto de los mayores y del mañana por descubrir.

Las niñas viven al cargo de las abuelas. La de Isora gestiona un colmado. De su padre no sabemos; de su madre, sabremos avanzada la lectura.

Las abuelas no pueden remplazar a los padres ausentes, pero como figuras complejas que son dan el amor y la protección que conocen, que saben, que creen que deben dar; aunque a veces no es lo oportuno. Transmiten costumbres y tradiciones cumplidas de luces y sombras.

Paradójicamente, viviendo en una isla, nadie las lleva a la playa, que termina simbolizando el anhelo. Los baños en la orilla del mar se sustituyen por zambullidas en una piscina cochambrosa. Se ven abocadas a crear su playa alternativa en el canal que corre junto a sus casas.

Hay que leer Panza de burro porque nos muestra una sima real, muy real. Desde las primeras líneas se abre un abismo de desolación. Son temas de una gran dureza, que no están ni dulcificados ni desdramatizados porque estén en boca de una niña. En un recipiente de candor se introduce una infancia con claridad y oscuridad,  y a la vez un mundo adulto realmente desorganizado.

Hay una niña que parece que quiere apagar la falta de cariño comiendo hasta el vómito. Se vislumbra el suicidio como única salida. Se intenta acallar la homosexualidad con violencia. Se margina la enfermedad siquiátrica. Se retrata el ambiente de la marginación de los barrios. Se dibujan aburridos matrimonios sin amor. Niños y niñas viven de espalda. Se lanza a los pequeños a su suerte, sin brindarles una guía. Quizás porque los propios adultos, que deberían ser tutores, se hallan totalmente desnortados.

En el libro hay una potente toma de postura, hay una crítica, hay una queja.

Se refleja otra cara del paraíso canario, se escarba en la costra dorada que se ve desde fuera.

Es un concentrado literario. Hay libros que relatan todos los pormenores, este no, estas páginas sugieren más que dicen, están muy cerca de la poesía.

La infancia se yergue como el universo de la transgresión, de la desobediencia de las normas, de la creación de reglas nuevas; de los miedos inexplicables, insondables que el niño tiene que digerir en la más profunda soledad; de los más grandes amores.

En el fondo aquí hay un agasajo a la amistad.

Andrea Abreu rompe la frontera entre lo bello y lo feo. Como rompe la barrera lingüística introduciendo la oralidad en el relato, va más allá de la norma de la lengua canaria, hace hablar a los personajes como se expresan en un reducido espacio en el norte tinerfeño. Rompe también la frontera del precepto en la expresión literaria.

Pero la novela al final nos remueve como personas, como los niños que fuimos, hurga en territorios poco frecuentados.

Y esta magnífica foto de portada que nos dice tanto del libro:

Hay poco que hacer, una niña –chanclas, pantalón corto y camiseta- se sienta indolente  sobre una bombona de gas, entorna los ojos y parece abandonada a la brisa liberadora del bochorno. Una mano cae sobre el borde del improvisado asiento. En la otra un objeto indefinido, que recuerda a una pistola, apunta hacia su mentón, o apuntala su rostro.

A su lado otra niña con un cuerpo enorme, tiene los brazos en jarra, mira enfadada, ceñuda,  une la barbilla con el pecho. Apenas tiene cuello. Lleva botas de goma con calcetines, poco acorde con el resto de su vestimenta, mucho más veraniega.

La foto se enmarca en un entorno poco complaciente, detrás de ellas una gran puerta herrumbrosa cerrada con un candado y una cadena. Agua en el suelo.

Parecen esperar algo que no llega. Una más tranquila, otra enfurruñada.


sábado, 1 de mayo de 2021

Corazón de Ulises

 



En una de las primeras páginas, Reverte compara los perfiles geográficos de Grecia con un corazón reventado.

Esos mismos contornos me sugieren los diminutos fragmentos secos que se esparcen cuando se ventea un diente de león. Y sugieren también una bandera que ondea rota, desgobernada, deshilachada, derrotada.

Las dos imágenes evocan el mundo griego clásico. Por un lado, derramó su alma por el Mediterráneo como gotas de luz;  por el otro, este pueblo desperdició demasiado tiempo y energía combatiendo.

Reverte describe en este libro, un clásico de la literatura de viajes, el periplo que realizó, a finales de los noventa, tras las huellas del alma griega. Viajó  solo, recorriendo el Peloponeso, islas del  mar Egeo, las costas occidentales de Turquía; para terminar en Alejandría: territorios que los antiguos griegos iluminaron y atropellaron.

“El hombre griego intentó integrar los saberes, llegar a ser un hombre total, organizar el caos fragmentado bajo la unidad de la luz del pensamiento.” Estas ideas, que Reverte resume, se esparcieron por el Mediterráneo y se fueron depositando en sus orillas. Hoy somos hijos de aquellas semillas.

Aunque también son griegas las luchas fratricidas entre las distintas ciudades estados, buscando la hegemonía. Más difícil de comprender sin pensamos que las polis compartían cultura, religión y hasta idioma.

Porque todos procedían de una misma cepa. Los primitivos griegos fueron hijos de una larga emigración que procedía del norte. A lo largo del tiempo los diversos espacios de tierra perduran, los hombres y las mujeres se mueven desde ellos y hacia ellos en un movimiento natural, o provocado por variadas circunstancias. Hoy seguimos siendo testigos de tales desplazamientos. Emigración y mezcla: esos somos.

Homero también mezcló: se sirvió de la tradición para crear a Ulises. El relato del héroe aventurero, que vuelve a casa después de mucho tiempo, existía en otras culturas y otras épocas. El autor griego tomó la herencia recibida y la remodeló al trenzarla con sus aportaciones. Es lo mismo que harán todas las literaturas. Por eso hemos ido encontrando resonancias de autores y obras a lo largo de tantos siglos de letras. La relevancia reside en ensanchar un poco más lo que recibimos.

Y aunque parezca un lugar común, es completamente cierto que una manera de ensanchar nuestro universo es con el viaje, leyendo a Reverte aprendemos a viajar más despacio, y también improvisando: «Se llega más lejos cuando no se sabe muy bien adónde se va», dice él.  Nos inicia en  viajes a lugares espectaculares y a sitios menos vistosos, pero quizás más repletos de energía. Nos muestra cómo hay que leer en todo lo que vemos cuando recorremos cualquier camino.

El azar ha querido que entre mis últimas lecturas haya habido unos cuantos libros con Grecia como asunto, y Hélade se ha reavivado en mí.

Reverte dice esto en el epílogo del libro: “…mientras otros pueblos han conquistado grandes territorios del mundo a lo largo de la Historia, ellos conquistaron algo mejor: nuestras mentes y nuestros corazones. Nos enseñaron a reír, a reflexionar y a llorar.”




miércoles, 21 de abril de 2021

Todos muertos





El jurado declara culpable al policía que mató a George Floyd en Minneapolis. Este titular de El País de hoy quizás sea una muestra alentadora de que el racismo en Estados Unidos está en estos momentos un poco más cerca de ser un hecho del pasado.

Cuando este hombre murió, en 2020, esta novela cumplía sesenta años. En ella su autor ya defendía la causa antirracista. Hemos sido testigos de muchos casos de segregación a lo largo de todo este tiempo.

Chester Himes es un autor relevante en el género negro. Y es también un referente de la cultura afroamericana.

La obra es de 1960, pero si no fuera porque no hay móviles o Internet, cualquiera podría creer que se ha escrito recientemente. Posee un dinamismo vertiginoso, muy actual. Claro, las pequeñas  cantidades de dinero en la política corrupta también denunciaría que fue escrita hace ya un tiempo. Hoy las sumas serían mayores, pero las bases de los delitos no estarías muy alejadas entre sí. Chester Himes se rebela contra el racismo, pero no hace concesiones a los negros.

Los detectives protagonistas de la novela son los habituales de su serie negra Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, Sepulturero Jones y Ataúd Johnson. El tono sarcástico de la novela ya se perfila en los nombres escogidos.

Se presentan transgresores, avispados, inteligentes, amantes del güisqui y de la buena comida. Cuando el superior intenta localizarlos en el coche patrulla, ellos no lo oyen porque están dándose un atracón de “patitas de pollo” con arroz y chile en el salón trasero de la charcutería de Mammy Louise.

Desde luego están dotados para perseguir el delito, unos verdaderos sabuesos simpaticones, algo heterodoxos. Ni cuando quedan magullados tras un accidente, detienen la carrera contra su presa. Hacen su trabajo con entrega devota.

Todo comienza una fría noche en Harlem. Son las once y media. El tiempo, la hora exacta irá balizando todo el relato. Los hechos transcurren en apenas cuarenta y ocho horas de un ritmo de vértigo.

Un ratero se afana en el robo de unos neumáticos cuando es testigo del atropello de una anciana. Ha sido un suntuoso Cadillac dorado. Cuando la mujer se levanta, un Buick, circulando a toda velocidad, la tira de nuevo, en su interior van tres policías.

Nada es lo que parece. Poco a poco iremos conociendo los detalles, que llegan atados con solidez y con mucha fluidez.

El ratero huye, primero portando el neumático en sus brazos, después haciéndolo rodar hasta que ve a unos policías y lo suelta. Lo vemos rodar y rodar hasta perderse en la noche en una loca carrera desbocada golpeando todo lo que encontraba a su paso.

La acción en esta novela empieza desde el primer segundo. Esta rueda lo simboliza, porque la cadencia de los hechos se hace galopante.

Buceamos en el mundo de Harlem, desafortunados que se buscan la vida y políticos junto a hombres de negocio, que solo se ocupan de acomodar su existencia.

Escenas simultáneas en el tiempo contribuyen a abrir el abanico narrativo. Se dibujan cinematográficas persecuciones policiales sobre calles heladas, con alguna pincelada gore, con humor negro.

La novela está llena de agudísimas descripciones de lugares y de personajes. Como esta: “Echaron a andar por el pavimento irregular, evitando los montones de hielo y los cuerpos congelados de ratas y gatos muertos. Los camiones de basura no podían entrar en el callejón y los vecinos apilaban las basuras en la calle, durante todo el año”. Así vivía la mayoría en Harlem. Los más ricos habían conseguido las casas que los blancos habían abandonado y que conservaban poco del glamur de otro tiempo.

 O como está otra: “Era gordo, pero sus carnes eran tan fláccidas que se derramaban alrededor de sus huesos como grasa fundida”.

Eran barrios donde la policía no daba confianza, aunque fueran negros como la mayoría: “…todos estaban atornillados a un denso mutismo”. Himes nos sorprende con mágenes como esta.

Denuncias contra situaciones de injusticia entre la gente de color y denuncias contra corruptelas de la gente de color se amoldan en el sarcasmo. El humor comparece para aliviar la dureza tratada.

“Eran diez minutos caminando, si estabas yendo a la iglesia, y a sólo dos y medio si tu mujer te perseguía con una navaja en la mano”

 

 

 

 

miércoles, 7 de abril de 2021

La noche de los niños

 


Un duro comienzo:

 “No es culpa mía. A mí no pueden acusarme. Yo no hice nada y no tengo ni idea de cómo pasó. Una hora después de que me la sacaran de entre las piernas ya me había dado cuenta de que había un problema. Un problema grave. Era tan negra que me asustó. Un negro medianoche, un negro sudanés. Yo soy de piel clara, con pelo del bueno, lo que se llama amarillo subido, igual que el padre de Lula Ann.”

Sobre la pequeña Lula Ann cae el peso del racismo, el racismo de los suyos, de los que tiene más cerca. Eso duele.

Crecerá afligida, clamando por sentir el tacto de su madre, que jamás sentía el deseo de tocarla: “Rezaba para que me diera un bofetón o un cachete, solo para sentir su mano”.

Nadie en la novela es culpable. Todos son un poco víctimas y un poco verdugos.

Para la madre las cosas no fueron fáciles tampoco. El padre las abandonó y la mujer tuvo que buscar un nuevo hogar, enfrentándose a caseros racistas, a pesar de las leyes antidiscriminatorias de los noventa. Hasta que encontró trabajo, debió plantarle cara a los servicios sociales, que las trataban como “pordioseras”. Y siempre, siempre hubo de lidiar con la vergüenza que sentía de esta hija negra azulada.

Detrás de este primer fragmento, vienen otros donde cada personaje se va a ir vaciando, refiriendo en primera persona trozos de sus vidas. Toni Morrison aprovecha cada uno de ellos para lazar pullas contra la realidad de esos años en Estados Unidos. Particularmente contra el racismo, “instrumento para perpetuar las divisiones en contra de lo que debería ser una verdadera democracia”, dice ella misma. Pero ahonda también en los agravios y vejaciones hacia los niños y las niñas.

La autora construye un sólido montaje donde confluyen realismo, arte y creatividad.

La novela es un relato fragmentario, nos movemos en el tiempo, y a medida que vamos leyendo, hilvanamos trozos de vida y armamos una historia donde se unen una especie de fábula y la realidad.

Nacida Lula Ann Bridewell, hasta los dieciséis fue Lula Ann, al terminar la secundaria se convirtió en Ann Bride, y después se quedó solo con Bride. Como vemos por el camino se fue despojando de las ataduras que la ligaban con la familia. Renacía. Como el gusano de seda, sale del capullo transformado en mariposa, también Bride se convierte en una extraordinaria belleza negra. Parece que en el transcurso de la novela se está transformando de nuevo, está decreciendo, caminando hacia la edad infantil. Pero esta vertiente ha quedado un poco incompleta, malograda, creo yo. Aunque quizás seamos los lectores los que debamos completarla.

“Antes de verle la cara ya me ha rodeado la cintura con los brazos, ha pegado el pecho a mi espalda, la barbilla a mi pelo. Luego noto sus manos en el vientre y bajo las mías para cogérselas mientras bailamos hacia delante y hacia atrás. Cuando se acaba la música me doy la vuelta para mirarlo. Sonríe. Estoy húmeda y tiemblo.”

Es Booker. Estaban destinados a conocerse, dos almas gemelas que se atraen como dos imanes. Los dos protagonistas soportaron grandes sufrimientos durante la infancia,  en sus vidas abundan las analogías.

Los dos personajes principales son algo hiperbólicos, algo excesivos; sin embargo el resto son auténticos, verosímiles.

Cuando al principio Booker se vaya con un simple: “No eres la mujer que quiero”. Ella irá a buscarlo y emprenderá un viaje iniciático. Cuando se encuentren se descubrirán muchas cosas de sus vidas que desconocían. Y entonces ante nosotros la narración hierve y se crece con giros sorprendentes. .

En el camino tropezarán con otras víctimas que naufragaron como ellos en la infancia. Fueron niños víctimas de racismo, de pederastia, de abandono. Toni Morrison hace una certera pintura de una parte muy dura de la sociedad. Quizás haya una sobrecarga poco real de niños vejados.

Un tono irónico y mordaz envuelve la tragedia de estos niños que vivieron una infancia oscura, a los que dureza marcó cuando eran pequeños. Y eso se mantiene para siempre, porque las heridas en la infancia no cicatrizan.

Al final vendrá una redención que la autora no se cree demasiado. Porque el peso del pasado siempre puede quebrar el presente.