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martes, 30 de agosto de 2022

Cuesta abajo

 


El amante del género negro abre con gusto una novela con ese patrón porque sabe que al final el orden va a recomponer las piezas que el delito reventó. Aunque sin duda lo que le cautiva es el proceso.

Lee con zozobra, sabe que al final la armonía triunfará sobre la transgresión; pero no sabe de qué manera van a desenrollarse  los hechos. Porque el escritor de novela negra burla al lector y siembra la duda a lo largo de las páginas en forma de falsas pistas. No respiraremos tranquilos hasta que no cerremos el libro.

Siempre van a notarse algunas marcas de aquello roto que se pegó. Nos quedará el regusto amargo de saber que el mal está presente en la vida.

Connelly es hijo de los creadores que vinieron antes. Es sobrio en su escritura, elude las divagaciones, aunque deja alguna reflexión colgada de sus páginas.

 “Bosch quería un nuevo caso. Necesitaba un nuevo caso. Necesitaba ver la expresión en el rostro del asesino cuando llamara a la puerta y le mostrara la insignia, la encarnación de la inesperada justicia que se cernía sobre él después de tantos años. Aquello resultaba adictivo, y Bosch ansiaba disfrutarlo.”

Eso ansía también el lector: que la justicia ruede sobre el infractor.

Este veterano inspector de la policía de Los Ángeles está destinado ahora en la Unidad de Casos Abiertos/ No Resueltos. Ahí se encargan de revisar los casos de homicidio no resueltos en décadas. Los evalúan y entregan las antiguas muestras para nuevos análisis utilizando la tecnología más vanguardista.

Henry Bosch es un investigador experimentado, disfruta de una buena memoria y de un singular poder deductivo, en el que reviven a otros detectives. Se entrega a fondo cuando está ante una investigación.

En esta ocasión le ofrecen un caso en el que hay un resultado raro en el ADN estudiado. El individuo que el innovador laboratorio refleja en la muestra de aquel delito de 1989 es Clayton Pell. Con numerosas detenciones y tres condenas sucesivas, parecía claro que él fue el asesino. Pero en aquella fecha Clayton tenía solo ocho años. No podía ser el culpable, los índices lo probaban.

¿Qué había sucedido? ¿Los inspectores encargados de custodiar las muestras habían mezclado las de dos casos? ¿Había fallado el laboratorio que realizaba las pruebas? Había que investigar manteniendo cierta discreción. La Policía de Los Ángeles se jugaba su credibilidad.

Va a quedar patente en estas líneas la existencia de una sima entre la institución y los investigadores que la componen; sus intereses no siempre marchan parejos. La institución se pelea por el buen nombre político, los policías luchan contra el crimen.

Este grupo dedicado a casos no resueltos no trabajaba en la escena del crimen, “trabajaba con las carpetas y las cajas de cartón de los archivos.” Pero la trama se espesa con un segundo caso, y  ahí sí van a tener que acercarse a la escena del delito. Ha aparecido muerto el hijo del concejal Irvin Irving: se ha caído desde un séptimo piso, o lo han tirado. Han encontrado su cuerpo aplastado contra el suelo.

El concejal siempre ha estado enfrentado a Bosch, incluso antes de tener este cargo, cuando eran compañeros. El policía no entiende por qué quiere que sea él el que realice las investigaciones.

Al final encontraremos una respuesta. Y un lazo que une las dos pesquisas, no en sus contenidos, aunque sí en el espacio en que se mueven: artesanos de la resolución de crímenes y políticos de altos despachos.

Es triste para este policía de años, que se ha dejado la piel en descubrir el mal, comprobar que los negociados que los dirigen, se preocupen menos por un crimen horrible que por unos presupuestos.

Descubre lo que nadie ha visto. Bosch es metódico, sus sistemas son lentos, para los que están con él hasta infructuosos, pero al final descubrimos deslumbrados que tenía razón.

Le seguimos en su manera de trabajar. Se van abriendo rutas posibles, luego se cerrarán y solo una quedará abierta. Este es el juego de la novela policiaca: mantener vivo nuestro interés hasta la última línea. Bosch lo tiene claro “Y yo lo único que quiero es saber qué pasó en realidad”.

Algo más de una semana necesita Bosch para apabullarnos resolviendo los dos casos.

No falta el picante del amor en la novela, se trata de la doctora Hanna Stone, que busca conocer el origen del mal. Ella introduce este tema para nuestra consideración. ¿Está quizás usando a Bosch para hallar respuestas? Él le responde que solo quiere combatirlo, que no sabe de dónde procede. La doctora tiene razones para hacerse esta pregunta.

“Mi función más bien es la de presentarme cuando las cosas ya han pasado, para limpiar un poco los desperfectos. Lo único que sé es que en este mundo existe el mal. Lo he visto. De los que no estoy seguro es de dónde procede”

Bosch no tiene amigos íntimos, pero es leal en sus relaciones; no se amilana ante un político poderoso. Es arrogante.

Él estuvo en Vietnam, aquello lo moldeó. Cuando su exmujer murió se hizo cargo de su hija adolescente. Lo llevan bien, solo a veces siente un poco de pudor por tratar algunos temas ante la chica, que ha heredado la agudeza deductiva de su padre. Está un poco de más en la novela.

Usa métodos antiguos, estamos en 2012, pero él continúa con su libreta dónde apunta, hasta que cree que tiene suficiente para empezar; las pruebas las convierte en papeles reales, nada de archivos de ordenador. Alguien en el libro deja caer que se parece en la manera de hablar a Colombo, aquel detective mítico de la televisión de los 70. Connelly le está haciendo un homenaje, seguro, porque lo disfrutó en su adolescencia.

Un depredador ayudará a encontrar a otro depredador. Bosch no está ahí para juzgar, está para solventar cuestiones, descubrir verdades.

Cualquier víctima importa. Todas las personas contaban o no contaba ninguna. Es su lema. Lo veremos al final.

“La repentina falta de contacto visual llevó a Bosch a comprender que Rollins estaba mintiendo”. Es astuto. Pero seguro que no tanto como para ver una pestaña moverse: “Detectó un ligero temblor en una de sus pestañas.” Quizás esto solo sea un problema de la traducción.

 

 

 

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jueves, 11 de agosto de 2022

Últimos días en Berlín

 


Cada lectura tiene su momento y su lugar.

Esta novela no demanda una gran concentración, no precisa un lugar retirado, no exige recogimiento, no pide la participación del que lee.          

Últimos días de Berlín recuerda aquellos cuentos que nos entretenían, que nos deleitaban en la infancia. Unos personajes maniqueos junto a una acción potente, que hipnotiza, con sorpresas permanentes; a veces previsibles.

Al iniciar la historia estamos en el Berlín de 1933, Yuri Santacruz se acaba de mudar allí, procedente de Madrid. Él nació en San Petesburgo. Su padre, Miguel Santacruz, se incorporó como agregado de negocios en la embajada española  durante el periodo zarista. Allí conoció a Verónika Olégovna, hija única de un rico comerciante de Rostov. Se casaron un año después de conocerse, en 1907, y tuvieron cuatro hijos.

La vida de la familia parecía una copia de la felicidad hasta que las circunstancias que les tocó vivir lo trocaron todo en tragedia.

Cuando empecé a leer, el personaje de Yuri Santacruz en la trama me hizo pensar en “El baile de las cintas”. Los danzarines en círculo alrededor de un mástil agarran una cinta de las que cuelgan desde lo más alto. El mástil es Santacruz y cada banda supone una parte del argumento, un personaje de esta novela, porque todo en ella está atado a Yuri. Los integrantes de la danza comienzan a dar vueltas respetando la circunferencia, así los vaivenes de las distintas creaciones de esta novela enrollan sus vivencias alrededor del joven español. Al compás de la música cada bailarín debe pasar por debajo de la cinta del otro, e inmediatamente después dejar pasar al que quiere avanzar en sentido contrario por debajo de la cinta que uno agarra. Con este movimiento en el mástil se va tejiendo una especie de hilado, colorido por las distintas tonalidades de las cintas. Ese hilado simboliza el contenido de Últimos días en Berlín, construido siempre manteniendo a Yuri como pivote.

El relato se instala entre el principio de la Revolución Rusa y el final de la Segunda Guerra Mundial, saltando principalmente entre Alemania y La Unión Soviética. Aunque lanza algunos hilos que nos abren caminos en hechos que acontecieron en España, Suiza o Polonia.

“A pesar del aire gélido de aquel atardecer, Yuri Santacruz decidió salir a la calle. Su casera, la señora Metzger, había oído la noticia en la radio: se había organizado un desfile de antorchas para celebrar el nombramiento de Adolf Hitler como nuevo canciller de Alemania.”

Estas son las primeras líneas. ¿Qué hace el joven en Berlín? ¿Qué ha sido de sus padres y sus hermanos? Yuri Santacruz ese día va a ser “testigo del salvaje apaleamiento de un indefenso” por parte de las nuevas milicias hitlerianas. Él no va a pasar de largo, como muchos,  se detendrá  para ayudarlo.

Ese será el inicio de un torrente de eventos que formarán un río profundo. Una nueva familia Santacruz va a salir a flote. Muchos -allegados y ajenos- se quedarán en las orillas y otros más se hundirán,  sin que él pueda hacer nada.

Algunos hechos previsibles y otros demasiado efectistas restan verosimilitud a la narración.

De manera algo simplista los personajes se agrupan entre dos polos: buenos y malos. Alguno de los primeros puede caer en una acción censurable, no por propia voluntad, sino impulsado por la pasión irrefrenable; distintas actitudes conseguirán redimirlos después. Varios de los personajes buenos mueren, constituyen la cuota de dolor que el lector ha de pagar. El homosexual que se esconde, el comunista convencido, el demócrata idealista; los que han descubierto que más allá de las fronteras soviéticas la gente disfruta de un bienestar que allí dentro es privilegio de unos pocos solamente.

Los eventos políticos están poco elaborados, no escarba demasiado la autora –probablemente no le interese-: la revolución bolchevique y el nacionalsocialismo encierran la misma filosofía de gobierno por el terror y la infantilización de la gente. De algunos textos del libro, leídos de manera autónoma, no sabrías decir si corresponden a situaciones del régimen soviético o nazi. Los te producen el terror, la pesadilla de la arbitrariedad en la autoridad, del ensañamiento en las actuaciones del poder, del abuso del fuerte.

“Lo que ocurrió en aquellos meses se mueve en mi mente como una masa viscosa, podrida y fría.” Esto pudo haberlo dicho una víctima de uno u otro régimen.

Muchos capítulos van encabezados por el doctrinario propagandístico de Goebbels: sorprendente y en muchos casos reconocibles más allá de aquella Alemania.

Un hombre y dos mujeres, muy distintas entre sí y a la vez muy próximas, provocan el poco realista enredo amoroso que, con alguna pizca de erotismo, edulcora la novela. Tiene un desenlace ocurrente, inesperado, o quizás no.

Una novela entretenida. Se presenta como una escalera donde cada peldaño es un paso más hacia arriba en la habilidad  creadora de la autora, que sin embargo deja caer adjetivos y expresiones manidas, imágenes poco afortunadas, obviedades en el contenido.

Un trasfondo histórico tan poderoso se queda dentro del que lee y uno no puede evitar preguntarse al rememorar algunos contenidos qué habría hecho en algunas de las circunstancias, extremas, en que han vivido estos personajes.


sábado, 23 de julio de 2022

Nudos y cruces

 



Los hilos en la urdimbre de esta novela se van engrosando en el paso de las páginas con apuntes reveladores que caen y captan nuestra atención. Esos primeros filamentos se van cruzando con otras hebras y conforman nuevas intrigas que se atan a la primera. 

El contenido de Nudos y cruces se va haciendo más denso según vamos leyendo.

El tejido se espesa más y más, nos oculta lo que hay detrás. Nada sabremos hasta que lleguemos al final. Un final siempre tranquilizador, lo habitual en la novela policiaca, allí se desvela el que ha originado el mal, allí se limpia el daño y allí se recomponen los pedazos rotos.

Aquí va a quedar alguna transgresión sin castigo, quizás porque se ha deseado imitar la vida donde no todo siempre termina pulido, y quizás porque  haya pesado menos la culpa de alguien que el daño que se pudiera causar a un inocenaños en Edimburgo. Cuando empieza la novela está ante la tumba de su padre, está lloviendo “[…] –cómo no- […] “, parece lamentarse Ian Rankin, autor, escocés como su detective.

“Condujo despacio, enojado por haber vuelto a Fife, aquel lugar del pasado, de los buenos tiempos que nunca lo habían sido, […]”

El pasado le quema a Rebus, tardaremos en saber el porqué. Los datos de su vida van cayendo lentos, como esa lluvia que le empapa los zapatos. Está divorciado y tiene una hija de doce años. Tiene un hermano, Michael, que se dedica a un espectáculo centrado en la hipnosis, y que disfruta de una vida acomodada y en armonía. O eso es lo que cree John, pero como en la vida las cosas no van a ser siempre lo que parecen.

El caso se abre camino en las primeras líneas: el secuestro y asesinato de varias niñas de edades próximas a las de Samantha Rebus, la querida pequeña del policía.

Querida aunque en algún momento se refiere a ella con estas cáusticas palabras: “[…] su hija, caprichoso resultado de un orgasmo entre gruñidos, un orgasmo en el que un afortunado espermatozoide había alcanzado la meta.” Y continúa confesando: “cuando seguramente su mujer ya estiraba el brazo para alcanzar el libro que estaba leyendo, quitándose de encima.”

 Ni Rebus ni el relato rezuman ventura. La obra está teñida de una mirada existencialista que percibe angustia, duelo y desesperanza cuando contempla zonas de la realidad.

 Se divide el texto en cinco partes, encabezadas por cinco enigmas, cuyo significado iremos dilucidando poco a poco. Ian Rankin hace, muy posiblemente, un homenaje a la ficción literaria que surgió en el siglo XIX, sobre crímenes y delitos, base de la novela negra de hoy. Consistían en un enigma que se develaba, poco a poco, a medida que transcurría la historia. Al llegar al desenlace el misterioso delito era develado.

 En su obra hay mucho más que el juego de incógnitas propio de los textos del novecientos, Rankin sale a las calles de Edimburgo y dibuja la otra ciudad, la que los turistas no ven; frecuenta los bares de las zonas donde se busca pitanza para acallar el hambre de esos perros que muchas veces nos ladran dentro.

"Gill le miró, pero él observaba por la ventanilla a los borrachos noctámbulos que sorteaban obstáculos del suelo en Lothian Road en busca de alcohol, mujeres, felicidad. Para algunos era una búsqueda interminable; entraban y salían tambaleándose de las discotecas y los pubs, de las tiendas de comida para llevar, royendo los huesos empaquetados de su existencia. Lothian Road era el vertedero de Edimburgo. Pero también contaba con el hotel Sheraton y el Usher Hall."

 Este es el Edimburgo que Ian Rankin quiere mostrarnos, de naturaleza esquizoide, recordando la obra de otro escocés El extraño caso de Dr Jekyll y Mr Hyde. La ciudad goza de mucha más envergadura que un simple marco donde se desarrollara una acción, la población escocesa es un personaje más. Está viva, es como un animal enorme, abre sus tragaderas y nos muestra sus oscuridades, las cierra y descubre una piel reluciente. Por ella resbalan los visitantes que admiran sus piedras en exposición, fotografiando sin ver.

Un relato amoroso se intercala y dulcifica el ambiente lector, te reconcilia un poco con la existencia inclemente que arrastra a John Rebus. “La vida valía la pena. A veces.” Dice él mismo cuando intima con Gill. La mujer es una policía inteligente e intuitiva, con una cierta atracción por las personas que se asientan en los márgenes, que habitan oscuros precipicios; como John Rebus.

Como en tantas novelas de detectives los sospechosos –todos falsos- van cayendo ante nosotros. Se encuentran hasta dentro del cuerpo policial. Ahí Rankin apuesta fuerte, da escalofríos pensar que la maldad sale de sus límites geográficos y se podría adentrar en territorios vedados, donde nunca la imaginaríamos. Hasta nos hace dudar de Rebus. Todo creíble.

El autor juega a abrir compuertas, a mezclar el espacio del bien con las zonas del mal. Su asesino puede estar asentado entre la gente corriente. Cuando se peleaban con informes y comprobaciones, pero con ninguna pista certera, comentaban que su asesino en esos momentos quizás estuviera terminando de cenar, “[…] ese tipo podría ser un don nadie, en apariencia respetable, casado, con hijos, el ciudadano medio, un trabajador, pero con un loco en su interior; así de sencillo.”

Esto estaba ya en Patricia Highsmith, sus asesinos muchas veces salían de los medios que te daban más confianza.

“Había delitos por doquier. Eran la fuerza vital, la sangre de la vida: engañar, eludir, esquivar a la autoridad, matar.” Esta es la teoría descorazonadora y cierta que lanza Rankin.

Mientras los agentes manoteaban en el aire sin nada sustancial a lo que agarrarse para encontrar al asesino de niñas, una pista se eleva. La historia avanza. Alguien había visto un Ford Escort azul claro en las inmediaciones de las zonas donde las niñas habían desaparecido. Era poco, pero tenían un punto de partida, como la sardina que se arroja al delfín para que haga sus cabriolas.

John Rebus también está perdido, no tiene un hilo desde el que tirar. Él no es un policía  héroe, es un hombre vulnerable.

“La vida de Rebus estaba llena de misterios y el último de ellos era adónde iban a parar su cuota diaria de reserva de diez cigarrillos”. Un reflejo de humor entre tanta desolación. Esos casos absorbían las mentes y la sangre de los policías: eran niñas.

En la novela no hay sangre, no hay grandes truculencias, hay mal, hay dolor, hay locura.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 22 de junio de 2022

Carta de una desconocida




 

¿Qué pretendes con esta carta, remitente anónima?

¿Buscas la compasión del que lee?

¿Buscas el desmonoramiento de R.?

¿Buscas liberar tu dolor?

Venganza no es, ¿verdad?

Una carta anónima a R. constituye la novela casi en su totalidad, salvo unas primeras líneas de presentación y una breve conclusión, cuando el destinatario acaba de leer la misiva.

R. es un famoso novelista. A Stefan Zweig no le interesa pasar más allá de su inicial. Si ella es anónima él también lo será.

El protagonismo aquí lo adquieren los lectores, confundidos en nuestras emociones, confrontados con nuestros sentimientos. 

¿Hay un bueno?, ¿hay una mala? ¿Es al contrario?

R. comprueba leyendo el periódico que ese día es su cumpleaños, celebra sus 41. Vuelve a Viena después de pasar unos refrescantes días de recreo en la montaña.

De manera acertada el autor austriaco, Stefan Zweig, con cuatro puntadas ha cosido un retrato eficaz de este hombre. En la propia carta la remitente lo va a completar. Es un atractivo seductor, un literato agraciado, muy culto, con un gusto exquisito, sin problemas económicos.

Al entrar en casa, su mayordomo le entrega una bandeja con el correo recibido este tiempo que ha estado fuera.

R. examina la bandeja “con indolencia”, un par de sobres atraen su atención porque sus dos remitentes parecieron interesarle.  “ […] vio una carta con caligrafía desconocida y apariencia demasiado voluminosa que, en un principio, dejó de lado.”

Más tarde, después de un té, después de hojear el periódico y después de mirar algunos folletos, cogió aquella carta a la que no había prestado interés en un principio.

De esta manera sencilla, con esta morosidad tan bien medida, Zweig subraya la misiva, la saca de la oscuridad y hace que brille ante nosotros con este comienzo: “Mi hijo murió ayer.”

“Ahora solo te tengo a ti.” (…) “¿A quién podría hablarle, en esta terrible hora, sino a ti, que fuiste y eres todo para mí.”

En el encabezamiento había plasmado: “A ti, que nunca me has conocido?”

Parece imposible que alguien que ha sido todo para ella, nunca la haya conocido.

Hay que leer la carta –la novela- para comprender.

La mujer le cuenta toda su vida en veinticinco folios, una existencia entera entregada al amor hacia R.

Es fácil decir que ella es responsable de todo lo que está contando, pero no lo es completamente porque el sentimiento la dominaba . Es víctima de esa historia de amor. Y curioso, R. no interviene en sus artificios. Él actúa según sus propios principios, que pueden gustar más o menos, pero con los que no ofende a nadie. Siempre se muestra con una conducta apropiada, acorde con lo que piensa, con lo que es. Lo peor es que no podemos reprochar nada a R., porque él vive ajeno a la tragedia que se fragua a su alrededor.

El destinatario de la carta y el lector de la novela se van enterando a la vez de los vaivenes de la vida de esta mujer, condenada a sufrir por amor. Nosotros, lectores, llegamos a saber más que el propio protagonista, que no consigue comprender qué está sucediendo, que resulta ser el receptor de una declaración amorosa que lo va a desarmar.

Desvelar cualquier detalle de esta breve novela sería injustificable. Pero sí se puede mencionar este amor enfermizo que data de los 13 años, esa persecución patológica al enamorado, ese silencio morboso…

Stefan Zweig ha creado dos personajes que provocan sentimientos encontrados en nosotros, y ahí nos deja debatiéndonos, porque no hay culpables. Cuando los hay es más fácil. 

 

 

 

viernes, 10 de junio de 2022

La señora March

 




La señora March retrata a tres mujeres apretadas en un mismo cuerpo.

La primera se localiza estrictamente en las primeras líneas: la sosegada esposa del conocido escritor George March, que acaba de publicar un nuevo libro. Al pasar por delante de una de las librerías del barrio, la mujer distingue una pila de ellos en el escaparate. Aunque hace frío, camina tranquila disfrutando del entorno apacible. Se dirige a su pastelería favorita: “[…] una tiendecita encantadora con un toldo rojo y un banco de madera blanqueada delante.”

La impresión de sosiego y de dominio del terreno desaparece cuando esta vecina del exclusivo Upper East Side entra en la pastelería a buscar su imprescindible pan de aceitunas negras. Ante la enorme cola se acelera su pulso, señal clara de que se siente dominada por el nerviosismo en el momento en que se avecina interactuar con alguien. Esta es la segunda señora March; extremadamente insegura.

Esa “tiendecita encantadora” esconde una trampilla que va a succionar a la satisfecha esposa y la va arrastrar –y a nosotros con ella- a lo más profundo de su psique, una brea espesa que amenaza con desbordarse.

Ahí se va formando la tercera: se va fraguando ante nuestros ojos.

Patricia, desde detrás del mostrador, se referirá a su clienta habitual como la mujer más elegante del barrio y añadirá que, al leer el libro de su marido, enseguida se ha dado cuenta que ella es el modelo de Johanna.

Un escalofrío aniquila la poca seguridad de la señora March.

Johanna es la protagonista de la novela de George March. Es una prostituta con la que nadie quiere acostarse, una mujer horrible, fea y estúpida. “Es todo lo que yo nunca querría ser”.  Asegura la esposa del escritor.

Desde ahora vamos a conocer a esa segunda señora March, desconfiada de su entorno, necesitada de una identidad que no consigue construirse. Una mujer sin asideros, que flota, sin voluntad, como una pompa de jabón.  Es algo ridícula y digna de lástima.

Su distinguido atuendo, terminado por unos originales guantes de cabritilla verde menta, nos oculta su personalidad errática, porque su aspecto nos lleva a pensar en una identidad fuerte. Pero los guantes se los regaló su marido, a ella jamás se le hubiera ocurrido comprarse tal prenda “[…] pues no se habría creído capaz de ponérsela; […]

“Le entusiasmaba la idea de que los desconocidos, cuando la vieran con aquellos guantes, la tomaran por la clase de mujer despreocupada y segura de sí misma que no habría tenido ningún reparo en elegir un color tan atrevido.”

Vive atada a la mentira porque su verdad le resulta intolerable.

Ingenua parece pensar que con una prenda se puede ocultar a los demás nuestras debilidades. Pero nada más lejos, porque esas fragilidades solo se resuelven agarrándolas de frente. Y la señora March ignora cómo hacerlo.

Vuelve a su casa. Se siente resquebrajada. El comentario de Patricia ha abierto una brecha en sus débiles defensas.

Lo ve todo oscuro. Le duele el –posiblemente falso- desprecio del conserje, y lo ve normal porque poco hacía ella por empatizar con él. Se ve intimidada por Martha, la asistenta. Es cómico y triste verla como la rehúye evitando las zonas de la casa donde realiza sus tareas.

Empieza a actuar de manera inadecuada, incomprensible. Empieza a perfilarse mejor la tercera señora.

Debe preparar una fiesta para su marido, el temor la acobarda,  los invitados la intimidan. Ensaya fragmentos de conversación para estar segura de no fallar.

De forma paralela al relato del momento presente, la autora nos introduce en el pasado de la Señora March. Quizás causa de su mudable forma de ser.

Fue  una pobre niña rica a la que nadie cuidó. Solo una empleada, Alma, se interesó por ella. En la fría casa infantil no le habían enseñado a deglutir la emotividad de Alma. El chófer de su padre tuvo un gesto para ella, mucho más de lo que tendrían nunca sus progenitores.

Una deseada amiga invisible intentó ser borrada por un psicólogo infantil, que hizo un diagnóstico al que nadie hizo caso. A su hermana la unía una relación de rivalidad fomentada por la madre. Nunca vemos en el libro una brizna de cariño hacia la hija, era una madre fría. Era una mujer de hielo. Su estela en la novela es de daño a la niña, a la adolescente, a la mujer.

Conoció al profesor George March. Le  maravillaba que un enseñante universitario mostrara interés, al menos aparente, por sus opiniones. Se ató a él a los 21, cuando él tenía 31 y estaba casado

Su compañera de habitación decía que era el hombre más atractivo del campus. Consideraba un triunfo conseguirlo. Por él dejó a su primer novio.

Las relaciones de la señora March se impulsaban más con el cerebro que con el corazón. A eso le habían enseñado.

Cuando se casó con un divorciado tuvo que aceptar también a su hija. La niña no se adaptaba al molde que la esposa de su padre le había diseñado, por eso sus relaciones no fueron buenas. Nunca iba a ser plastilina en sus manos, como lo fue ella para su madre.

Ahora el señor y la señora March son una pareja en apariencia feliz, solo en apariencia. Tienen un hijo de ocho años. Cuando nació se sintió por una vez superior a su hermana, que no tenía descendencia. Al niño tampoco lo maneja, es como un globo que se le hubiera escapado.

Cuando se pone la mesa en su casa una formalidad sigue a la otra, aunque coma sola; lo que pasa con frecuencia. Sin embargo si hay orden entre los objetos, en la familia impera el caos: no hablan apenas, no intercambian sentimientos.

Cualquier casa, cualquier familia es mejor que la suya. Aunque ya sabemos cómo engañan las apariencias. Ella parece desconocerlo y finge e inventa.

No la enseñaron a ser hija, ni hermana. Como consecuencia no sabe ser esposa, amiga, madre. Si no controla los electrodomésticos de su casa ¿cómo podría regir un hogar, dar órdenes a una sirvienta, cumplir los deberes de vecina?

Hasta ahora despierta nuestra compasión, pero todo va a cambiar cuando desde un cuadro la miren con severidad, cuando una mosca le haga pedorretas, cuando en el edificio de enfrente vea imágenes sorprendentes…

¿Es siempre sincero su marido con ella?

La frontera entre la verdad y la mentira la tenemos que buscar nosotros.

Hay mucho de la segunda Señora March en todos nosotros, el problema es que  cuando todo eso se convierte en una obsesión que te anula, entonces aparece la tercera mujer.

 

 




jueves, 26 de mayo de 2022

Perros mirando al cielo

 

Una escritura desde el sosiego, un sosiego quizás más anhelado que real, el sosiego de una vida que ya ha perdido la efervescencia primera, que ha sabido maquillar cicatrices.

El primer capítulo representa una  armazón firme, se convierte en la base sólida de la novela; desde dónde irradia toda la historia.

El título de este primer fragmento es inequívoco: Un accidente cinegético.

“Un poco más adelante entró muy deprisa en una curva, de modo que las ruedas se agarraron al asfalto sollozando.”

Desde las primeras líneas afloran detalles que arrastran  la inquietud.

Un accidente que aplasta una ilusión y que, como si fuera un torrente desbocado, remueve los fondos de muchas vidas. Incluso las de los lectores porque, cuando accedemos a los contenidos de los libros, los incorporamos a nuestra piel y a nuestra alma.

“— ¿No vas demasiado rápido? —le preguntó Dana inclinándose un poco para ver el velocímetro (…)

Dana y Remo conducen hacia Breda. El autor sitúa a sus personajes en esta ciudad de ficción, cercana a Portugal; los datos geográficos creados proliferan.

Eugenio Fuentes construye una historia de amor roto. Mezclando el presente y el ayer nos refiere la historia de esta muy joven pareja. La bonhomía de este escritor se despliega cuando va dibujando con todo detalle esta relación. Es como si estuviera soñando despierto, es una historia que a todos nos gustaría vivir, fluye sin apenas obstáculos: amor, pasión, acuerdo, ternura.

Se toma su tiempo, tiene deseos de crear algo exquisito, placentero, delicioso. ¿No aumentará así el dolor cuando se rompa?

Circulan por un tramo de curvas, que se convierte en una metáfora del contenido de la narración. Cada viraje, como cada capítulo, guarda una sorpresa. La novela es imprevisible.

El lector no quiere, Dana y Remo no lo merecen, pero intuyes que algo va a suceder. La vida te enseña que nunca merecemos lo desafortunado que nos ocurre, pero eso no evita que la losa de la fortuna adversa te manche para siempre.

“Ciego de dolor, vio que una figura se acercaba por el asfalto, se arrodillaba junto a él y, un segundo antes de perder de nuevo la consciencia, se dio cuenta de que era un ciclista”.

Así termina ese capítulo uno. Los que hemos seguido a Eugenio Fuentes reconocemos en ese ciclista a su detective Ricardo Cupido.

Así lo calca una miembro de la Guardia Civil: Era alto y delgado, pero no se le podría llamar débil; se movía despacio, pero con una decisión indomable y fluida; daba sensación de calma y resistencia […].

Con él Eugenio Fuentes despliega una mirada reposada hacia el universo del delito. Construye una novela policiaca pero huye del mundo truculento del crimen, se aleja de los territorios más oscuros del género, unos submundos que se encuentran demasiado lejos del lector. Él escruta el alma, se adentra en los males más cercanos.

Cada página, cada línea  están calibradas.

En la novela se le da cabida a algunas reflexiones personales, da la impresión que el escritor necesita gritarlas. 

La trama se va espesando de forma pausada y verosímil. Ciertos detalles que pueden pasar desapercibidos cuando se leen por primera vez, destacan con un gran brillo cuando al final se desvelen la totalidad de los hechos.

Todo aparece engarzado con gran maestría; los pasos de la acción están cosidos con mucha pericia, sin huellas de costuras.

Se escucha la calle del 2020 en la desolación y las lágrimas de los hospitales y de los centros de mayores, en las dificultades de la policía para trabajar por falta de medios, en los encierros obligados...  Palpita la vida que tenemos siempre alrededor en el dolor por la pérdida de un hijo, en la culpabilidad que puede llegar a generarte; en cómo se puede desmoronar una vida en poco tiempo; en el amor que uno no gobierna; en una cierta denuncia a las instituciones que actúan como autómatas, que no miran a la persona, sino al delito.

Culpabilizamos a unos y a otros desde el comienzo de la lectura. Sin embargo, como dice uno de los personajes nunca se está seguro de conocer bien al que está junto a nosotros. Lo vemos a lo largo de la novela igual que en la vida real.

Perros mirando al cielo es una novela policiaca que cobija dos crímenes y que alberga una investigación, la de un detective privado, en este caso. Aquí  la institución policial se mantiene más bien ausente, quizás haya que leer aquí una crítica a los responsables de estos funcionarios a los que la falta de medios impide ahondar más.

¿No es eso lo que se puede deducir de estas palabras de Cupido?: Que a pesar de todo el Estado de Derecho, la policía dedica más tiempo a demostrar la culpabilidad de un sospechoso que a demostrar su inocencia.

—Sea pequeño o grande el asunto, siempre consistirá en no hacer trampas y, al mismo tiempo, en evitar que te las hagan a ti. Sus propias palabras caracterizan a este detective.

Asegura que al inicio de cualquier investigación sentía entusiasmo ante el reto de resolver un enigma –es literal-  […] y un vago temor hacia lo que descubriría: dolor, odio, ansia de poder, prerrogativas de alguien sobre alguien, miedo a perder el amor, dinero, alguna primacía, algo querido.

Él penetra – y nos ayuda a penetrar- más hondo en los casos, mientras que la policía abarcaba más espacio. Así lo explica el propio responsable de la Guardia Civil.

Averigua hablando con los vinculados a los hechos, sacando conjeturas de las pequeñas observaciones.

Cupido no lleva a nadie frente al juez, no pone a nadie en el pasillo de la prisión. Aquí Cupido pone a los autores materiales frente al espejo de sus conciencias, ellos serán los primeros en juzgarse.

Perros mirando al cielo, ¿novela policiaca?, ¿novela negra? Novela humanista, porque cuestiona y nos hace cuestionar, porque pone el azar en el eje de nuestras vidas.


jueves, 12 de mayo de 2022

El cielo es azul, la tierra blanca

 

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, señala el subtítulo.

Eso es esta novela, la proyección en diecisiete estampas japonesas de una sencilla y tierna relación  entre dos.

Dos burbujas aéreas, deambulando erráticas. Entrechocan, pero les cuesta abrirse y hermanarse.

En esta unión sentimental se reconocen  todos los componentes de cualquier entramado afectivo, los mismos de ayer, de hoy y de mañana. “…, quien lo probó lo sabe; escribía Lope”.

Todo trato amoroso contiene cortejo, fingida indiferencia, incomprensión, oscilaciones, celos, volubilidad, ternura, añoranza, resignación, erotismo. Esto mismo encontramos entre Tsukiko Omachi y Harutsuna Matsumoto.

Ella tiene 38 años y un trabajo exigente, a veces la arrastra a largas y agotadoras jornadas; no sabemos mucho más. Vive sola, en el mismo barrio de su madre y de la familia de su hermano; pero no tienen mucho contacto, apenas el que exigen algunas celebraciones del calendario.

“Mi madre y yo nos quedamos calladas. Yo cortaba el tofu en silencio y lo mojaba en la salsa de soja con sake. Comía sin hablar. (Es más fácil hacer que decir). Ninguna de las dos decía nada. Quizás porque no teníamos nada que decirnos, aunque podríamos haber hablado de un sinfín de cosas. Pero no sabíamos de qué hablar. Aunque estábamos muy unidas, o precisamente debido a ello, no sabía qué decirle.”

 Él es un docente jubilado, en realidad fue profesor de la chica. Treinta años después, al coincidir en una taberna frente a la estación, él la reconoció enseguida, ella –según nos narra- no recordaba su nombre. Por esa razón lo empezó a llamar “maestro”, y así lo identificará en todo su relato.

“El maestro estaba sentado a la barra, tieso como un palo”. Él lleva siempre un atuendo clásico, impecable; siempre unido a su maletín. Es un conservador en el amplio sentido de la palabra, de costumbres y de objetos. El hábito de Tsukiko de beber sola en una taberna le produce rechazo, pero no parece estar incómodo a su lado, simplemente se lo dice. Tampoco aprecia que las mujeres se sirvan la bebida. En su casa guarda teteras que fue comprando  en las distintas estaciones desde sus primeros viajes. No tira las pilas usadas, un día le hicieron su servicio en un aparato eléctrico; con su medidor comprueba algunas todavía conservan alguna energía.

Ambos se desplazan por la gran ciudad de Tokio y entre sus varios millones de habitantes, sus varios millones de soledades. El profesor está oficialmente viudo, su mujer le abandonó, después murió en un accidente. Tiene un hijo de unos cincuenta años. Tsukiko nadaba también en soledad “Cuando intento recordar con quién salía antes de trabar amistad con el maestro, no se me ocurre nadie. Estaba sola. Subía sola al autobús, paseaba sola por la ciudad, iba de compras sola y bebía sola.” Ninguna de las relaciones emprendidas por Tsukiko llegaron a fraguar.

Tsukiko y el maestro transitaban sendas de aislamiento, de  abandono, de  incomunicación, de desamparo; hasta que un día se vuelven a encontrar después del instituto.

He tardado en entrar en su historia, estos dos personajes no me permitían tocar sus corazones. Los percibía lejanos, como cercados con alambre de espino.

Si coincidían en el local, pocas palabras, pocas miradas. Se acomodaban frente a la barra, concentrados en la cerveza, en la botella de sake, en la comida que tenían delante. Vendrían después algunas salidas extravagantes. Pero en general es la casualidad la que dibuja sus momentos juntos.

En el reencuentro frente al mostrador a ella le llama la atención que a su lado alguien ha hecho la misma comanda que ella, por eso le mira y de ahí surgen las presentaciones.

Hiromi Kawakami nos da muchos más detalles del alimento que pedían a la cocina de Satoru que de lo que sentían mientras disfrutaban de ellos. Porque la autora quiere señalar lo fácil que es referirse a lo exterior, a lo más superficial; y difícil que se hace conocer lo que nos rueda por dentro.

De pronto la relación amorosa se materializa, como el genio de la lámpara, que primero es solo humo y después una presencia viva y una esperanza de dicha. 

Empiezan a desvelarse ciertas circunstancias que perfilan su relación especial, su amor callado y contenido. Él es el profesor Harutsuna para la sociedad, para los otros; para ella es “maestro”. Las palabras delimitan sus espacios. Ella asegura sentirse más completa cuando está con él: “No dependía de su compañía, pero cuando estaba con él me sentía más completa”. Con el maestro aprendió a palpar que en la ciudad había otra gente, otras vidas; personas que disfrutaban del mundo, que lo odiaban, que lo sentían.

El tiempo va pasando, vemos su huella en el entorno, en los árboles, en los pájaros; el frío, la lluvia, el sol.

El  título retumba en mi cabeza. Es verdad que en nuestro imaginario el cielo es azul, aunque sepamos que puede alcanzar otras tonalidades. ¿Pero la tierra blanca? Esto ya es menos frecuente. Quizás blanca porque es como una página virgen en la que cada uno escribe lo que desea, cada uno caligrafía su propia historia de amor.

Este texto crece en el margen de lo habitual; porque no desvela unos hechos frecuentes. Este texto dilata la realidad, nos explica otras verdades. Refleja un mundo muy lejano y muy cercano a la vez.

Cuando se cierra un libro, no hay muchas posibilidades de que volvamos a abrirlo otra vez, lo sabemos. El texto se queda en ti, se instala en ti y vive en ti, como aquel ser querido que ya no ves. Esas páginas se fusionan contigo y permanecen en ti.

Unas más que otras.




viernes, 29 de abril de 2022

Progenie

 

En esta novela centellea una mujer: “Camino se pone las bragas y mira a su alrededor. Cree que no se deja nada. El sujetador ya está dentro del su bolso. Tira de la minifalda hacia abajo en un gesto de falso pudor, como si acaso alguien pudiera verla, y agarra la manija de la puerta con la mano derecha muy despacio mientras con la izquierda sujeta los tacones estratosféricos en los que ha estado subida desde las diez de la noche, hasta que Marco le regaló la horizontalidad al arrojarla contra la cama de uno treinta y cinco en la que ahora ronca como un león.”

Susana Martín Gijón nos la tira así a la cara en las primeras líneas.

Camino Vargas puede compartir una cama, pero para dormir no. Ella vive sola, su única compañía son las hormigas de su terrario. A veces las descuida, absorbida, hechizada, por algún caso.

La inspectora Vargas se encuentra temporalmente a cargo de la brigada de homicidios, sustituyendo al inspector Arenas, al que una bala en fuego cruzado llevó al coma.

Es verano y nos encontramos en Sevilla, el bochorno pegajoso nos sofoca desde el papel.

El grupo de homicidios se halla mermado. Arenas en el hospital, otro disfruta de vacaciones. Quedan cuatro. Fito, siente cierto resentimiento contra los que no tuvieron que luchar para salir de un barrio marginal que marcaba a fuego a los vecinos. Teresa con un pie en la jubilación piensa más en el Hola que en la policía. Lupe, la última en llegar, luchando en casa con marido e hijo y luchando en la brigada para hacerse un hueco. El oficial, Pascual, carga con un mal divorcio y carga con unos kilos de más, que combate midiendo calorías.

Con sus intuiciones me han empujado animosa entre estas líneas.

Susana Martín Gijón ha querido perfilar estos personajes y no ha llegado. Se han quedado en apuntes sin terminar.

Solo con Camino ha finalizado el croquis. Rompe un poco con el detective habitual, y no solo porque sea mujer, ya hay muchas.

Camino es rellenita, como dice Encarni. Tiene una larga melena rubia que remueve bailando salsa cada viernes en la Salsoteca, que se ata en coleta rápida cuando tiene que trabajar y no puede perder el tiempo en adornos. No hace ascos a unas copas que la animen y tampoco a un buen revolcón sin llamada de vuelta. Cuando trasnocha no tiene mucho tiempo para la ducha, me recuerda al detective improvisado de Eduardo Mendoza.

Le gusta comer, pero se olvida cuando trabaja. Porque en el trabajo es implacable. Para ella no hay balizas que la contengan, si tiene que valerse de atajos ilegales, lo hace. Todo por descubrir al asesino que se burla del orden ético. Camino Vargas es correosa, no le cuesta abrir la comitiva, con un pañuelo en boca y nariz, cuando se trata de enfrentarse a un cadáver que lleva varios días expuesto al calor. Usa ganzúas, le gusta el ajedrez.

Policía impaciente, mujer excesiva, que se atreve a tener claro que no quiere ser madre. Que lamenta entre lágrimas no dedicar demasiado tiempo a los que le importan.

Vive un poco al límite, se salta cualquier orden. ¿No estás huyendo de algo, Camino? ¿Quizás de ti misma?

“Y fue… no sabe quién fue el que lo sugirió, pero acabaron en el piso de él follándose de esa forma agresiva y ardiente que pretende espantar todo el vacío que uno acumula dentro.”

Progenie trata de mujeres frente a la maternidad. Mujeres que huyen de la forma convencional de ser madre. De clínicas de reproducción, de experimentos visionarios.  

La novela se divide en cuatro partes, cada una se abre con un retal de las vidas de María Jesús y Soraya. Susana Martín Gijón quiere distinguir estos fragmentos. Primero en la tipografía, aparecen en cursiva; después  porque estas dos mujeres caminan en el borde de la trama del libro,  hasta que al final saltan de lleno en él.

La autora en el desenlace las va a colocar en un espacio de privilegio. Porque quiere, porque Susana Martín Gijón amasa a su manera personajes e historias. Ella no copia en todo la realidad. Muchas mujeres en el libro disfrutan de puestos que en nuestro entorno normalmente ocupan hombres.

Es la apuesta clara de la mujer que está escribiendo.

En el caso complejo que les ocupa los policías se enfrentan con la maldad y resuelven, tranquilizan al que lee porque restablecen lo preceptivo. En eso no hay innovación respecto al esquema clásico de la novela negra.

Aparecen los cuerpos sin vida de tres mujeres, comparten un secreto y una decisión determinante en sus vidas. Un caso policiaco potente.

Tras las primeras diligencias, Camino  se afana: “Bueno, allá vamos.”

Allá vamos nosotros también. Seguimos a los diferentes miembros del equipo de Camino Vargas.

Susana Martín Gijón quiere aprovechar su libro para arremeter contra los que se oponen a la libre elección de las mujeres en su maternidad, contra la violencia de género.

Yo no sé si la novela es capaz de soportar una carga ideológica tan pesada, a veces se tambalea.

Entre las más de cuatrocientas páginas, sobra algún chiste fácil; alguna situación de comedia de serie B; algún tópico como el San Google, como los guiris de chancla y calcetín en el Barrio de Santa Cruz; como los paquistaníes que cosen nuestras ropas o la decoración ikeanense. Incluso se podría eliminar esa trama, que se cruza, sobre el mundo envidioso de los escritores. Además, aunque nos guste los problemas reales no se solucionan solo con un gato, precisan tiempo.

Pero este libro de ciento trece capítulos cortos, con una acción muy rápida, ha supuesto un gran entretenimiento.

Y por eso me ha valido la pena.