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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Malaherba

 



En la portada el primer plano de un niño, tiene unos diez años, no mira al objetivo, está abstraído. Sobre el pelo oscuro, rizado y algo alborotado sobresalen dos cuernos: el azar de la instantánea o la manipulación burlona del fotógrafo.

También la vida caprichosa manipuló con cierta burla la foto del pequeño Tambu, el protagonista de Malaherba, y lo colocó en una familia que se desquició. Su infancia se hace porosa a la vida enrevesada que estalla ante sus ojos.

“…ese día lloré por Claudia, y por todas las desgracias de los hijos que quieren a sus padres sin que sus padres sepan muy bien qué querer.”

La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo.” Así se abren estas memorias del joven Tambu. Una muerte que no es real da paso en esta novela a muchos pasajes opacos donde afloran  más intuiciones que certezas. Jabois sugiere hechos, va dejando hilos, y es el lector el que construye la tela, su propia tela. El propio título es un ejemplo: ¿Quién es Malaherba?, ¿qué es la mala herba?

El adolescente rememora astillas de su infancia: unos abuelos y sus desavenencias con los padres, una nueva casa en Pontevedra, el mundo de la droga en el barrio, la familia que se ha tronchado, el maltrato. Una escuela aburrida con maestros anticuados, sus briosas anécdotas. La amistad eterna de los primeros años; el miedo y las dudas del que está creciendo.

Tambu y su hermana Rebe, pocos años mayor que él, durante un breve tiempo se quedan a cargo de Armando, que vive arriba, con sus dos hijos Clara y Elvis.

Desde ahora vemos que dos mundos corren paralelos en la novela: el desdibujado universo de los adultos, y el infantil, más transparente, que conforman los dos niños y el entorno. Cuando uno crece brotan las incertidumbres y apremian las respuestas. Y si estas tardan puede ser irremediable.

Tambu y Elvis se descubren y descubren  la complejidad que les rodea. Son refugio el uno del otro. Elvis es su amigo, su apoyo, su igual, ¿su novio? (a esa edad aún no lo sabe bien). Elvis y él eran de los niños que no tienen más remedio que juntarse “porque se encuentran fuera de los sitios. La infancia de aquí no se identifica con el mundo feliz que con frecuencia dibuja la literatura. Se muestra más bien como la alta montaña que uno debe subir. Con guía resulta más sencillo, pero estos niños no la tienen.

“Me aprendí todas las capitales europeas con ese puzzle de la misma manera que aprendí muchas cosas de la gente a la que quería juntando sus pedazos.”

Esto no puede resultarle sencillo a un niño porque cuando empezamos a hacernos mayores necesitamos que alguien nos ayude a unir los trozos.

Su familia se hace añicos y los hijos pagan un alto precio. Me ha gustado la paradoja que plantea Jabois con el cambio de nombres del domicilio. Cuando vivían en la calle Salvador Romero “que había sido un fascista, o algo así”, la casa de Tambu lucía feliz; cuando el nombre se trocó en calle Rosalía de Castro, la poeta preferida de su madre, las luces se apagaron en el hogar.

Han pasado unos cuantos años, Tambu escribe desde la adolescencia pero se siente muy cerca de sus diez años y los plasma con mucho acierto y con mucha credibilidad. Los que lo leemos nos reconocemos en muchas de las sensaciones que se evocan en  ese discurso fragmentario.

El Tambu de ahora, el que escribe, arropa con tolerancia a los muchos desoficiados del barrio donde creció: “Eran malos, tampoco había otro oficio”. Sin embargo le cuesta mucho comprender la maldad gratuita de los que arremetían contra Elvis y contra él: “¿Por qué siempre hay alguien que te lo quiere decir a la cara, que quiere que sepas, que no se va tranquilo hasta ver cómo empiezas a sufrir?”

Él solo quiso defenderse y defender a Elvis.

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Salvar el fuego


“México fue equivocadamente adjetivado como un país surrealista. Nada más lejos de ello. Es un país hiperrealista, donde hasta los mínimos detalles se magnifican. Un país con propensión a los extremos. Y mientras la mayoría de la población lidia con una lucha cotidiana por subsistir, mis hijos y sus compañeritos asistían a clases de música, de inglés, de francés y practicaban deportes elitistas. Mis niños crecían tan en la pendeja como había crecido yo, encapsulados para no contaminarnos de ese país paralelo teñido de miseria, impunidad, corrupción y abusos.”

A través de Marina, Guillermo Arriaga esboza un México que le duele. Un retrato que  no es reflejo exclusivo de este país centroamericano.

Chorreando pintura, un brochazo rojo sangre destaca en la portada. Tacha los ojos de una mujer: un busto, velado, que deja adivinar una delicada belleza.

El título de la novela se aclara con las citas que abren el libro. El fuego es aquí la metáfora de la pasión, de un amor prístino;  un amor desnudo de convencionalismos, de afectación, de protocolos; un amor que hay que proteger porque simboliza lo que está limpio en el mundo embarrado que nos rodea, que rodea a Guillermo Arriaga, y contra el que desea rebelarse.

Marina y José Cuauthémoc pisan ambos tierra mexicana pero se hallan en esferas muy distantes entre sí. Ella es la brillante directora de una elitista compañía de danza moderna; una burguesa acaudalada que vive feliz en una colonia exclusiva con su marido y sus hijos. Él, un condenado por asesinato, se presenta como un titán: disfruta de una naturaleza y una formación colosales, esculpidas por el cincel de un padre resentido.

Los dos se ven arrastrados por una atracción voluptuosa desde el primer instante en que se encuentran, cuando ella asiste a unos talleres de escritura con los reclusos.

Una relación inverosímil, a veces, y ante todo desmesurada, como desmesurado es el fresco que Guillermo Arriaga diseña en su novela con gruesas pinceladas de rabia.

Excesivos son los muertos que van dejando tras de sí los enfrentamientos de las distintas bandas de narcos. Bandas que nunca desaparecen del todo porque de sus cenizas surgen otras.

“Galones de sangre derramada para que unos spring breakers en Wisconsin o en Nebraska se dieran pasones de cocaína y se pusieran turulatos con la mota. Risa y risa los pinches escuincles gringos y de este lado puro valle de lágrimas. Deberían darles una escoba y un recogedor para que vinieran a levantar el tiradero de cadáveres.”

Una crítica sin sutileza, pero llena de verdad y desconsuelo por el país de uno, vecino de poderoso.

Excesivos en sus contenidos son los relatos que escriben los presos en el taller literario, y que se intercalan en la novela. Nos revelan, como la propia novela en sí, la profunda sordidez de un penal; su dureza, la intensa soledad y también la exposición constante ante el otro, incluso en los actos más íntimos; la corrupción que rodea su administración; la amistad y el odio a muerte, como los que vive El Máquinas, impulsores del relato.

“Desde que había penetrado en el universo carcelario, mi perspectiva de las cosas cambiaba hora por hora. Un país paralelo se desplazaba a otra velocidad. Un país bronco que se regía bajo otras leyes y que progresaba en una dirección para mí por completo desconocida. (…) En mi existencia de capullo no había extorsiones, ni amenazas, ni asesinatos, ni represión, ni gases lacrimógenos, ni estampidas, ni muertos tirados en el pavimento. Ninguna de mis amigas, ni Claudio, ni su círculo de financieros egresados del ITAM, ni los bailarines de Danzamantes, ni las maestras de mis hijos imaginaban ese país indómito y feroz.”

Excesivos son los miembros de la familia de José Cuauthémoc: un padre de origen indígena alimentado por el rencor contra la remota invasión española, que quiso hacer de sus hijos unos superhombres por la vía de la mortificación, hasta llegar incluso a colgarlos en unas jaulas a la intemperie para fortalecerlos; aunque lo que consiguió fue destrozarlos a todos, incluidas la madre y la hermana.

“¿Qué alimentaba tu rencor indígena, tu resentimiento milenario? Explícame, por favor, ¿por qué te desquitabas con los de tu propia sangre?” Así se dirige a su padre muerto Francisco Cuitláhuac, hermano mayor de José Cuauthémoc.

Guillermo Arriaga hace de su escritura un grito desgarrado, lo mismo que el personaje principal de su novela: “Escribir para no enloquecer. Escribir para apuñar. Para apuntalar. Para apurar. Escribir para no morir tanto. Escribir para aullar, para ladrar, para tirar tarascadas, para gruñir. Escribir para provocar heridas. Escribir para sanar. Escribir para expulsar, para depurar. Escribir como antiséptico, como antibiótico, como antígeno. Escribir como veneno, como ponzoña, como toxina. Escribir para acercarse. Escribir para alejarse. Escribir para descubrir. Escribir para perderse. Escribir para encontrarse. Escribir para luchar. Escribir para rendirse. Escribir para vencer. Escribir para sumergirse. Escribir para salir a flote. Escribir para no naufragar. Escribir para el naufragio. Escribir para el náufrago. Escribir, escribir, escribir.”

Y así se queja el hermano de José de la realidad mexicana, comprobable también cuando se visita el país: “Los comerciales, en su vena aspiracional, solo presentaban blancos. Nosotros, los morenos de pelos lacios y de facciones toscas, no cuadrábamos en los cánones de la belleza, del estatus y del poder. La blancura como única vía de acceso a las esferas políticas y sociales más altas.”

Una novela construida con las voces de tres narradores: Marina, José Cuauthémoc y Francisco Cuitláhuac. El relato de este último está en cursiva, a diferencia de los otros dos. Hasta el final no encontraremos respuesta a esta curiosidad gráfica.

La larga narración se tiñe en ocasiones de morosidad; sin embargo se utiliza el recurso, bastante tópico, pero efectivo, de las anticipaciones: “Si precisara elegir el momento que transformó mi vida, ese sería el día que Héctor nos invitó a su casa de Tepoztlán.” O bien: “Pedro me hizo la propuesta que cambiaría mi vida.”  Y el relato fluye.

“Los presos continuaron leyendo sus escritos, hasta que tocó el turno a José Cuauhtémoc. Abrió un folder, sacó unas hojas mecanografiadas, carraspeó la garganta y comenzó a leer. «Manifiesto…Este país se divide en dos: en los que tienen miedo y en los que tienen rabia. Ustedes, burgueses, son los que tienen miedo. Miedo a perder sus joyas, sus relojes caros, sus celulares. Miedo a que violen a sus hijas…» Mientras lo leía, comencé a marearme. Cada palabra enunciada era una puñalada a la mujer que era, a mi familia, a mis amigos, a los míos. Me provocó náusea y dolor, confusión, inquietud. José Cuauhtémoc estaba en lo cierto, mi clase social se cagaba del miedo”.

Arriaga ha situado al comienzo de la novela el texto completo del manifiesto al que se refiere Marina en la cita anterior. Un fogonazo cegador al abrir la puerta. Una brutal declaración de principios y un puñetazo de rabia y resistencia.

Y al final elige lo genuino, lo verdadero, la pasión. El fuego.


sábado, 27 de junio de 2020

La hija extranjera


El desnudo y sincero testimonio de una joven de 18 años, originaria de Marruecos que vive con su madre en una ciudad del interior de Cataluña. Ambas, madre e hija, nacieron allá abajo,  pero la chica creció y se hizo aquí arriba.

Conoce la lengua de su madre pero no en todos sus matices. Esa brecha comunicativa hace palpable en la novela la divergencia cultural entre las dos mujeres. A través de una sencilla estampa cotidiana la narradora nos muestra esta diferencia: mientras la madre no se depilaba las cejas porque las marroquíes no lo hacían, la hija comienza a separarse de su madre pelo a pelo, y se va arrancando cada día uno para que no lo notara la progenitora, aunque sí se daba cuenta, y callaba.

Se siente la hija extranjera porque poco tiene que ver con la hija tradicional magrebí, pero también se siente la hija extranjera en el país de acogida porque aquí tampoco es como las otras chicas de su edad.

El libro refleja una herida de los que se sienten marcados porque son diferentes a los de aquí y a los de allí. Ella no tiene mundo, ni el de su madre ni este le pertenecen.

Al principio del relato la vemos tomar una decisión, difícil, muy difícil: irse de casa. Llega a subir al tren, pero se apea en la primera estación y vuelve, no puede hacerle eso a su madre. Retornará al hogar y, contra todo pronóstico, aceptará la boda con su primo, porque es la voluntad materna. La madre solo concibe esa opción porque es la costumbre, a la que siempre ha vivido sometida.

Con la lectura vamos comprendiendo por qué no se fue, en realidad existe un fuerte lazo entre ambas, las dos vinieron juntas desde el país de origen hasta Cataluña a buscar al padre, las dos tuvieron que sobrevivir sin ayuda. Podemos imaginar cuánto tuvo que trabajar esa mujer para sacar adelante a una hija pequeña en un país desconocido.

A su manera la madre fue una revolucionaria, una valiente, vino a buscar a su marido, pero cuando llegó él había formado otra familia, y declinaba sus responsabilidades con la primera.

Me admira de qué manera tan acertada consigue Najat El Hachmi adentrarse con la palabra en el resbaloso terreno de lo emocional.

La hija ha terminado el bachillerato, ha sacado una buena nota en la selectividad. Aunque no siente que eso sea una hazaña, como creen desde el ayuntamiento, ha hecho lo mismo que cualquiera de sus compañeros, pero mientras ellos no son héroes, porque en ellos es lo normal, en el caso de una alumna marroquí es una noticia que la lleva a las primeras planas locales.

 La muchacha sabe que debe buscar su propio camino, pero está bloqueada por los lazos emocionales que la ligan a su madre: no le puede dar la espalda a los hábitos de su gente.

Pienso en tantas mujeres españolas que hoy son abuelas y que tuvieron que acatar lo que la familia y la sociedad planearon para ellas. La hija de nuestro libro no lo hará.

El ámbito femenino tiene gran presencia en el libro, muchas ellas son de allá abajo y en nuestro país aparecen como recogidas sobre sí mismas, cobijadas por las murallas de su lengua, de sus vestidos, de sus rutinas, de su pañuelo. Quizás las actitudes que perciben en nosotros las lleve a esto. Se sienten muy lejos de sus varones, casi tanto como de los de aquí, igual que de las mujeres. Estas tienen una representación pequeña, pero significativa: las monjas del seminario donde trabaja la narradora, que ven con agrado las bodas tempranas, les recuerdan sus tiempos jóvenes; las responsables de asuntos sociales, que ignoran el camino para la integración del extranjero, aunque pongan su mejor voluntad…

Casi la totalidad de los hombres que se asoman a estas páginas portan un triste sello de descrédito, salvo A, que ha sido un compañero de clase. No puede saludarlo de forma efusiva –como le gustaría- cuando se lo encuentra, porque tiene miedo de los controladores que pululan por allí, enseguida contarían que la han visto en malas compañías.

El libro encierra mucho más, nos muestra el sentir de unos conciudadanos que viven muy cerca de nosotros pero a los que apenas conocemos.

domingo, 14 de junio de 2020

El baile



Fue un segundo, un destello inaprensible mientras se cruzaban «en el camino de la vida»; una iba a llegar, y la otra, a hundirse en la sombra. Pero ellas no lo sabían. Sin embargo, Antoinette repitió bajito:

—Pobre mamá...

Así termina El baile de Irène Némirovsky.

La joven Antoinette y su madre viven juntas, pero viven de espalda. Solo habrá entre ellas este fugaz cruce del final de la obra.

Antoinette se encuentra encerrada en su feúcha adolescencia, solo en sus sueños se ve bella y se siente amada como los personajes de sus novelas. Su madre, Rosine,  cuando era más joven, suspiraba también, delante de las historias de amor y lujo que leía en aquel viejo apartamento que compartían junto al padre. Hoy los tres habitan una excesiva mansión de nuevos ricos. Nemirovsky nos los describe como petrificados ante las nuevas costumbres domésticas que no controlan y que obligan a la presencia  continua e intimidatoria de los criados.

Nos encontramos en el París de principios del siglo XX, el matrimonio Kampf  se ha visto catapultado al orbe de los más ricos por un formidable golpe de suerte en la bolsa.

Rosine se irrita ante la idea de que la hija pudiera comentar con algún vecino sus humildes orígenes. No lo soportaría. Se horroriza ante una posible indiscreción con los criados. Sin embargo su trato con el servicio la denuncia. Su marido camina menos envarado por su nueva vida.

Los Kampf habitan tres burbujas que se encuentran cerca en el espacio pero los sentimos aislados unos de otros. La adolescente apenas recuerda ya cuando su madre la apretaba contra su pecho, porque su madre dejó pronto de pensar en la hija para concentrarse en ella misma, en todo lo que la vida le venía negando injustamente, según ella.

«Pobrecita mía», decía entonces Rosine acariciándole la frente. Pero una vez exclamó: «¡Ah! Déjame tranquila, ¡eh!, me molestas; mira que llegas a ser pesada, tú también», y Antoinette nunca volvió a darle otros besos que no fueran los de la mañana y la noche, que padres e hijos intercambian sin pensar, como apretones de manos entre desconocidos.

 

La madre no ahorra ninguna ocasión para tratarla con desprecio; odia, pienso, la juventud de su hija.

 

Y un día... por primera vez, un día había deseado morir. Ocurrió en una esquina, en medio de una regañina; una frase encolerizada, gritada con tal fuerza que los viandantes habían vuelto la cabeza: «¿Quieres que te dé un guantazo? ¿Sí?», y la quemazón de una bofetada. En plena calle. Tenía once años y era alta para su edad. Los viandantes, las personas mayores, eso no significaba nada. Pero en aquel instante unos chicos salían del colegio y se habían reído de ella al verla. «Y ahora qué, niña» ¡Oh!, aquellas risas burlonas que la habían perseguido mientras caminaba, la cabeza gacha, por la oscura calle otoñal. Las luces danzaban a través de sus lágrimas.

 

Estos arribistas buscan el reconocimiento de la alta sociedad dibujada por Nemirovsky con más grises que blancos. Han decidido organizar un baile para doscientas personas. Con esta fiesta pretenden alcanzar la posición que creen que les corresponde. No les va a resultar fácil encontrar tan alta concurrencia, no tienen tantos conocidos entre “la buena sociedad”, plagada de estafadores, advenedizos y malos comienzos. Aunque, ¿qué importa lo que fuiste ayer si hoy tienes dinero?

Entre  los presentes no podrá faltar una prima a pesar de que los tres la detesten, será el testigo necesario para que el resto de la parentela hierva de envidia.

Mme. Kampf ha depositado todas sus esperanzas en la fiesta, ¡qué harían si no saliera bien! Su marido se muestra más moderado y práctico: poner la otra mejilla, como manda la Biblia; es decir, preparar nuevos eventos: él confía en el dinero como llave para todo.

Rebuscan entre las tarjetas que han amontonado estos últimos tiempos, entre los nombres que acumulan en cuadernos de notas, que en realidad no corresponden a amigos, ni siquiera a próximos. Han participado en algún encuentro social y han recogido esta lluvia de cartoncitos o direcciones, entregados sin mucho interés.

Bajo ningún concepto la madre va a permitir que la joven Antoinette asista al baile, ni siquiera un rato. La presencia de una hija adolescente evidenciará que Madame Kampf ya tiene cierta edad, y lo que ella quiere es vivir ahora lo que no pudo vivir de joven, cuando se veía obligada a zurcir sus medias. Es su última oportunidad para saborear el placer que la pobreza le robó: “Quiero vivir yo, yo”.

La reacción de la hija, humillada,  sorprenderá al lector. Se une en ella venganza e irreflexión: la narración da un giro brutal. Los lectores conocemos lo que los padres ignoran.

Una herida muy profunda supura a través de este libro.  Nemirovsky carga contra la hipocresía, contra la vulgaridad, contra el dinero, contra el egoísmo, contra la indiferencia de su propia madre.

Nos deja un relato amargo que deja un regusto acre.

 



martes, 2 de junio de 2020

El pabellón No. 6




Al leer los cuentos de Chéjov –escribía Gorki- uno parece sumergido en un día triste de finales de otoño, cuando el aire es tan transparente y en él se recortan con punzante nitidez los árboles desnudos, los estrechos edificios, la masa gris de la muchedumbre. (…) La mente del autor, como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las retorcidas calles, las sucias y apretujadas casas en las que se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados llenando sus casas de un insensato y soñoliento bullicio.
Las siguientes palabras de las primeras líneas de El PABELLÓN NÚMERO 6, presagian el lugar -olvidado de todos, abandonado por todos- al que nos dirigimos.
Bosque de maleza, ortigas y cañas; techo herrumbroso; chimenea medio derruida; escalones podridos y cubiertos de hierba.
Se trata de un edificio que está separado del desamparado hospital de la ciudad por una tapia gris con clavos con sus puntas hacia arriba.  Es el Pabellón número 6.
Al abrir la primera puerta, entramos en el zaguán. Aquí, junto a las paredes y a la estufa se amontonan montañas enteras de desperdicios viejos del hospital. Colchones, batas viejas y rotas (…), zapatos gastados que ya no sirven para nada; todos estos harapos tirados en montones, aplastados, en desorden y pudriéndose, exhalan un olor sofocante.
 Más adelante se entra en una habitación grande y destartalada, donde se amontonan también cinco hombres: arrastran una existencia huera, como esos objetos inservibles de la anterior cita; se hallan apartados del mundo, profundamente solos. Se encuentran echados o sentados en camas atornilladas al suelo: Son los locos. Así lo escribe el propio Chéjov.
Nikita es el que se encuentra más cerca de estos marginados, lo han puesto ahí de vigilante; es el perfecto cumplidor, un hombre simple que actúa de manera práctica; un ser obtuso que no conoce otra manera de mantener el orden que con golpes: a ellos hay que pegarles.
Me pregunto por qué para algunos –incluso hoy- está legitimado pegar al diferente.
De entre todos estos atormentados bultos deshumanizados, Chéjov destaca a Iván Dmítrich. Nos relata su biografía. Desgracias familiares deshicieron una vida ordenada y lo convirtieron en ocupante del pabellón número 6: se despeñó desde la más elevada coherencia hasta las simas de la manía persecutoria.
El doctor Andrei Efímych viene a hacerse cargo de la institución médica. En su juventud él quería profesar, pero su padre lo obligó a estudiar medicina. No es un médico vocacional, pero comprende que el centro necesita reformas profundas: tanto los enfermos psiquiátricos como el resto yacen allí aparcados; hombres y mujeres desesperanzados, de los que nadie se va a ocupar.
Pronto el doctor Efímych va cayendo en la indolencia y en la apatía. Pierde todo interés por los enfermos ¿Qué más da? Todos vamos a morir: es su argumento. Permite  que seres ignorantes, egoistas y sin escrúpulos manejen los pocos fondos públicos que llegan y se hagan cargo de la práctica médica. Actúa con una cobardía disfrazada de determinismo.
Pero un día el azar lo llevará delante de Iván Dmítrich, ese loco al que vimos cuerdo. Y ya nada volverá a ser igual. La línea entre la cordura y la locura es muy fina.
Chéjov refleja en su relato un amargo reproche por aquellos que no sienten respeto por los otros, por los diferentes. Desprecia la vulgaridad y critica aquella sociedad rusa, aunque en realidad censura todas las sociedades porque lo que él juzga es el alma humana.
El doctor Efímych es como –en palabras de Gorki- los que sueñan cuán bella será la vida dentro de doscientos años y a ninguno le viene a la cabeza una pregunta tan sencilla -¿y quién, entonces, la hará más bella si nosotros no hacemos otra cosa que soñar?



jueves, 21 de mayo de 2020

A corazón abierto





Cuando tu vida se va plagando de ausencias demasiado pronto has de esforzarte por no perder los rostros y las voces en la bruma del recuerdo. Las fotos no bastan. Hay que concentrarse en rescatar del olvido momentos que pueden estar a punto de perderse. Dicen que olvidar es una actividad saludable del cerebro, pero ¿y si uno teme perder lo poco que la memoria conserva?

Ante todo se trata de recuperar el recuerdo de Manuel, su esposa y sus hijos, antes de que el tiempo lo desvanezca todo. Elvira Lindo lo hace apoyada en recuerdos moldeados por la ficción, con una mezcla de impudor y respeto, como dice ella misma.

En esta novela se recrean momentos de la vida de la autora junto a sus padres y hermanos. Todo se centra en la pareja de progenitores, de manera especial en el padre, así como en la niñez y adolescencia de la autora, y secundariamente de sus dos hermanos y su hermana. Adivino una huida a profundizar en el territorio de los hermanos, ya que podría resultar comprometedor. Siente mayor libertad para hablar de los padres y de ella misma.

En los últimos tiempos la literatura española se viene liberando de una suerte de corsé que tradicionalmente ha reprimido la intimidad explícita en sus textos. Hace unos meses yo escribía en este blog sobre Ordesa de Manuel Vilas, ejemplo claro de dicha liberación.

Realmente no sé si esto es solo una cuestión exclusiva de nuestro país: creo que este rechazo a relatar lo más personal no es tanto una cuestión geográfica como individual. Aunque probablemente sea cierto lo que defienden muchos teóricos, que la intimidad en literatura se ha convertido ahora en un género frecuente.

De alguna manera este libro constituye un viaje hacia el interior de cada uno de nosotros, porque podemos recorrer mucha parte de nuestro mundo familiar y emocional mientras leemos estas páginas, y quizás mucho más después de cerrarlas.

Además, detrás de las evocaciones de esta escritora, que ya ha superado los cincuenta, realizamos indudablemente un viaje a la historia reciente de España, así vemos que sus padres crecieron y se forjaron durante la Dictadura y los hijos lo hicieron durante la Transición. Este hecho marca unas diferencias más profundas que las propiamente generacionales. Los lectores que, al igual que la autora, hemos rebasado ya la cincuentena vemos un reflejo de nuestras vidas en lo que se relata.

Constituían una familia de clase media alta representativa del momento, con una madre característica de los cincuenta, o sea, educada para seguir los designios del marido y ocuparse de la casa y de los hijos. Pero también vemos a una madre que se rebela a su manera contra la sumisión, lo que tampoco era raro . Estas situaciones frecuentes entre muchas parejas solían acarrear tensiones que los hijos sufrían porque nadie les explicaba lo que estaba sucediendo. Seguro que muchos desarreglos emocionales de los adultos de hoy encuentran su origen en estos episodios: hay cosas que uno no olvida.

El tiempo que se afana en su labor de aliviar el dolor no cura las heridas, las almacena y las devuelve el día menos pensado.

Esta idea subyacía también en Lluvia fina, de Luis Landero, que se comentaba hace unos meses en este blog.

Manuel y su esposa fueron de aquellos padres que les tocó sufrir el franquismo en la vida de cada día, ellos se habían quedado aquí, no integraban el grupo épico del exilio, era también una cuestión de edad: aprendieron a vivir con la dictadura. La política, sin embargo, no tiene mucha entidad en el libro, porque no la tenía entonces en nuestras casas. Luego la traerían los hijos militando de forma más o menos clandestina en partidos de izquierda.

Esos hijos empezaron a relacionarse con otros jóvenes de manera muy diferente a como lo habían hecho sus progenitores, que asistían asombrados al despegue de la libertad sexual de la que por cierto, de alguna manera, se beneficiaron muchos padres, las madres menos.
 
Fueron padres que no habían realizado estudios superiores, pero que llevaron a sus hijos a la universidad, padres –aunque aquí no fuera el caso - que sufrieron la droga en el cuerpo de sus hijos. Unos padres que aspiraban a una España nueva sin conexión con aquella previa a la guerra.

Muchas vivencias, hechos políticos, detalles cotidianos que viví han emergido con esta lectura, que se cierra en un episodio emocionante.




martes, 12 de mayo de 2020

En la Patagonia




EN LA PATAGONIA es un libro de viajes que rompe con la ortodoxia del género; su autor, BRUCE CHATWIN, no realiza una descripción de un espacio, sino que te adentra y te envuelve en su propio periplo.
Este hombre polifacético nació en Inglaterra en 1940 y murió en Niza, con tan solo 48 años. Los que lo conocieron dicen de él que fascinaba tanto por su aspecto como por su conversación,  y que esta hallaba una prolongación natural en su prosa. Chatwin fue viajero, fabulador, sibarita, excéntrico, caminante incansable, refinado, desgarbado, histriónico. 
Era el experto en impresionismo de Sotherby’s. Viajó a Sudán a recuperarse de ciertos problemas de visión, ocasionados por su trabajo, y a la vuelta se mostró desencantado por el mundo del arte. Inició de manera brillante estudios de arqueología, aunque los dejó pronto. Fue después colaborador del Sunday Times Magazine. Ahí se localizan  sus primeros contactos con la escritura.
Con un simple telegrama: "Me he ido a la Patagonia" cortó su relación laboral. Estuvo en la zona durante seis meses y de ahí surgió este libro, escrito a los 37 años, que se abre de esta manera tan sugerente.
En el comedor de la casa de mi abuela había una vitrina, con un trozo de piel en su interior. Un trozo pequeño, pero grueso y correoso, con mechones de pelo áspero y rojizo.
Desde pequeño se sintió atraído por aquel fragmento de brontosaurio, le dijeron que era. Tardó años en descubrir que el animal era en realidad un milodonte, o perezoso gigante, que se había desarrollado durante la época prehistórica en la Patagonia, conservándose este ejemplar entre sus hielos.
Ese fragmento de piel fue un regalo de boda que su abuela había recibido de su primo, el marino, Charley Milward.
Ella le había prometido que a su muerte sería para el nieto. Pero cuando la anciana falleció y él reclamó su ansiado trofeo su madre le respondió que lo habían arrojado a la basura.
Este libro recoge la narración del viaje realizado a Patagonia siendo ya adulto. ¿Buscaba la estela de Charley Milward? ¿Quería encontrar otro fragmento de piel que sustituyera al perdido? ¿Deseaba volar a nuevos espacios interiores en contacto con aquella legendaria región? Creo que todo a la vez.
Ligero de equipaje recorrió ese territorio mítico. Se movió en transporte público, de paquete en algún camión, como pasajero en el auto de un conocido; a pie, cuando el territorio lo exigía: se fiaba más de sus piernas que de las patas de un caballo, contestó en alguna ocasión.

En capítulos breves el viajero va trazando una ruta perfectamente identificable en el mapa. Viaja hacia el sur desde La Plata. Primero por la zona de la costa atlántica, y después hacia el área patagónica colonizada por galeses, en la frontera con Chile. Vuelve después a la orilla atlántica. Desciende hasta la zona más austral de Sudamérica, atravesó Tierra de Fuego hasta Punta Arenas.
Peregrinó por desiertos, playas, montañas, ríos; moviéndose de Argentina a Chile, porque a veces una región no sabe de divisiones administrativas. Hay descripciones en diferentes cronologías; visitó casas que con el tiempo ya no eran de sus propietarios originales. Soportó frío extremo y calor sofocante, sufriendo siempre el obstinado viento regional.
Dentro de aquellos límites geográficos va trazando su propio mapa humano. Busca el rastro de la primera colonia de galeses en la Patagonia. Encuentra alemanes, escoceses, bóers descendientes de los “afrikaners” más intransigentes, exiliadas rusas que habían huido de Alemania tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, misioneros persas procedentes de la universidad de Teherán. Algunos personajes, como estos, son solo una alusión, a otros los reviste de mayor entidad. Así Su Alteza Real el Príncipe Philippe de Araucania y Patagonia (al que el viajero visitó en su exilio de París), desdendiente del primer rey con ese título: Orélie-Antoine de Tounens, que en 1859 viajó desde Périgueux en Francia hasta la Patagonia persuadido de que los araucanos lo eligirían rey de su nación joven y vigorosa. Seguirían Butch Cassidy y su banda de forajidos, que se desplazaron hacia el hemisferio sur para continuar delinquiendo, y cuyo rastro el viajero fue localizando, siguiendo muchas de sus rutas. El trotamundos también se encuentra con el salesiano Manuel Palacios al que, recluido en la locura senil, poco le quedaba de su hondo conocimiento antropológico sobre Patagonia.
Y ya por fin aparecen las primeras huellas del gran marino Charley Milward, cuyas aventuras en el mar componen una parte del libro. Pero junto a él hay que mencionar a Antonio Soto, un gallego del Ferrol, que conoció a Franco y que encabezó una revuelta anarquista en aquellas tierras; o a Simón Radowitzky, uno de los prisioneros más conocidos del presidio de Ushuaia.
Se menciona a Darwin y a los castores invasores que destruyeron bosques, a los indios que fueron llevados como trofeo a Londres y aquella ocasión en que un marinero perdió la nariz al sonársela a causa del frío extremo y un capítulo lleno de terror que alberga la historia de la secta de los brujos varones…
Constantemente me preguntaba mientras leía sobre la veracidad de lo narrado. ¿Se inventó una parte? Y a quién le importa. 

Es un fabulador natural, que funde en sus relatos saber científico y erudito y, sobre todo, pasión por lo que cuenta.
Realiza sucesivas descripciones vigorosas que devuelven la experiencia vivida a los que han estado allí y que invitan con fuerza a los que nunca fueron. Muchas como esta: Un encaje de ondulados peñascos blancos danzaba en torno del horizonte. La superficie del suelo estaba salpicada de costras chorreantes de color purpúreo.
Llegó por fin a la cueva donde se suponía que Charley Milward había hallado el trozo de piel. Y entonces, vi asomar de un ramo unas hebras de aquel pelo áspero y rojizo que conocía tan bien. Las desprendí cuidadosamente, las deslicé en un sobre y me senté, inmensamente satisfecho. Había logrado el objetivo de aquel ridículo viaje.
—¡La Patagonia! —exclamó—. Es una amante exigente. Te embruja. ¡Es una hechicera! Te atrapa en sus brazos y nunca te suelta.
Así se expresa algún personaje.

domingo, 26 de abril de 2020

El cielo llora por mí



    He vuelto a Managua con esta novela. Visité Nicaragua en 2013, los recuerdos se mantenían dormidos y esta lectura los ha reavivado. Ahora he disfrutado de un viaje íntimo contra el olvido. Las que siguen son algunas de una de las muchas notas descriptivas de Sergio Ramírez sobre la capital de su país. Algo de eso fue lo que yo vi.

    "Bajo la urdimbre de las mantas publicitarias que se entrecruzaban sobre la pista, y que las manos subrepticias de los menesterosos descolgaban de noche porque bien servían de cobija, Managua enseñaba sus mismos precarios decorados."

    Las avenidas se encontraban atravesadas por enormes pancartas sujetas a altos postes con eslóganes publicitarios o institucionales. Eran de un material parecido a lona impermeabilizada, no era raro, por tanto, que las usaran los indigentes para taparse del frío de la noche.
Precarios, porque la capital nicaragüense fue destruida por un terremoto en 1972 y le costaba rehacerse, crecer, en medio de una economía desfavorecida.

    "Muros pintarrajeados de consignas, bajareques en aglomeraciones sin concierto, recovecos, ripios, tabiques de catrinite y techos de asbesto, enjambres de alambres eléctricos que se podían tocar con sólo alzar la mano, cafetines de mesas derrengadas, (…)
(…) junto al abandonado parque de ferias La Piñata la bulliciosa parada de microbuses interlocales que hacían la ruta a las poblaciones vecinas a Managua, y que sometidos a continuos accidentes por la temeridad de sus chóferes habían sido bautizados con humor impotente como “intermortales”, las aceras robadas al transeúnte por las mesas de las refresquerías y las fritangas, la humareda de las hornillas suelta en el aire que olía ya de todos modos al diésel quemado de los escapes."

    Yo tenía la impresión constante de que Managua estaba a medio hacer. Al caminarla sentía la desazón de la falta de armonía. Junto a edificaciones -muchas ostentosas-, financiadas sin duda con capital extranjero, brotaban centros comerciales y restaurantes básicos en su diseño y construcción. Vecino a esto era fácil encontrar parcelas devoradas por la vegetación y el abandono. Así mismo no faltaba algún jardín modesto, pero cuidado con mimo, que gozaba de un encanto especial, el que le daban sus visitantes varios que parecían disfrutarlo mientras paseaban –algunos de la mano- o se sentaban en sus bancos: era de todos. Descomunales rotondas articulaban las grandes vías de comunicación; en muchos casos el protagonismo era el de las obras, interrumpidas por frecuentes aguaceros.
    
    En ciertas zonas de la ciudad dominaban las casas, pretenciosas en gran parte, bien protegidas con rejas y alambre de espino electrificado, todas con diseño ramplón. La prosperidad estaba marcada por la abundancia de seguridad privada, y no por el acertado mantenimiento de pavimento, acerado o alcantarillado. Te sorprendían a cada paso los excesivos manojos de cables que colgaban de postes sobrevolando por encima de los transeúntes, y efectivamente, casi al alcance de la mano.
Se descubrían locales de comidas y bebidas de lo más variopinto, algunos enormes, a medias entre mesones y cantinas, con música atronadora, sólido mobiliario de pesada madera o ligeras mesas y sillas de plástico; con plexiglás para proteger de las lluvias intempestivas. Y todo con cierto aire de abandono en el mantenimiento. El servicio siempre era amable, como en los mercados, donde faltaban seguramente los estándares higiénicos de aquí, pero donde sobraba la dedicación y el esfuerzo del personal. Las viviendas en diferentes zonas eran habitáculos rayanos en chabolas. Los puestos de venta de distintos artilugios y comidas pintaban una nota más del panorama urbano. Y todo  envuelto en el estruendo de un tráfico temerario de camiones, carromatos, autobuses destartalados, taxis, camionetas, ocasionales automóviles de alta gama…

    Me recordaba en algunos momentos a la España de mi infancia y a la vez, en muchos aspectos, se parecía a la España de 2013.

    Sergio Ramírez ha elegido este marco para localizar una trama policiaca, que tiene también mucho de novela social, pues es cierto que el autor centroamericano no se conforma con mostrarnos el caso delictivo descontextualizado, como es frecuente en el género negro. En el relato del autor nicaragüense además de ver esta Managua exterior, accedemos a distintos interiores que nos dibujan una precariedad generalizada, que se extiende a los medios utilizados por la policía. Podemos entrar también en distintos domicilios, desde los más comunes a los más ricos, que son en este caso concreto los de los acaudalados delincuentes: fastuosos y chabacanos. Cuando viajamos a la manera habitual echamos de menos conocer cómo se vive en el interior de los domicilios, al viajar a través las páginas de un relato todas esas interioridades son susceptibles de aparecer.

    De la misma manera en esta novela se muestra una radiografía del nicaragüense: la guerrilla anti Somoza pesa en el libro como en el imaginario del país: muchos de los personajes estuvieron implicados con ella, tanto los policías como los malhechores: todos buscaban una nación más justa, muchos siguen en ello; otros cayeron del lado de la criminalidad. También los hay, sobre todo aquellos que fueron alzados a las altas esferas, que olvidaron completamente los principios  izquierdistas. Denuncia el autor los conflictos sociales enconados, las aparatosas celebraciones de inauguraciones o actos religiosos. Sorprende que este país tenga ahora este acentuado apego religioso teñido muchas de las veces con la superstición.

    Conocemos Managua a bordo del baqueteado Lada del inspector Morales, miembro de la División de Drogas. Dolores Morales –cuya prótesis de pierna no le resta efectividad en su tarea- desempeña sus funciones en Managua; su colega Lord Dixon, es subinspector en Bluefields, enclave urbano en la costa atlántica. Dicho sea de paso, para volar desde allí a la capital por asuntos de trabajo tiene que pedirle préstamos a su tía, porque los presupuestos de la policía no alcanzan para su billete. Ahí tenemos un apunte entre cómico y estructural en aquel país. El jefe de ambos es el habilidoso Comisionado Umanzor Selva. Junto a ellos las pesquisas las completan doña Sofía y Fanny, que  conforman elementos más de vodevil que de trama negra. Entre todos consiguen deshacer el programa de narcoturismo que se habían montado los capos colombianos, quienes ayudados por delincuentes autóctonos, buscan ocultar por un tiempo a narcotraficantes con algún problema judicial. Los investigadores se saben humildes, ellos indagan, descubren y la DEA estadounidense se lleva los méritos. Morales se indigna contra la prepotencia del poderoso vecino del norte, que incluso se va apoderando de la lengua de su país, cada vez más invadida de americanismos.

    Una intriga muy bien trazada en definitiva. Y un cuerpo de policía que lucha contra poderosos capos de la droga con menos medios que estos.

David contra Goliat. Puede que no venza David, pero tampoco vencerá Goliat.












miércoles, 8 de abril de 2020

El mapa de los afectos



El pasado dos de abril leía en Babelia un artículo de Antonio Muñoz Molina donde aseguraba que en este periodo de confinamiento se están creando variados diarios personales con los que muchos pretenden expresar lo que están viviendo, cada cual a su manera: escribiendo, dibujando, en un collage… Están dibujando entre todos el mapa inmenso y me­ticuloso del presente. Decía exactamente.

Un mapa semejante es el que traza Ana Merino en esta novela. Ella lo realiza uniendo puntos como guiándose por el puntero aleatorio de una güija.  Al final de la lectura tenemos la representación de una porción de vida en un pequeño pueblo del Medio Oeste americano en un periodo aproximado de dos décadas.

Cada punto representa un personaje que durante dicho periodo entra en contacto de manera más o menos fortuita con otro u otros de sus congéneres. Entre los protagonistas, como entre todos nosotros, se establecen redes que nos ligan, unas veces de manera voluntaria pero otras por pura casualidad.
Pero no esperemos alcanzar una representación exacta y completa de una realidad vital, semejante a aquella que pretendía el realismo. Aquí, sin embargo, se observa un deseo claro de hacer patente el fragmentarismo que nos conforma, pues la autora aboga por la idea de que la única percepción del mundo que nos está permitida es la parcial.

Cuando se nos presenta una escena de vida cualquiera, la interpretamos condicionados por nuestras propias vivencias. Eso que vemos se fusiona con nuestro yo y genera un escenario que nunca sabremos cuánto tiene que ver con lo que en verdad acontece. Algo así le sucedió a Gina.

El azar juega en este mapa un papel relevante, como lo juega en la vida real. Así, el incendio tuvo lugar cuando ya todos habían salido del club, de no haber sido así, las vidas de Alfredo o Emily habrían corrido otra suerte; el reventón en el coche de Alfredo terminó con el vehículo frenado bruscamente en el sembrado, y no empotrado en la camioneta de Rita que volvía a casa con las compras de la semana y el depósito lleno…

En el relato de Ana Merino se yergue en algún momento la justicia poética en esa cabeza que rueda separada del cuerpo. La autora toca con su mano el mundo de sus criaturas, lo moldea. También nosotros en muchas ocasiones podemos trocar lo que nos sucede, liberándonos de la coraza del destino. Alguien aquí no pudo hacerlo y le cayó el peso de una losa que aniquiló lo que estaba siendo una vida más o menos feliz.   

La denuncia de muchos de los males de nuestra sociedad se disfraza de literatura en esta novela: el falso feminismo; las playas españolas del sur peninsular donde el agua arrastra cadáveres de muchos que buscaban una mejor vida; los muertos mexicanos que se perdieron entre el polvo del desierto en la frontera.

El tornado que sufren en la novela adquiere una simbología especial en estos momentos que vivimos. En algún sitio he leído que alguien compara uno de estos huracanes frecuentes en la zona con este periodo de confinamiento. Cuando todo termine saldrán del sótano –o saldremos de nuestra casa- y veremos qué consecuencias han sufrido nuestras vidas.

Cuando James volvió a casa, su abuela lo recibió emocionada. Su nieto ya no volvería a ninguna otra guerra y todavía le quedaban los brazos intactos para aferrarse al futuro.

miércoles, 1 de abril de 2020

Sostiene Pereira






Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. En estas dos líneas del comienzo se plasma mi percepción de la novela. Al principio del texto aparecen una serie de hechos algo ambiguos, hasta incoherentes algunos, incómodos, cansinos; pero los eventos del final de la novela los aclaran, los engrandecen, los dignifican.
Detrás de este “sostiene Pereira”, repetido tantas veces a lo largo del relato, se encuentra un narrador que al principio me parecía más un fiscal, que daba cuenta de unos hechos ante un tribunal. Quizás Tabucchi quiso fundir las dos figuras en una sola, porque en esta novela se encierra un juicio: el que se hace a cada una de nuestras conciencias. Sobre cada lector sobrevuela una pregunta: ¿Qué habría hecho yo? La expresión “sostiene Pereira” va hilvanando las distintas vivencias de un cambio en su protagonista.
“Le conoció un día de verano”. Cuando Pereira conoció a Monteiro Rossi no era un verano cualquiera, era 1938, la dictadura salazarista campaba en Portugal. Unos sencillos, y ásperos, brochazos nos ubican en la dureza y la intransigencia del régimen totalitario. Por las calles corrió la noticia del asesinato de un carretero alentejano, esto fue el germen de diversas revueltas entre los portugueses. Había que conocer la verdad en las calles, en los periódicos no aparecía, la tinta de la prensa se vertía en eventos mucho más frívolos.
Pereira, un hombre ensimismado y gris duerme en su rincón. Su amigo el párroco don António le reprocha que no esté al día de lo que se vive a su alrededor. Yo también le hubiera cogido por las solapas y le habría sacudido para que despertara y viera esa Lisboa que rezumaba control policial, violencia e intolerancia. Pero Pereira al final me ha enseñado que se puede agarrar la vida y zarandearla.
 “Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía.” No había ninguna luz en la Lisboa del Pereira que conocemos al principio, su vida de tedio se reflejaba en una ciudad que lucía mate; su dificultad al caminar transmitía fatiga a los adoquines lisboetas. Esa luminosidad a la que se refiere el comienzo no la sentiremos  como tal hasta finalizar el relato, el desenlace proyecta claridad sobre cada una de las páginas que preceden.  Algunos puntos que quedaron más borrosos, más opacos, más negros adquieren una nueva dimensión cuando los miramos desde la conclusión.

Me pesaba la espera, quería dejar de leer, Pereira me irritaba. Creía que se dejaba engañar, pero era yo la que quizás lo miraba con ojos mezquinos, con ojos pobres. No siempre la verdad está en la superficie, hay que escarbar para encontrarla. Luego llegó la oportunidad de salvarse ante los ojos lectores. En realidad, no sucedió todo de pronto, el texto nos ha mostrado señales en diferentes momentos. La decisión final se ha ido fraguando ante nosotros.
El comentario último de Tabucchi desvela, alumbra, pero no explica, porque no hay respuesta. También eso ha estado ahí todo el tiempo, dibujándose en muchas páginas, en las que Pereira asegura que no sabe por qué hace lo que hace.
¿Por qué dijo eso Pereira? ¿Porque estaba solo y aquella habitación le angustiaba, porque de verdad tenía hambre, porque pensó en el retrato de su esposa, o por alguna otra razón? Eso no sabría decirlo, sostiene Pereira.

domingo, 8 de marzo de 2020

Mi planta de naranja lima





Mi planta de naranja lima fue publicada por José Mauro Vasconcelos en 1968. Se trata de uno de los autores brasileños más leídos y divulgados de todo el siglo XX. El pasado 26 de febrero se celebró el centenario de su nacimiento.
Dos planos de contenidos flotan en el espacio de este texto, uno realista y otro dentro de la más pura fantasía; atravesados ambos por hilos de humor, ternura y a veces de un sentimentalismo algo excesivo.
Retrata una porción de la vida en Bangú, un barrio de clase media baja en Río de Janeiro. Allí nació José Mauro Vasconcelos, por lo tanto el relato se halla traspasado de resonancias biográficas. No estamos ante descripciones realistas a la manera más clásica, son meras pinceladas que se van asentando en la narración del pequeño Zezé, el protagonista de apenas seis años. El lector reconstruye la vida y la atmósfera del barrio a partir de un texto de tono fresco e inocente, que dulcifica las duras aristas de la desigualdad que gobierna la zona.
A través del discurso infantil se transparenta un mundo donde la vida es difícil. Su padre está en el paro y su madre trabaja todo el día en una fábrica de tejidos, que existía realmente. Mamá nació trabajando. Nos cuenta Zezé que empezó a los seis años, que la sentaban encima de una mesa donde limpiaba y secaba herramientas. Era tan pequeña que se orinaba en la mesa, porque no podía bajar sola. Él se puso muy triste cuando oyó esta historia y se prometió que cuando fuera poeta y sabio, -era esa su aspiración en la vida- le leería sus poemas. La fábrica era un dragón que todo el día tragaba gente y de noche vomitaba un personal muy cansado. Además, no me gustaba por lo que mister Scottfield le había hecho a Papá… El lector puede completar lo que falta.
Son muchos hermanos, los mayores se encargan de los más pequeños. Zezé con sus cinco años se ocupa del inmediatamente menor. Y en su relación se abre ese plano de la fantasía. Sin moverse del patio trasero viajan al Far West a lomos de una gruesa rama de árbol o visitan un zoo peculiar cuya pantera era la gallina negra del pobre gallinero. El universo infantil corre paralelo al de los adultos.
Zezé lo habla todo con su planta de naranja lima, a la que llama Minguinho. Ella le contesta y le sirve de refugio. A veces acudía a ella llorando tras alguna paliza. Era frecuente que le castigaran. Él mismo había asumido que tenía el diablo en el cuerpo, como decían todos. Pero no era tan travieso, pienso que el niño era víctima de la frustración de los mayores, que le golpeaban a él porque no podían apalear a la existencia que les había tocado en suerte.
Este cándido narrador va sembrando de humor lo que cuenta. Como cuando se cambian de casa y le comenta a su tío que no sabe si su amigo, el murciélago Luciano, sabrá llegar a la nueva; asegura que le ha dejado la dirección, pero no sabe si sabrá leerla. O como cuando va a la escuela y supone que una señora que hay por allí debe ser la directora porque tiene bigote.
En el centro escolar descubrimos su inteligencia y su bondad. Alguna tarde la maestra, admirada y conmovida por este inocente, le compra el buñuelo para la merienda y él lo comparte con Corujinha, que es más pobre. No voy a decir nada de su amistad con el Portugués o con Ariovaldo, ni del día que salió con su caja de limpiabotas, de lo que le trajo a su padre… Tengo que hacer un esfuerzo por parar de contar.
Zezé es en alguna medida un nuevo Lazarillo.
El libro  me ha hecho llorar. He estado preguntándome qué era lo que traía esas lágrimas. Comparaba una lectura reciente donde se describe un crimen absurdo que además queda impune y deja rota para siempre a una familia entera. Ahí no hubo lagrimeo, y no por falta de razones. La diferencia estaba en que con estas circunstancias terribles no sentía conexión emocional. Sin embargo mucho de lo que se cuenta en Mi planta de naranja lima me ha transportado a mi mundo de recuerdos, ahí sí se ha producido una conexión afectiva.
La foto de portada de Libros del Asteroide muestra a un niño flotando en un río con la ayuda de una cámara de rueda de coche, con mirada abstraída y jugueteando con el agua, tranquilo; descubriendo, construyendo quizás, su mundo.