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jueves, 21 de mayo de 2020

A corazón abierto





Cuando tu vida se va plagando de ausencias demasiado pronto has de esforzarte por no perder los rostros y las voces en la bruma del recuerdo. Las fotos no bastan. Hay que concentrarse en rescatar del olvido momentos que pueden estar a punto de perderse. Dicen que olvidar es una actividad saludable del cerebro, pero ¿y si uno teme perder lo poco que la memoria conserva?

Ante todo se trata de recuperar el recuerdo de Manuel, su esposa y sus hijos, antes de que el tiempo lo desvanezca todo. Elvira Lindo lo hace apoyada en recuerdos moldeados por la ficción, con una mezcla de impudor y respeto, como dice ella misma.

En esta novela se recrean momentos de la vida de la autora junto a sus padres y hermanos. Todo se centra en la pareja de progenitores, de manera especial en el padre, así como en la niñez y adolescencia de la autora, y secundariamente de sus dos hermanos y su hermana. Adivino una huida a profundizar en el territorio de los hermanos, ya que podría resultar comprometedor. Siente mayor libertad para hablar de los padres y de ella misma.

En los últimos tiempos la literatura española se viene liberando de una suerte de corsé que tradicionalmente ha reprimido la intimidad explícita en sus textos. Hace unos meses yo escribía en este blog sobre Ordesa de Manuel Vilas, ejemplo claro de dicha liberación.

Realmente no sé si esto es solo una cuestión exclusiva de nuestro país: creo que este rechazo a relatar lo más personal no es tanto una cuestión geográfica como individual. Aunque probablemente sea cierto lo que defienden muchos teóricos, que la intimidad en literatura se ha convertido ahora en un género frecuente.

De alguna manera este libro constituye un viaje hacia el interior de cada uno de nosotros, porque podemos recorrer mucha parte de nuestro mundo familiar y emocional mientras leemos estas páginas, y quizás mucho más después de cerrarlas.

Además, detrás de las evocaciones de esta escritora, que ya ha superado los cincuenta, realizamos indudablemente un viaje a la historia reciente de España, así vemos que sus padres crecieron y se forjaron durante la Dictadura y los hijos lo hicieron durante la Transición. Este hecho marca unas diferencias más profundas que las propiamente generacionales. Los lectores que, al igual que la autora, hemos rebasado ya la cincuentena vemos un reflejo de nuestras vidas en lo que se relata.

Constituían una familia de clase media alta representativa del momento, con una madre característica de los cincuenta, o sea, educada para seguir los designios del marido y ocuparse de la casa y de los hijos. Pero también vemos a una madre que se rebela a su manera contra la sumisión, lo que tampoco era raro . Estas situaciones frecuentes entre muchas parejas solían acarrear tensiones que los hijos sufrían porque nadie les explicaba lo que estaba sucediendo. Seguro que muchos desarreglos emocionales de los adultos de hoy encuentran su origen en estos episodios: hay cosas que uno no olvida.

El tiempo que se afana en su labor de aliviar el dolor no cura las heridas, las almacena y las devuelve el día menos pensado.

Esta idea subyacía también en Lluvia fina, de Luis Landero, que se comentaba hace unos meses en este blog.

Manuel y su esposa fueron de aquellos padres que les tocó sufrir el franquismo en la vida de cada día, ellos se habían quedado aquí, no integraban el grupo épico del exilio, era también una cuestión de edad: aprendieron a vivir con la dictadura. La política, sin embargo, no tiene mucha entidad en el libro, porque no la tenía entonces en nuestras casas. Luego la traerían los hijos militando de forma más o menos clandestina en partidos de izquierda.

Esos hijos empezaron a relacionarse con otros jóvenes de manera muy diferente a como lo habían hecho sus progenitores, que asistían asombrados al despegue de la libertad sexual de la que por cierto, de alguna manera, se beneficiaron muchos padres, las madres menos.
 
Fueron padres que no habían realizado estudios superiores, pero que llevaron a sus hijos a la universidad, padres –aunque aquí no fuera el caso - que sufrieron la droga en el cuerpo de sus hijos. Unos padres que aspiraban a una España nueva sin conexión con aquella previa a la guerra.

Muchas vivencias, hechos políticos, detalles cotidianos que viví han emergido con esta lectura, que se cierra en un episodio emocionante.




martes, 12 de mayo de 2020

En la Patagonia




EN LA PATAGONIA es un libro de viajes que rompe con la ortodoxia del género; su autor, BRUCE CHATWIN, no realiza una descripción de un espacio, sino que te adentra y te envuelve en su propio periplo.
Este hombre polifacético nació en Inglaterra en 1940 y murió en Niza, con tan solo 48 años. Los que lo conocieron dicen de él que fascinaba tanto por su aspecto como por su conversación,  y que esta hallaba una prolongación natural en su prosa. Chatwin fue viajero, fabulador, sibarita, excéntrico, caminante incansable, refinado, desgarbado, histriónico. 
Era el experto en impresionismo de Sotherby’s. Viajó a Sudán a recuperarse de ciertos problemas de visión, ocasionados por su trabajo, y a la vuelta se mostró desencantado por el mundo del arte. Inició de manera brillante estudios de arqueología, aunque los dejó pronto. Fue después colaborador del Sunday Times Magazine. Ahí se localizan  sus primeros contactos con la escritura.
Con un simple telegrama: "Me he ido a la Patagonia" cortó su relación laboral. Estuvo en la zona durante seis meses y de ahí surgió este libro, escrito a los 37 años, que se abre de esta manera tan sugerente.
En el comedor de la casa de mi abuela había una vitrina, con un trozo de piel en su interior. Un trozo pequeño, pero grueso y correoso, con mechones de pelo áspero y rojizo.
Desde pequeño se sintió atraído por aquel fragmento de brontosaurio, le dijeron que era. Tardó años en descubrir que el animal era en realidad un milodonte, o perezoso gigante, que se había desarrollado durante la época prehistórica en la Patagonia, conservándose este ejemplar entre sus hielos.
Ese fragmento de piel fue un regalo de boda que su abuela había recibido de su primo, el marino, Charley Milward.
Ella le había prometido que a su muerte sería para el nieto. Pero cuando la anciana falleció y él reclamó su ansiado trofeo su madre le respondió que lo habían arrojado a la basura.
Este libro recoge la narración del viaje realizado a Patagonia siendo ya adulto. ¿Buscaba la estela de Charley Milward? ¿Quería encontrar otro fragmento de piel que sustituyera al perdido? ¿Deseaba volar a nuevos espacios interiores en contacto con aquella legendaria región? Creo que todo a la vez.
Ligero de equipaje recorrió ese territorio mítico. Se movió en transporte público, de paquete en algún camión, como pasajero en el auto de un conocido; a pie, cuando el territorio lo exigía: se fiaba más de sus piernas que de las patas de un caballo, contestó en alguna ocasión.

En capítulos breves el viajero va trazando una ruta perfectamente identificable en el mapa. Viaja hacia el sur desde La Plata. Primero por la zona de la costa atlántica, y después hacia el área patagónica colonizada por galeses, en la frontera con Chile. Vuelve después a la orilla atlántica. Desciende hasta la zona más austral de Sudamérica, atravesó Tierra de Fuego hasta Punta Arenas.
Peregrinó por desiertos, playas, montañas, ríos; moviéndose de Argentina a Chile, porque a veces una región no sabe de divisiones administrativas. Hay descripciones en diferentes cronologías; visitó casas que con el tiempo ya no eran de sus propietarios originales. Soportó frío extremo y calor sofocante, sufriendo siempre el obstinado viento regional.
Dentro de aquellos límites geográficos va trazando su propio mapa humano. Busca el rastro de la primera colonia de galeses en la Patagonia. Encuentra alemanes, escoceses, bóers descendientes de los “afrikaners” más intransigentes, exiliadas rusas que habían huido de Alemania tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, misioneros persas procedentes de la universidad de Teherán. Algunos personajes, como estos, son solo una alusión, a otros los reviste de mayor entidad. Así Su Alteza Real el Príncipe Philippe de Araucania y Patagonia (al que el viajero visitó en su exilio de París), desdendiente del primer rey con ese título: Orélie-Antoine de Tounens, que en 1859 viajó desde Périgueux en Francia hasta la Patagonia persuadido de que los araucanos lo eligirían rey de su nación joven y vigorosa. Seguirían Butch Cassidy y su banda de forajidos, que se desplazaron hacia el hemisferio sur para continuar delinquiendo, y cuyo rastro el viajero fue localizando, siguiendo muchas de sus rutas. El trotamundos también se encuentra con el salesiano Manuel Palacios al que, recluido en la locura senil, poco le quedaba de su hondo conocimiento antropológico sobre Patagonia.
Y ya por fin aparecen las primeras huellas del gran marino Charley Milward, cuyas aventuras en el mar componen una parte del libro. Pero junto a él hay que mencionar a Antonio Soto, un gallego del Ferrol, que conoció a Franco y que encabezó una revuelta anarquista en aquellas tierras; o a Simón Radowitzky, uno de los prisioneros más conocidos del presidio de Ushuaia.
Se menciona a Darwin y a los castores invasores que destruyeron bosques, a los indios que fueron llevados como trofeo a Londres y aquella ocasión en que un marinero perdió la nariz al sonársela a causa del frío extremo y un capítulo lleno de terror que alberga la historia de la secta de los brujos varones…
Constantemente me preguntaba mientras leía sobre la veracidad de lo narrado. ¿Se inventó una parte? Y a quién le importa. 

Es un fabulador natural, que funde en sus relatos saber científico y erudito y, sobre todo, pasión por lo que cuenta.
Realiza sucesivas descripciones vigorosas que devuelven la experiencia vivida a los que han estado allí y que invitan con fuerza a los que nunca fueron. Muchas como esta: Un encaje de ondulados peñascos blancos danzaba en torno del horizonte. La superficie del suelo estaba salpicada de costras chorreantes de color purpúreo.
Llegó por fin a la cueva donde se suponía que Charley Milward había hallado el trozo de piel. Y entonces, vi asomar de un ramo unas hebras de aquel pelo áspero y rojizo que conocía tan bien. Las desprendí cuidadosamente, las deslicé en un sobre y me senté, inmensamente satisfecho. Había logrado el objetivo de aquel ridículo viaje.
—¡La Patagonia! —exclamó—. Es una amante exigente. Te embruja. ¡Es una hechicera! Te atrapa en sus brazos y nunca te suelta.
Así se expresa algún personaje.

domingo, 26 de abril de 2020

El cielo llora por mí



    He vuelto a Managua con esta novela. Visité Nicaragua en 2013, los recuerdos se mantenían dormidos y esta lectura los ha reavivado. Ahora he disfrutado de un viaje íntimo contra el olvido. Las que siguen son algunas de una de las muchas notas descriptivas de Sergio Ramírez sobre la capital de su país. Algo de eso fue lo que yo vi.

    "Bajo la urdimbre de las mantas publicitarias que se entrecruzaban sobre la pista, y que las manos subrepticias de los menesterosos descolgaban de noche porque bien servían de cobija, Managua enseñaba sus mismos precarios decorados."

    Las avenidas se encontraban atravesadas por enormes pancartas sujetas a altos postes con eslóganes publicitarios o institucionales. Eran de un material parecido a lona impermeabilizada, no era raro, por tanto, que las usaran los indigentes para taparse del frío de la noche.
Precarios, porque la capital nicaragüense fue destruida por un terremoto en 1972 y le costaba rehacerse, crecer, en medio de una economía desfavorecida.

    "Muros pintarrajeados de consignas, bajareques en aglomeraciones sin concierto, recovecos, ripios, tabiques de catrinite y techos de asbesto, enjambres de alambres eléctricos que se podían tocar con sólo alzar la mano, cafetines de mesas derrengadas, (…)
(…) junto al abandonado parque de ferias La Piñata la bulliciosa parada de microbuses interlocales que hacían la ruta a las poblaciones vecinas a Managua, y que sometidos a continuos accidentes por la temeridad de sus chóferes habían sido bautizados con humor impotente como “intermortales”, las aceras robadas al transeúnte por las mesas de las refresquerías y las fritangas, la humareda de las hornillas suelta en el aire que olía ya de todos modos al diésel quemado de los escapes."

    Yo tenía la impresión constante de que Managua estaba a medio hacer. Al caminarla sentía la desazón de la falta de armonía. Junto a edificaciones -muchas ostentosas-, financiadas sin duda con capital extranjero, brotaban centros comerciales y restaurantes básicos en su diseño y construcción. Vecino a esto era fácil encontrar parcelas devoradas por la vegetación y el abandono. Así mismo no faltaba algún jardín modesto, pero cuidado con mimo, que gozaba de un encanto especial, el que le daban sus visitantes varios que parecían disfrutarlo mientras paseaban –algunos de la mano- o se sentaban en sus bancos: era de todos. Descomunales rotondas articulaban las grandes vías de comunicación; en muchos casos el protagonismo era el de las obras, interrumpidas por frecuentes aguaceros.
    
    En ciertas zonas de la ciudad dominaban las casas, pretenciosas en gran parte, bien protegidas con rejas y alambre de espino electrificado, todas con diseño ramplón. La prosperidad estaba marcada por la abundancia de seguridad privada, y no por el acertado mantenimiento de pavimento, acerado o alcantarillado. Te sorprendían a cada paso los excesivos manojos de cables que colgaban de postes sobrevolando por encima de los transeúntes, y efectivamente, casi al alcance de la mano.
Se descubrían locales de comidas y bebidas de lo más variopinto, algunos enormes, a medias entre mesones y cantinas, con música atronadora, sólido mobiliario de pesada madera o ligeras mesas y sillas de plástico; con plexiglás para proteger de las lluvias intempestivas. Y todo con cierto aire de abandono en el mantenimiento. El servicio siempre era amable, como en los mercados, donde faltaban seguramente los estándares higiénicos de aquí, pero donde sobraba la dedicación y el esfuerzo del personal. Las viviendas en diferentes zonas eran habitáculos rayanos en chabolas. Los puestos de venta de distintos artilugios y comidas pintaban una nota más del panorama urbano. Y todo  envuelto en el estruendo de un tráfico temerario de camiones, carromatos, autobuses destartalados, taxis, camionetas, ocasionales automóviles de alta gama…

    Me recordaba en algunos momentos a la España de mi infancia y a la vez, en muchos aspectos, se parecía a la España de 2013.

    Sergio Ramírez ha elegido este marco para localizar una trama policiaca, que tiene también mucho de novela social, pues es cierto que el autor centroamericano no se conforma con mostrarnos el caso delictivo descontextualizado, como es frecuente en el género negro. En el relato del autor nicaragüense además de ver esta Managua exterior, accedemos a distintos interiores que nos dibujan una precariedad generalizada, que se extiende a los medios utilizados por la policía. Podemos entrar también en distintos domicilios, desde los más comunes a los más ricos, que son en este caso concreto los de los acaudalados delincuentes: fastuosos y chabacanos. Cuando viajamos a la manera habitual echamos de menos conocer cómo se vive en el interior de los domicilios, al viajar a través las páginas de un relato todas esas interioridades son susceptibles de aparecer.

    De la misma manera en esta novela se muestra una radiografía del nicaragüense: la guerrilla anti Somoza pesa en el libro como en el imaginario del país: muchos de los personajes estuvieron implicados con ella, tanto los policías como los malhechores: todos buscaban una nación más justa, muchos siguen en ello; otros cayeron del lado de la criminalidad. También los hay, sobre todo aquellos que fueron alzados a las altas esferas, que olvidaron completamente los principios  izquierdistas. Denuncia el autor los conflictos sociales enconados, las aparatosas celebraciones de inauguraciones o actos religiosos. Sorprende que este país tenga ahora este acentuado apego religioso teñido muchas de las veces con la superstición.

    Conocemos Managua a bordo del baqueteado Lada del inspector Morales, miembro de la División de Drogas. Dolores Morales –cuya prótesis de pierna no le resta efectividad en su tarea- desempeña sus funciones en Managua; su colega Lord Dixon, es subinspector en Bluefields, enclave urbano en la costa atlántica. Dicho sea de paso, para volar desde allí a la capital por asuntos de trabajo tiene que pedirle préstamos a su tía, porque los presupuestos de la policía no alcanzan para su billete. Ahí tenemos un apunte entre cómico y estructural en aquel país. El jefe de ambos es el habilidoso Comisionado Umanzor Selva. Junto a ellos las pesquisas las completan doña Sofía y Fanny, que  conforman elementos más de vodevil que de trama negra. Entre todos consiguen deshacer el programa de narcoturismo que se habían montado los capos colombianos, quienes ayudados por delincuentes autóctonos, buscan ocultar por un tiempo a narcotraficantes con algún problema judicial. Los investigadores se saben humildes, ellos indagan, descubren y la DEA estadounidense se lleva los méritos. Morales se indigna contra la prepotencia del poderoso vecino del norte, que incluso se va apoderando de la lengua de su país, cada vez más invadida de americanismos.

    Una intriga muy bien trazada en definitiva. Y un cuerpo de policía que lucha contra poderosos capos de la droga con menos medios que estos.

David contra Goliat. Puede que no venza David, pero tampoco vencerá Goliat.












miércoles, 8 de abril de 2020

El mapa de los afectos



El pasado dos de abril leía en Babelia un artículo de Antonio Muñoz Molina donde aseguraba que en este periodo de confinamiento se están creando variados diarios personales con los que muchos pretenden expresar lo que están viviendo, cada cual a su manera: escribiendo, dibujando, en un collage… Están dibujando entre todos el mapa inmenso y me­ticuloso del presente. Decía exactamente.

Un mapa semejante es el que traza Ana Merino en esta novela. Ella lo realiza uniendo puntos como guiándose por el puntero aleatorio de una güija.  Al final de la lectura tenemos la representación de una porción de vida en un pequeño pueblo del Medio Oeste americano en un periodo aproximado de dos décadas.

Cada punto representa un personaje que durante dicho periodo entra en contacto de manera más o menos fortuita con otro u otros de sus congéneres. Entre los protagonistas, como entre todos nosotros, se establecen redes que nos ligan, unas veces de manera voluntaria pero otras por pura casualidad.
Pero no esperemos alcanzar una representación exacta y completa de una realidad vital, semejante a aquella que pretendía el realismo. Aquí, sin embargo, se observa un deseo claro de hacer patente el fragmentarismo que nos conforma, pues la autora aboga por la idea de que la única percepción del mundo que nos está permitida es la parcial.

Cuando se nos presenta una escena de vida cualquiera, la interpretamos condicionados por nuestras propias vivencias. Eso que vemos se fusiona con nuestro yo y genera un escenario que nunca sabremos cuánto tiene que ver con lo que en verdad acontece. Algo así le sucedió a Gina.

El azar juega en este mapa un papel relevante, como lo juega en la vida real. Así, el incendio tuvo lugar cuando ya todos habían salido del club, de no haber sido así, las vidas de Alfredo o Emily habrían corrido otra suerte; el reventón en el coche de Alfredo terminó con el vehículo frenado bruscamente en el sembrado, y no empotrado en la camioneta de Rita que volvía a casa con las compras de la semana y el depósito lleno…

En el relato de Ana Merino se yergue en algún momento la justicia poética en esa cabeza que rueda separada del cuerpo. La autora toca con su mano el mundo de sus criaturas, lo moldea. También nosotros en muchas ocasiones podemos trocar lo que nos sucede, liberándonos de la coraza del destino. Alguien aquí no pudo hacerlo y le cayó el peso de una losa que aniquiló lo que estaba siendo una vida más o menos feliz.   

La denuncia de muchos de los males de nuestra sociedad se disfraza de literatura en esta novela: el falso feminismo; las playas españolas del sur peninsular donde el agua arrastra cadáveres de muchos que buscaban una mejor vida; los muertos mexicanos que se perdieron entre el polvo del desierto en la frontera.

El tornado que sufren en la novela adquiere una simbología especial en estos momentos que vivimos. En algún sitio he leído que alguien compara uno de estos huracanes frecuentes en la zona con este periodo de confinamiento. Cuando todo termine saldrán del sótano –o saldremos de nuestra casa- y veremos qué consecuencias han sufrido nuestras vidas.

Cuando James volvió a casa, su abuela lo recibió emocionada. Su nieto ya no volvería a ninguna otra guerra y todavía le quedaban los brazos intactos para aferrarse al futuro.

miércoles, 1 de abril de 2020

Sostiene Pereira






Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. En estas dos líneas del comienzo se plasma mi percepción de la novela. Al principio del texto aparecen una serie de hechos algo ambiguos, hasta incoherentes algunos, incómodos, cansinos; pero los eventos del final de la novela los aclaran, los engrandecen, los dignifican.
Detrás de este “sostiene Pereira”, repetido tantas veces a lo largo del relato, se encuentra un narrador que al principio me parecía más un fiscal, que daba cuenta de unos hechos ante un tribunal. Quizás Tabucchi quiso fundir las dos figuras en una sola, porque en esta novela se encierra un juicio: el que se hace a cada una de nuestras conciencias. Sobre cada lector sobrevuela una pregunta: ¿Qué habría hecho yo? La expresión “sostiene Pereira” va hilvanando las distintas vivencias de un cambio en su protagonista.
“Le conoció un día de verano”. Cuando Pereira conoció a Monteiro Rossi no era un verano cualquiera, era 1938, la dictadura salazarista campaba en Portugal. Unos sencillos, y ásperos, brochazos nos ubican en la dureza y la intransigencia del régimen totalitario. Por las calles corrió la noticia del asesinato de un carretero alentejano, esto fue el germen de diversas revueltas entre los portugueses. Había que conocer la verdad en las calles, en los periódicos no aparecía, la tinta de la prensa se vertía en eventos mucho más frívolos.
Pereira, un hombre ensimismado y gris duerme en su rincón. Su amigo el párroco don António le reprocha que no esté al día de lo que se vive a su alrededor. Yo también le hubiera cogido por las solapas y le habría sacudido para que despertara y viera esa Lisboa que rezumaba control policial, violencia e intolerancia. Pero Pereira al final me ha enseñado que se puede agarrar la vida y zarandearla.
 “Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía.” No había ninguna luz en la Lisboa del Pereira que conocemos al principio, su vida de tedio se reflejaba en una ciudad que lucía mate; su dificultad al caminar transmitía fatiga a los adoquines lisboetas. Esa luminosidad a la que se refiere el comienzo no la sentiremos  como tal hasta finalizar el relato, el desenlace proyecta claridad sobre cada una de las páginas que preceden.  Algunos puntos que quedaron más borrosos, más opacos, más negros adquieren una nueva dimensión cuando los miramos desde la conclusión.

Me pesaba la espera, quería dejar de leer, Pereira me irritaba. Creía que se dejaba engañar, pero era yo la que quizás lo miraba con ojos mezquinos, con ojos pobres. No siempre la verdad está en la superficie, hay que escarbar para encontrarla. Luego llegó la oportunidad de salvarse ante los ojos lectores. En realidad, no sucedió todo de pronto, el texto nos ha mostrado señales en diferentes momentos. La decisión final se ha ido fraguando ante nosotros.
El comentario último de Tabucchi desvela, alumbra, pero no explica, porque no hay respuesta. También eso ha estado ahí todo el tiempo, dibujándose en muchas páginas, en las que Pereira asegura que no sabe por qué hace lo que hace.
¿Por qué dijo eso Pereira? ¿Porque estaba solo y aquella habitación le angustiaba, porque de verdad tenía hambre, porque pensó en el retrato de su esposa, o por alguna otra razón? Eso no sabría decirlo, sostiene Pereira.

domingo, 8 de marzo de 2020

Mi planta de naranja lima





Mi planta de naranja lima fue publicada por José Mauro Vasconcelos en 1968. Se trata de uno de los autores brasileños más leídos y divulgados de todo el siglo XX. El pasado 26 de febrero se celebró el centenario de su nacimiento.
Dos planos de contenidos flotan en el espacio de este texto, uno realista y otro dentro de la más pura fantasía; atravesados ambos por hilos de humor, ternura y a veces de un sentimentalismo algo excesivo.
Retrata una porción de la vida en Bangú, un barrio de clase media baja en Río de Janeiro. Allí nació José Mauro Vasconcelos, por lo tanto el relato se halla traspasado de resonancias biográficas. No estamos ante descripciones realistas a la manera más clásica, son meras pinceladas que se van asentando en la narración del pequeño Zezé, el protagonista de apenas seis años. El lector reconstruye la vida y la atmósfera del barrio a partir de un texto de tono fresco e inocente, que dulcifica las duras aristas de la desigualdad que gobierna la zona.
A través del discurso infantil se transparenta un mundo donde la vida es difícil. Su padre está en el paro y su madre trabaja todo el día en una fábrica de tejidos, que existía realmente. Mamá nació trabajando. Nos cuenta Zezé que empezó a los seis años, que la sentaban encima de una mesa donde limpiaba y secaba herramientas. Era tan pequeña que se orinaba en la mesa, porque no podía bajar sola. Él se puso muy triste cuando oyó esta historia y se prometió que cuando fuera poeta y sabio, -era esa su aspiración en la vida- le leería sus poemas. La fábrica era un dragón que todo el día tragaba gente y de noche vomitaba un personal muy cansado. Además, no me gustaba por lo que mister Scottfield le había hecho a Papá… El lector puede completar lo que falta.
Son muchos hermanos, los mayores se encargan de los más pequeños. Zezé con sus cinco años se ocupa del inmediatamente menor. Y en su relación se abre ese plano de la fantasía. Sin moverse del patio trasero viajan al Far West a lomos de una gruesa rama de árbol o visitan un zoo peculiar cuya pantera era la gallina negra del pobre gallinero. El universo infantil corre paralelo al de los adultos.
Zezé lo habla todo con su planta de naranja lima, a la que llama Minguinho. Ella le contesta y le sirve de refugio. A veces acudía a ella llorando tras alguna paliza. Era frecuente que le castigaran. Él mismo había asumido que tenía el diablo en el cuerpo, como decían todos. Pero no era tan travieso, pienso que el niño era víctima de la frustración de los mayores, que le golpeaban a él porque no podían apalear a la existencia que les había tocado en suerte.
Este cándido narrador va sembrando de humor lo que cuenta. Como cuando se cambian de casa y le comenta a su tío que no sabe si su amigo, el murciélago Luciano, sabrá llegar a la nueva; asegura que le ha dejado la dirección, pero no sabe si sabrá leerla. O como cuando va a la escuela y supone que una señora que hay por allí debe ser la directora porque tiene bigote.
En el centro escolar descubrimos su inteligencia y su bondad. Alguna tarde la maestra, admirada y conmovida por este inocente, le compra el buñuelo para la merienda y él lo comparte con Corujinha, que es más pobre. No voy a decir nada de su amistad con el Portugués o con Ariovaldo, ni del día que salió con su caja de limpiabotas, de lo que le trajo a su padre… Tengo que hacer un esfuerzo por parar de contar.
Zezé es en alguna medida un nuevo Lazarillo.
El libro  me ha hecho llorar. He estado preguntándome qué era lo que traía esas lágrimas. Comparaba una lectura reciente donde se describe un crimen absurdo que además queda impune y deja rota para siempre a una familia entera. Ahí no hubo lagrimeo, y no por falta de razones. La diferencia estaba en que con estas circunstancias terribles no sentía conexión emocional. Sin embargo mucho de lo que se cuenta en Mi planta de naranja lima me ha transportado a mi mundo de recuerdos, ahí sí se ha producido una conexión afectiva.
La foto de portada de Libros del Asteroide muestra a un niño flotando en un río con la ayuda de una cámara de rueda de coche, con mirada abstraída y jugueteando con el agua, tranquilo; descubriendo, construyendo quizás, su mundo.

jueves, 27 de febrero de 2020

Una mujer en Berlín



La lectura te sitúa a veces frente a temas controvertidos, duros, difíciles de asimilar. Es el caso de este libro que se refiere a las extremadas condiciones de vida en el  Berlín del final de la Segunda Guerra Mundial, particularmente de las mujeres que sufrieron las violaciones del ejército soviético de ocupación. Se presenta un paisaje construido con devastación, desamparo y una enorme desesperanza.
Jamás, jamás podría un escritor inventar algo semejante. Así lo anota la autora en su diario, que es lo que nos vamos a encontrar en esta obra. Le entregó el texto a un amigo que se convertirá en su depositario.  Él da fe de su total autenticidad y, sin desvelar la identidad de la escritora, nos la presenta como una joven burguesa de unos 29 años, con una exquisita educación, que luchó por una temprana emancipación. Fue una periodista experimentada que realizó su labor por varios países europeos incluida la Unión Soviética. Se mantuvo al margen del Tercer Reich y un trabajo la retuvo en Berlín durante el último año de la guerra.
Y es en ese último año cuando se dedicó a escribir el diario entre el 20 de abril y el 22 de julio. Estas páginas la ayudaron a seguir adelante dentro de aquel caos moral y físico. Se adivina aquí la fuerza liberadora de la confesión.
Si son atractivos e interesantes los contenidos de estas anotaciones, también lo es todo lo que envuelve su escritura y posterior publicación. Son circunstancias muy esclarecedoras sobre la condición humana.
Este amigo y depositario consiguió la publicación en EE UU en 1954 como anónimo, realizando además unos pequeños cambios que preservaran la identidad de las personas que aparecían.
Hasta 4 años después no se publicó en alemán, y no en Alemania, sino en Suiza. El pueblo germano no estaba preparado, seguramente, para enfrentarse a la realidad de esos hechos inconfesables. Uno de los pocos críticos que lo reseñó se refirió a «la desvergonzada inmoralidad de la autora». No era fácil aceptar que una mujer escribiera sobre esa situación tan poco honrosa, sobre todo teniendo en cuenta que a veces los varones alemanes se presentaban como testigos pasivos. Se cree que más de 100.000 mujeres fueron violadas.
¿Pudo esta mujer actuar de otra manera? En el epílogo el representante se revuelve contra esta pregunta que flota; considera que es demasiado fácil juzgar cuando uno no está en esa tesitura.
Se comprende que la autora no quisiera verlo publicado en Alemania tras la fría acogida de esta primera edición. Hasta después de su fallecimiento no volvió a ver la luz en su lengua, ya en 2001, y siempre sin que su nombre apareciera.  Hay que decir que a partir de los años sesenta el libro se continuó leyendo fotocopiado en medios estudiantiles y feministas, coincidiendo con fechas en las que el pueblo alemán estaba consiguiendo sacar a la luz recuerdos que se habían mantenido ocultos en la memoria colectiva.
El diario recorre tres momentos que se van sucediendo cronológicamente en el transcurso de esos pocos meses. Durante el cerco de la ciudad sentimos con Anónima el hambre desgarradora y las penurias en el microcosmos del refugio antiaéreo. Se palpan las sensaciones. En estos críticos momentos los hombres que permanecen en Berlín se han convertido en el sexo débil a ojos de las mujeres. Así lo siente la autora. No es extraño que su libro no despertara simpatías. En los últimos tiempos del cerco, los rusos llegan y se llevan el hambre de Anónima, que ha de pagarlo con su cuerpo: usa la frialdad y la indiferencia para aislarse y sobrellevarlo todo. Nos habla con franqueza de que necesita un lobo que la defienda, se hace amiga de algún oficial para evitar las agresiones de la tropa. Los intentos de denuncia ante los jefes militares no servían de nada. Algunos de ellos respondían que no habían sido muy diferentes los soldados alemanes en su país. Viven desorientados: no hay reloj, ni calendario, ni periódicos, sustituidos estos por los rumores que se oyen en las colas, sobre todo la del agua. …nosotros tragamos con todo. Estamos de pie y esperamos.
Los ivanes, como ella los llama, se van, se produce la capitulación germana  y un cierto atisbo de normalidad ilumina Berlín. Ya es posible abandonar el propio barrio y recorrer otros lugares, a pie, entre cascotes, rodeados de un silencio inusitado. La actividad organizada se relanza: alguien ha conseguido que brote una peluquería de aquellos escombros, hay algún cine abierto. Anónima desempeñará diversos trabajos, desde traductora a lavandera y editora. Chupar su dedo con una mezcla de agua y azúcar le sabe mejor que los bombones del tiempo de paz.
¿Cómo reacciona su pareja cuando vuelva del frente?
Qué mal parado queda ahora el gran líder del Tercer Reich: ¿Podrá haber nunca una resurrección de los dirigentes nazis? se pregunta Anónima. Los berlineses viven indiferentes a las negociaciones entre los aliados, a sus celebraciones: ellos ya están derrotados.
Trabajo duro, pan escaso… pero el viejo sol sigue alumbrando en el cielo.

domingo, 23 de febrero de 2020

La flor púrpura






En la novela un poderoso católico muy fanatizado capitanea a su familia con severidad y rigidez, como si fuera una más de sus propiedades.
Ahora uno se podría preguntar dónde se sitúa la novela, y muy probablemente pensaría en un país occidental.  Pues no, es Nigeria. Me doy cuenta de que no somos tan distintos. Quizás conocemos poco de la vida de África, son numerosos los estereotipos que nos ocultan su realidad. Deberíamos interiorizar que es un continente construido de variadas culturas y diferentes países.

De eso mismo habla la autora en una entrevista. Se trata de CHIMAMANDA NGOZI ADICHIE, que nació en Nigeria en 1977. Cuando llegó a Filadelfia desde su Nsukka natal, para estudiar, sus compañeras se asombraban de lo bien que hablaba inglés; ignoraban que en Nigeria era lengua oficial. Había crecido rodeada de la misma música, televisión y literatura que ellas.  Al llegar a EE UU tomó conciencia de ser negra en un país donde su raza es minoritaria. Y allí además de mujer y feminista, también era una inmigrante.
La flor púrpura fue su primera novela, la escribió con 26 años. En ella descubrimos unos conflictos familiares que se insertan en la problemática política y social del país africano. El texto surge impulsado por un deseo irrefrenable de denunciar la situación de la desigualdad femenina, el negativo impacto de la colonización, la inexistente política social, la corrupción.

Todo empezó a desmoronarse en casa cuando mi hermano, Jaja, no fue a comulgar y padre lanzó su pesado misal al aire y rompió las figuritas de la estantería. No solo se rompieron las figuritas, todo el mundo de Kambili se destrozó en ese momento. La joven comienza a percibir su auténtica realidad, y nosotros con ella desde esa primera página. Se trata de una narradora adolescente, una voz tierna que revela su mundo.

Su existencia era como un juguete entre las manos firmes y duras del padre. Lo tenía todo menos libertad. No era feliz, pero tampoco, desgraciada. En su casa tanto ella como su madre y su hermano vivían la existencia que el padre había diseñado para ellos, con unas normas rígidas e inquebrantables. En esa mansión la opulencia convivía con la severidad y la intolerancia. Era una cárcel de oro.

En una estancia en Nsukka en casa de su tía, junto a sus primos, Kambili descubrió un universo radicalmente diferente. En ese hogar se despliega una vida llena de necesidades, pero también de libertad. Mientras su casa estaba llena de riquezas materiales, en la de su tía reinaba la precariedad, pero estaba repleta de sentimiento. La tía Ifeoma sabía dirigir a su familia, había impuesto normas, pero no había la dureza de la casa de su hermano.

Resulta llamativo –aunque no es extraño- que este padre arbitrario y violento se muestre tan solidario con los de fuera de casa. Él también fue en su infancia víctima de la intolerancia y el rigor entre los religiosos extranjeros que lo educaron. Quizás fue eso lo que lo convirtió en un maltratador.

Mientras vemos crecer a Kambili nos encontramos en su entorno con personas que no difieren mucho de las que me rodean: la enorme distancia geográfica se reduce cuando se trata de medir la condición humana.

El universo femenino del libro está dividido entre las que sufren con resignación los agravios del patriarcado, condenadas a vivir a la sombra del hombre y de las costumbres; y las que luchan por abrirse un camino propio; eso sí, cargando con la pesada losa de un gobierno corrupto.

En el ámbito masculino encontramos una nueva división: los que se enorgullecen de sus raíces y los que las rechazan, porque dan más valor a lo foráneo. A este lado está el padre, educado por misioneros extranjeros que lo vaciaron de su realidad, incluso de su lengua materna el igbo. Entre los primeros, el abuelo Papaunukwu y su nieto Jaja, cuando consigue desprenderse del dominio paterno. 

En la visita a la casa de su tía, Kambili observa que están en una órbita distinta a la suya. Pero un hecho luctuoso impedirá a la joven sondear la nueva dimensión vislumbrada y seguirá el camino que su tradición –muy cercana a la nuestra- traza a las mujeres.

Nsukka le revela a Kambili el amor. Allí descubre la risa: sus primos y su tía ríen.
Hablan y ríen en la mesa.
En su casa eso estaba absolutamente prohibido.


Aquella noche soñé que me reía.      

domingo, 16 de febrero de 2020

Lluvia fina




Ahora ya sabe… Estas tres palabras abren Lluvia fina. A partir del este “ahora”, Landero nos aloja en los recuerdos de una familia; es como si nos sumergiéramos en las profundidades del mar, para salir de nuevo a la superficie de ese presente inicial cuando termina la novela. Y de pronto te encuentras con ese final inesperado. Impactante.

Luis Landero nos adentra en la historia de una madre anciana que tiene dos hijas y un hijo. Cualquier lector reconocerá parte de sus propias vivencias. Un rencor antiguo se va a despertar y va a liberar monstruos dormidos. Es como si la “Lluvia fina” del título fuera cayendo tranquila, pero constante, y terminara arrastrando la tierra para dejar a la vista lo que estaba sepultado.

La que “sabe” es Aurora, y  lo que ha comprendido es que las palabras no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. Sabemos que las palabras entran en nuestra cabeza y se quedan retumbando durante tiempo, como una piedra que tiras a un pozo. A veces puedes pensar que se han esfumado, pero no, solo estaban adormecidas, y el recuerdo puede despertarlas.

Aurora es la mujer del hijo, recibe un aluvión de confidencias por parte de sus cuñadas. Ya conocía algunas de esas revelaciones, que ahora le llegan matizadas, incluso distorsionadas, hasta en versiones dispares. Vamos conociendo los vaivenes de esta casa; del padre muerto, ya hace mucho;  de la madre autoritaria;  de los problemas económicos. Vamos conociendo lo que late en el recuerdo de unos y otros, pues claramente la novela muestra algo de lo que todos somos conscientes: la verdad tiene muchas caras y nos revela que un mismo hecho puede verse de maneras diferentes según quien lo viva.

Esta tromba de confidencias le descubren a Aurora otro Gabriel, muy distinto del hombre con el que se había casado.

A lo largo de la lectura comprendemos que no debemos decir todo lo que nos sube a la cabeza, que hay palabras que deben permanecer calladas. Aunque es cierto que todos “necesitamos contar, que hasta que no hemos contado parece que no hemos terminado de vivir del todo.” Estoy de acuerdo con esto que ha declarado Landero en una entrevista, pero creo que convendría aprender a refrenarse. Él afirmaba también: “A la hora de hablar surgen malentendidos y equívocos, porque las palabras no son inocentes, son peligrosas, pueden crear rencores y enemistades.” Este es un eje sobre el que gira la novela. Justo es eso lo que ha pasado aquí, se han despertado los pequeños demonios, asegura el escritor. Esa es su lluvia fina.

Esos pequeños diablos a veces quedan hipertrofiados por la imaginación. De ahí que haya otro eje sobre el que pivota el texto: la memoria, “la memoria es la verdadera loca de la casa.” No creo que se pueda decir mejor.

La memoria es una trampa, muchas veces moldeamos los recuerdos enmascarando el pasado, necesitamos hacerlo porque nos desagrada lo que sucedió de verdad; puede ser también que lo que aconteció se haya desdibujado del todo, y lo inventemos por supervivencia.

La portada que ha elegido Tusquets me parece muy significativa, una foto borrosa: se reconoce perfectamente la imagen que alberga, pero los detalles no están claros. Son la metáfora perfecta de esa verdad poliédrica que mencionaba más arriba: cada uno le creara a la figura sus propios detalles, dependiendo de sus experiencias.

En la vida como en la lectura de una novela cada uno construye su propio relato.




domingo, 9 de febrero de 2020

Conjunto vacío


2017 Pepitas de calabaza, en México 2015.

Una artista visual que escribe: así se define Verónica Gerber, escritora mexicana de1981.
Solo con abrir el libro se revela una propuesta diferente: encontramos una combinación de escritura y elemento icónico. El propio título es el símbolo del “conjunto vacío”: presagia la soledad que encierra la novela.
Verónica Gerber en una entrevista se refiere a Conjunto vacío como obra o pieza; aunque dice que comprende que en medios literarios se hable de novela. Pero ella no quiere que solo se vea como eso, como una novela, porque así se reduce a un solo modo de lectura.
Enseguida uno se pregunta qué impulsa la distribución de grafías y dibujos. En las primeras páginas de la novela podría advertirse una pista cuando se lee: Hay cosas, estoy segura, que no se pueden contar con palabras.  La propia autora declara en un encuentro literario  que los dibujos están para completar esas partes que costaba decir o decirse. En definitiva vemos que la novedad de Conjunto vacío no es capricho es una necesidad expresiva de esta creadora, exiliada de la patria común de las palabras. Las palabras me dan miedo, me asusta no saber qué entienden los demás cuando Yo(Y) (sic) hablo.  Cuando dice esto el personaje, es fácil imaginar a la autora explorando nuevos caminos expresivos para calmar esa ansia.
El principio del relato coincide con el final de una relación amorosa, la de la protagonista, Verónica, y Tordo. Ese final, que cierra una cadena de algunos otros en su vida, va a propiciar un comienzo, repleto de preguntas que Verónica se hará a lo largo del relato. Dice: Todos estamos esperando que por fin aparezca eso que no podemos ver.
Pero va a ser difícil encontrar respuestas y Verónica Gerber lo pone de manifiesto en su relato a través de su concepción de la obra (en la que trabajó cuatro años): fragmentos sin continuidad cronológica, y que son como pedazos rotos de un escrito que hay que recomponer con cuidado  para encontrarle sentido. Se trata también de pedazos de una vida que debemos recomponer al leer estos capítulos breves, muy desiguales en el tamaño; expresados en lenguajes inventados, propios de los niños; o con disgrafías e incluso escritura ilegible.  La diversidad expresiva se corresponde con la complejidad de la(s) vida(s) que abriga.
Tras la ruptura amorosa, el personaje vuelve al piso de su madre, el único lugar al que podía regresar. El apartamento está igual que ese día de 1995, cuando -asegura- dejamos de ver a mamá: tanto su hermano como ella. Hubo un divorcio; y había un padre, con tan poca presencia en la novela como en la vida de Verónica. A partir de ahí porciones de existencia con elementos comunes a otras muchas y con elementos diferentes.
Personaje y autora comparten nombre y dedicación al arte visual. Además ambas son hijas de exiliados argentinos nacidas en México. Pero no son la misma persona, explica Verónica Gerber: es un ejercicio de autoficción. El que escribe siempre se alimenta de lo que tiene alrededor. La literatura adopta distintos moldes según las épocas, pero siempre están llenos de vida y ficción.
Cuando ya he conseguido reunir los pedazos que Verónica Gerber me ha dejado entre estas páginas, he construido una historia, que contiene ecos de muchas otras, y que quizás no es la que ella concibió. En ella hay soledad, como presagiaba el título, y hay muchos exilios: de la protagonista, de su familia, del amor, de la madre, de la patria, del tiempo, de las palabras; y también de uno mismo.
Si alguien me preguntara de qué va este libro, le diría que está hecho de la materia escurridiza del vivir. Y le ofrecería, por ejemplo, esta frase que se encuentra entre las últimas páginas: Es extraño llegar a un lugar que se corresponde contigo, pero al que no perteneces.
 



sábado, 25 de enero de 2020

Un caballero en Moscú



Comienza la novela con un acta fechada el 21 de junio de 1922 en Moscú, que corresponde a la “Comparecencia del conde Aleksandr Ilich Rostov ante el comité de emergencia del comisariado político de asuntos internos”. Para mayor verosimilitud el documento aparece con una tipografía distinta a la del resto del libro. Se condena al conde Rostov a una pena de confinamiento en el hotel Metropol, donde ha vivido los últimos años.
Asegura el escrito que merecería una condena a muerte porque “ha sucumbido a las corrupciones de su clase”. Pero tiene defensores entre los estamentos superiores del partido que lo consideran uno de los héroes de la causa prerrevolucionaria por un poema que escribió en 1913. El azar lo ha salvado, porque ya veremos lo que el propio Rostov nos dice sobre ese poema.
Pero no se confunda: si vuelve a poner un pie fuera del Metropol, será ejecutado. Siguiente caso.” Así finaliza la nota y así comienza la historia de los 32 años que el conde Rostov pasó en este edificio singular. Supone un arranque muy sugerente.
Condenado a la reclusión él mismo se compara con Edmundo Dantes, Cervantes o Napoleón. Es como Robinson Crusoe, se crea un mundo. “Tras renunciar a los sueños de un rescate rápido, los robinsones del mundo real buscan cobijo y una fuente de agua potable, aprenden a hacer fuego con pedernal, estudian la topografía de la isla, su clima, su flora y su fauna y, mientras tanto, vigilan el horizonte por si ven aparecer velas en él y buscan huellas en la arena.” Ese será su propósito en el hotel: adaptarse a las nuevas circunstancias, y lo hace sin perder su refinada formación, su perspicacia, su inteligencia, su ternura, su conocimiento del alma humana.
Lo obligan a abandonar la suite de la que venía disfrutando para enviarlo a una minúscula habitación abuhardillada unos pisos más arriba. Solo podía escoger unos cuantos de sus objetos personales, los que cupieran en su  nueva morada. Las descripciones de estos enseres nos hacen participar de la exquisitez de los diseños y la finura de los materiales. Renuncia a todos sus libros, conserva solo uno: los Ensayos de Montaigne.
Su nueva vida se hace de gestos pausados, no conoce tensión ni agobio. Él ha sabido conservar parte de su poder económico. Almuerza y cena sofisticados platos en los elegantes restaurantes del hotel, vedado para tantos compatriotas. Durante una de estas comidas conoce a Nina, hija de un burócrata ucraniano viudo, que de momento también vive en el Metropol. Con ella se convertirá en un niño que descubre hasta los rincones más apartados del gran establecimiento. Esto produce una sensación placentera comparable a las que generan nuestras  incursiones en viejos álbumes de fotos: la aventura de lo cotidiano
Nina tiene un tesoro, ha conseguido una llave maestra que les lleva a cualquier recoveco. Nina y Rostov descubren la lujosa vajilla de Sèvres, que contuvo los manjares de la vieja aristocracia y que va a acoger las delicias que consuma la nueva élite bolchevique. Observan agazapados el salón de los exclusivos bailes de ayer que hoy se llena de reuniones políticas, pero sin que las actitudes personales ni las estrategias de los participantes hayan cambiado.
            El libro se llena de amigables historias que seducen nuestra curiosidad y nuestra fantasía. Hay amor y humor, grandes amistades, y no falta la intriga, ni tampoco el esperpento. ¿No es irrisoria la medida populista de despegar las etiquetas de las botellas de vino para  arrancarles su identidad? ¿Qué mejor metáfora podría encontrar el autor para dibujar lo que tantos han criticado del poder uniformizador soviético? Towles juega con la ficción y la historia.
            Y llega Sofía: con pocos años y escasos kilos. ¿Cómo algo tan pequeño puede adquirir tan grandes dimensiones cuando entra en la asentada vida  del conde, que ya lleva 16 años en el Metropol?
Sofia va a colmar la vida de este hombre. La niña crece junto a Rostov en el Metropol y se convertirá en una gran pianista.
Él debe planear algo para ella.
¡Cómo puede haber tanta vida, tantas historias, en un alojamiento del que solo salimos en dos breves ocasiones! ¿Y de dónde ha podido sacarlas Amor Towles? En una entrevista aseguraba que en sucesivas estancias en un hotel suizo se familiarizó con muchas de las caras que deambulaban por el hall año tras año. A partir de ahí surgió su novela.
Amor Towles me ha  me ha hechizado con su texto conduciéndome por un mundo de realidad y de ficción, lleno de atractivo y emoción.