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domingo, 21 de febrero de 2021

La trenza

 



La trenza es una narración conmovedora y apasionante, con giros narrativos singulares. Se presenta como un relato intenso, anclado en una estructura triangular muy sólida, con una lengua sencilla y acertada; sin florituras, porque su autora parece centrarse más en el fondo, que en la forma: no estamos solas, es el mensaje.

En la novela tres mujeres contemporáneas, de tres culturas, de tres religiones y de tres medios sociales muy diferentes se hallan en un momento clave de sus vidas. Una grieta resquebraja su existencia y las tres reaccionan, no se encogen frente al infortunio, se crecen y deciden saltar por encima de la fatalidad.

Se arrojarán con determinación hacia un destino desconocido para reconstruirse.

La primera es Smita, vive en la India, donde la vida de la mujer vale muy poco. Es una dalit, una intocable. “Alguien al margen de las castas, al margen del sistema, al margen de todo”.

Giulia es italiana: “Apenas ha dormido: ha vuelto a pasarse la noche leyendo. Pero sabe que tiene que levantarse. Cuando su madre llama, hay que obedecer: es una madre siciliana”. De esta manera aparece la segunda protagonista, que vive en Palermo, sujeta a una sociedad de sistema patriarcal.

La tercera vive en Canadá: Sarah vive contra reloj desde que se levanta hasta que se acuesta. En el momento en que abre los ojos, su cerebro se enciende como el procesador de un ordenador”.

Smita vacía letrinas, veinte cada día. Lo hace con sus propias manos, como lo hacía su madre y antes que ella su abuela. Es el papel que la vida le ha tatuado en la piel. Está casada con un buen hombre y tiene una hija.

Giulia es la más joven, al terminar el instituto decidió atarse con ganas al negocio familiar, hoy en retroceso: la fabricación de pelucas con pelo natural.

Sarah es una abogada de éxito. Ha luchado mucho para ascender en ese mundo de hombres. Dedica muchas horas y mucho esfuerzo a su trabajo, tiene la impresión de que se lo roba a sus hijos.

Parece que la tarea más dura es la de Smita, es quizás la más impactante, pero la ocupación de Sarah es también ingrata. Más limpia, más elegante, no cabe duda, aunque solo en apariencia, si escarbas un poquito en ella, te das de bruces contra algo podrido.

Un poema corre en fragmentos junto al texto de la novela, canta el arte de crear una peluca  o un tapiz, metáforas de la escritura con las que se crean y unen historias.

La escritora quiere denunciar las dificultades de ser mujer hoy en todo el mundo. Una novela de mujeres, aunque no estamos ante un panfleto feminista. Los hombres tienen un protagonismo menor, pero no son enemigos. Estas mujeres no luchan contra ellos, combaten contra los papeles asignados por la costumbre.

Smita tiene una hija, Su hija es hermosa. Tiene los rasgos delicados y el pelo largo hasta la cintura. Smita se lo desenreda y se lo trenza todas las mañanas.Eso leemos en las primeras páginas y avanza el valor simbólico del pelo en el libro, aparentemente algo frágil, que si se une en mechones adquiere mayor consistencia, y si estos mechones se unen entre sí alcanzan gran resistencia, firmeza y solidez.

La trenza simboliza la unión de tres luchas, cada una en un lugar, pero para el que lee se alimentan entre sí. En el primer mundo los problemas son muy distintos de los del tercer mundo, pero la raíz es la misma: la percepción de injusticia es común.

La novela perfila tres heroínas sencillas,  de vidas diametralmente opuestas, confrontadas a situaciones complejas en un momento de su existencia. Las tres rompen con lo establecido. Las realidades de estas tres mujeres se entrecruzan sin que ellas lo sepan, como los mechones de pelo al hacer una trenza. Se trata de mujeres animadas por la rabia de vivir.




domingo, 7 de febrero de 2021

Recuerdos de un jardinero inglés

 



“Mirando por la ventana, el anciano vio que la niebla del amanecer se había disipado, como si se hubiese levantado una cortina de gasa para revelar los coloridos detalles de un escenario teatral.”

Detrás del telón el octogenario señor Pinnegar, apoyado en sus confortables almohadones, ve cómo se despierta la viveza del jardín. Desde ahí recuerda su vida y recuerda  el mundo que la ha contuvo. Sin asperezas, sin ninguna reflexión política o social, vamos recorriendo este mosaico que atraviesa el paso del siglo XIX al XX y se adentra en éste.

El señor Pinnegar contempla los parterres entre los que se ha desarrollado su existencia entera. Él formaba parte de aquel parque al que entregó su alma y del que extrajo la esencia de su vivir.

Había llegado al final. No tenía mucho, pero tenía lo suficiente. Pensaba que las posesiones solo daban unas responsabilidades que él desdeñaba. No dependía de nadie. Vivía sereno porque a su edad la gente ya no se acalora, además su futuro ya no le suponía ningún problema.

Recién nacido lo dejaron en la puerta de los Pinnegar  Pero esa era una vieja historia, ya no vivía nadie que hubiera sido testigo de aquello. Había nacido con un problema en el pie, pero aquello no impidió que correteara como los demás muchachos. Incluso se deshizo en parte de un complejo de inferioridad, siendo el mejor patinador sobre el canal helado.

Reginald Arkell apenas nos deja en su novela unos pocos cabos con los que tejer esta vida. No estamos ante un texto prolijo, sino más bien ante un pequeño manojo de suaves pinceladas, que nos dejan un panorama lleno de huecos. Pero somos capaces de recrear el mundo del jardinero.

Su maestra de escuela espoleó su arrebato por las flores silvestres. Y ese fue el principio de todo. Ella fue la madre de la pasión que acompañaría al joven Herbert para siempre: sacar de las entrañas de la tierra una belleza escondida.

“Es curioso cómo suceden las cosas. Nunca sabes qué será lo mejor para ti a largo plazo, y el largo plazo es lo que cuenta.”

Es muy cierta esta reflexión que se hace el viejo jardinero. Muchos de nosotros seguro que podemos recordar algún momento que hizo girar nuestra vida y la condicionó para siempre. Para él lo mejor a largo plazo sin duda estuvo en aquel concurso anual de flores. Acudió con un ramillete de brotes acuáticos, que le hicieron  ganar el primer premio.

Allí la señora Charteris, acompañante de los jueces, le pidió que le ayudara con su nuevo jardín. Allí surgió un amor mudo por la mujer y una devoción incondicional a las plantas que ella adoraba.

El joven Herbert se convirtió en Bert Pinnegar, ayudante de jardinero. Mucho tiempo tendría que transcurrir hasta que consiguiera llegar a la jefatura, avanzando puesto a puesto en el rígido escalafón de la plantilla.

Durante toda su vida se parapetó en el trabajo y renunció prácticamente a vivir. Uno no sufre si no arriesga, y él no arriesgó. 

Era como si se acercara a las rosas protegido con fuertes guantes, las espinas no le pincharían, pero tampoco podría sentir el dulce tacto de los pétalos.

Herbert  ha contemplado la vida pasar; las estaciones se suceden entre las plantas. Vive lo que le va cayendo, desde las guerras que asolan su país hasta sus pequeños triunfos como experto jardinero. Y como hombre ha derramado en el libro mucha sabiduría.

Perfectamente marcados por el autor, los años van desplomándose sobre él. Y van cayendo también sobre su entorno. Se producen cambios que le cuesta aceptar, pero que soporta resignado. Puede empeñarse en que se sigan plantando begonias porque siempre se ha hecho así, pero no se rebela ante algunas arbitrariedades que le toca sufrir.

Nuestro jardinero es lo más parecido a un gran árbol que deja que lo cubra la nieve, que lo moje la lluvia, que lo abrase el sol. Sin que nada lo inmute.

Herbert Pinnegan hizo del trabajo en el jardín su vida y del esfuerzo su único fin. ¿Qué sucedería cuando todo aquello acabara?¿No sentiría el escalofrío de la soledad?

Como tantas de las circunstancias que nos rodean el jardín viste dos caras, detrás de la belleza se esconden las malas hierbas y las plagas.  El jardín simboliza la vida, que acoge desde lo más hermoso hasta lo más detestable.

En literatura los recuerdos son un tema recurrente. Muchas novelas se nutren de memorias. Unas veces la cronología los estructura, como sucede en Recuerdos de un jardinero inglés. Salvo algún olvido más o menos deliberado, los hechos van cayendo ordenados uno tras otros en cada página. En otras ocasiones el autor nos hace caminar por el territorio informe de la evocación, donde las situaciones se confunden, donde solo tenemos retazos.

Arkell no escarba en Pinnegar, no palpa su piel, apenas nos hace sentir su calor. Quedan muchas preguntas: ¿Qué es de este hombre en la soledad de su hogar? ¿Con quién celebra sus alegrías? ¿En qué pecho hunde su cabeza? ¿Dónde está su familia?

 

 


viernes, 29 de enero de 2021

La otra isla

 




2020

Leer este libro ha sido como zambullirme en un  mar de memoria. Buceaba algo inquieta, eso sí; me metía en pequeños rincones, pero no veía bien, tenía que acostumbrarme a la falta de luz de ese fondo marino.

Esta novela al comienzo me generaba desazón porque no aprehendía bien aquel manojo de historias. Me faltaba iluminación, y esta fue llegando poco a poco según pasaba páginas.

No siempre los hechos se muestran claros, en ocasiones una nebulosa cubre lo que acontece y hasta la fantasía se disfraza de verdad.

La novela no se ofrece neta, el lector tiene que pelearse con las palabras para encontrar un hilo. Esto supone un reto que se ve recompensado porque el que lee también encuentra su propio hilo.

En La otra isla vamos y venimos durante treinta años por las entretelas de unas mujeres que vadean la vida dentro y fuera de Cuba.

Silvia Herrero de Tejada nos adentra –sin afán totalizador- en la memoria de las gemelas Larralde, Letty y Mirta; de Lara, la hija de esta última y, al fondo nos deja escuchar el eco de Gertrudis Gómez de Avellaneda, su tía Tula, la escritora romántica que, de manera injusta, no aparece en los programas escolares.

Un nudo fuerte amarra a estas cuatro mujeres: Cuba, que las envuelve con su luz y su sombra. Todas sufren el problema de la identidad rota. Unas nacieron allí y se vieron abocadas a salir, otra no nació allí y tuvo que acercarse a la isla para buscarse.

El título La otra isla encierra varios significados: un programa de radio en Miami hecho por cubanos, la propia ciudad norteamericana asilo de multitud de emigrantes isleños. Pero también se refiere a las islas que son cada una de estas mujeres, que viven separadas y a la vez formando un grupo, unido  por una energía que ellas mismas transmiten y generan.

En el relato los hombres parecen estar excluidos de este universo de mujeres; salvo el cubano Omar. En esa familia no parecían fiarse demasiado de ellos. Compartían la idea de la tía Tula de que no existía la igualdad de sexos, porque el femenino era muy superior.

Aventura, fantasía, espionaje, política y romanticismo se hacen uno en el libro.

Un tesoro que la familia dejó al partir, mujeres que pueden hacerlo todo por amor, el miedo a volver, la necesidad de derramarse en la isla caribeña. Las revoluciones: la de Castro y la de estas mujeres.

Se pregunta Lara: ¿De verdad pretendía que yo, así como así, marchara en busca del tesoro perdido de una escritora decimonónica, custodiado por fantasmas? ¿Cuando, todo el mundo sabe, que ni los tesoros ni los fantasmas generalmente existen?

Sí, eso era lo que quería exactamente su madre.

Un cubano jamás se va a desprender de su isla. Incluso la transmiten a hijos que no han nacido allí.

 

 

 

 

 


viernes, 15 de enero de 2021

Rewind


                                                                                2020

 

 […] y me dirigí al lavabo del fondo, el pequeño. Esa es la irrisoria y única razón por la que ahora estoy vivo: mis ganas de hacer pis.

Cuando leí esto en la segunda página de Rewind sentí un extraño vértigo, porque siempre me ha cautivado la idea de que una decisión aparentemente insignificante, como esta que se plasma en el libro, pueda hacerse determinante para la vida de una persona. La realidad muchas veces no te deja comprobar la fragilidad de la existencia; sin embargo, la literatura sí te permite husmear, desmenuzar, examinar un camino vital como si estuviéramos en un laboratorio.

Juan Tallón, el autor, hurga y nos hace hurgar en el equilibrio inestable en el que se organiza una vida, que en unas décimas de segundo puede desbaratarse, porque se halla siempre cosida con un hilo finísimo, que en cualquier momento puede quebrarse.

Dividida en seis partes, Rewind va exhibiendo las atroces consecuencias de la explosión en un piso de la rue Romarin de Lyon. Allí vivían cuatro estudiantes de distintas nacionalidades europeas.

En la primera parte  Paul, uno de los inquilinos, nos narra su experiencia en el momento de la explosión, cuando el azar lo colocó alejado del epicentro del infortunio.

Meé y entonces ya no tuve ocasión de nada más. Me cuesta recordar con precisión ese instante, cuando todo se desintegró y se volvió irreal.

El testimonio de Paul inocula desazón en el lector, nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad. Qué bien queda plasmada en el texto la atmósfera irreal de ese momento: el silencio lastimoso, la honda oscuridad y la noción de tiempo rota.

La novela podría haber sido el relato de un instante, un instante cegador, como cuando te deslumbran con una potente luz y tienes que esperar minutos hasta recolocar el escenario que tienes enfrente.

Pero Tallón ha querido ir más allá, ha querido mostrar todo lo que las familias y amigos de los jóvenes han padecido. Cuando, no hacía falta, te lo puedes imaginar aunque no lo hayas sufrido o no lo hayas visto soportar a otros.

En los siguientes fragmentos, pues, Tallón descubre las revelaciones del padre de Emma, otra de las ocupantes de la casa; de la quiosquera amiga de los jóvenes; de Gianna, hermana de Luca, el estudiante italiano; de Violette, la médica que acudió la primera al siniestro. Y termina la serie con una nueva intervención de Paul, del otro Paul, el que había surgido tras la catástrofe.

Cada una de esas manifestaciones son muestras de la pérdida, del desamparo y de la devastación que la explosión ha sembrado en víctimas y allegados. Todo bastante previsible, en alguna ocasión pueden incluso resultar excesivo.

Precisamente la previsibilidad resta fuerza a ese primer impacto que produce un hecho tan brutal y tan injusto.

Yo me quedaría con el primero y con el último con Paul como protagonista.

Es llamativo cómo, en aquellos instantes, tan dramáticos, no me pregunté ni durante un segundo qué había pasado. Ni se me ocurrió.

Tras esta confesión del muchacho, me doy cuenta que a mí tampoco se me había ocurrido pensar qué o quién había causado aquello. Sin embargo Tallón se ha empeñado en hacerlo. Entonces, sobre las páginas de esta novela proyecta un segundo relato, el del terrorismo islámico, que se yergue como responsable. Podría haber prescindido de esos retazos narrativos que van dibujando la autoría porque restan intensidad a Rewind.

Lo entero se convirtió en roto, lo grande en minúsculo, lo pequeño en inexistente, lo importante en pérdida, los recuerdos en polvo, el futuro en pasado.

El relato podría haberse quedado ahí, en esa espiral que se tragó a Paul, que lo regurgitó más tarde como alguien distinto.

Tallón ha acumulado eventos, y con eso ha quitado fuerza al impacto, a la conmoción del hecho primero, tan demoledor.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El tranvía de Navidad

 

                                                                           

                                                                           2020

La lectura de esta novela me ha dejado un cierto poso de decepción. El atinado y duro relato que contiene desfallece en algunos momentos por los frecuentes paralelismos con la historia de la Navidad, algo postizos y faltos de originalidad.

Las semejanzas son evidentes: un recién nacido que ha visto la luz en condiciones miserables, un tranvía trasmutado en cometa guiadora y hasta un mago. Pero los ejemplos no se acaban ahí, habrá muchos más.

Todo se desarrolla en una jornada; el 24 de diciembre por la tarde, cuando van subiendo al tranvía una serie de personajes, que militan entre los derrotados de la colectividad. Se sorprenden con la presencia de un recién nacido abandonado en los asientos traseros: “Movía las manitas […] con esas palmas rosadas que semejaban frutos recién pelados en contraste con la piel negra […]”. Lo habían colocado envuelto en una manta, atada con un nudo al respaldo para que no se cayera con una posible frenada brusca.

El tranvía número catorce conecta el centro de la ciudad con la primera periferia. La que aloja a los desheredados, a los solitarios, a los desvalidos nacionales. Porque existe otra periferia más allá, más profunda, más desconocida: la que alberga a los emigrantes, un territorio donde ningún medio de transporte se aventura.

Un tranvía es esclavo de las vías por las que discurre. A eso le da vueltas el conductor, que envidia la mayor capacidad de movimiento de un autobús, que se desplaza libre sobre sus neumáticos. Un tranvía va “sin sorpresa, sin otros horizontes”, como muchos de sus usuarios, que viven atrapados en su destino desgraciado.

Ha caído la tarde, ya son pocos los que suben.

Una pareja. Ella vende su amor por algo de cena. Él es un viudo y abraza esta última oportunidad de farsa pasional. Se ha teñido el pelo, se ha comprado ropa colorida en el mercadillo; sabe que antes que él la vistió gente que ya murió.

Filippo vuelve de trabajar. En realidad se llama Noel, pero su caprichosa patrona ha preferido llamarlo así, aprovechando que es filipino.

También retorna a casa un viejo que vendía paraguas, que vivía siempre apurado por las previsiones meteorológicas, cuando no eran de lluvia. Por la mañana viaja junto a otros muchos que acuden al centro a buscarse la vida, se desplazan apiñados, tan pegados que forman un solo cuerpo, como una masa que se expande hasta el más pequeño rincón del vehículo. Al llegar a destino el grupo compacto se deshace en pequeños cuerpos todos diferentes y todos muy iguales.

Sube luego el joven africano William, que ha venido buscando un buen lugar para crecer, pero que solo ha tropezado con incomprensión y crueldad; incluso entre sus compañeros de gueto. No ha visto más que desengaño en la franja de mundo que ha recorrido desde África a Europa. Esa tarde en la parada considera su mísera existencia sin futuro ni ocupación, que tanto contrasta con  “la ciudad histérica de tráfico por las compras de última hora” que le rodea.

Llega un mago que ha perdido la magia. Sus trucos dejaban al público boquiabierto, pero ahora ya no, el olvido se ha instalado en él.

Por supuesto no faltan los desalmados, solo aprendices en esta ocasión. Desprecian al emigrante, seguro que no saben bien por qué.

La enfermera vuelve a casa también, en su pensamiento se acomoda la anciana que cuidaba, que acaba de fallecer. Una gran lectora, que le dejó sobre la mesilla un mensaje en forma de libro: Cuento de Navidad. A la sanitaria el bebé le recuerda a una joven que vive en la calle, que comparte acera con una anciana demenciada.

El último que se instala en el tranvía compraría su dignidad con tan solo cinco euros, pero no sabe dónde está su billete.

 

 

 


jueves, 17 de diciembre de 2020

Jauja


La novela se abre con una noche de estreno en el Teatro Lliure de Barcelona. María Broto, una actriz de éxito en la cuarentena ha triunfado como protagonista de El jardín de los cerezos de Chejov. En el patio de butacas todos aplauden enfervorecidos, el autor enfoca a alguien entre los espectadores: Rafael. La actriz y él se criaron en el mismo pueblo, Valdecádiar. A pesar de que hacía mucho que no la veía, la ha reconocido enseguida. Al contemplarla, muchas caras y muchas vivencias han volado hasta él. La aborda a la salida y ella lo confunde con un admirador pegajoso, y quiere quitárselo de encima rápido, pero Rafaelín viene con una triste misión, tiene que comunicarle que su padre, Teodoro Broto, ha muerto.

María y su padre no se trataban desde hacía muchos años.  No supo perdonarle y rompió con el pueblo y con él. En un principio por rencor ella misma se prohibió pensar en su pasado, estaba dolida; más tarde todo su ayer fue desvaneciéndose porque María estaba demasiado ocupada en vivir su vida, en buscar su propia identidad. Su padre falló al negarle la verdad y ha caminado desorientada. Por fin Rafael le descubrirá esa verdad.

La noticia de la muerte del padre suscita en la hija un huracán de sensaciones. El paisano le propone acompañarlo hasta Valdecádiar, para asistir al funeral al día siguiente. Serán solo unas horas, volverán a tiempo para la siguiente función.

La noche de María se puebla con el debate, no sabe si quiere ir o no. Finalmente decide que se agregará al viaje. María siente que por lo menos una vez en la vida hay que mirar a la verdad a la cara. Es algo que dice su personaje en la obra y le viene en este momento a la cabeza. No va a ser la única vez en la novela que esta réplica aparezca en su mente. Parece un descuido del escritor.

No visitaba el pueblo desde hacía unos treinta años. Para ella los momentos despreocupados que vivió  allí son jauja. En el libro cada personaje tiene su propia jauja. Para su padre o su abuelo, o para los más mayores, está más ligado al bienestar económico; que para muchos estaba en la emigración a la gran ciudad.

El pueblo no existe en realidad, es un espacio imaginario construido con trozos de otros pueblos aragoneses, incluido el de los abuelos de Use Lahoz, en el que él pasó muchas temporadas. El escritor aseguraba en una entrevista que la obra es pura ficción. Aunque dice también que el origen de la novela está en una noche de teatro en la conocida sala barcelonesa, algo que quedó allí guardado en su memoria, y que se fundió luego con sus experiencias. Porque en toda obra de ficción está siempre el escritor de una u otra manera.

Cuando la hija rompió los lazos con su padre, cerró una puerta en falso. Rafael ha venido a abrirla de nuevo. Por ahí ahora en la novela se van a colar la vida en Valdecádiar de Teodoro; de Zacarías, su padre; de la madre, Amparo y de la tía Gracia; también de Pablo Peñalver y de la propia María. Y la vida de todos ellos en Barcelona. Porque el libro se mueve entre estos dos espacios preferentemente, aunque asimismo volamos a Montoro o a Málaga para conocer el devenir de Gloria. Es una novela coral.

Jauja refleja con una cierta carga crítica las diferencias de vivir en una España de pueblo y una España de capital durante la segunda mitad del siglo XX. Use Lahoz nos hace testigo en cierta medida de la transformación de este país durante todos estos años. Nos desplazamos hacia atrás en el calendario, desde el 2016, cuando muere el padre hasta el 1955, la fecha más antigua. Pero no en un recorrido lineal, sino que vamos saltando de fechas: 1977, 86, 90, 92, 66, 75 y en cada una la historia va dando un giro relevante.

Descubrimos esa España como si hubiéramos entrado en una casa cuyos dueños acabaran de fallecer, hurgamos en cada rincón, en armarios y cajones. Se desvela mucho dolor, también felicidad, pobreza, fascinación, pactos de silencio, intolerancia, imposiciones, mentiras.

Rafael se convierte en la llave de un pasado que María desconocía y que le va a cambiar su percepción de las cosas. Pero el pasado no siempre viene con cara amable, en ocasiones viene con ganas de molestar. Como decía la tía Gracia. En efecto el pasado puede ser un invitado incómodo o un invitado anhelado. El pasado puede ser una cueva oscura en el que no queremos penetrar, porque tenemos miedo de lo que podemos encontrar allí. En ocasiones, aunque deseemos recordar, desde nuestro presente ya no podemos recuperar el ayer, que percibimos desenfocado. 

Creemos que el futuro es lo que se nos oculta, pero muchas veces el pasado es más imprevisible que el futuro. Eso es lo que le pasó a María. Y ahora que lo ha conocido es tristemente consciente de que aquello ya no está. Su jauja ya no existe. Valdecádiar es el paraíso perdido de María Broto.

Pero de sus ruinas ha florecido una nueva mujer. 

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Un tío con una bolsa en la cabeza

 

2020

Un tío con una bolsa en la cabeza, una novela policiaca sobre la corrupción. Su autor, Alexis Ravelo, manejando una voz propia, consigue sacarle destellos novedosos a esta combinación de género y tema.

Uno de esos brillos nuevos reside en hacer coincidir detective y víctima en una misma persona: el protagonista. “Pero si no salgo, si no voy a salir y me voy a morir aquí, en el suelo del salón, amarrado y con una bolsa en la cabeza, tiene bemoles la cosa: eso quiere decir que entonces estoy aquí investigando mi propio asesinato.”

La novela es un monólogo. El de Gabrielo, uno de los Cachorros de Colacho.

Colacho era Nicolás Umpiérrez, el último alcalde franquista del pueblecito de San Expósito, en algún lugar del litoral canario. Rico de cuna, se hizo corregidor propulsado por el único deseo de amontonar dinero. Con artimañas poco transparentes convirtió el diminuto villorrio en un importante destino turístico, y supo construir un clan a su alrededor con jóvenes hechos todos de madera canalla. Gabrielo fue uno de ellos. Ahora es él el alcalde.

Al comienzo del relato se encuentra atado de pies y manos sobre el sofá de su salón, lleva la cabeza cubierta con una bolsa azul de las de basura, perfumada. Dos individuos lo cogieron por sorpresa cuando entraba en su casa y, curiosamente, solo le robaron el dinero que llevaba encima, que no era demasiado. Sorprende al propio Gabrielo que no registraran más a fondo la vivienda.

Y como un miserable voy a morir. Como basura. Ya hasta estoy metido en la bolsa.”

A partir de ese momento, Gabrielo, o Gabriel Sánchez Santana, exprime el poco aire que le queda para rastrear en su memoria el posible responsable del asalto. Son muchos los postulantes. Se mueve entre trampas, estafas, tretas, señuelos, sobornos, mentiras. Muchas imágenes del mundo animal que ha visto en los documentales le sirven para reflejar ese universo deshonesto: la musaraña etrusca que lo único que hace es buscar gusanos y moscas para devorarlos, o la hiena que reconoce enseguida el ñu más débil para atacarlo. Así funciona parte de su entorno.

Hasta el sofá van llegando como por oleadas fragmentos de su vida. Gabrielo es un personaje muy bien trazado, es un corrupto, pero también es un ser que sufre, que está solo. Es un malo que en algunos momentos puede resultar hasta entrañable. Es un malo que domina el bisnes del delito, pero aquí lo encontramos burlado y engañado. Es un malo que reverencia a su parentela, siempre que no obstaculicen sus propósitos.

La muerte va medrando por la superficie de plástico azul como la hiedra por un muro en esos documentales en los que usan “time-lapse” para que veas en unos segundos lo que dura días o semanas o meses.

 Así ha visto él su vida toda, y nos la ha mostrado a nosotros.

Una novela muchas veces es una ventana y en esta ocasión el escritor canario nos abre un hueco por el que captamos cada mínimo recoveco de la ciénaga que es la corrupción, donde hombres y mujeres bracean, y donde muchos de ellos se hunden para siempre. La novela es una crítica ácida contra los usos de los malos políticos.

Entre la familia biológica y la familia envilecida que lo enganchó media una gran distancia. Ravelo lo evidencia cuando distingue “el viejo” (su padre) y “el Viejo” (Colacho). Son antitéticos, como lo son Gabrielo y su hermano o las dos esposas que ha tenido.

Pasado y presente se van trenzando en el libro. A veces te olvidas de la situación desesperada de Gabrielo. El propio autor aseguraba hace dos meses en una entrevista en El País que deseaba una novela claustrofóbica pero no tanto que disuadiera de su lectura. Lo ha conseguido, aunque si hubiera provocado zozobra, desazón o ahogo en el que lee sobre alguien que se asfixia, el libro hubiera deslumbrado más. Estoy pensando en Que de lejos parecen moscas, donde, en unas circunstancias cercanas a las de esta novela, su autor sí se atreve a arrastrarnos en el agobio y  la ansiedad.

Domina entre los críticos la idea de que la novela policiaca triunfa porque consigue ordenar el mundo al final del texto. Y es que frente a un mundo real desestructurado, el lector necesita que la realidad de la ficción aparezca organizada, acomodada, resuelta. En este sentido Alexis Ravelo con una afortunada maniobra narrativa nos deja un desenlace con cada pieza en su sitio.

La imagen de la portada es algo decepcionante. La tapa de un libro interacciona con el lector, se dirige a él desde el escaparate de una librería o desde una pantalla. En este caso no se filtra nada del contenido, que es lo sugestivo en una buena cubierta: aquí se adivinan unas manos que aparentan empujar una tela elástica, que no evoca la bolsa que ahoga aquí. Además el personaje tiene las manos atadas. 

La narración se va tensando con las múltiples anticipaciones que te empujan a avanzar. Una letanía de Gabrielo va atando su sofoco: ha reconocido la voz de uno de los asaltantes. Lo repite y lo repite como una cantinela “A ver: la voz del ronero. El ronero. A ese lo conozco yo.”

Más que entre los enemigos, tendría que buscar entre los amigos, y eso es peor.

“Te moriste por dentro ya hace mucho”




jueves, 19 de noviembre de 2020

Entre dos palacios


“Se despertó a medianoche, como solía hacerlo siempre en ese preciso momento, sin necesidad de despertador ni nada parecido, tan sólo influida por el ansia que la obligaba a salir del sueño cada madrugada con puntualidad.”

Este es el comienzo de Entre dos palacios. ¿Quién es esta mujer? ¿Por qué tiene que despertarse a media noche cada día? ¿Qué tarea la reclama?

Se trata de Amina es la madre de una familia de cinco hijos; una familia musulmana y acomodada. Se levanta cada día a esta hora porque tiene que atender a su marido, tiene que servir al señor de la casa, que a esa hora vuelve de la juerga de cada noche. A los dos les parece normal que ella tenga que desvelarse para iluminarle el camino de acceso hasta su habitación, para recogerle la ropa, para ayudarlo con los preparativos del descanso,  para llevarle una palangana de agua caliente con la que alivie sus pies… Estamos en El Cairo, corren los años 1917, 18 y 19. A ella le importa poco el año, ella vive en su propio calendario: antiguo, indefinido, el de la tradición, el que le marcaron. En el que la mujer es la esclava del marido, de los hijos, de la casa.

La mente del lector puede volar a otros lugares, a otros momentos –no demasiado lejanos-. Esto le puede recordar actitudes y modos de vida, de los que ha podido ser testigo o de los que ha podido oír hablar. Con otros matices culturales España han sufrido esa misma filosofía de vida, la del servilismo en la mujer, que muchas llevaron y algunas llevan aún cosido a la piel.

Por otro lado la novela desde el comienzo se balancea entre lo interior y lo exterior. Ella se encuentra dentro, en la casa, su dominio, el femenino; él, fuera, en la calle, en el suyo, el masculino.

Así, los espacios del relato se distribuyen por sexos. Ellas, la madre y las dos hijas casaderas, se encuentran encerradas entre los muros de la casa, ven el exterior a través de las celosías, lo de fuera les está velado y vedado; tienen una visión distorsionada de la realidad, a veces incluso ridícula. Les han hecho creer que les faltan capacidades para comprender lo que está más allá de las paredes que las contienen. Ellos, el padre y los tres hijos, salen de la casa a su antojo,  y ahí tienen sus actividades profesionales y de estudio; de rezo; de esparcimiento, más o menos lícito, pero tolerado.

Las circunstancias sociopolíticas adquieren un relieve importante en la narración, van a empapar su final. Se enseñorean en la casa, avanzada la novela, de la mano de los hombres, porque ellas viven ajenas a todo lo que está al otro lado de la puerta. Tras el armisticio y la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, los ingleses afianzan su poder en Egipto, provocando el descontento y la agitación en las calles y en el alma del pueblo egipcio.

Naguib Mahfuz, el autor, dibuja la casa con todos sus rincones; la vida de cada día, hora a hora; las comidas; las ocupaciones, muy distintas, de los hombres y las mujeres del clan. El ocio entre ellos y ellas. Bodas, accidentes, nacimientos, infidelidades, desgracias, celos, deseos, inflexibilidad. Todos estos eventos siembran el relato y van tirando del hilo narrativo que nunca decae.                                       

También en los propios personajes se distinguen esas dos magnitudes: interior y exterior. Lo que dejan ver es su exterior, lo que callan es el interior. Y callan,  todos callan, y cada uno tiene sus razones: por una especie de superstición religiosa, por miedo a la arbitraria autoridad paterna, por acatamiento de costumbres atávicas y patriarcales. Todos viven (y así se muestran en el libro) como en un escenario, representando el papel que se supone que se ha escrito para ellos. Pero Naguib Mahfuz nos muestra sus pensamientos y sus almas, en una especie de monólogo interior, donde sus criaturas se desnudan ante el lector. Como nosotros tienen miedo, tienen fallos, se debaten, esconden lo que les duele, son mezquinos, desean y aman a quién no deben…Todos esos debate los hacen creíbles y hacen creíble la historia que se cuenta en Entre dos palacios.                                                              

“Una vez, en su primer año de convivencia, [ahora ya lleva 25 años confinada en la casa del esposo, saliendo solo cuando él lo autoriza] se le había ocurrido manifestar una especie de protesta educada ante su continuo trasnochar. Como respuesta él la cogió por las orejas y le dijo elevando la voz en tono tajante: «Yo soy un hombre, el señor absoluto, y no acepto ninguna observación sobre mi conducta. Lo único que tú tienes que hacer es obedecerme, y ten cuidado, no me obligues a corregirte».”

Aunque sabes que es una novela, aunque sabes que se refiere a una época ya lejana, aunque no ignoras que Egipto queda lejos, es difícil no sentir rabia cuando lees esto. 

sábado, 24 de octubre de 2020

La acompañante

 




Esta novela aparece precedida por unas breves notas de su creadora, Nina Berbérova. En ellas desvela que La acompañante recoge las memorias de una ignorada y anodina pianista rusa, encontradas dormidas en un cuaderno forrado de hule que alguien localizó en una chamarilería de París.

Ese alguien, ruso también, las leyó, sin reconocer a la autora. Se las pasó
entonces a Berbérova, nacida en San Petesburgo en 1901 y exiliada en París en los años veinte. Antes de reproducirlas, ella asegura que cambió algunos detalles porque  comprendió que muchos de sus conciudadanos, desterrados también en la capital francesa, en algún momento, sin duda, habrían visto, oído o conocido a aquella mujer. Asegura que una muerte súbita tuvo que ser la causa por la que aquel escrito no fue arrojado al fuego. El cuaderno forrado de hule llevaba tiempo guardado en un armario polvoriento y contenía una vida que no importaba a nadie.

“(…) esa mujer olvidó este cuaderno como el pasajero que olvida un paquete al saltar de un tren en marcha.”

 El resto de las escasas pertenencias de la dueña del cuaderno habían servido para pagar la habitación del hotel “de mala muerte” donde había fallecido: unos cuantos vestidos, ropa de cama y otros objetos “(…) es decir, todo lo que queda cuando desaparece una mujer”.

 Qué poco quedó de esa mujer. Sonia (o Sónechka, su diminutivo) nació en N., en la vergüenza, según ella misma dice. Era hija única.  Con su madre, profesora de piano, se trasladó a San Petesburgo y allí se inició ella también en ese instrumento. En esta ciudad conocería a la gran soprano María Nikoláievna Trávina, una dama de gran carisma que le debía todo a su empeño y a su trabajo. Un encuentro de opuestas, porque Sonia, muy al contrario que la cantante, no creía en ella misma, no gozaba de empuje alguno. Podía vivir o morir: en el fondo todo me daba igual.”

 “Después decenas de veces la acompañé en el escenario, pero nunca aprendí a saludar, adónde mirar, si debía o no sonreír durante los aplausos o a cuántos pasos ir detrás de ella. Yo entraba rápidamente, como una sombra, sin mirar al público, tomaba asiento con la mirada baja y colocaba mis manos en el teclado.”

 Nina Berbérova ha iluminado con su escritura afilada en acero la zona en penumbra en la que se hallaba la acompañante, la otra, la que no brilla. Ha puesto el foco en ella y la ha zarandeado  para reprocharle que no haya sabido conquistar su lugar en el mundo.

Y Sonia, en medio de un tono general mustio y conformista, va sembrando de gritos su diario: contra Dios que no las ha hecho semejantes; perversa y retorcida, hinchada de rencor, rabia y dolor.

Todos los personajes del libro, como sin duda la propia Berbérova, se han visto azotados por los acontecimientos que les ha tocado vivir. Pero mientras unos han peleado, otros se han metido en su escondrijo vital. Berbérova nos muestra sus simpatías por los primeros.

 “Delante de mí habían pasado personas y pasiones: yo las veía desde mi rincón, (…); pero me quedé al margen, no me aceptaron en ese juego (…).”

 

¿Peleó  Sónechka lo bastante para ganar la aceptación de los demás o solo supo llorar?

jueves, 15 de octubre de 2020

Tiempos salvajes

 



    “Engoncée dans sa parka polaire, l’inspecteur Oyun essayait de comprendre l’empilement de choses. Elle s’était accroupie dans la neige qui crissait et s’était penchée pour mieux voir. Le froid lui tailladait les pupilles et l’air glacé lui griffait les sinus à chaque inspiration. C’était comme respirer des brisures de verre. Autour d’elle un autre terrible dzüüd vitrifiait la steppe immaculée.

Embutida en su parka polar, la inspectora Oyun intentaba descifrar aquel      apilamiento de cosas. Se había agachado sobre la nieve que crujía para mirar más de cerca. El frío le hendía las pupilas y el aire helado le arañaba la nariz por dentro con cada inspiración. Era como respirar astillas de cristal. A su alrededor otro terrible dzud vitrificaba la estepa inmaculada.”

    En este inhóspito vacío helado se abren Les temps sauvages (2016) que Salamandra convirtió en Tiempos salvajes en  2017.

     Oyun es la ayudante del comisario Yeruldelgger, ambos pertenecen a la sección criminal de la policía de Oulán Bator, capital de Mongolia.

     El origen del suceso se encuentra en ese “apilamiento”, que era “un pequeño montículo de cadáveres”: la única protuberancia en la planicie de la estepa en kilómetros a la redonda. Una potente imagen, difícil de interpretar, catapulta la novela: en un amasijo helado una hembra de yak, como procedente del cielo, se encuentra incrustada sobre otros dos cadáveres, los de un caballo y su jinete, del que solo se distingue una pierna que aún conserva su bota.

    Dzud es un término mongol que se refiere al fenómeno de inviernos fríos y duros seguidos de veranos muy secos y calurosos. Sucede periódicamente en esta zona, pero se están volviendo cada vez más frecuentes y crueles. Algunos lo han empezado a denominar “la nueva pesadilla del cambio climático”. Los rebaños quedan diezmados por las inclemencias del tiempo; esto acarrea grandes repercusiones en un país de nómadas que viven de sus animales, sin ellos se verán forzados a emigrar a la capital donde escasean las oportunidades para salir adelante.

     Y ahí quedan plasmados los dos grandes activos de esta novela negra: el propio caso policial y una incursión en este exótico país.

     Es cierto que su autor, Ian Manook, no se va a limitar a crear una trama detectivesca sino que se adentra también en el tejido social y político de un país poco conocido, con una baja densidad de población, una naturaleza de extremos y un pueblo hospitalario que debe romper con su pasado caduco e incorporarse a los tiempos modernos. Oulan Bator representa la otra Mongolia, un moderno centro económico, que se contrapone a la tradición de los nómadas que continúan viviendo en sus yurtas junto a sus animales en contacto con la naturaleza.

    Esta obra es un ejemplo claro de que la novela negra se ha convertido en un género militante que mira y nos hace mirar el mundo que nos rodea y que, en general, recrea una parte oscura de la sociedad y del alma humana escondidas tras un caso detectivesco.

     Pero este autor ni se llama Ian Manouk ni procede de esas lejanas tierras, es francés y su verdadero nombre es Patrick Manoukian. Y nos regala una expedición al viejo país mongol, entrecruzándose de nuevo el género negro y el de viajes.

     Hay mucho más (resulta difícil a veces digerir tanta información): un ejército corrupto; tráfico de personas y dinero; intrigas políticas; la desolación postsoviética al sur de la frontera rusa; un salto a Le Havre con la intervención de un policía francés y un periodista galo; descripciones del arte culinario francés y el mongol; servicios secretos ligando el espionaje con los intereses económicos; sueños y leyendas del país del añorado Gengis Kan; enfrentamientos crueles entre hombres y de estos con lobos…

    Y en medio de todo esto el investigador Yeruldelgger: sarcástico, atormentado, suertudo, salvaje, inteligente, perspicaz, invencible…, todo un superhéroe.

   En cierta ocasión, la inspectora Oyun, que corre en una persecución ardorosa por el hall de un hotel arrollando maletas y grupos de turistas, tropieza con una mesa donde se exhibe la maqueta de una yurta tradicional que queda destrozada. Una imagen perfecta de los dos países que se muestran entre estas páginas llenas de acción: la vieja Mongolia atropellada por la nueva.

 

 


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Malaherba

 



En la portada el primer plano de un niño, tiene unos diez años, no mira al objetivo, está abstraído. Sobre el pelo oscuro, rizado y algo alborotado sobresalen dos cuernos: el azar de la instantánea o la manipulación burlona del fotógrafo.

También la vida caprichosa manipuló con cierta burla la foto del pequeño Tambu, el protagonista de Malaherba, y lo colocó en una familia que se desquició. Su infancia se hace porosa a la vida enrevesada que estalla ante sus ojos.

“…ese día lloré por Claudia, y por todas las desgracias de los hijos que quieren a sus padres sin que sus padres sepan muy bien qué querer.”

La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo.” Así se abren estas memorias del joven Tambu. Una muerte que no es real da paso en esta novela a muchos pasajes opacos donde afloran  más intuiciones que certezas. Jabois sugiere hechos, va dejando hilos, y es el lector el que construye la tela, su propia tela. El propio título es un ejemplo: ¿Quién es Malaherba?, ¿qué es la mala herba?

El adolescente rememora astillas de su infancia: unos abuelos y sus desavenencias con los padres, una nueva casa en Pontevedra, el mundo de la droga en el barrio, la familia que se ha tronchado, el maltrato. Una escuela aburrida con maestros anticuados, sus briosas anécdotas. La amistad eterna de los primeros años; el miedo y las dudas del que está creciendo.

Tambu y su hermana Rebe, pocos años mayor que él, durante un breve tiempo se quedan a cargo de Armando, que vive arriba, con sus dos hijos Clara y Elvis.

Desde ahora vemos que dos mundos corren paralelos en la novela: el desdibujado universo de los adultos, y el infantil, más transparente, que conforman los dos niños y el entorno. Cuando uno crece brotan las incertidumbres y apremian las respuestas. Y si estas tardan puede ser irremediable.

Tambu y Elvis se descubren y descubren  la complejidad que les rodea. Son refugio el uno del otro. Elvis es su amigo, su apoyo, su igual, ¿su novio? (a esa edad aún no lo sabe bien). Elvis y él eran de los niños que no tienen más remedio que juntarse “porque se encuentran fuera de los sitios. La infancia de aquí no se identifica con el mundo feliz que con frecuencia dibuja la literatura. Se muestra más bien como la alta montaña que uno debe subir. Con guía resulta más sencillo, pero estos niños no la tienen.

“Me aprendí todas las capitales europeas con ese puzzle de la misma manera que aprendí muchas cosas de la gente a la que quería juntando sus pedazos.”

Esto no puede resultarle sencillo a un niño porque cuando empezamos a hacernos mayores necesitamos que alguien nos ayude a unir los trozos.

Su familia se hace añicos y los hijos pagan un alto precio. Me ha gustado la paradoja que plantea Jabois con el cambio de nombres del domicilio. Cuando vivían en la calle Salvador Romero “que había sido un fascista, o algo así”, la casa de Tambu lucía feliz; cuando el nombre se trocó en calle Rosalía de Castro, la poeta preferida de su madre, las luces se apagaron en el hogar.

Han pasado unos cuantos años, Tambu escribe desde la adolescencia pero se siente muy cerca de sus diez años y los plasma con mucho acierto y con mucha credibilidad. Los que lo leemos nos reconocemos en muchas de las sensaciones que se evocan en  ese discurso fragmentario.

El Tambu de ahora, el que escribe, arropa con tolerancia a los muchos desoficiados del barrio donde creció: “Eran malos, tampoco había otro oficio”. Sin embargo le cuesta mucho comprender la maldad gratuita de los que arremetían contra Elvis y contra él: “¿Por qué siempre hay alguien que te lo quiere decir a la cara, que quiere que sepas, que no se va tranquilo hasta ver cómo empiezas a sufrir?”

Él solo quiso defenderse y defender a Elvis.