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viernes, 15 de enero de 2021

Rewind


                                                                                2020

 

 […] y me dirigí al lavabo del fondo, el pequeño. Esa es la irrisoria y única razón por la que ahora estoy vivo: mis ganas de hacer pis.

Cuando leí esto en la segunda página de Rewind sentí un extraño vértigo, porque siempre me ha cautivado la idea de que una decisión aparentemente insignificante, como esta que se plasma en el libro, pueda hacerse determinante para la vida de una persona. La realidad muchas veces no te deja comprobar la fragilidad de la existencia; sin embargo, la literatura sí te permite husmear, desmenuzar, examinar un camino vital como si estuviéramos en un laboratorio.

Juan Tallón, el autor, hurga y nos hace hurgar en el equilibrio inestable en el que se organiza una vida, que en unas décimas de segundo puede desbaratarse, porque se halla siempre cosida con un hilo finísimo, que en cualquier momento puede quebrarse.

Dividida en seis partes, Rewind va exhibiendo las atroces consecuencias de la explosión en un piso de la rue Romarin de Lyon. Allí vivían cuatro estudiantes de distintas nacionalidades europeas.

En la primera parte  Paul, uno de los inquilinos, nos narra su experiencia en el momento de la explosión, cuando el azar lo colocó alejado del epicentro del infortunio.

Meé y entonces ya no tuve ocasión de nada más. Me cuesta recordar con precisión ese instante, cuando todo se desintegró y se volvió irreal.

El testimonio de Paul inocula desazón en el lector, nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad. Qué bien queda plasmada en el texto la atmósfera irreal de ese momento: el silencio lastimoso, la honda oscuridad y la noción de tiempo rota.

La novela podría haber sido el relato de un instante, un instante cegador, como cuando te deslumbran con una potente luz y tienes que esperar minutos hasta recolocar el escenario que tienes enfrente.

Pero Tallón ha querido ir más allá, ha querido mostrar todo lo que las familias y amigos de los jóvenes han padecido. Cuando, no hacía falta, te lo puedes imaginar aunque no lo hayas sufrido o no lo hayas visto soportar a otros.

En los siguientes fragmentos, pues, Tallón descubre las revelaciones del padre de Emma, otra de las ocupantes de la casa; de la quiosquera amiga de los jóvenes; de Gianna, hermana de Luca, el estudiante italiano; de Violette, la médica que acudió la primera al siniestro. Y termina la serie con una nueva intervención de Paul, del otro Paul, el que había surgido tras la catástrofe.

Cada una de esas manifestaciones son muestras de la pérdida, del desamparo y de la devastación que la explosión ha sembrado en víctimas y allegados. Todo bastante previsible, en alguna ocasión pueden incluso resultar excesivo.

Precisamente la previsibilidad resta fuerza a ese primer impacto que produce un hecho tan brutal y tan injusto.

Yo me quedaría con el primero y con el último con Paul como protagonista.

Es llamativo cómo, en aquellos instantes, tan dramáticos, no me pregunté ni durante un segundo qué había pasado. Ni se me ocurrió.

Tras esta confesión del muchacho, me doy cuenta que a mí tampoco se me había ocurrido pensar qué o quién había causado aquello. Sin embargo Tallón se ha empeñado en hacerlo. Entonces, sobre las páginas de esta novela proyecta un segundo relato, el del terrorismo islámico, que se yergue como responsable. Podría haber prescindido de esos retazos narrativos que van dibujando la autoría porque restan intensidad a Rewind.

Lo entero se convirtió en roto, lo grande en minúsculo, lo pequeño en inexistente, lo importante en pérdida, los recuerdos en polvo, el futuro en pasado.

El relato podría haberse quedado ahí, en esa espiral que se tragó a Paul, que lo regurgitó más tarde como alguien distinto.

Tallón ha acumulado eventos, y con eso ha quitado fuerza al impacto, a la conmoción del hecho primero, tan demoledor.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El tranvía de Navidad

 

                                                                           

                                                                           2020

La lectura de esta novela me ha dejado un cierto poso de decepción. El atinado y duro relato que contiene desfallece en algunos momentos por los frecuentes paralelismos con la historia de la Navidad, algo postizos y faltos de originalidad.

Las semejanzas son evidentes: un recién nacido que ha visto la luz en condiciones miserables, un tranvía trasmutado en cometa guiadora y hasta un mago. Pero los ejemplos no se acaban ahí, habrá muchos más.

Todo se desarrolla en una jornada; el 24 de diciembre por la tarde, cuando van subiendo al tranvía una serie de personajes, que militan entre los derrotados de la colectividad. Se sorprenden con la presencia de un recién nacido abandonado en los asientos traseros: “Movía las manitas […] con esas palmas rosadas que semejaban frutos recién pelados en contraste con la piel negra […]”. Lo habían colocado envuelto en una manta, atada con un nudo al respaldo para que no se cayera con una posible frenada brusca.

El tranvía número catorce conecta el centro de la ciudad con la primera periferia. La que aloja a los desheredados, a los solitarios, a los desvalidos nacionales. Porque existe otra periferia más allá, más profunda, más desconocida: la que alberga a los emigrantes, un territorio donde ningún medio de transporte se aventura.

Un tranvía es esclavo de las vías por las que discurre. A eso le da vueltas el conductor, que envidia la mayor capacidad de movimiento de un autobús, que se desplaza libre sobre sus neumáticos. Un tranvía va “sin sorpresa, sin otros horizontes”, como muchos de sus usuarios, que viven atrapados en su destino desgraciado.

Ha caído la tarde, ya son pocos los que suben.

Una pareja. Ella vende su amor por algo de cena. Él es un viudo y abraza esta última oportunidad de farsa pasional. Se ha teñido el pelo, se ha comprado ropa colorida en el mercadillo; sabe que antes que él la vistió gente que ya murió.

Filippo vuelve de trabajar. En realidad se llama Noel, pero su caprichosa patrona ha preferido llamarlo así, aprovechando que es filipino.

También retorna a casa un viejo que vendía paraguas, que vivía siempre apurado por las previsiones meteorológicas, cuando no eran de lluvia. Por la mañana viaja junto a otros muchos que acuden al centro a buscarse la vida, se desplazan apiñados, tan pegados que forman un solo cuerpo, como una masa que se expande hasta el más pequeño rincón del vehículo. Al llegar a destino el grupo compacto se deshace en pequeños cuerpos todos diferentes y todos muy iguales.

Sube luego el joven africano William, que ha venido buscando un buen lugar para crecer, pero que solo ha tropezado con incomprensión y crueldad; incluso entre sus compañeros de gueto. No ha visto más que desengaño en la franja de mundo que ha recorrido desde África a Europa. Esa tarde en la parada considera su mísera existencia sin futuro ni ocupación, que tanto contrasta con  “la ciudad histérica de tráfico por las compras de última hora” que le rodea.

Llega un mago que ha perdido la magia. Sus trucos dejaban al público boquiabierto, pero ahora ya no, el olvido se ha instalado en él.

Por supuesto no faltan los desalmados, solo aprendices en esta ocasión. Desprecian al emigrante, seguro que no saben bien por qué.

La enfermera vuelve a casa también, en su pensamiento se acomoda la anciana que cuidaba, que acaba de fallecer. Una gran lectora, que le dejó sobre la mesilla un mensaje en forma de libro: Cuento de Navidad. A la sanitaria el bebé le recuerda a una joven que vive en la calle, que comparte acera con una anciana demenciada.

El último que se instala en el tranvía compraría su dignidad con tan solo cinco euros, pero no sabe dónde está su billete.

 

 

 


jueves, 17 de diciembre de 2020

Jauja


La novela se abre con una noche de estreno en el Teatro Lliure de Barcelona. María Broto, una actriz de éxito en la cuarentena ha triunfado como protagonista de El jardín de los cerezos de Chejov. En el patio de butacas todos aplauden enfervorecidos, el autor enfoca a alguien entre los espectadores: Rafael. La actriz y él se criaron en el mismo pueblo, Valdecádiar. A pesar de que hacía mucho que no la veía, la ha reconocido enseguida. Al contemplarla, muchas caras y muchas vivencias han volado hasta él. La aborda a la salida y ella lo confunde con un admirador pegajoso, y quiere quitárselo de encima rápido, pero Rafaelín viene con una triste misión, tiene que comunicarle que su padre, Teodoro Broto, ha muerto.

María y su padre no se trataban desde hacía muchos años.  No supo perdonarle y rompió con el pueblo y con él. En un principio por rencor ella misma se prohibió pensar en su pasado, estaba dolida; más tarde todo su ayer fue desvaneciéndose porque María estaba demasiado ocupada en vivir su vida, en buscar su propia identidad. Su padre falló al negarle la verdad y ha caminado desorientada. Por fin Rafael le descubrirá esa verdad.

La noticia de la muerte del padre suscita en la hija un huracán de sensaciones. El paisano le propone acompañarlo hasta Valdecádiar, para asistir al funeral al día siguiente. Serán solo unas horas, volverán a tiempo para la siguiente función.

La noche de María se puebla con el debate, no sabe si quiere ir o no. Finalmente decide que se agregará al viaje. María siente que por lo menos una vez en la vida hay que mirar a la verdad a la cara. Es algo que dice su personaje en la obra y le viene en este momento a la cabeza. No va a ser la única vez en la novela que esta réplica aparezca en su mente. Parece un descuido del escritor.

No visitaba el pueblo desde hacía unos treinta años. Para ella los momentos despreocupados que vivió  allí son jauja. En el libro cada personaje tiene su propia jauja. Para su padre o su abuelo, o para los más mayores, está más ligado al bienestar económico; que para muchos estaba en la emigración a la gran ciudad.

El pueblo no existe en realidad, es un espacio imaginario construido con trozos de otros pueblos aragoneses, incluido el de los abuelos de Use Lahoz, en el que él pasó muchas temporadas. El escritor aseguraba en una entrevista que la obra es pura ficción. Aunque dice también que el origen de la novela está en una noche de teatro en la conocida sala barcelonesa, algo que quedó allí guardado en su memoria, y que se fundió luego con sus experiencias. Porque en toda obra de ficción está siempre el escritor de una u otra manera.

Cuando la hija rompió los lazos con su padre, cerró una puerta en falso. Rafael ha venido a abrirla de nuevo. Por ahí ahora en la novela se van a colar la vida en Valdecádiar de Teodoro; de Zacarías, su padre; de la madre, Amparo y de la tía Gracia; también de Pablo Peñalver y de la propia María. Y la vida de todos ellos en Barcelona. Porque el libro se mueve entre estos dos espacios preferentemente, aunque asimismo volamos a Montoro o a Málaga para conocer el devenir de Gloria. Es una novela coral.

Jauja refleja con una cierta carga crítica las diferencias de vivir en una España de pueblo y una España de capital durante la segunda mitad del siglo XX. Use Lahoz nos hace testigo en cierta medida de la transformación de este país durante todos estos años. Nos desplazamos hacia atrás en el calendario, desde el 2016, cuando muere el padre hasta el 1955, la fecha más antigua. Pero no en un recorrido lineal, sino que vamos saltando de fechas: 1977, 86, 90, 92, 66, 75 y en cada una la historia va dando un giro relevante.

Descubrimos esa España como si hubiéramos entrado en una casa cuyos dueños acabaran de fallecer, hurgamos en cada rincón, en armarios y cajones. Se desvela mucho dolor, también felicidad, pobreza, fascinación, pactos de silencio, intolerancia, imposiciones, mentiras.

Rafael se convierte en la llave de un pasado que María desconocía y que le va a cambiar su percepción de las cosas. Pero el pasado no siempre viene con cara amable, en ocasiones viene con ganas de molestar. Como decía la tía Gracia. En efecto el pasado puede ser un invitado incómodo o un invitado anhelado. El pasado puede ser una cueva oscura en el que no queremos penetrar, porque tenemos miedo de lo que podemos encontrar allí. En ocasiones, aunque deseemos recordar, desde nuestro presente ya no podemos recuperar el ayer, que percibimos desenfocado. 

Creemos que el futuro es lo que se nos oculta, pero muchas veces el pasado es más imprevisible que el futuro. Eso es lo que le pasó a María. Y ahora que lo ha conocido es tristemente consciente de que aquello ya no está. Su jauja ya no existe. Valdecádiar es el paraíso perdido de María Broto.

Pero de sus ruinas ha florecido una nueva mujer. 

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Un tío con una bolsa en la cabeza

 

2020

Un tío con una bolsa en la cabeza, una novela policiaca sobre la corrupción. Su autor, Alexis Ravelo, manejando una voz propia, consigue sacarle destellos novedosos a esta combinación de género y tema.

Uno de esos brillos nuevos reside en hacer coincidir detective y víctima en una misma persona: el protagonista. “Pero si no salgo, si no voy a salir y me voy a morir aquí, en el suelo del salón, amarrado y con una bolsa en la cabeza, tiene bemoles la cosa: eso quiere decir que entonces estoy aquí investigando mi propio asesinato.”

La novela es un monólogo. El de Gabrielo, uno de los Cachorros de Colacho.

Colacho era Nicolás Umpiérrez, el último alcalde franquista del pueblecito de San Expósito, en algún lugar del litoral canario. Rico de cuna, se hizo corregidor propulsado por el único deseo de amontonar dinero. Con artimañas poco transparentes convirtió el diminuto villorrio en un importante destino turístico, y supo construir un clan a su alrededor con jóvenes hechos todos de madera canalla. Gabrielo fue uno de ellos. Ahora es él el alcalde.

Al comienzo del relato se encuentra atado de pies y manos sobre el sofá de su salón, lleva la cabeza cubierta con una bolsa azul de las de basura, perfumada. Dos individuos lo cogieron por sorpresa cuando entraba en su casa y, curiosamente, solo le robaron el dinero que llevaba encima, que no era demasiado. Sorprende al propio Gabrielo que no registraran más a fondo la vivienda.

Y como un miserable voy a morir. Como basura. Ya hasta estoy metido en la bolsa.”

A partir de ese momento, Gabrielo, o Gabriel Sánchez Santana, exprime el poco aire que le queda para rastrear en su memoria el posible responsable del asalto. Son muchos los postulantes. Se mueve entre trampas, estafas, tretas, señuelos, sobornos, mentiras. Muchas imágenes del mundo animal que ha visto en los documentales le sirven para reflejar ese universo deshonesto: la musaraña etrusca que lo único que hace es buscar gusanos y moscas para devorarlos, o la hiena que reconoce enseguida el ñu más débil para atacarlo. Así funciona parte de su entorno.

Hasta el sofá van llegando como por oleadas fragmentos de su vida. Gabrielo es un personaje muy bien trazado, es un corrupto, pero también es un ser que sufre, que está solo. Es un malo que en algunos momentos puede resultar hasta entrañable. Es un malo que domina el bisnes del delito, pero aquí lo encontramos burlado y engañado. Es un malo que reverencia a su parentela, siempre que no obstaculicen sus propósitos.

La muerte va medrando por la superficie de plástico azul como la hiedra por un muro en esos documentales en los que usan “time-lapse” para que veas en unos segundos lo que dura días o semanas o meses.

 Así ha visto él su vida toda, y nos la ha mostrado a nosotros.

Una novela muchas veces es una ventana y en esta ocasión el escritor canario nos abre un hueco por el que captamos cada mínimo recoveco de la ciénaga que es la corrupción, donde hombres y mujeres bracean, y donde muchos de ellos se hunden para siempre. La novela es una crítica ácida contra los usos de los malos políticos.

Entre la familia biológica y la familia envilecida que lo enganchó media una gran distancia. Ravelo lo evidencia cuando distingue “el viejo” (su padre) y “el Viejo” (Colacho). Son antitéticos, como lo son Gabrielo y su hermano o las dos esposas que ha tenido.

Pasado y presente se van trenzando en el libro. A veces te olvidas de la situación desesperada de Gabrielo. El propio autor aseguraba hace dos meses en una entrevista en El País que deseaba una novela claustrofóbica pero no tanto que disuadiera de su lectura. Lo ha conseguido, aunque si hubiera provocado zozobra, desazón o ahogo en el que lee sobre alguien que se asfixia, el libro hubiera deslumbrado más. Estoy pensando en Que de lejos parecen moscas, donde, en unas circunstancias cercanas a las de esta novela, su autor sí se atreve a arrastrarnos en el agobio y  la ansiedad.

Domina entre los críticos la idea de que la novela policiaca triunfa porque consigue ordenar el mundo al final del texto. Y es que frente a un mundo real desestructurado, el lector necesita que la realidad de la ficción aparezca organizada, acomodada, resuelta. En este sentido Alexis Ravelo con una afortunada maniobra narrativa nos deja un desenlace con cada pieza en su sitio.

La imagen de la portada es algo decepcionante. La tapa de un libro interacciona con el lector, se dirige a él desde el escaparate de una librería o desde una pantalla. En este caso no se filtra nada del contenido, que es lo sugestivo en una buena cubierta: aquí se adivinan unas manos que aparentan empujar una tela elástica, que no evoca la bolsa que ahoga aquí. Además el personaje tiene las manos atadas. 

La narración se va tensando con las múltiples anticipaciones que te empujan a avanzar. Una letanía de Gabrielo va atando su sofoco: ha reconocido la voz de uno de los asaltantes. Lo repite y lo repite como una cantinela “A ver: la voz del ronero. El ronero. A ese lo conozco yo.”

Más que entre los enemigos, tendría que buscar entre los amigos, y eso es peor.

“Te moriste por dentro ya hace mucho”




jueves, 19 de noviembre de 2020

Entre dos palacios


“Se despertó a medianoche, como solía hacerlo siempre en ese preciso momento, sin necesidad de despertador ni nada parecido, tan sólo influida por el ansia que la obligaba a salir del sueño cada madrugada con puntualidad.”

Este es el comienzo de Entre dos palacios. ¿Quién es esta mujer? ¿Por qué tiene que despertarse a media noche cada día? ¿Qué tarea la reclama?

Se trata de Amina es la madre de una familia de cinco hijos; una familia musulmana y acomodada. Se levanta cada día a esta hora porque tiene que atender a su marido, tiene que servir al señor de la casa, que a esa hora vuelve de la juerga de cada noche. A los dos les parece normal que ella tenga que desvelarse para iluminarle el camino de acceso hasta su habitación, para recogerle la ropa, para ayudarlo con los preparativos del descanso,  para llevarle una palangana de agua caliente con la que alivie sus pies… Estamos en El Cairo, corren los años 1917, 18 y 19. A ella le importa poco el año, ella vive en su propio calendario: antiguo, indefinido, el de la tradición, el que le marcaron. En el que la mujer es la esclava del marido, de los hijos, de la casa.

La mente del lector puede volar a otros lugares, a otros momentos –no demasiado lejanos-. Esto le puede recordar actitudes y modos de vida, de los que ha podido ser testigo o de los que ha podido oír hablar. Con otros matices culturales España han sufrido esa misma filosofía de vida, la del servilismo en la mujer, que muchas llevaron y algunas llevan aún cosido a la piel.

Por otro lado la novela desde el comienzo se balancea entre lo interior y lo exterior. Ella se encuentra dentro, en la casa, su dominio, el femenino; él, fuera, en la calle, en el suyo, el masculino.

Así, los espacios del relato se distribuyen por sexos. Ellas, la madre y las dos hijas casaderas, se encuentran encerradas entre los muros de la casa, ven el exterior a través de las celosías, lo de fuera les está velado y vedado; tienen una visión distorsionada de la realidad, a veces incluso ridícula. Les han hecho creer que les faltan capacidades para comprender lo que está más allá de las paredes que las contienen. Ellos, el padre y los tres hijos, salen de la casa a su antojo,  y ahí tienen sus actividades profesionales y de estudio; de rezo; de esparcimiento, más o menos lícito, pero tolerado.

Las circunstancias sociopolíticas adquieren un relieve importante en la narración, van a empapar su final. Se enseñorean en la casa, avanzada la novela, de la mano de los hombres, porque ellas viven ajenas a todo lo que está al otro lado de la puerta. Tras el armisticio y la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, los ingleses afianzan su poder en Egipto, provocando el descontento y la agitación en las calles y en el alma del pueblo egipcio.

Naguib Mahfuz, el autor, dibuja la casa con todos sus rincones; la vida de cada día, hora a hora; las comidas; las ocupaciones, muy distintas, de los hombres y las mujeres del clan. El ocio entre ellos y ellas. Bodas, accidentes, nacimientos, infidelidades, desgracias, celos, deseos, inflexibilidad. Todos estos eventos siembran el relato y van tirando del hilo narrativo que nunca decae.                                       

También en los propios personajes se distinguen esas dos magnitudes: interior y exterior. Lo que dejan ver es su exterior, lo que callan es el interior. Y callan,  todos callan, y cada uno tiene sus razones: por una especie de superstición religiosa, por miedo a la arbitraria autoridad paterna, por acatamiento de costumbres atávicas y patriarcales. Todos viven (y así se muestran en el libro) como en un escenario, representando el papel que se supone que se ha escrito para ellos. Pero Naguib Mahfuz nos muestra sus pensamientos y sus almas, en una especie de monólogo interior, donde sus criaturas se desnudan ante el lector. Como nosotros tienen miedo, tienen fallos, se debaten, esconden lo que les duele, son mezquinos, desean y aman a quién no deben…Todos esos debate los hacen creíbles y hacen creíble la historia que se cuenta en Entre dos palacios.                                                              

“Una vez, en su primer año de convivencia, [ahora ya lleva 25 años confinada en la casa del esposo, saliendo solo cuando él lo autoriza] se le había ocurrido manifestar una especie de protesta educada ante su continuo trasnochar. Como respuesta él la cogió por las orejas y le dijo elevando la voz en tono tajante: «Yo soy un hombre, el señor absoluto, y no acepto ninguna observación sobre mi conducta. Lo único que tú tienes que hacer es obedecerme, y ten cuidado, no me obligues a corregirte».”

Aunque sabes que es una novela, aunque sabes que se refiere a una época ya lejana, aunque no ignoras que Egipto queda lejos, es difícil no sentir rabia cuando lees esto. 

sábado, 24 de octubre de 2020

La acompañante

 




Esta novela aparece precedida por unas breves notas de su creadora, Nina Berbérova. En ellas desvela que La acompañante recoge las memorias de una ignorada y anodina pianista rusa, encontradas dormidas en un cuaderno forrado de hule que alguien localizó en una chamarilería de París.

Ese alguien, ruso también, las leyó, sin reconocer a la autora. Se las pasó
entonces a Berbérova, nacida en San Petesburgo en 1901 y exiliada en París en los años veinte. Antes de reproducirlas, ella asegura que cambió algunos detalles porque  comprendió que muchos de sus conciudadanos, desterrados también en la capital francesa, en algún momento, sin duda, habrían visto, oído o conocido a aquella mujer. Asegura que una muerte súbita tuvo que ser la causa por la que aquel escrito no fue arrojado al fuego. El cuaderno forrado de hule llevaba tiempo guardado en un armario polvoriento y contenía una vida que no importaba a nadie.

“(…) esa mujer olvidó este cuaderno como el pasajero que olvida un paquete al saltar de un tren en marcha.”

 El resto de las escasas pertenencias de la dueña del cuaderno habían servido para pagar la habitación del hotel “de mala muerte” donde había fallecido: unos cuantos vestidos, ropa de cama y otros objetos “(…) es decir, todo lo que queda cuando desaparece una mujer”.

 Qué poco quedó de esa mujer. Sonia (o Sónechka, su diminutivo) nació en N., en la vergüenza, según ella misma dice. Era hija única.  Con su madre, profesora de piano, se trasladó a San Petesburgo y allí se inició ella también en ese instrumento. En esta ciudad conocería a la gran soprano María Nikoláievna Trávina, una dama de gran carisma que le debía todo a su empeño y a su trabajo. Un encuentro de opuestas, porque Sonia, muy al contrario que la cantante, no creía en ella misma, no gozaba de empuje alguno. Podía vivir o morir: en el fondo todo me daba igual.”

 “Después decenas de veces la acompañé en el escenario, pero nunca aprendí a saludar, adónde mirar, si debía o no sonreír durante los aplausos o a cuántos pasos ir detrás de ella. Yo entraba rápidamente, como una sombra, sin mirar al público, tomaba asiento con la mirada baja y colocaba mis manos en el teclado.”

 Nina Berbérova ha iluminado con su escritura afilada en acero la zona en penumbra en la que se hallaba la acompañante, la otra, la que no brilla. Ha puesto el foco en ella y la ha zarandeado  para reprocharle que no haya sabido conquistar su lugar en el mundo.

Y Sonia, en medio de un tono general mustio y conformista, va sembrando de gritos su diario: contra Dios que no las ha hecho semejantes; perversa y retorcida, hinchada de rencor, rabia y dolor.

Todos los personajes del libro, como sin duda la propia Berbérova, se han visto azotados por los acontecimientos que les ha tocado vivir. Pero mientras unos han peleado, otros se han metido en su escondrijo vital. Berbérova nos muestra sus simpatías por los primeros.

 “Delante de mí habían pasado personas y pasiones: yo las veía desde mi rincón, (…); pero me quedé al margen, no me aceptaron en ese juego (…).”

 

¿Peleó  Sónechka lo bastante para ganar la aceptación de los demás o solo supo llorar?

jueves, 15 de octubre de 2020

Tiempos salvajes

 



    “Engoncée dans sa parka polaire, l’inspecteur Oyun essayait de comprendre l’empilement de choses. Elle s’était accroupie dans la neige qui crissait et s’était penchée pour mieux voir. Le froid lui tailladait les pupilles et l’air glacé lui griffait les sinus à chaque inspiration. C’était comme respirer des brisures de verre. Autour d’elle un autre terrible dzüüd vitrifiait la steppe immaculée.

Embutida en su parka polar, la inspectora Oyun intentaba descifrar aquel      apilamiento de cosas. Se había agachado sobre la nieve que crujía para mirar más de cerca. El frío le hendía las pupilas y el aire helado le arañaba la nariz por dentro con cada inspiración. Era como respirar astillas de cristal. A su alrededor otro terrible dzud vitrificaba la estepa inmaculada.”

    En este inhóspito vacío helado se abren Les temps sauvages (2016) que Salamandra convirtió en Tiempos salvajes en  2017.

     Oyun es la ayudante del comisario Yeruldelgger, ambos pertenecen a la sección criminal de la policía de Oulán Bator, capital de Mongolia.

     El origen del suceso se encuentra en ese “apilamiento”, que era “un pequeño montículo de cadáveres”: la única protuberancia en la planicie de la estepa en kilómetros a la redonda. Una potente imagen, difícil de interpretar, catapulta la novela: en un amasijo helado una hembra de yak, como procedente del cielo, se encuentra incrustada sobre otros dos cadáveres, los de un caballo y su jinete, del que solo se distingue una pierna que aún conserva su bota.

    Dzud es un término mongol que se refiere al fenómeno de inviernos fríos y duros seguidos de veranos muy secos y calurosos. Sucede periódicamente en esta zona, pero se están volviendo cada vez más frecuentes y crueles. Algunos lo han empezado a denominar “la nueva pesadilla del cambio climático”. Los rebaños quedan diezmados por las inclemencias del tiempo; esto acarrea grandes repercusiones en un país de nómadas que viven de sus animales, sin ellos se verán forzados a emigrar a la capital donde escasean las oportunidades para salir adelante.

     Y ahí quedan plasmados los dos grandes activos de esta novela negra: el propio caso policial y una incursión en este exótico país.

     Es cierto que su autor, Ian Manook, no se va a limitar a crear una trama detectivesca sino que se adentra también en el tejido social y político de un país poco conocido, con una baja densidad de población, una naturaleza de extremos y un pueblo hospitalario que debe romper con su pasado caduco e incorporarse a los tiempos modernos. Oulan Bator representa la otra Mongolia, un moderno centro económico, que se contrapone a la tradición de los nómadas que continúan viviendo en sus yurtas junto a sus animales en contacto con la naturaleza.

    Esta obra es un ejemplo claro de que la novela negra se ha convertido en un género militante que mira y nos hace mirar el mundo que nos rodea y que, en general, recrea una parte oscura de la sociedad y del alma humana escondidas tras un caso detectivesco.

     Pero este autor ni se llama Ian Manouk ni procede de esas lejanas tierras, es francés y su verdadero nombre es Patrick Manoukian. Y nos regala una expedición al viejo país mongol, entrecruzándose de nuevo el género negro y el de viajes.

     Hay mucho más (resulta difícil a veces digerir tanta información): un ejército corrupto; tráfico de personas y dinero; intrigas políticas; la desolación postsoviética al sur de la frontera rusa; un salto a Le Havre con la intervención de un policía francés y un periodista galo; descripciones del arte culinario francés y el mongol; servicios secretos ligando el espionaje con los intereses económicos; sueños y leyendas del país del añorado Gengis Kan; enfrentamientos crueles entre hombres y de estos con lobos…

    Y en medio de todo esto el investigador Yeruldelgger: sarcástico, atormentado, suertudo, salvaje, inteligente, perspicaz, invencible…, todo un superhéroe.

   En cierta ocasión, la inspectora Oyun, que corre en una persecución ardorosa por el hall de un hotel arrollando maletas y grupos de turistas, tropieza con una mesa donde se exhibe la maqueta de una yurta tradicional que queda destrozada. Una imagen perfecta de los dos países que se muestran entre estas páginas llenas de acción: la vieja Mongolia atropellada por la nueva.

 

 


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Malaherba

 



En la portada el primer plano de un niño, tiene unos diez años, no mira al objetivo, está abstraído. Sobre el pelo oscuro, rizado y algo alborotado sobresalen dos cuernos: el azar de la instantánea o la manipulación burlona del fotógrafo.

También la vida caprichosa manipuló con cierta burla la foto del pequeño Tambu, el protagonista de Malaherba, y lo colocó en una familia que se desquició. Su infancia se hace porosa a la vida enrevesada que estalla ante sus ojos.

“…ese día lloré por Claudia, y por todas las desgracias de los hijos que quieren a sus padres sin que sus padres sepan muy bien qué querer.”

La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo.” Así se abren estas memorias del joven Tambu. Una muerte que no es real da paso en esta novela a muchos pasajes opacos donde afloran  más intuiciones que certezas. Jabois sugiere hechos, va dejando hilos, y es el lector el que construye la tela, su propia tela. El propio título es un ejemplo: ¿Quién es Malaherba?, ¿qué es la mala herba?

El adolescente rememora astillas de su infancia: unos abuelos y sus desavenencias con los padres, una nueva casa en Pontevedra, el mundo de la droga en el barrio, la familia que se ha tronchado, el maltrato. Una escuela aburrida con maestros anticuados, sus briosas anécdotas. La amistad eterna de los primeros años; el miedo y las dudas del que está creciendo.

Tambu y su hermana Rebe, pocos años mayor que él, durante un breve tiempo se quedan a cargo de Armando, que vive arriba, con sus dos hijos Clara y Elvis.

Desde ahora vemos que dos mundos corren paralelos en la novela: el desdibujado universo de los adultos, y el infantil, más transparente, que conforman los dos niños y el entorno. Cuando uno crece brotan las incertidumbres y apremian las respuestas. Y si estas tardan puede ser irremediable.

Tambu y Elvis se descubren y descubren  la complejidad que les rodea. Son refugio el uno del otro. Elvis es su amigo, su apoyo, su igual, ¿su novio? (a esa edad aún no lo sabe bien). Elvis y él eran de los niños que no tienen más remedio que juntarse “porque se encuentran fuera de los sitios. La infancia de aquí no se identifica con el mundo feliz que con frecuencia dibuja la literatura. Se muestra más bien como la alta montaña que uno debe subir. Con guía resulta más sencillo, pero estos niños no la tienen.

“Me aprendí todas las capitales europeas con ese puzzle de la misma manera que aprendí muchas cosas de la gente a la que quería juntando sus pedazos.”

Esto no puede resultarle sencillo a un niño porque cuando empezamos a hacernos mayores necesitamos que alguien nos ayude a unir los trozos.

Su familia se hace añicos y los hijos pagan un alto precio. Me ha gustado la paradoja que plantea Jabois con el cambio de nombres del domicilio. Cuando vivían en la calle Salvador Romero “que había sido un fascista, o algo así”, la casa de Tambu lucía feliz; cuando el nombre se trocó en calle Rosalía de Castro, la poeta preferida de su madre, las luces se apagaron en el hogar.

Han pasado unos cuantos años, Tambu escribe desde la adolescencia pero se siente muy cerca de sus diez años y los plasma con mucho acierto y con mucha credibilidad. Los que lo leemos nos reconocemos en muchas de las sensaciones que se evocan en  ese discurso fragmentario.

El Tambu de ahora, el que escribe, arropa con tolerancia a los muchos desoficiados del barrio donde creció: “Eran malos, tampoco había otro oficio”. Sin embargo le cuesta mucho comprender la maldad gratuita de los que arremetían contra Elvis y contra él: “¿Por qué siempre hay alguien que te lo quiere decir a la cara, que quiere que sepas, que no se va tranquilo hasta ver cómo empiezas a sufrir?”

Él solo quiso defenderse y defender a Elvis.

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Salvar el fuego


“México fue equivocadamente adjetivado como un país surrealista. Nada más lejos de ello. Es un país hiperrealista, donde hasta los mínimos detalles se magnifican. Un país con propensión a los extremos. Y mientras la mayoría de la población lidia con una lucha cotidiana por subsistir, mis hijos y sus compañeritos asistían a clases de música, de inglés, de francés y practicaban deportes elitistas. Mis niños crecían tan en la pendeja como había crecido yo, encapsulados para no contaminarnos de ese país paralelo teñido de miseria, impunidad, corrupción y abusos.”

A través de Marina, Guillermo Arriaga esboza un México que le duele. Un retrato que  no es reflejo exclusivo de este país centroamericano.

Chorreando pintura, un brochazo rojo sangre destaca en la portada. Tacha los ojos de una mujer: un busto, velado, que deja adivinar una delicada belleza.

El título de la novela se aclara con las citas que abren el libro. El fuego es aquí la metáfora de la pasión, de un amor prístino;  un amor desnudo de convencionalismos, de afectación, de protocolos; un amor que hay que proteger porque simboliza lo que está limpio en el mundo embarrado que nos rodea, que rodea a Guillermo Arriaga, y contra el que desea rebelarse.

Marina y José Cuauthémoc pisan ambos tierra mexicana pero se hallan en esferas muy distantes entre sí. Ella es la brillante directora de una elitista compañía de danza moderna; una burguesa acaudalada que vive feliz en una colonia exclusiva con su marido y sus hijos. Él, un condenado por asesinato, se presenta como un titán: disfruta de una naturaleza y una formación colosales, esculpidas por el cincel de un padre resentido.

Los dos se ven arrastrados por una atracción voluptuosa desde el primer instante en que se encuentran, cuando ella asiste a unos talleres de escritura con los reclusos.

Una relación inverosímil, a veces, y ante todo desmesurada, como desmesurado es el fresco que Guillermo Arriaga diseña en su novela con gruesas pinceladas de rabia.

Excesivos son los muertos que van dejando tras de sí los enfrentamientos de las distintas bandas de narcos. Bandas que nunca desaparecen del todo porque de sus cenizas surgen otras.

“Galones de sangre derramada para que unos spring breakers en Wisconsin o en Nebraska se dieran pasones de cocaína y se pusieran turulatos con la mota. Risa y risa los pinches escuincles gringos y de este lado puro valle de lágrimas. Deberían darles una escoba y un recogedor para que vinieran a levantar el tiradero de cadáveres.”

Una crítica sin sutileza, pero llena de verdad y desconsuelo por el país de uno, vecino de poderoso.

Excesivos en sus contenidos son los relatos que escriben los presos en el taller literario, y que se intercalan en la novela. Nos revelan, como la propia novela en sí, la profunda sordidez de un penal; su dureza, la intensa soledad y también la exposición constante ante el otro, incluso en los actos más íntimos; la corrupción que rodea su administración; la amistad y el odio a muerte, como los que vive El Máquinas, impulsores del relato.

“Desde que había penetrado en el universo carcelario, mi perspectiva de las cosas cambiaba hora por hora. Un país paralelo se desplazaba a otra velocidad. Un país bronco que se regía bajo otras leyes y que progresaba en una dirección para mí por completo desconocida. (…) En mi existencia de capullo no había extorsiones, ni amenazas, ni asesinatos, ni represión, ni gases lacrimógenos, ni estampidas, ni muertos tirados en el pavimento. Ninguna de mis amigas, ni Claudio, ni su círculo de financieros egresados del ITAM, ni los bailarines de Danzamantes, ni las maestras de mis hijos imaginaban ese país indómito y feroz.”

Excesivos son los miembros de la familia de José Cuauthémoc: un padre de origen indígena alimentado por el rencor contra la remota invasión española, que quiso hacer de sus hijos unos superhombres por la vía de la mortificación, hasta llegar incluso a colgarlos en unas jaulas a la intemperie para fortalecerlos; aunque lo que consiguió fue destrozarlos a todos, incluidas la madre y la hermana.

“¿Qué alimentaba tu rencor indígena, tu resentimiento milenario? Explícame, por favor, ¿por qué te desquitabas con los de tu propia sangre?” Así se dirige a su padre muerto Francisco Cuitláhuac, hermano mayor de José Cuauthémoc.

Guillermo Arriaga hace de su escritura un grito desgarrado, lo mismo que el personaje principal de su novela: “Escribir para no enloquecer. Escribir para apuñar. Para apuntalar. Para apurar. Escribir para no morir tanto. Escribir para aullar, para ladrar, para tirar tarascadas, para gruñir. Escribir para provocar heridas. Escribir para sanar. Escribir para expulsar, para depurar. Escribir como antiséptico, como antibiótico, como antígeno. Escribir como veneno, como ponzoña, como toxina. Escribir para acercarse. Escribir para alejarse. Escribir para descubrir. Escribir para perderse. Escribir para encontrarse. Escribir para luchar. Escribir para rendirse. Escribir para vencer. Escribir para sumergirse. Escribir para salir a flote. Escribir para no naufragar. Escribir para el naufragio. Escribir para el náufrago. Escribir, escribir, escribir.”

Y así se queja el hermano de José de la realidad mexicana, comprobable también cuando se visita el país: “Los comerciales, en su vena aspiracional, solo presentaban blancos. Nosotros, los morenos de pelos lacios y de facciones toscas, no cuadrábamos en los cánones de la belleza, del estatus y del poder. La blancura como única vía de acceso a las esferas políticas y sociales más altas.”

Una novela construida con las voces de tres narradores: Marina, José Cuauthémoc y Francisco Cuitláhuac. El relato de este último está en cursiva, a diferencia de los otros dos. Hasta el final no encontraremos respuesta a esta curiosidad gráfica.

La larga narración se tiñe en ocasiones de morosidad; sin embargo se utiliza el recurso, bastante tópico, pero efectivo, de las anticipaciones: “Si precisara elegir el momento que transformó mi vida, ese sería el día que Héctor nos invitó a su casa de Tepoztlán.” O bien: “Pedro me hizo la propuesta que cambiaría mi vida.”  Y el relato fluye.

“Los presos continuaron leyendo sus escritos, hasta que tocó el turno a José Cuauhtémoc. Abrió un folder, sacó unas hojas mecanografiadas, carraspeó la garganta y comenzó a leer. «Manifiesto…Este país se divide en dos: en los que tienen miedo y en los que tienen rabia. Ustedes, burgueses, son los que tienen miedo. Miedo a perder sus joyas, sus relojes caros, sus celulares. Miedo a que violen a sus hijas…» Mientras lo leía, comencé a marearme. Cada palabra enunciada era una puñalada a la mujer que era, a mi familia, a mis amigos, a los míos. Me provocó náusea y dolor, confusión, inquietud. José Cuauhtémoc estaba en lo cierto, mi clase social se cagaba del miedo”.

Arriaga ha situado al comienzo de la novela el texto completo del manifiesto al que se refiere Marina en la cita anterior. Un fogonazo cegador al abrir la puerta. Una brutal declaración de principios y un puñetazo de rabia y resistencia.

Y al final elige lo genuino, lo verdadero, la pasión. El fuego.


sábado, 27 de junio de 2020

La hija extranjera


El desnudo y sincero testimonio de una joven de 18 años, originaria de Marruecos que vive con su madre en una ciudad del interior de Cataluña. Ambas, madre e hija, nacieron allá abajo,  pero la chica creció y se hizo aquí arriba.

Conoce la lengua de su madre pero no en todos sus matices. Esa brecha comunicativa hace palpable en la novela la divergencia cultural entre las dos mujeres. A través de una sencilla estampa cotidiana la narradora nos muestra esta diferencia: mientras la madre no se depilaba las cejas porque las marroquíes no lo hacían, la hija comienza a separarse de su madre pelo a pelo, y se va arrancando cada día uno para que no lo notara la progenitora, aunque sí se daba cuenta, y callaba.

Se siente la hija extranjera porque poco tiene que ver con la hija tradicional magrebí, pero también se siente la hija extranjera en el país de acogida porque aquí tampoco es como las otras chicas de su edad.

El libro refleja una herida de los que se sienten marcados porque son diferentes a los de aquí y a los de allí. Ella no tiene mundo, ni el de su madre ni este le pertenecen.

Al principio del relato la vemos tomar una decisión, difícil, muy difícil: irse de casa. Llega a subir al tren, pero se apea en la primera estación y vuelve, no puede hacerle eso a su madre. Retornará al hogar y, contra todo pronóstico, aceptará la boda con su primo, porque es la voluntad materna. La madre solo concibe esa opción porque es la costumbre, a la que siempre ha vivido sometida.

Con la lectura vamos comprendiendo por qué no se fue, en realidad existe un fuerte lazo entre ambas, las dos vinieron juntas desde el país de origen hasta Cataluña a buscar al padre, las dos tuvieron que sobrevivir sin ayuda. Podemos imaginar cuánto tuvo que trabajar esa mujer para sacar adelante a una hija pequeña en un país desconocido.

A su manera la madre fue una revolucionaria, una valiente, vino a buscar a su marido, pero cuando llegó él había formado otra familia, y declinaba sus responsabilidades con la primera.

Me admira de qué manera tan acertada consigue Najat El Hachmi adentrarse con la palabra en el resbaloso terreno de lo emocional.

La hija ha terminado el bachillerato, ha sacado una buena nota en la selectividad. Aunque no siente que eso sea una hazaña, como creen desde el ayuntamiento, ha hecho lo mismo que cualquiera de sus compañeros, pero mientras ellos no son héroes, porque en ellos es lo normal, en el caso de una alumna marroquí es una noticia que la lleva a las primeras planas locales.

 La muchacha sabe que debe buscar su propio camino, pero está bloqueada por los lazos emocionales que la ligan a su madre: no le puede dar la espalda a los hábitos de su gente.

Pienso en tantas mujeres españolas que hoy son abuelas y que tuvieron que acatar lo que la familia y la sociedad planearon para ellas. La hija de nuestro libro no lo hará.

El ámbito femenino tiene gran presencia en el libro, muchas ellas son de allá abajo y en nuestro país aparecen como recogidas sobre sí mismas, cobijadas por las murallas de su lengua, de sus vestidos, de sus rutinas, de su pañuelo. Quizás las actitudes que perciben en nosotros las lleve a esto. Se sienten muy lejos de sus varones, casi tanto como de los de aquí, igual que de las mujeres. Estas tienen una representación pequeña, pero significativa: las monjas del seminario donde trabaja la narradora, que ven con agrado las bodas tempranas, les recuerdan sus tiempos jóvenes; las responsables de asuntos sociales, que ignoran el camino para la integración del extranjero, aunque pongan su mejor voluntad…

Casi la totalidad de los hombres que se asoman a estas páginas portan un triste sello de descrédito, salvo A, que ha sido un compañero de clase. No puede saludarlo de forma efusiva –como le gustaría- cuando se lo encuentra, porque tiene miedo de los controladores que pululan por allí, enseguida contarían que la han visto en malas compañías.

El libro encierra mucho más, nos muestra el sentir de unos conciudadanos que viven muy cerca de nosotros pero a los que apenas conocemos.

domingo, 14 de junio de 2020

El baile



Fue un segundo, un destello inaprensible mientras se cruzaban «en el camino de la vida»; una iba a llegar, y la otra, a hundirse en la sombra. Pero ellas no lo sabían. Sin embargo, Antoinette repitió bajito:

—Pobre mamá...

Así termina El baile de Irène Némirovsky.

La joven Antoinette y su madre viven juntas, pero viven de espalda. Solo habrá entre ellas este fugaz cruce del final de la obra.

Antoinette se encuentra encerrada en su feúcha adolescencia, solo en sus sueños se ve bella y se siente amada como los personajes de sus novelas. Su madre, Rosine,  cuando era más joven, suspiraba también, delante de las historias de amor y lujo que leía en aquel viejo apartamento que compartían junto al padre. Hoy los tres habitan una excesiva mansión de nuevos ricos. Nemirovsky nos los describe como petrificados ante las nuevas costumbres domésticas que no controlan y que obligan a la presencia  continua e intimidatoria de los criados.

Nos encontramos en el París de principios del siglo XX, el matrimonio Kampf  se ha visto catapultado al orbe de los más ricos por un formidable golpe de suerte en la bolsa.

Rosine se irrita ante la idea de que la hija pudiera comentar con algún vecino sus humildes orígenes. No lo soportaría. Se horroriza ante una posible indiscreción con los criados. Sin embargo su trato con el servicio la denuncia. Su marido camina menos envarado por su nueva vida.

Los Kampf habitan tres burbujas que se encuentran cerca en el espacio pero los sentimos aislados unos de otros. La adolescente apenas recuerda ya cuando su madre la apretaba contra su pecho, porque su madre dejó pronto de pensar en la hija para concentrarse en ella misma, en todo lo que la vida le venía negando injustamente, según ella.

«Pobrecita mía», decía entonces Rosine acariciándole la frente. Pero una vez exclamó: «¡Ah! Déjame tranquila, ¡eh!, me molestas; mira que llegas a ser pesada, tú también», y Antoinette nunca volvió a darle otros besos que no fueran los de la mañana y la noche, que padres e hijos intercambian sin pensar, como apretones de manos entre desconocidos.

 

La madre no ahorra ninguna ocasión para tratarla con desprecio; odia, pienso, la juventud de su hija.

 

Y un día... por primera vez, un día había deseado morir. Ocurrió en una esquina, en medio de una regañina; una frase encolerizada, gritada con tal fuerza que los viandantes habían vuelto la cabeza: «¿Quieres que te dé un guantazo? ¿Sí?», y la quemazón de una bofetada. En plena calle. Tenía once años y era alta para su edad. Los viandantes, las personas mayores, eso no significaba nada. Pero en aquel instante unos chicos salían del colegio y se habían reído de ella al verla. «Y ahora qué, niña» ¡Oh!, aquellas risas burlonas que la habían perseguido mientras caminaba, la cabeza gacha, por la oscura calle otoñal. Las luces danzaban a través de sus lágrimas.

 

Estos arribistas buscan el reconocimiento de la alta sociedad dibujada por Nemirovsky con más grises que blancos. Han decidido organizar un baile para doscientas personas. Con esta fiesta pretenden alcanzar la posición que creen que les corresponde. No les va a resultar fácil encontrar tan alta concurrencia, no tienen tantos conocidos entre “la buena sociedad”, plagada de estafadores, advenedizos y malos comienzos. Aunque, ¿qué importa lo que fuiste ayer si hoy tienes dinero?

Entre  los presentes no podrá faltar una prima a pesar de que los tres la detesten, será el testigo necesario para que el resto de la parentela hierva de envidia.

Mme. Kampf ha depositado todas sus esperanzas en la fiesta, ¡qué harían si no saliera bien! Su marido se muestra más moderado y práctico: poner la otra mejilla, como manda la Biblia; es decir, preparar nuevos eventos: él confía en el dinero como llave para todo.

Rebuscan entre las tarjetas que han amontonado estos últimos tiempos, entre los nombres que acumulan en cuadernos de notas, que en realidad no corresponden a amigos, ni siquiera a próximos. Han participado en algún encuentro social y han recogido esta lluvia de cartoncitos o direcciones, entregados sin mucho interés.

Bajo ningún concepto la madre va a permitir que la joven Antoinette asista al baile, ni siquiera un rato. La presencia de una hija adolescente evidenciará que Madame Kampf ya tiene cierta edad, y lo que ella quiere es vivir ahora lo que no pudo vivir de joven, cuando se veía obligada a zurcir sus medias. Es su última oportunidad para saborear el placer que la pobreza le robó: “Quiero vivir yo, yo”.

La reacción de la hija, humillada,  sorprenderá al lector. Se une en ella venganza e irreflexión: la narración da un giro brutal. Los lectores conocemos lo que los padres ignoran.

Una herida muy profunda supura a través de este libro.  Nemirovsky carga contra la hipocresía, contra la vulgaridad, contra el dinero, contra el egoísmo, contra la indiferencia de su propia madre.

Nos deja un relato amargo que deja un regusto acre.

 



martes, 2 de junio de 2020

El pabellón No. 6




Al leer los cuentos de Chéjov –escribía Gorki- uno parece sumergido en un día triste de finales de otoño, cuando el aire es tan transparente y en él se recortan con punzante nitidez los árboles desnudos, los estrechos edificios, la masa gris de la muchedumbre. (…) La mente del autor, como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las retorcidas calles, las sucias y apretujadas casas en las que se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados llenando sus casas de un insensato y soñoliento bullicio.
Las siguientes palabras de las primeras líneas de El PABELLÓN NÚMERO 6, presagian el lugar -olvidado de todos, abandonado por todos- al que nos dirigimos.
Bosque de maleza, ortigas y cañas; techo herrumbroso; chimenea medio derruida; escalones podridos y cubiertos de hierba.
Se trata de un edificio que está separado del desamparado hospital de la ciudad por una tapia gris con clavos con sus puntas hacia arriba.  Es el Pabellón número 6.
Al abrir la primera puerta, entramos en el zaguán. Aquí, junto a las paredes y a la estufa se amontonan montañas enteras de desperdicios viejos del hospital. Colchones, batas viejas y rotas (…), zapatos gastados que ya no sirven para nada; todos estos harapos tirados en montones, aplastados, en desorden y pudriéndose, exhalan un olor sofocante.
 Más adelante se entra en una habitación grande y destartalada, donde se amontonan también cinco hombres: arrastran una existencia huera, como esos objetos inservibles de la anterior cita; se hallan apartados del mundo, profundamente solos. Se encuentran echados o sentados en camas atornilladas al suelo: Son los locos. Así lo escribe el propio Chéjov.
Nikita es el que se encuentra más cerca de estos marginados, lo han puesto ahí de vigilante; es el perfecto cumplidor, un hombre simple que actúa de manera práctica; un ser obtuso que no conoce otra manera de mantener el orden que con golpes: a ellos hay que pegarles.
Me pregunto por qué para algunos –incluso hoy- está legitimado pegar al diferente.
De entre todos estos atormentados bultos deshumanizados, Chéjov destaca a Iván Dmítrich. Nos relata su biografía. Desgracias familiares deshicieron una vida ordenada y lo convirtieron en ocupante del pabellón número 6: se despeñó desde la más elevada coherencia hasta las simas de la manía persecutoria.
El doctor Andrei Efímych viene a hacerse cargo de la institución médica. En su juventud él quería profesar, pero su padre lo obligó a estudiar medicina. No es un médico vocacional, pero comprende que el centro necesita reformas profundas: tanto los enfermos psiquiátricos como el resto yacen allí aparcados; hombres y mujeres desesperanzados, de los que nadie se va a ocupar.
Pronto el doctor Efímych va cayendo en la indolencia y en la apatía. Pierde todo interés por los enfermos ¿Qué más da? Todos vamos a morir: es su argumento. Permite  que seres ignorantes, egoistas y sin escrúpulos manejen los pocos fondos públicos que llegan y se hagan cargo de la práctica médica. Actúa con una cobardía disfrazada de determinismo.
Pero un día el azar lo llevará delante de Iván Dmítrich, ese loco al que vimos cuerdo. Y ya nada volverá a ser igual. La línea entre la cordura y la locura es muy fina.
Chéjov refleja en su relato un amargo reproche por aquellos que no sienten respeto por los otros, por los diferentes. Desprecia la vulgaridad y critica aquella sociedad rusa, aunque en realidad censura todas las sociedades porque lo que él juzga es el alma humana.
El doctor Efímych es como –en palabras de Gorki- los que sueñan cuán bella será la vida dentro de doscientos años y a ninguno le viene a la cabeza una pregunta tan sencilla -¿y quién, entonces, la hará más bella si nosotros no hacemos otra cosa que soñar?