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viernes, 29 de octubre de 2021

El vendedor de pasados

 




 “Nací en esta casa y aquí me crie. Nunca he salido. Al atardecer recuesto el cuerpo contra el cristal de las ventanas y miro el cielo.”

Este es el comienzo. Nunca he salido. Curioso, ¿no? Una situación poco frecuente: ¿Se puede vivir sin salir de una casa? Desde luego que sí, si uno es una lagartija que teme ser devorada al pisar el exterior.

Ella es la que va a narrarnos esta historia; unos hechos llenos de singularidad, de reflexiones sobre la vida y las personas, sobre la mentira, la identidad y la memoria; adornado con una fina ironía y un cierto desconsuelo por los males de aquel país.

“Yo lo veo todo. Dentro de esta casa soy como un pequeño dios nocturno. Durante el día duermo.” Así se expresa la lagartija, que pronto será conocida como Eulalio

Félix Ventura comparte la casa con ella, se trata de un negro  albino. Si la ausencia total de pigmento melánico es insólito en cualquier lugar del planeta, en África su exotismo se multiplica. Y esta novela se desarrolla en el continente africano, en Angola. Una Angola que padeció la colonización portuguesa, que se independizó tras una larga guerra y que se sumió más tarde en una honda contienda civil.

Toda esta situación la muestra el libro pero no de forma ostensible. La realidad se revela en forma de cortos brochazos, que adquieren una presencia mayúscula porque Agualusa desea evidenciar, denunciar  incluso, el pasado de su país.

Cuando nos asomamos a la escritura ese pasado aparece con la configuración de unos puntos fulgurantes que nos deslumbran allá al fondo, pero hay que entregarse para llegar hasta ellos, es como cuando miramos en un estanque y tenemos que afanarnos para descubrir los peces, que están ahí.

Descubrimos con sorpresa la ocupación de Félix cuando una noche aparece un extranjero a solicitar sus servicios: inventa pasados, trafica con la memoria, para emborronar lo que no queremos recordar.

Trabaja para la nueva burguesía angoleña.Eran empresarios, ministros, hacendados, traficantes de diamantes, generales, gente, en fin, con un futuro asegurado. Lo que le falta a esas personas es un buen pasado…”

Uno de sus clientes vivirá como cierto el ayer inventado por Félix Ventura, y ahí el libro nos muestra la fragilidad de la memoria y de la identidad.

“El pasado es

Un río que duerme

Y la memoria, una mentira

Que cambia de forma”

Sé que muchos de mis recuerdos -de nuestros recuerdos- son falsos porque son reconstrucciones de lo que aparece desmoronado en nuestra memoria.

“La memoria es un paisaje contemplado desde un tren en movimiento.”

¿Las cosas son lo que parecen? No siempre. Nuestro protagonista es negro pero parece blanco, “…cada uno ve lo que quiere en el fugaz dibujo de una nube”.

Eulalio fue hombre en otro tiempo, vamos descubriendo –y rellenando a nuestro antojo- algo de su condición anterior; es como si quitáramos los nudos a una madeja de lana enmarañada. La verdad es un prisma con muchas caras, cada cual inventa la suya.

No puede hablar, solo se le puede oír cuando sueña. Mis sueños son, casi siempre, más verosímiles que la realidad”.

“Hay verdad, aunque no haya verosimilitud, en todo lo que un hombre sueña.”

Eulalio ha aprendido mucho de la vida y sobre este país de las pequeñas palabras que Esperanza murmura mientras limpia en la casa. La mujer reniega de los muros añadidos al patio porque son ellos los que fabrican a los ladrones. Para el narrador se ha convertido “en la columna que sustenta la casa”. La mujer enlaza la Angola de hoy con la Angola perpetua. Se siente inmortal porque en 1992 sobrevivió a un tiroteo en la casa de un político donde acudió: se salvó porque en la lista de ejecución quedó la última y a los asaltantes se le acabaron las balas. Las dos caras de la crónica de un totalitarismo: el horror y su reflejo esperpéntico.

En la novela hay más apuntes que grandes desarrollos narrativos, pero los distintos pasajes son muy sugerentes.

¿Los encuentros de José Buchmann y Ángela Lucía son meras coincidencias? No, ellos representan el sólido puntal de la novela.  El tema del libro se va aparejando con ellos.

Parece que estamos lejos de la cordura, pero entre estos hilos de aparente sinrazón encontramos mucha verdad.  La vida, la realidad también se puede contar desde el otro lado, desde el lado de lo insensato, de lo absurdo.

Hay mucho, mucho en esta novela corta, en cada rincón una o mil reflexiones. 

Este libro hay que leerlo de forma lenta, rastreando el fondo de las páginas, catando los nuevos sabores que Agualusa nos sirve. Son males de siempre, reflexiones antiguas, que él va filtrando entre las líneas.

José Eduardo Agualusa vuela  hacia lo irreal, lo inverosímil para conocer más de cerca lo real.


miércoles, 20 de octubre de 2021

Catedrales

 

                                                                    


A los que construyen su propia catedral, sin dios.

El libro se abre con esta dedicatoria.  Adivino ahí  el propósito de Claudia Piñeiro, que me apropio: cada cual debe construir su propia realidad, y no permitir que otros la fabriquen en tu lugar.

Cuando nos crean un sistema de vida, unos carriles sobre los que caminar,  puede resultar cómodo, pero también puede resultar una falacia. Y de pronto te ves viviendo sobre un montón de mentira.

La religión te marca sendas y nunca va a permitir que te salgas de ellas. Todo lo que acontece es un designio divino. Eso supone un consuelo en la adversidad, te ayuda a soportar cualquier dolor, cualquier trastorno. Lo difícil es cuando ese bálsamo comienza a resultarte falso.

El cuerpo despedazado de Ana había aparecido en un terreno baldío.  Este mazazo aparece al principio.

Claudia Piñeiro ha encontrado en la novela negra un arma contundente para golpear conciencias.

Este género le permite dibujar un retrato de su entorno y subrayar la realidad que le interesa. Al mismo tiempo nos permite reflexionar a los lectores,  a veces para indagar en nuestras verdades ocultas.

Tenemos un cadáver, el quién, elemento esencial del género. Aunque no podemos olvidar que la autora argentina se sale del canon, aquí percibimos también el cómo y el porqué. Estos los irá construyendo el propio lector a partir de seis relatos en primera persona. Entre todos trazan para nosotros la trama, y a la vez se muestran unos personajes: bien matizados, y construidos de forma sólida. 

En la novela se abren dos polos. En uno se agrupan los que busca la verdad, los que se rebelan; y en el otro los que consideran el tétrico suceso como un designio de Dios, que hay que acatar.

Los primeros encaran  la realidad y sufren, los segundos agachan la cabeza y sobreviven. Claudia Piñeiro aposta por los que no se encogen, y entre ellos coloca, esperanzada, al más joven.

Si hemos hablado del quién, el cómo y el porqué de esta novela de aire truculento, conviene definir al que en este caso hace el papel de detective. El investigador nunca puede faltar en la trama policiaca, que puede hacerse sin crimen y sin criminal, pero jamás sin alguien que indague y restablezca más tarde el orden roto.

En la novela negra siempre surge un desgarro que imita la vida, pero en la ficción siempre halla una compostura para alivio del que lee, algo que no es tan frecuente en la realidad.

En este caso esa función la asume Alfredo el padre, que desde el momento que suceden los hechos se dedicará a averiguar lo que aconteció. Se siente cargado de culpa, porque quizás no estuvo muy pendiente de lo que sucedía con sus hijas y con su casa.

La autora arremete contra la familia tradicional cuyos miembros no se comunican, y entonces las dudas se pudren dentro. Resulta curioso que las madres de la obra sustenten su proyecto vital sobre bases falsas, que se derrumbarán, claro.

Desde ese terreno baldío el cadáver descuartizado nos interpela a todos, a sus familiares y a todos nosotros.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar en una situación límite? Sabemos lo que somos pero no lo que podemos llegar a ser. No elegimos a la familia, nos la imponen.

Piñeiro se arroja contra la hipocresía social y la corrupción; contra los grupos que descuidan a sus miembros; contra la religión que te impide pensar; contra los que prefieren que sean otros los que razonen por ellos; contra el celibato que impone la Iglesia; contra el perdón de la confesión; contra los que combaten el aborto, pero que lo utilizan cuando les conviene.

Al final del libro en el testimonio de Alfredo, se desarrolla una paradoja, que no puedo revelar, pero que me ha parecido sustancial: ya está todo aclarado, sabemos qué sucedió y cómo, pero ¿quiénes son los culpables?

¿Es culpable el que lo hace porque tiene todas las puertas cerradas o el que cierra las puertas?

martes, 5 de octubre de 2021

Todo esto te daré

 


La novela policiaca de alguna manera podría resarcirnos de los pesares que supone el vivir en ciertos momentos. ¿Podría venir de ahí su enorme expansión y resonancia en otros géneros?

En ocasiones la existencia humana se presenta difícil de descifrar, todas esas muertes absurdas, esos desastres sin contención, aquellos engaños y corruptelas desmedidos.

Es como si tuviéramos ante nosotros fragmentos que intentamos juntar sin conseguirlo;  como si pretendieras llevar arena de la playa en un cesto de caña.

Frente a esta eventualidad, el género policiaco combate la dispersión, el caos, los atropellos, los favoristismos que nos desconciertan en las imágenes que vivimos. Porque esta literatura goza de una estructura definida, acabada, donde los elementos que sufren del caos se reordenan al final.

En un esquema muy básico de esta modalidad de ficción después de un delito, un personaje se empeña a fondo y descubre al culpable, que paga por lo que ha hecho.

Algo se rompe y alguien lo repara. Unas veces queda perfecto, otras veces queda tocado.

Hay muchas variantes sobre las bases creadas en el XIX. El mérito del creador se localiza en su deseo de innovar. Con todo, el lector sabe que en el desenlace siempre habrá una salida, cierta satisfacción.

En la vida nos gustaría que las cosas florecieran así, pero corremos lejos de la gratificación final. Esa es la razón por la que  la novela policiaca triunfa, porque en esa faceta se aleja de la verdad que nos rodea. En nuestra realidad demasiadas veces los acontecimientos  quedan abiertos, y eso produce desasosiego.

El universo de la novela negra es muy amplio. Se ha adaptado a cuantos cambios han surgido  y ha sabido digerir las nuevas circunstancias.

Cuando los distintos autores se pusieron a crear variantes esta novela se enseñoreó en el panorama literario.

Y lo mejor es que sigue muy viva porque tiene una gran capacidad proteica, y sobre todo es capaz de generar gran cantidad de preguntas y respuestas.

Todo esto te daré ha supuesto más de 500 páginas de puro entretenimiento, no hay mucho más. Hay mucho de novedoso sobre el esquema básico del género negro. Aquí sigue importando el clásico ¿quién lo mató y por qué?, que señalaba Claudia Piñeiro en una entrevista con Berna González Harbour.

Aquí el presente espacio gallego no tiene mucha presencia, solo algunos rasgos algo manidos y obvios de aquella zona: un mundo atávico, a la vez innovador, creativo, pasto del feísmo, verde, amigable.

No veo tampoco una novela de personajes. Los que aparecen  son más bien planos: malos malísimos y buenos buenísimos; fuertes y rompedores frente a débiles continuistas; el poderoso avasallador, el pequeño que resiste, el clásico David contra Goliat.

El detective, elemento clave en el género, aquí es Nogueira, es un profesional muy hábil, sabe cómo dirigir una investigación, conoce el fango. Es un gran fumador, como los grandes clásicos. Como muchos de ellos vive atormentado Tiene prejuicios homófobos,  que se van diluyendo según va tratando a Manuel. Quizás va transformándose demasiado rápido, no es muy verosímil. En la vida las cosas no se producen de forma tan rápida y sencilla. Pero cuánto nos gustaría que algunas mudanzas fueran veloces y, sobre todo, efectivas.

Las personas necesitamos mitos a los que aferrarnos para sobrevivir en este entorno inestable; el policía, elemento esencial del género negro, empeñado en revelar la verdad y desenterrar lo podrido es el modelo perfecto.

Manuel recibe la noticia terrible de la muerte de su marido en La Ribeira Sacra. Consternación y sorpresa se aúnan en él, porque sabía a su esposo de viaje, pero en Barcelona. Acude a Galicia ya allí descubre a un Álvaro que desconocía, allí averiguará también mucho sobre sí mismo.

La forense ha hecho ver que tienen entre manos un asesinato. Como al inspector, recién jubilado,  ya no le corresponde realizar el trabajo,  convirtió entonces a Manuel en su investigador vicario. El marido de Álvaro seguiría las órdenes del antiguo detective  y se dedicaría a indagar, olisquear, preguntar hasta llegar a la verdad.

Dolores Redondo no quiere saber la verdad de su mundo, de nuestro mundo; ella crea una verdad cómoda para todos, donde triunfa el bien. Esta vez la reparación será completa.

Así la novela negra se ha hecho un cobijo frente al mundo desordenado e incomprensible.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Hamnet

 


Desde la portada nos mira una joven de largo cuello, un plano corto; lleva el cabello recogido, dos largas mechas sueltas que le caen en un peinado deliberadamente poco acabado. Una mirada que cala, entre indiferente y tranquila. Unos labios con poco maquillaje, solo un brillo ligero.

Maggie O’Farrell crea una ficción “inspirada en la breve vida de un niño que murió en Stratford-upon-Evon, el verano de 1596”, nos lo dice en una nota.

Se trataba del pequeño Hamnet Shakespeare –uno de los tres hijos del dramaturgo-, que murió a los once años sin que quedara recogido en ningún lugar la causa de su muerte.

En alguna entrevista he leído que cuando Maggie O’Farrell tenía 16 años conoció el hecho triste de la muerte del pequeño Hamnet, y se le quedó dentro para siempre.  En la universidad leyó muchas biografías sobre el renombrado autor inglés, y solo en las más extensas se tocaba el triste hecho con un par de líneas.

La autora irlandesa sobrevuela los datos históricos y amasa la historia con sus propias palabras.

Las crónicas se han centrado siempre en el brillo de aquel escritor, en los mundos que creo con sus obras, dejando atrás la vida más cotidiana, que formaba también parte de su existencia.

Fue tachado de misógino porque despreciaba a su mujer, para él sencillamente una iletrada. Se casó con ella solo porque se había quedado embarazada.

¡Qué diferente lo que construye Maggie O’Farrell! Anne, la mujer real, queda transmutada en Agnes, un ser extraordinario. Agnes se traza su propia vida. Cuando su madrastra le prohíbe ver al joven preceptor que es Shakespeare ella fuerza un embarazo. Lo eligió a él como padre de sus hijos  ya que, como le aseguraba a su hermano, era el hombre “que más cosas tenía escondidas dentro”.

De joven para los vecinos era una salvaje, porque no se ajustaba a sus patrones. Su propia madre había sido un ser peculiar que nació y creció vinculada al bosque. Ya sabemos que en el pasado el bosque constituía el recinto de lo desconocido, de lo que no se debe traspasar, era zona de peligros. A través de su progenitora tanto ella como su hermano vivirán conectados entre sí durante toda la vida y unidos además al boscaje, a la naturaleza.

Su madre se ataba a la niña que era ella a su espalda para realizar sus tareas, quiere prolongar el contacto que las unía cuando la llevaba en su interior. Es un amor fuerte, primitivo, el que siente, que no se aprende, el amor que llevamos grabado en nuestros genes, no el que nos ha prestado la civilización. Ese es también el sentimiento de Agnes hacia sus hijos.

Agnes disfrutaba de capacidades extrasensoriales, todos sabían de su singularidad. Se hizo una conocedora de plantas y sustancias sanadoras, que ayudaban a mucha gente en aquellas centurias en que el médico era cosa de clases privilegiadas; el que sanaba era un poco el mago que devolvía el bien más preciado.

Sin embargo para su gran dolor no podrá prever la enfermedad del hijo, ni podrá curarlo,  porque  el azar y el destino son límites de sus poderes.

Cuatro años después de la desaparición del niño, el padre escribió Hamlet. Si tenemos en cuenta que, como aparece al comienzo del libro, en el siglo XVI “Hamnet” y “Hamlet” eran dos formas intercambiables del mismo nombre, se podría deducir que Shakespeare le escribió una obra a su hijo fallecido. O, al menos, con su nombre.

O’ Farrell ha querido ver una relación entre los dos hechos, los ha unido en la novela y le ha concedido un poco de sosiego al duelo materno.

O’Farrell se adentra en el alma de unos personajes y en los pliegues que conforman sus ambientes, en interiores y en exteriores. Arrastra ante nuestros ojos todos los detalles de la vida cotidiana, de los espacios de una familia del siglo XVII, sin importarle los resplandores literarios.

La escritora ha ensanchado una minúscula realidad y la ha dibujado con primor, anteponiendo sus exclusivas verdades en su relato.

La madre tiene nombre, Agnes, como el resto de personajes; pero el padre no tiene, se le identifica con sustantivos como “padre”, “esposo”, “hijo”, “preceptor”. Se diría que a O’Farrell le interesan más los densos sentimientos de la vida pequeña que el esplendor y el lustre. Borra al Shakespeare que todos respetan, y saca del anonimato a los seres que le rodearon, particularmente a las mujeres de su entorno.

El triunfo de las pequeñas cosas; que son muy grandes.

 

 

 

 

 


miércoles, 30 de junio de 2021

La vida contada por un sapiens a un neandertal





La vida despunta inexplicable demasiadas veces, en ella prevalece lo aleatorio. Escasean las certezas.

Leía hace poco a Juan José Millás en una entrevista a propósito de este libro: “El ser humano es muy contradictorio porque es producto de una evolución sin propósito, el propósito lo tiene que poner él.”

Sentí una pizca de alivio, al menos, una respuesta, aunque me afianzaba a la vez en el sosiego, por haberla encontrado, y me sumía en el agobio por su naturaleza misma. El ser humano es incoherente, disparatado, discordante, y el motivo está quizás en sus orígenes. Me he adentrado en estas páginas creadas por Millás y Arsuaga. En ellas se habla de la evolución. 

Se habla de una evolución que no soporta las reglas, que fluye a su manera, como fluye la vida.

Arsuaga le responde a Millás: “(…) la naturaleza no está hecha para las categorías humanas”.

Somos azar. No podemos encerrar el cosmos entre reglas.

Juan José Millás es un hombre curioso en dos acepciones de esta palabra. Él mismo despierta interés por su ingenio y originalidad; y además se le nota inclinado a aprender lo que no conoce.

Esto segundo es el motor de este libro. Su atracción por la prehistoria le hizo proponerle a Juan Luis Arsuaga una serie de encuentros en los lugares que el paleontólogo considerara oportunos y que allí le contara lo que veían y se lo explicara, un eco de la manera de Sócrates en la Átenas clásica.

Él después masticaría bien todo aquel alimento y lo pondría por escrito.

De estos diálogos pactados surgieron estas páginas que reflejan cómo hemos llegado los humanos hasta aquí.

En el libro aparecen hechos planteados por el científico y comentarios llenos de perspicacia realizados por el literato. El humor y un cierto sarcasmo se mueven por entre las líneas.

En 1974 se descubrieron en Etiopía los restos de una hembra de homínido que vivió hace tres millones de años, medía poco más de un metro de altura y pesaba 30 k, murió a los 20 años. Se trataba de un australopiteco, los cuales habitaron en África hasta hace un par de millones de años. Se llamó Lucy.

Lucy se puso de pie y caminó. Es soberbio pensar cómo caminamos, aunque no seamos siempre conscientes.

«El pie (…) cae sobre el talón, (…), Luego se transmite el peso por el borde exterior hasta que se apoya en el pilar anterior de la bóveda. A continuación, se flexionan los dedos y el pie se apoya en ellos. El empuje final lo da el dedo gordo y la pierna sale impulsada hacia delante como un péndulo. (…) Toda esa biomecánica la hacemos sin pensar.»

El pie tiene una arquitectura complejísima, comparable a la de una catedral gótica, dice Millás.

Cuando levantamos una pierna para dar un paso, el cuerpo no se vence hacia el lado que está en el aire porque tenemos los abductores. La locomoción humana es un prodigio de la bioingeniería.

Arsuaga pone el conocimiento y Juan José Millás corresponde con la literatura.

El mismo asegura sentirse conmovido cuando se imagina a nuestro ancestro Lucy descendiendo de lo más alto de un árbol, poniéndose de pie (…) y atravesando el límite que separaba la selva de la sabana sin otras armas que esas dos manos anudadas al final de sus brazos como dos prótesis que aún no sabía utilizar”.

Imagina la curiosidad de este homínido al bajar de la copa del árbol y conquistar la superficie de la tierra, llena de amenazas pero también de grandes perspectivas. Y aquí estamos.

Millás y Arsuaga buscan indagar en la existencia humana, revelar los misterios de la evolución. Cuesta imaginar, por ejemplo, que el martillo y el yunque de nuestro oído formaban parte, en los reptiles, de la mandíbula. La evolución los convirtió en instrumentos para la escucha. Del diseño de un reptil ha salido un mamífero, dice Arsuaga. “Estamos hechos de la ropa de segunda mano que desecharon nuestros hermanos mayores.” Manifiesta también.

Nuestros dos protagonistas se mueven por el Valle Secreto en la sierra de Madrid, el Museo del Prado, un mercado, un parque infantil, un castro celta, la Institución ferial de la capital, una juguetería, un sexshop, la cueva de la Covaciella -con pinturas de una antigüedad de 14.000 años- un colegio, y para terminar un cementerio.

Hemos entrado en contacto con detalles de nuestra realidad, como estos: la posibilidad de lanzar piedras que tiene el ser humano terminó con la jerarquía de la fuerza, porque te podías defender en la distancia; la nariz proyectada es un rasgo específico de nuestro rostro; nuestros dientes, tan distintos de los de otros primates, se han visto transformados por nuestra alimentación; ¿por qué no todos los adultos tienen intolerancia a la lactosa?; ¿cómo se pasó de miembro de un clan a ciudadano?; el dios y los cambios sociales; el reloj de Paley, este filósofo y teólogo aseguraba que si te encuentras una piedra en el campo creerás que es parte de la naturaleza, pero si te encuentras un reloj pensarás que alguien lo ha creado, Darwin aseguraba que el reloj se había hecho a sí mismo.

El conocimiento del pasado nos proporciona una identidad, gracias a él sabemos quiénes somos, ni más ni menos. Esto afirma Arsuaga en una entrevista.


jueves, 17 de junio de 2021

La cena

 



¿Hasta dónde es capaz de llegar un padre para encubrir a un hijo que comete un delito injustificable? ¿Debe prevalecer el instinto de protección paterna, o la lealtad a unas normas sociales que garantizan la coherencia y la fortaleza del grupo?

En el texto promocional de la novela se leen estas preguntas que dejan un cierto regusto turbador.

La verdad es que La cena se aúpa como  una novela ácida y provocadora por los contenidos que encierra. Yo diría que a veces puede resultar algo incómoda.

Dos hermanos, junto a sus parejas respectivas, quedan para cenar en un restaurante muy exclusivo  de Ámsterdam: tienen que discutir un importante asunto que les concierne a los cuatro. Son Paul, Claire, Serge y Babette.

La novela se abre con una crítica de Paul, en  tono muy sarcástico, a los restaurantes de lujo. Aquellos que cuentan con un número elevado de empleados, que parecen más modelos que camareros; donde debes reservar con meses de antelación; donde diminutas viandas se pierden en la inmensidad de los ornamentados platos. Pero donde Serge Lohman, el hermano de Paul, un político influyente -y un más que probable próximo responsable del gobierno holandés- no tiene ningún problema para conseguir una mesa con tan solo una llamada.

Paul ridiculiza a los políticos que se quieren cercanos a la gente, que exhiben sus habilidades en los suplementos semanales de los periódicos; como su hermano. Lo trata con una inquina que sorprende, porque te preguntas qué hay detrás de esa mala voluntad. Se burla de su afición a la enología, que en algún momento lo llevó incluso a realizar cursos en el Valle del Loira para ampliar conocimientos; todo para alardear luego ante cualquiera que se le pusiera  enfrente con una copa. Él, que solo bebía Coca-cola cuando todavía vivían en la casa familiar.

Paul no para de zaherir a Serge. Cuánta animosidad encierran sus gestos. Lo tacha de machista, de tragón insaciable; lo muestra estúpido cuando se hace el graciosete con la camarera, cuando acepta hacerse una foto con unos clientes, a pesar de que la muchacha “no era muy agraciada”.

¿Qué hay detrás de todo esa acidez corrosiva?

¿Qué tiene Paul? ¿Qué le sucede? Habrá que leer la novela para comprenderlo.

Koch juega un poco con nosotros pues no todo es como parece en un primer momento: con numerosos flashback nos va adentrando en el pasado de los personajes, el más lejano y el más inmediato. Es como el ilusionista que saca pañuelos de un sombrero, pero muchos no tienen brillantes colores, sino que están destrozados y sucios.

Realiza el autor una radiografía de la estupidez social: el revuelo provocado por el matrimonio Lohman a su llegada al establecimiento; la sobreactuación del maître al presentar cada plato señalando con su meñique; sus descripciones de las comandas, el pregón de los exóticos orígenes de los ingredientes, como si instruyera a los comensales, pobres ignorantes.

Y más aún,  retrata una sociedad rancia, hipócrita y egoísta, que ante cualquier inconveniente prefiere mirar para el otro lado. Representan papeles de personas tolerantes; sus conversaciones se llenan de menudencias, de obviedades; rehúyen la polémica; cuánto menos se ahonde mejor.

Como te decía al principio, uno se puede sentir incómodo leyendo el libro, al sospechar que quizás te esté dibujando un poco a ti también.

Al comienzo, Paul, narrador en primera persona, aseguraba esto:

“No me apetecía cenar en un restaurante. Nunca me apetece.”

Afirmaba también que tener una cita es “la antesala del infierno”, porque le obliga a uno a pensar qué ponerse, ¿vaqueros?, ¿camisa blanca planchada?,  ¿recién afeitado?

En fin, supone un esfuerzo grande, porque todo eso te va a definir frente a los otros, cualquier decisión que elijas te condiciona, de esa apariencia depende tu imagen ante a los demás.

¿Cómo evitar pensar en A puerta cerrada, la obra teatral existencialista de Jean Paul Sartre? La frase más célebre de la obra: “El infierno son los otros” quería decir para el autor que si las relaciones con los demás se encuentran retorcidas, viciadas, entonces los demás son el infierno. Porque los otros son lo más importante para para nuestro propio conocimiento.

Una cita en los próximos días es la antesala del infierno; la noche en cuestión, el infierno mismo.

A la vez que no se presagia nada bueno en ese encuentro, esas palabras son un acicate para la lectura.


viernes, 4 de junio de 2021

Como polvo en el viento

 


Desde Tacoma, al noroeste de los Estados Unidos, Loreta llama a su hija, tras 16 meses sin hacerlo. Durante ese tiempo, y para mantener los encrespados lazos entre las dos, la que había telefoneado, a razón de dos veces al mes, había sido Adela, la hija.

Estas líneas resumen el comienzo de la novela.

Treinta y siete días después Loreta se presenta en casa de su hija en Miami. Nadie sabe dónde ha estado. Ha meditado en firme, ha recapacitado; ha decidido darle la explicación que le debía desde hacía 26 años.

Esto es el final del libro.

En medio, la dilatada historia de un grupo de jóvenes nacidos en Cuba en las inmediaciones de 1959.

Constituyen una imagen muy acabada de esa generación que gozó y sufrió la Revolución castrista.

Recordar puede doler, pero siempre es mejor mirar hacia atrás que olvidar; se pueden sanar las heridas que cicatrizaron sin haberse curado del todo.

Padura se pasea desde el presente al pasado y desde el pasado al presente, pero en ningún momento el lector se siente perdido, porque el camino narrativo está sembrado de boyas en forma de fechas precisas, que nos guían.

Eran un grupo de chicos y chicas que se conocieron en el preuniversitario, el Clan, así los bautizó uno de ellos.  En un primer momento vivieron todos acunados en la esperanza de que se alcanzaría la meta revolucionaria.

Pero en un momento la isla se vio aplastada con el peso de la corrupción, de la inquina foránea, de la mala práctica de los dirigentes. Y ellos también cayeron en el hoyo profundo. Y entonces, empujados por la tragedia, por el desengaño, por el miedo;  estalló la diáspora y algunos emprendieron el camino al exilio, donde nunca consiguieron echar raíces, porque sus raíces las habían dejado para siempre en Cuba. Su deriva se confundió con la del país.

“¿Qué nos ha pasado?”. Es una pregunta recurrente en la obra, muchos de los protagonistas la lanzan a las páginas de la novela.

“Nos ha pasado que perdimos”. Contesta algún personaje. Sus sueños se habían convertido en pesadillas.

Eran jóvenes brillantes, que al llegar a la universidad desarrollarían todas sus capacidades, y más tarde germinarían en ellos grandes actitudes profesionales. 

No todos pertenecían a buenas familias, en Cuba cualquiera que demostrara talento tenía abiertas escuelas y facultades. Así lo reconoce uno de ellos. “Y aunque todavía haya tanta gente viviendo en la mierda, yo sería muy ingrato si no le agradeciera a este país que me haya dado la posibilidad de ser el milagro que soy.” Hijo de madre soltera, había nacido en unas penosas condiciones, que se prolongarían en sus primeros años, pero con voluntad y las facilidades gubernamentales consiguió zafarse de todo aquello.

Padura nos muestra las dos caras de su país.

Vivían una amistad rotunda, sin apenas fisuras. Las familias apenas cuentas en la narración, se presentan como meros marcos donde habían nacido, curiosamente no aparecen lazos familiares. Me pregunto por qué no perfila Padura vínculos con un hermano, una hermana, un primo, una tía. Aparecen las relaciones que tú te has creado, no las que te dio la biología. Es curioso.

Según han ido acumulando edad, el deterioro del país, en lo político y en lo social, se ha acrecentado, las condiciones de vida empeoran y el exilio se abre como única salida. Otro exilio más. Lo hubo antes de la revolución y  justo después del levantamiento. Cuba está hecha de migraciones –como casi todos los países-. Hasta mediados del XX muchos fueron los que se refugiaron allí, hoy son más numerosos los que huyen. Al final de la novela los que se van son los hijos.

Estos abandonan el país por razones diferentes a las de sus padres: Se van de Cuba “(…) porque no resistían más vivir en un país que ni Dios sabe cuándo se va a arreglar y de donde la gente se va hasta por las ventanas porque allá están empeñados en arreglar las cosas con las mismas soluciones que nunca funcionaron...”. Buscan nuevos universos de expansión material o intelectual.

“—Aquello no lo entiende ni Dios y no lo arregla ni Dios...”. Lo resumía así un personaje: medicina de calidad, salud pública envidiable, pero farmacias desabastecidas; teléfono o electricidad baratos, pero cortes y poca potencia. Alguien había decidido que un cubano no tendría un móvil o un acceso fácil a internet.

Incomprensible.

Tantos jóvenes competentes saliendo de Cuba van a tener un coste importante para la isla. Me pregunto si alguien se ha ocupado de pensar en eso.

Una fotografía despierta un monstruo dormido, la verdad tiene que abrirse camino; y la intriga zigzaguea entonces por las páginas de Como polvo en el viento. Con una gran habilidad Padura va atando cabos, retratando las personalidades y las vidas de los que fueron jóvenes y hoy ya alcanzan más de cincuenta y tienen hijos. El exilio, la muerte intempestiva  y la huida fragmentarán al grupo y a su descendencia, pero como si estuvieran imantados volverán a reunirse.

Padura ha escrito un cuento con tinta de realidad. Retrata las penurias, retrata el dolor del que abandona su tierra; pero hace un retrato suave, sin aristas; quizás porque comprende al que se va, y también al que se queda. Y quizás también porque ya se ha acostumbrado a vivir en la sinrazón de su país, que tanto cuesta comprender al que es de fuera. Lo veo amable con sus personajes. No hay excesiva aflicción en ellos, y podría haberla; dentro porque las condiciones de vidas se hacen insoportables, fuera porque no hay nada peor que sentirte obligado a dejar tu mundo.

Aunque la política tiene un papel crucial en todo lo que sucede, parece que Padura pasa sobre ella como de puntillas. Puede que le interesen más las personas que pedir cuentas.   

Leonardo Padura sabe crear la tensión a través del enigma, pero además hace que esta historia se te pegue a la piel porque se alimenta de verdad. Es una ficción muy clarificadora de la realidad que se ha vivido, y que se vive.


jueves, 27 de mayo de 2021

El río de la desolación

 



En el 2002, y durante tres meses, Javier Reverte se deslizó por el ciclópeo Amazonas desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Para buscar el manantial de donde surge el río subió hasta 5672 m en el altiplano de Perú: hierbas amarillentas, aire frío, piedras y unos pocos seres humanos con sus animales. Te cuesta imaginar cómo puede la vida abrirse hueco en esa dura geografía.

Tras recibir las aguas de más de mil ríos -algunos entre los más largos del planeta- y recorrer muy por encima de seis mil kms, se abre en un descomunal estuario de 250 kms de ancho. Es un laberinto de aguas que riega la enigmática Amazonia.

Las palabras de Reverte en este libro trazan las corrientes, sus orillas, sus poblaciones, los hombres y mujeres que las habitan; y la jungla amenazadora, de un verde apelmazado. Pero sus palabras conllevan también la reflexión sobre la intervención del hombre a lo largo de los siglos en este espacio.

Dos ríos paralelos nos regalan estas páginas, el de hoy y el que fue desde que Francisco de Orellana lo recorriera en su casi totalidad.

Reverte se muestra como un viajero paciente, que se mueve con aparente sosiego, que mira lo que le rodea, que se desplaza en los barcos de la gente de allí, huyendo de la exclusividad de los turistas. Él se instala en los hoteles que encuentra, sin exigencias. No hay temeridad en este viajero, sabe cuándo hay que ser prudente; busca los mejores guías locales. Tiene encuentros y tertulias en sencillos bares y restaurantes, habla cuando quiere, sabe escuchar lo que le interesa.

Los navíos siempre salen con retraso, ejércitos de vendedores toman al asalto las cubiertas para ganarse la vida. Al anochecer, plagas de mariposas, mosquitos y cucarachas. Nada le hace perder la paciencia.

Entre los viajeros también hay vacas que acompañan a sus dueños; o gallinas, que picotean a los pies del que lee tranquilo en su hamaca. Los trayectos en barco no se le hacen tediosos, todo es nuevo y se acompaña de la lectura (al comienzo lee La vorágine). Las poblaciones que visita tuvieron tiempos mejores, las construcciones de la orilla destilan pobreza.

Según va recorriendo Iquitos o Manaos nos traslada al otro río, el de ayer. La época del caucho, momento de luces y terror. Una sombra demoniaca domina el río y su entorno, la de los terribles reyezuelos del oro verde, hombres codiciosos y depredadores. Genocidas.

Es muy interesante la historia del irlandés de consiguió con su denuncia sensibilizar a los pueblos civilizados para que detuvieran aquellas atrocidades. Aunque antes de hacerse eco de las acusaciones, esos pueblos civilizados, procurarían asegurar la producción cauchera para sus industrias. 

¡Qué poco imaginaban los que se servían de los neumáticos, producto estrella del caucho, las vidas que este estaba segando en la Amazonia! Y al lado de la muerte la riqueza lujuriosa de Iquitos y Manaos en su ayer cosmopolita. En la primera se dice que el champán francés y el agua de Vichy manaban desbocados. De la segunda se comenta que a principios del XX era cuatro veces más cara que Nueva York.

Otra etapa negra del Amazonas lo constituyó el loco deseo de construir un ferrocarril que uniera los Andes con el océano. ¡Cuántos indígenas desaparecieron por culpa de esta paranoia y con ellos tantos y tantos trabajadores que llegaron de fuera! Las condiciones de trabajo eran terribles, las enfermedades de la selva sus mayores enemigos.

Pero de nuevo captamos un río con luz porque la historia se llena con los que traían apoyo a los habitantes con técnicas nuevas; y se llena también con los que vinieron y siguen llegando para estudiar el gigante verde.

Cuántas curiosidades nos regala Reverte, cuantos detalles históricos, cuántos libros citados, cuantas reflexiones interesantes, cuántos datos, cuántas historias. Cuántas aventuras, que se hallan entre la literatura y el mito.

Cuántas almas humanas pudo entrever en este viaje, tan pegado a la realidad. Como esa prostituta que se vendía en una triste canoa por dos soles, el equivalente a sesenta céntimos de euro.

“…vivimos en la peor miseria rodeados de la mayor riqueza: árboles, peces, dicen que oro y petróleo…, y casi nos morimos de hambre todos los días. Éste es un lugar olvidado del mundo, un salivazo en el mapa.” Así se describía un natural de la zona.

Y otra vez el río de luz detrás de todos aquellos que conseguían vivir y gozar en su tierra.

Aunque es probable que el hombre termine marchándose y la naturaleza se adueñe de lo que siempre fue suyo.


martes, 18 de mayo de 2021

El lunes nos querrán

 

                                                



Una mujer joven, de origen marroquí, retrata un periodo complicado de su vida. Con la escritura hurga en el tiempo que se abre desde su adolescencia hasta la madurez.  Vive en la periferia barcelonesa con su familia. Hasta allí emigraron todos desde el otro lado del Estrecho cuando ella era pequeña.

Ahora, cuando tiene por encima de veinticinco años, echa la vista atrás y desentraña en un relato cronológico sus vivencias desde que salió de la niñez.

Un yo, Naima, la que escribe; un tú al que se dirige; y una tercera amiga, Samira, que se enfadaba si no la llamaban Sam.

Estas tres adolescentes han crecido vecinas en un barrio vertical, en el extrarradio barcelonés, rodeadas de otros inmigrantes marroquíes, que recrean allí las costumbres del país de origen. Nadaban en un clima asfixiante.

Las tres jóvenes ven su futuro lejos de la tradición familiar, cobijan el deseo de abandonar la senda que siguieron sus madres.

Ellas perciben otras realidades posibles, muy apartadas de las que se alojan en su entorno. Pretenden alcanzar esos nuevos horizontes, pero el camino no va a ser sencillo. Territorios áridos, para los que no existe una brújula. La única guía con la que cuentan son ellas mismas, pero se equivocan en muchas de las decisiones que toman, porque se basan en percepciones que no son reales. Los tropiezos se van a multiplicar. Caminan a ciegas, pues no es fácil integrarse en el universo de acogida. No lo ponemos muy fácil.

En frente, impidiéndoles quebrar la tradición está el entorno, que mantiene una estrecha vigilancia. Entre la protagonista de esta novela y sus hermanos apenas existe relación; con el padre faltan los lazos afectivos, solo se da una relación de dominio. Para él esposa e hija, además de estar a su servicio, deben constituir la cara de la decencia que él quiere que los demás vean de su familia, como ha sido siempre. Sin embargo Naima y su madre están ligadas por unos nudos primarios, que a veces a la joven le cuesta reconocer.

Entre las primeras páginas de la novela, se lee: “Te escribo para recuperarte pero también para recuperar a la persona que fui”. La escritura se revela como instrumento para entenderse y para entender mundos diferentes. La escritura aparece como sanación, como búsqueda de respuestas.

¿Es esto lo que guía a la autora de la novela cuando escribe? Podría ser. Najat El Hachmi, como la protagonista de su novela, también es marroquí, también llegó con su familia a Cataluña siendo una niña. También buscaba dejar volar su yo, sin subordinación a la tradición. Y aún hay algo más. El personaje principal de otra de sus novelas, La hija extranjera tiene datos vivenciales muy similares. Siendo una niña, vino del sur a vivir a Cataluña, donde tuvo que romper barreras para desarrollarse alejada del camino marcado por su tradición.

La temática parece recurrente, ¿está conjurando una situación adversa que le duele?

He observado que en muchas de las entrevistas que le hacen a la ganadora del premio Nadal, hay demasiado interés en sus peculiaridades biográficas, más que por la propia novela con la que obtuvo el galardón.

La novela dibuja vidas que se desarrollan muy cerca de nosotros, y eso tiene un gran valor humano, porque ayuda a conocer al otro.

Lo primero que tiene que haber es respeto al que viene de fuera, y eso muchas veces escasea. Muchos creen que los que llegan cargan un error, y pretenden –seguro que con buenos deseos- sacarlos del entuerto; cuando no hay tal.

Entrar en la vida de estas mujeres me enseña que en España desde los sesenta se ha recorrido un camino que guarda similitudes con el que muchas inmigrantes están emprendiendo ahora. Las mujeres marroquíes inmigrantes pueden encontrar en las leyes españolas para la igualdad un gran apoyo, pero dejar sus normas para acogerse a otras nuevas no es fácil. Hay algo profundo que nos amarra a todos a nuestro atavismo.

Esta novela te escarba por dentro, pero además en ella encontramos literatura. Una elaborada construcción narrativa nos arrastra desde el principio detrás de la identidad que alberga ese “tú” al que se dirige la narradora, detrás de la relación que existe entre ambas.

Los lunes nos querrán porque “el lunes encajaremos en todos los moldes que nos proponen”.

No. Cada persona ha de labrarse su propia horma.