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domingo, 8 de marzo de 2020

Mi planta de naranja lima





Mi planta de naranja lima fue publicada por José Mauro Vasconcelos en 1968. Se trata de uno de los autores brasileños más leídos y divulgados de todo el siglo XX. El pasado 26 de febrero se celebró el centenario de su nacimiento.
Dos planos de contenidos flotan en el espacio de este texto, uno realista y otro dentro de la más pura fantasía; atravesados ambos por hilos de humor, ternura y a veces de un sentimentalismo algo excesivo.
Retrata una porción de la vida en Bangú, un barrio de clase media baja en Río de Janeiro. Allí nació José Mauro Vasconcelos, por lo tanto el relato se halla traspasado de resonancias biográficas. No estamos ante descripciones realistas a la manera más clásica, son meras pinceladas que se van asentando en la narración del pequeño Zezé, el protagonista de apenas seis años. El lector reconstruye la vida y la atmósfera del barrio a partir de un texto de tono fresco e inocente, que dulcifica las duras aristas de la desigualdad que gobierna la zona.
A través del discurso infantil se transparenta un mundo donde la vida es difícil. Su padre está en el paro y su madre trabaja todo el día en una fábrica de tejidos, que existía realmente. Mamá nació trabajando. Nos cuenta Zezé que empezó a los seis años, que la sentaban encima de una mesa donde limpiaba y secaba herramientas. Era tan pequeña que se orinaba en la mesa, porque no podía bajar sola. Él se puso muy triste cuando oyó esta historia y se prometió que cuando fuera poeta y sabio, -era esa su aspiración en la vida- le leería sus poemas. La fábrica era un dragón que todo el día tragaba gente y de noche vomitaba un personal muy cansado. Además, no me gustaba por lo que mister Scottfield le había hecho a Papá… El lector puede completar lo que falta.
Son muchos hermanos, los mayores se encargan de los más pequeños. Zezé con sus cinco años se ocupa del inmediatamente menor. Y en su relación se abre ese plano de la fantasía. Sin moverse del patio trasero viajan al Far West a lomos de una gruesa rama de árbol o visitan un zoo peculiar cuya pantera era la gallina negra del pobre gallinero. El universo infantil corre paralelo al de los adultos.
Zezé lo habla todo con su planta de naranja lima, a la que llama Minguinho. Ella le contesta y le sirve de refugio. A veces acudía a ella llorando tras alguna paliza. Era frecuente que le castigaran. Él mismo había asumido que tenía el diablo en el cuerpo, como decían todos. Pero no era tan travieso, pienso que el niño era víctima de la frustración de los mayores, que le golpeaban a él porque no podían apalear a la existencia que les había tocado en suerte.
Este cándido narrador va sembrando de humor lo que cuenta. Como cuando se cambian de casa y le comenta a su tío que no sabe si su amigo, el murciélago Luciano, sabrá llegar a la nueva; asegura que le ha dejado la dirección, pero no sabe si sabrá leerla. O como cuando va a la escuela y supone que una señora que hay por allí debe ser la directora porque tiene bigote.
En el centro escolar descubrimos su inteligencia y su bondad. Alguna tarde la maestra, admirada y conmovida por este inocente, le compra el buñuelo para la merienda y él lo comparte con Corujinha, que es más pobre. No voy a decir nada de su amistad con el Portugués o con Ariovaldo, ni del día que salió con su caja de limpiabotas, de lo que le trajo a su padre… Tengo que hacer un esfuerzo por parar de contar.
Zezé es en alguna medida un nuevo Lazarillo.
El libro  me ha hecho llorar. He estado preguntándome qué era lo que traía esas lágrimas. Comparaba una lectura reciente donde se describe un crimen absurdo que además queda impune y deja rota para siempre a una familia entera. Ahí no hubo lagrimeo, y no por falta de razones. La diferencia estaba en que con estas circunstancias terribles no sentía conexión emocional. Sin embargo mucho de lo que se cuenta en Mi planta de naranja lima me ha transportado a mi mundo de recuerdos, ahí sí se ha producido una conexión afectiva.
La foto de portada de Libros del Asteroide muestra a un niño flotando en un río con la ayuda de una cámara de rueda de coche, con mirada abstraída y jugueteando con el agua, tranquilo; descubriendo, construyendo quizás, su mundo.

jueves, 27 de febrero de 2020

Una mujer en Berlín



La lectura te sitúa a veces frente a temas controvertidos, duros, difíciles de asimilar. Es el caso de este libro que se refiere a las extremadas condiciones de vida en el  Berlín del final de la Segunda Guerra Mundial, particularmente de las mujeres que sufrieron las violaciones del ejército soviético de ocupación. Se presenta un paisaje construido con devastación, desamparo y una enorme desesperanza.
Jamás, jamás podría un escritor inventar algo semejante. Así lo anota la autora en su diario, que es lo que nos vamos a encontrar en esta obra. Le entregó el texto a un amigo que se convertirá en su depositario.  Él da fe de su total autenticidad y, sin desvelar la identidad de la escritora, nos la presenta como una joven burguesa de unos 29 años, con una exquisita educación, que luchó por una temprana emancipación. Fue una periodista experimentada que realizó su labor por varios países europeos incluida la Unión Soviética. Se mantuvo al margen del Tercer Reich y un trabajo la retuvo en Berlín durante el último año de la guerra.
Y es en ese último año cuando se dedicó a escribir el diario entre el 20 de abril y el 22 de julio. Estas páginas la ayudaron a seguir adelante dentro de aquel caos moral y físico. Se adivina aquí la fuerza liberadora de la confesión.
Si son atractivos e interesantes los contenidos de estas anotaciones, también lo es todo lo que envuelve su escritura y posterior publicación. Son circunstancias muy esclarecedoras sobre la condición humana.
Este amigo y depositario consiguió la publicación en EE UU en 1954 como anónimo, realizando además unos pequeños cambios que preservaran la identidad de las personas que aparecían.
Hasta 4 años después no se publicó en alemán, y no en Alemania, sino en Suiza. El pueblo germano no estaba preparado, seguramente, para enfrentarse a la realidad de esos hechos inconfesables. Uno de los pocos críticos que lo reseñó se refirió a «la desvergonzada inmoralidad de la autora». No era fácil aceptar que una mujer escribiera sobre esa situación tan poco honrosa, sobre todo teniendo en cuenta que a veces los varones alemanes se presentaban como testigos pasivos. Se cree que más de 100.000 mujeres fueron violadas.
¿Pudo esta mujer actuar de otra manera? En el epílogo el representante se revuelve contra esta pregunta que flota; considera que es demasiado fácil juzgar cuando uno no está en esa tesitura.
Se comprende que la autora no quisiera verlo publicado en Alemania tras la fría acogida de esta primera edición. Hasta después de su fallecimiento no volvió a ver la luz en su lengua, ya en 2001, y siempre sin que su nombre apareciera.  Hay que decir que a partir de los años sesenta el libro se continuó leyendo fotocopiado en medios estudiantiles y feministas, coincidiendo con fechas en las que el pueblo alemán estaba consiguiendo sacar a la luz recuerdos que se habían mantenido ocultos en la memoria colectiva.
El diario recorre tres momentos que se van sucediendo cronológicamente en el transcurso de esos pocos meses. Durante el cerco de la ciudad sentimos con Anónima el hambre desgarradora y las penurias en el microcosmos del refugio antiaéreo. Se palpan las sensaciones. En estos críticos momentos los hombres que permanecen en Berlín se han convertido en el sexo débil a ojos de las mujeres. Así lo siente la autora. No es extraño que su libro no despertara simpatías. En los últimos tiempos del cerco, los rusos llegan y se llevan el hambre de Anónima, que ha de pagarlo con su cuerpo: usa la frialdad y la indiferencia para aislarse y sobrellevarlo todo. Nos habla con franqueza de que necesita un lobo que la defienda, se hace amiga de algún oficial para evitar las agresiones de la tropa. Los intentos de denuncia ante los jefes militares no servían de nada. Algunos de ellos respondían que no habían sido muy diferentes los soldados alemanes en su país. Viven desorientados: no hay reloj, ni calendario, ni periódicos, sustituidos estos por los rumores que se oyen en las colas, sobre todo la del agua. …nosotros tragamos con todo. Estamos de pie y esperamos.
Los ivanes, como ella los llama, se van, se produce la capitulación germana  y un cierto atisbo de normalidad ilumina Berlín. Ya es posible abandonar el propio barrio y recorrer otros lugares, a pie, entre cascotes, rodeados de un silencio inusitado. La actividad organizada se relanza: alguien ha conseguido que brote una peluquería de aquellos escombros, hay algún cine abierto. Anónima desempeñará diversos trabajos, desde traductora a lavandera y editora. Chupar su dedo con una mezcla de agua y azúcar le sabe mejor que los bombones del tiempo de paz.
¿Cómo reacciona su pareja cuando vuelva del frente?
Qué mal parado queda ahora el gran líder del Tercer Reich: ¿Podrá haber nunca una resurrección de los dirigentes nazis? se pregunta Anónima. Los berlineses viven indiferentes a las negociaciones entre los aliados, a sus celebraciones: ellos ya están derrotados.
Trabajo duro, pan escaso… pero el viejo sol sigue alumbrando en el cielo.

domingo, 23 de febrero de 2020

La flor púrpura






En la novela un poderoso católico muy fanatizado capitanea a su familia con severidad y rigidez, como si fuera una más de sus propiedades.
Ahora uno se podría preguntar dónde se sitúa la novela, y muy probablemente pensaría en un país occidental.  Pues no, es Nigeria. Me doy cuenta de que no somos tan distintos. Quizás conocemos poco de la vida de África, son numerosos los estereotipos que nos ocultan su realidad. Deberíamos interiorizar que es un continente construido de variadas culturas y diferentes países.

De eso mismo habla la autora en una entrevista. Se trata de CHIMAMANDA NGOZI ADICHIE, que nació en Nigeria en 1977. Cuando llegó a Filadelfia desde su Nsukka natal, para estudiar, sus compañeras se asombraban de lo bien que hablaba inglés; ignoraban que en Nigeria era lengua oficial. Había crecido rodeada de la misma música, televisión y literatura que ellas.  Al llegar a EE UU tomó conciencia de ser negra en un país donde su raza es minoritaria. Y allí además de mujer y feminista, también era una inmigrante.
La flor púrpura fue su primera novela, la escribió con 26 años. En ella descubrimos unos conflictos familiares que se insertan en la problemática política y social del país africano. El texto surge impulsado por un deseo irrefrenable de denunciar la situación de la desigualdad femenina, el negativo impacto de la colonización, la inexistente política social, la corrupción.

Todo empezó a desmoronarse en casa cuando mi hermano, Jaja, no fue a comulgar y padre lanzó su pesado misal al aire y rompió las figuritas de la estantería. No solo se rompieron las figuritas, todo el mundo de Kambili se destrozó en ese momento. La joven comienza a percibir su auténtica realidad, y nosotros con ella desde esa primera página. Se trata de una narradora adolescente, una voz tierna que revela su mundo.

Su existencia era como un juguete entre las manos firmes y duras del padre. Lo tenía todo menos libertad. No era feliz, pero tampoco, desgraciada. En su casa tanto ella como su madre y su hermano vivían la existencia que el padre había diseñado para ellos, con unas normas rígidas e inquebrantables. En esa mansión la opulencia convivía con la severidad y la intolerancia. Era una cárcel de oro.

En una estancia en Nsukka en casa de su tía, junto a sus primos, Kambili descubrió un universo radicalmente diferente. En ese hogar se despliega una vida llena de necesidades, pero también de libertad. Mientras su casa estaba llena de riquezas materiales, en la de su tía reinaba la precariedad, pero estaba repleta de sentimiento. La tía Ifeoma sabía dirigir a su familia, había impuesto normas, pero no había la dureza de la casa de su hermano.

Resulta llamativo –aunque no es extraño- que este padre arbitrario y violento se muestre tan solidario con los de fuera de casa. Él también fue en su infancia víctima de la intolerancia y el rigor entre los religiosos extranjeros que lo educaron. Quizás fue eso lo que lo convirtió en un maltratador.

Mientras vemos crecer a Kambili nos encontramos en su entorno con personas que no difieren mucho de las que me rodean: la enorme distancia geográfica se reduce cuando se trata de medir la condición humana.

El universo femenino del libro está dividido entre las que sufren con resignación los agravios del patriarcado, condenadas a vivir a la sombra del hombre y de las costumbres; y las que luchan por abrirse un camino propio; eso sí, cargando con la pesada losa de un gobierno corrupto.

En el ámbito masculino encontramos una nueva división: los que se enorgullecen de sus raíces y los que las rechazan, porque dan más valor a lo foráneo. A este lado está el padre, educado por misioneros extranjeros que lo vaciaron de su realidad, incluso de su lengua materna el igbo. Entre los primeros, el abuelo Papaunukwu y su nieto Jaja, cuando consigue desprenderse del dominio paterno. 

En la visita a la casa de su tía, Kambili observa que están en una órbita distinta a la suya. Pero un hecho luctuoso impedirá a la joven sondear la nueva dimensión vislumbrada y seguirá el camino que su tradición –muy cercana a la nuestra- traza a las mujeres.

Nsukka le revela a Kambili el amor. Allí descubre la risa: sus primos y su tía ríen.
Hablan y ríen en la mesa.
En su casa eso estaba absolutamente prohibido.


Aquella noche soñé que me reía.      

domingo, 16 de febrero de 2020

Lluvia fina




Ahora ya sabe… Estas tres palabras abren Lluvia fina. A partir del este “ahora”, Landero nos aloja en los recuerdos de una familia; es como si nos sumergiéramos en las profundidades del mar, para salir de nuevo a la superficie de ese presente inicial cuando termina la novela. Y de pronto te encuentras con ese final inesperado. Impactante.

Luis Landero nos adentra en la historia de una madre anciana que tiene dos hijas y un hijo. Cualquier lector reconocerá parte de sus propias vivencias. Un rencor antiguo se va a despertar y va a liberar monstruos dormidos. Es como si la “Lluvia fina” del título fuera cayendo tranquila, pero constante, y terminara arrastrando la tierra para dejar a la vista lo que estaba sepultado.

La que “sabe” es Aurora, y  lo que ha comprendido es que las palabras no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. Sabemos que las palabras entran en nuestra cabeza y se quedan retumbando durante tiempo, como una piedra que tiras a un pozo. A veces puedes pensar que se han esfumado, pero no, solo estaban adormecidas, y el recuerdo puede despertarlas.

Aurora es la mujer del hijo, recibe un aluvión de confidencias por parte de sus cuñadas. Ya conocía algunas de esas revelaciones, que ahora le llegan matizadas, incluso distorsionadas, hasta en versiones dispares. Vamos conociendo los vaivenes de esta casa; del padre muerto, ya hace mucho;  de la madre autoritaria;  de los problemas económicos. Vamos conociendo lo que late en el recuerdo de unos y otros, pues claramente la novela muestra algo de lo que todos somos conscientes: la verdad tiene muchas caras y nos revela que un mismo hecho puede verse de maneras diferentes según quien lo viva.

Esta tromba de confidencias le descubren a Aurora otro Gabriel, muy distinto del hombre con el que se había casado.

A lo largo de la lectura comprendemos que no debemos decir todo lo que nos sube a la cabeza, que hay palabras que deben permanecer calladas. Aunque es cierto que todos “necesitamos contar, que hasta que no hemos contado parece que no hemos terminado de vivir del todo.” Estoy de acuerdo con esto que ha declarado Landero en una entrevista, pero creo que convendría aprender a refrenarse. Él afirmaba también: “A la hora de hablar surgen malentendidos y equívocos, porque las palabras no son inocentes, son peligrosas, pueden crear rencores y enemistades.” Este es un eje sobre el que gira la novela. Justo es eso lo que ha pasado aquí, se han despertado los pequeños demonios, asegura el escritor. Esa es su lluvia fina.

Esos pequeños diablos a veces quedan hipertrofiados por la imaginación. De ahí que haya otro eje sobre el que pivota el texto: la memoria, “la memoria es la verdadera loca de la casa.” No creo que se pueda decir mejor.

La memoria es una trampa, muchas veces moldeamos los recuerdos enmascarando el pasado, necesitamos hacerlo porque nos desagrada lo que sucedió de verdad; puede ser también que lo que aconteció se haya desdibujado del todo, y lo inventemos por supervivencia.

La portada que ha elegido Tusquets me parece muy significativa, una foto borrosa: se reconoce perfectamente la imagen que alberga, pero los detalles no están claros. Son la metáfora perfecta de esa verdad poliédrica que mencionaba más arriba: cada uno le creara a la figura sus propios detalles, dependiendo de sus experiencias.

En la vida como en la lectura de una novela cada uno construye su propio relato.




domingo, 9 de febrero de 2020

Conjunto vacío


2017 Pepitas de calabaza, en México 2015.

Una artista visual que escribe: así se define Verónica Gerber, escritora mexicana de1981.
Solo con abrir el libro se revela una propuesta diferente: encontramos una combinación de escritura y elemento icónico. El propio título es el símbolo del “conjunto vacío”: presagia la soledad que encierra la novela.
Verónica Gerber en una entrevista se refiere a Conjunto vacío como obra o pieza; aunque dice que comprende que en medios literarios se hable de novela. Pero ella no quiere que solo se vea como eso, como una novela, porque así se reduce a un solo modo de lectura.
Enseguida uno se pregunta qué impulsa la distribución de grafías y dibujos. En las primeras páginas de la novela podría advertirse una pista cuando se lee: Hay cosas, estoy segura, que no se pueden contar con palabras.  La propia autora declara en un encuentro literario  que los dibujos están para completar esas partes que costaba decir o decirse. En definitiva vemos que la novedad de Conjunto vacío no es capricho es una necesidad expresiva de esta creadora, exiliada de la patria común de las palabras. Las palabras me dan miedo, me asusta no saber qué entienden los demás cuando Yo(Y) (sic) hablo.  Cuando dice esto el personaje, es fácil imaginar a la autora explorando nuevos caminos expresivos para calmar esa ansia.
El principio del relato coincide con el final de una relación amorosa, la de la protagonista, Verónica, y Tordo. Ese final, que cierra una cadena de algunos otros en su vida, va a propiciar un comienzo, repleto de preguntas que Verónica se hará a lo largo del relato. Dice: Todos estamos esperando que por fin aparezca eso que no podemos ver.
Pero va a ser difícil encontrar respuestas y Verónica Gerber lo pone de manifiesto en su relato a través de su concepción de la obra (en la que trabajó cuatro años): fragmentos sin continuidad cronológica, y que son como pedazos rotos de un escrito que hay que recomponer con cuidado  para encontrarle sentido. Se trata también de pedazos de una vida que debemos recomponer al leer estos capítulos breves, muy desiguales en el tamaño; expresados en lenguajes inventados, propios de los niños; o con disgrafías e incluso escritura ilegible.  La diversidad expresiva se corresponde con la complejidad de la(s) vida(s) que abriga.
Tras la ruptura amorosa, el personaje vuelve al piso de su madre, el único lugar al que podía regresar. El apartamento está igual que ese día de 1995, cuando -asegura- dejamos de ver a mamá: tanto su hermano como ella. Hubo un divorcio; y había un padre, con tan poca presencia en la novela como en la vida de Verónica. A partir de ahí porciones de existencia con elementos comunes a otras muchas y con elementos diferentes.
Personaje y autora comparten nombre y dedicación al arte visual. Además ambas son hijas de exiliados argentinos nacidas en México. Pero no son la misma persona, explica Verónica Gerber: es un ejercicio de autoficción. El que escribe siempre se alimenta de lo que tiene alrededor. La literatura adopta distintos moldes según las épocas, pero siempre están llenos de vida y ficción.
Cuando ya he conseguido reunir los pedazos que Verónica Gerber me ha dejado entre estas páginas, he construido una historia, que contiene ecos de muchas otras, y que quizás no es la que ella concibió. En ella hay soledad, como presagiaba el título, y hay muchos exilios: de la protagonista, de su familia, del amor, de la madre, de la patria, del tiempo, de las palabras; y también de uno mismo.
Si alguien me preguntara de qué va este libro, le diría que está hecho de la materia escurridiza del vivir. Y le ofrecería, por ejemplo, esta frase que se encuentra entre las últimas páginas: Es extraño llegar a un lugar que se corresponde contigo, pero al que no perteneces.
 



sábado, 25 de enero de 2020

Un caballero en Moscú



Comienza la novela con un acta fechada el 21 de junio de 1922 en Moscú, que corresponde a la “Comparecencia del conde Aleksandr Ilich Rostov ante el comité de emergencia del comisariado político de asuntos internos”. Para mayor verosimilitud el documento aparece con una tipografía distinta a la del resto del libro. Se condena al conde Rostov a una pena de confinamiento en el hotel Metropol, donde ha vivido los últimos años.
Asegura el escrito que merecería una condena a muerte porque “ha sucumbido a las corrupciones de su clase”. Pero tiene defensores entre los estamentos superiores del partido que lo consideran uno de los héroes de la causa prerrevolucionaria por un poema que escribió en 1913. El azar lo ha salvado, porque ya veremos lo que el propio Rostov nos dice sobre ese poema.
Pero no se confunda: si vuelve a poner un pie fuera del Metropol, será ejecutado. Siguiente caso.” Así finaliza la nota y así comienza la historia de los 32 años que el conde Rostov pasó en este edificio singular. Supone un arranque muy sugerente.
Condenado a la reclusión él mismo se compara con Edmundo Dantes, Cervantes o Napoleón. Es como Robinson Crusoe, se crea un mundo. “Tras renunciar a los sueños de un rescate rápido, los robinsones del mundo real buscan cobijo y una fuente de agua potable, aprenden a hacer fuego con pedernal, estudian la topografía de la isla, su clima, su flora y su fauna y, mientras tanto, vigilan el horizonte por si ven aparecer velas en él y buscan huellas en la arena.” Ese será su propósito en el hotel: adaptarse a las nuevas circunstancias, y lo hace sin perder su refinada formación, su perspicacia, su inteligencia, su ternura, su conocimiento del alma humana.
Lo obligan a abandonar la suite de la que venía disfrutando para enviarlo a una minúscula habitación abuhardillada unos pisos más arriba. Solo podía escoger unos cuantos de sus objetos personales, los que cupieran en su  nueva morada. Las descripciones de estos enseres nos hacen participar de la exquisitez de los diseños y la finura de los materiales. Renuncia a todos sus libros, conserva solo uno: los Ensayos de Montaigne.
Su nueva vida se hace de gestos pausados, no conoce tensión ni agobio. Él ha sabido conservar parte de su poder económico. Almuerza y cena sofisticados platos en los elegantes restaurantes del hotel, vedado para tantos compatriotas. Durante una de estas comidas conoce a Nina, hija de un burócrata ucraniano viudo, que de momento también vive en el Metropol. Con ella se convertirá en un niño que descubre hasta los rincones más apartados del gran establecimiento. Esto produce una sensación placentera comparable a las que generan nuestras  incursiones en viejos álbumes de fotos: la aventura de lo cotidiano
Nina tiene un tesoro, ha conseguido una llave maestra que les lleva a cualquier recoveco. Nina y Rostov descubren la lujosa vajilla de Sèvres, que contuvo los manjares de la vieja aristocracia y que va a acoger las delicias que consuma la nueva élite bolchevique. Observan agazapados el salón de los exclusivos bailes de ayer que hoy se llena de reuniones políticas, pero sin que las actitudes personales ni las estrategias de los participantes hayan cambiado.
            El libro se llena de amigables historias que seducen nuestra curiosidad y nuestra fantasía. Hay amor y humor, grandes amistades, y no falta la intriga, ni tampoco el esperpento. ¿No es irrisoria la medida populista de despegar las etiquetas de las botellas de vino para  arrancarles su identidad? ¿Qué mejor metáfora podría encontrar el autor para dibujar lo que tantos han criticado del poder uniformizador soviético? Towles juega con la ficción y la historia.
            Y llega Sofía: con pocos años y escasos kilos. ¿Cómo algo tan pequeño puede adquirir tan grandes dimensiones cuando entra en la asentada vida  del conde, que ya lleva 16 años en el Metropol?
Sofia va a colmar la vida de este hombre. La niña crece junto a Rostov en el Metropol y se convertirá en una gran pianista.
Él debe planear algo para ella.
¡Cómo puede haber tanta vida, tantas historias, en un alojamiento del que solo salimos en dos breves ocasiones! ¿Y de dónde ha podido sacarlas Amor Towles? En una entrevista aseguraba que en sucesivas estancias en un hotel suizo se familiarizó con muchas de las caras que deambulaban por el hall año tras año. A partir de ahí surgió su novela.
Amor Towles me ha  me ha hechizado con su texto conduciéndome por un mundo de realidad y de ficción, lleno de atractivo y emoción.
           

domingo, 19 de enero de 2020

La playa de los ahogados



El mundo de Leo Caldas empieza a resultarnos familiar después de las tres novelas que Domingo Villar ha escrito con este policía como protagonista. La playa de los ahogados  es la segunda del autor vigués.  
Una mañana de otoño un cadáver aparece en una playa de Panxón, a pocos kilómetros de Vigo. Se trata de un vecino del pueblo;  todos piensan en un suicidio, el Rubio se mostraba muy taciturno en los últimos tiempos. Pero Caldas duda, llevaba las manos atadas y el lugar en el que aparece el nudo hace pensar en un asesinato, él solo no hubiera podido hacer esa atadura.  Caldas empatiza con la hermana del muerto y confía en sus declaraciones, le asegura que su hermano nunca se habría quitado la vida, mientras su madre estuviera aún viva. Jamás le habría causado ese daño. Definitivamente la opinión del forense Guzmán Barrio convertirá el suicidio en un caso de asesinato.
Caldas con su meticulosidad habitual se dispone a meterse dentro de los hechos hasta el fondo y, de camino, nos arrastra con él en la investigación y hacia el interior de los corazones de los protagonistas.
El inspector no está solo en sus pesquisas: dirige con mano firme un sólido equipo compuestos por Clara Barcia y Ferro; y por supuesto cuenta con la asistencia de su peculiar ayudante: Estévez, un aragonés que no acaba de entender a los gallegos.
Como si se tratara de ir abriendo las famosas matrioskas que van descubriendo nuevas muñecas más pequeñas dentro de las primeras, Leo Caldas va revelando nuevos casos detrás del asesinato de Justo Castelo, el Rubio. 
El imaginario gallego se revela detrás de los amuletos que llevaba el muerto encima. El fantasma del capitán Sousa había venido a desconcertar sus últimas semanas de vida.
Unos diez años atrás, en 1996,  el fallecido y dos jóvenes marineros del pueblo sufrieron un naufragio junto a este oficial, Sousa, que fue el único que desapareció. Es difícil indagar para Caldas cuando las bocas de los supervivientes están selladas por un miedo impenetrable.
En un periódico de esa fecha Caldas descubre la desaparición de una persona en la zona de la costa más próxima al hundimiento. Ahondando en las circunstancias conseguirá unir todos estos acontecimientos hasta dar con la respuesta definitiva al caso, en una trama fuertemente cohesionada. Como en un juego con los lectores, nos va dejando algunos sospechosos entre las páginas de la novela, antes de mostrar al verdadero culpable justo al final.
El envoltorio de La playa de los ahogados está hecho de la geografía física y gastronómica absolutamente reconocible del área de Vigo, con el mar como referente. Está hecha también de muchos ecos de autores de novela policiaca.  Aunque también está cubierta con una red de personas que constituye un nudo humano de peso: entre otros el padre de Caldas, que ha encontrado en la viticultura una salida a su desesperanza; Alba, la expareja del policía, de la que huye porque rechaza el compromiso, pero a la que está ligado de forma radical; y el propio Caldas, tan enigmático.  Calza en la novela unos zapatos que no son los apropiados para visitar las tierras de su padre, tampoco son los más adecuados para salir a navegar cuando lo invitan a dar un paseo en barco: no es un hombre ni de tierra ni de mar.
Asegura Domingo Villar que si la novela policiaca triunfa es porque da respuestas precisas, las necesitamos cuando estamos rodeados de incertidumbres.
Comparto esta idea.

sábado, 11 de enero de 2020

La nieta del señor Linh




Una sencilla fábula. Pero con esto no quiero infravalorar la breve novela de este autor francés, porque  lo más sencillo no siempre es lo más fácil.  Al contrario, en el caso de Philippe Claudel creo que ha sabido envolver en sencillez pedazos de humanidad: amistad, sin necesidad de palabras; desarraígo, físico y sentimental; soledad de los que pisan tierra desconocida; sentimiento de culpa.
            Es verdad que hay también una dosis algo elevada de sentimentalismo, que sobre todo al final pesa un poco. Pero es un libro que conmueve.
En la novela brilla la relación de dos hombres que desconocen el uno la lengua del otro. Se trata del señor Linh y del señor Bark. El señor Linh llega como refugiado de un país, que se supone asiático, hasta una tierra de acogida del primer mundo, donde vive el señor Bark. Se unen dos soledades en un banco frente a un parque. Uno se ha visto desterrado por una guerra que otros llevaron a su casa; el otro se duele de la pérdida de su mujer y va cada día a sentarse frente al carrusel donde ella trabajaba.
El señor Linh viajaba con una pequeña maleta amarrando lo poco que le quedaba de allí: algunas ropas viejas, un saquito con tierra y una fotografía desvaída. Y apretada contra su corazón, entre sus brazos trae a su nieta de pocas semanas. Los servicios sociales los alojan junto a unos compatriotas con los que solo comparten la lengua.  No hay solidaridad entre los desheredados. Para mí, esto constituye una de  las notas más dura del libro, construido en general en un tono amable. La novela se alza calada de esperanza, sin reflejar las posibles maldades que pudieran haber sufrido abuelo y nieta. No hay rencor en el señor Linh.
La acogida de los funcionarios en el nuevo país es buena, pero le falta alma. No son los tiempos dorados a los que se refería Don Quijote en su discurso a los cabreros, tiempos en los que no se conocían las palabras tuyo y mío. Alonso Quijano se sintió bien recibido por aquellos hombres que compartieron con él lo que tenían, sin preguntar.  Ahora muy probablemente ayudamos a otros países porque tenemos la mala conciencia de que en un pasado nos llevamos lo suyo y les dejamos sin nada. Parece ser el caso aquí.
Aunque hay diferencia, leyendo la novela saltan hasta nosotros las imágenes de otros emigrantes obligados a alejarse de sus raíces que no son bien acogidos en ningún lugar, son los modernos apestados. Pero también vuela nuestra cabeza hacia otros tiempos en los que fuimos emigrantes.
El señor Bark conoció el país del otro, fue allí en una acción de guerra: nunca ha podido perdonarse el dolor que dejó. También fue una víctima de los que pretendían el beneficio del conflicto.
Después de unas semanas, un destino definitivo le está reservado al señor Linh y a su nieta, es un asilo de ancianos aparcados. Está muy lejos del primer albergue, se trata de un nuevo destierro porque lo han separado del territorio que les pertenece a su amigo y a él. 


¿Qué va a ser de ellos entonces?

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    


domingo, 15 de diciembre de 2019

Las reputaciones



Una novela breve en la que su autor desafía nuestra conciencia con cuestiones a veces perturbadoras alrededor de la fama, volátil; los creadores de opinión, poderosos y en ocasiones irresponsables; los recuerdos, formas inconstantes, montón de espejos rotos, como escribía Borges.
Su autor, Juan Gabriel Vásquez, aseguraba en El País que la poética de las novelas cortas de Henry James fue la que más le marcó. Destacaba, además, la "fanática defensa de la ambigüedad” del autor estadounidense.

¿Qué sucedió en aquel día de julio 1982? No esperemos una respuesta clara en la novela. El texto siembra la duda, y de ella surge nuestras reflexiones.
“Visto desde ahora me parece un error”. Esto podría haberlo pensado Javier Mallarino, el protagonista, cuando, 28 años después de ese julio, Samanta Leal le visita y le obliga a hurgar en sus recuerdos. No se puede hacer nada para cambiar lo que ya sucedió, pero sí se puede cambiar nuestro hoy. El pasado resquebrajará el presente, dulce, de este ilustre caricaturista colombiano, algo escéptico, con el país a sus pies. Son ya 40 años de oficio, 40 años de influencia total sobre la trama colectiva del país sudamericano. Una autoridad moral para la mitad del país, el enemigo público número uno para la otra mitad, y para todos un hombre capaz de causar la revocación de una ley, trastornar el fallo de un magistrado, tumbar a un alcalde o amenazar gravemente la estabilidad de un ministerio, (…).Y sin embargo en la calle no era nadie. No era nadie porque sus dibujos no llevaban su foto al lado.  Juan Gabriel Vásquez retrata la fuerza de la imagen para crear fama, tan mudable e inconstante, tan perseguida y tan ansiada; de la que a veces se huye, porque se puede convertir en trampa mortal.

La víspera de la presencia de Samanta Leal en casa de  Mallarino,  él ha recibido un homenaje institucional en un teatro de la capital, la mujer acude al evento entre los miles de agradecidos admiradores. En las imágenes que se proyectan de la residencia del dibujante, ella reconoce algo, tiene la certeza, con un trazo muy desdibujado, de que ha estado allí. Y hasta allí va a acudir para saber. Mallarino con sus evocaciones de aquella jornada le fabricará unos recuerdos, que removerá su vida. A todos nos han creado memorias con relatos, por ejemplo de familiares que apenas conocimos. Qué rara es la memoria: nos permite recordar lo que no hemos vivido, se lee en las primeras páginas,  cuando el protagonista evoca a otro gran caricaturista, desaparecido tiempo atrás, que ya no existe para nadie. ¿Nos estará hablando de lo que podría sucederle a él?
            La novela parte del presente, el momento del homenaje, y se adentra después en el pasado del protagonista. Dos mujeres nos llevan a esos momentos pretéritos: Samanta, como ya he mencionado, y  Magdalena. Esta es su exmujer, que al principio de su relación le guio en el camino complicado de vivir. Hoy ella ha encontrado su propio camino y no quiere compartirlo con él. También va a encontrarlo Mallarino, no tengo seguridad, solo una intuición.

            El contenido de Las reputaciones se va tamizando en cada lector. Tras su lectura las dudas de Mallarino se convierten en nuestras dudas y las preguntas sin respuestas siguen removiendo muchos sentimientos en nosotros.

jueves, 28 de noviembre de 2019

La violencia justa


En la formulación del título, La violencia justa, descubrimos cierta paradoja.
¿Puede ser justa la violencia? No, por supuesto que no. La respuesta se te cae de la boca. Pero, ahora piensa que has sido tú el agraviado. Se me ocurren numerosas injusticias que podrían exigir expiación. Tienes en tu mano la posibilidad de “hacer justicia” (o sea de vengarte), ¿cuál sería tu respuesta entonces?
Esta novela te inquieta porque las preguntas que arrastra y las respuestas que te genera se mueven en el terreno, resbaladizo, de lo moral e inmoral.
     Andreu Martín te hace  empatizar con el violento expolicía Alexis Rodón,  porque cuando reacciona con furia, lo hace contra el secuestrador de una pequeña, o contra unos traficantes de niños: crímenes más que despreciables.
Y entonces, surge otra pregunta: ¿se pueden transgredir las normas para ganar en el terreno de los malos? También aquí la respuesta negativa parece estar clara. Sin embargo brota de nuevo la duda: me alegro del triunfo del bien sobre el mal aunque conlleve dureza, sobre todo cuando los muertos son en el papel y están hechos de palabras. Los buenos y los malos, ¿están siempre claras las diferencias entre unos y otros?
El autor sale en defensa de la policía, contándolo todo, lo mejor y lo peor, pues  hay agentes buenos y malos, regulares y nefastos. Considera que el 80% de su actividad es de ayuda social y no de castigo. Se admite la actitud de Rosón porque está fuera de la disciplina policial, ya que fue expulsado del cuerpo, con equidad, pero quizás sin considerar todas las circunstancias.
La trama se divide en capítulos narrados en primera persona, unos por Alexis Rodón y otros por Teresa Olivella, presentados alternativamente. Dos acciones que terminan cruzándose. Solo hay un capítulo al final que rompe con esta tendencia, es el que se identifica como “El operativo”. En él el autor utiliza una técnica narrativa cinematográfica, incluye entre los personajes a una policía estrella que lo sigue todo desde un helicóptero: hoy ha venido sin sus tacones de aguja. El ritmo es excepcional, Andreu Martín es un maestro narrando. Dosifica, entrega los hechos de forma creíble.
Teresa busca a Alexis para, se sospecha pronto, una venganza. Aquí surgen los ecos del cine negro más clásico: Perdición de Billy Wilder, con guion del propio director junto a Raymond Chandler, que adaptan una novela de James M. Cain. Rodón se constituye en el caballero andante que ayuda a las damas en peligro, sin importarle los métodos.
Hay dos tipos de venganza en el libro: la de un criminal que quiere desagraviar a su amigo y la de una mujer que quiere hacer pagar los maltratos de su marido. ¿Hay diferencia? En este mundo se mezcla gente muy distinta, pero ¿son tan distintos sus sentimientos?
Hay sexo, quizás demasiado. Puede que sea una faceta más de lo salvaje del mundo que se refleja aquí.

“Mi planteamiento es que no hay respuestas fáciles ni sencillas ante situaciones complicadas", asegura Andreu Martín. 

domingo, 3 de noviembre de 2019

No cerramos en agosto


NO CERRAMOS EN AGOSTO
Eduard Palomares
Una novela negra en una Barcelona de luz  y sombras.
¿Por qué atrae tanto la novela negra? Quizás sea por la misma razón que la novela realista del XIX embelesaba a su público: la atracción por lo que se sitúa lejos de nuestra vida cotidiana, aunque está ahí, muy cerca de nuestra tranquilidad. Podría ser un caso de voyerismo, o quizás de simple curiosidad.
La novela negra, que crece y se reinventa, retrata un espacio, un estado de cosas;  imita aquel espejo de Stendhal que se paseaba por los caminos recogiendo el reflejo de la vida. Esa era la metáfora con la que el autor francés describía la novela realista. En el caso de No cerramos en agosto los delitos están estrechamente ligados a la Barcelona actual más turbia: la de la gentrificación, la precariedad laboral, los sombríos negocios inmobiliarios o el turismo tóxico. Pero para Eduard Palomares es también la Barcelona más tradicional, la de los bares más clásicos (aparecen muchos), esos del camarero amigo, donde los clientes ven pasar la vida.
De tono amable, hasta tierno; con frecuencia te despierta una sonrisa, aunque también, la cólera ante la codicia y la ambición. Me he encontrado la ironía, a veces algo manoseada: “Suerte que el ayuntamiento ha encendido ya las luces de Navidad para llenarnos a todos de buenos sentimientos.” Este libro se identifica como una novela negra bastante clara.
Jordi Viassolo, el protagonista, empieza su carrera detectivesca. Es un pardillo que se va a apoyar en el curtido Recasens, el del colmillo retorcido. Colaboran con los mossos en la persecución del crimen (una situación ideal, aunque quizás no sea lo frecuente). Se distingue bien a los más mayores de ambos cuerpos como más experimentados, más cultos; frente a los jóvenes que aún se muestran bisoños y con menos conocimientos. Quizás sea una cuestión de la educación recibida, una más tradicional y otra más moderna; con las peculiaridades de cada una.
El autor rinde homenaje a los grandes autores del tema policiaco,  a Vázquez Montalbán, el primero. Sin embargo se ha alejado con su Viassolo del estereotipo de investigador más clásico. A su detective no le falta deseo de hacer bien las cosas, aunque le falta empuje, pero ahí está Layla para tirar de él. Entre los dos hay unos sentimientos, congelados, que solo necesitan una pequeña candela para ser una hoguera.
Una Barcelona infestada de turistas y asfixiada por la especulación y la precariedad laboral. Leo en un artículo de Laura Fernández en El País. En contraposición escribe Eduard Palomares al final de la novela, cuando ya ha solucionado el caso: “Así es Barcelona, te pone las cosas difíciles pero luego te regala una agradable madrugada en pleno diciembre.”